- En el año 50 llegué-responde bastante rato después.
Antes se ha tomado su tiempo para encender el purito Minor que ha bajado de casa, tan diferente de esos apestosos Meharis de cajetilla verde que suelo llevarle por encargo. Pero hoy no le quedan, ayer era domingo y el estanco estaba cerrado, no tuve más remedio que acercarme hasta el bar de Toño, que acaba de tener gemelos, y comprarle dos cajetillas de puritos Minor, a 5 euros la cajita de 10, bastante más caros que los que él fuma de costumbre pero, debes creerme, sólo por el olor merece la pena el dispendio. En el banco frente al bar Txeni fuma mirando la nada del pavimento que va tejiendo «X» grises hasta el final de la calle.
Hace una tarde primorosa de comienzos de verano y, no sin esfuerzo, he conseguido arrancarle de su refugio medido de caseras baldosas de terrazo y de su balcón del segundo piso, desde donde domina toda la calle Castilla la Mancha hasta la curva donde está la tienda de recambios de auto. Sabía que lo más lejos que íbamos a llegar era este banco, a apenas cincuenta metros de su portal, donde intento leer el librito de Manuel Rivas que me prestó el bueno de Montero allá por enero. Por eso, además del libro, me he bajado el cojín de la silla del balcón que se ve desde donde estamos. Sé que sus huesos necesitan cualquier apoyo, por mínimo que sea y, además, ¿qué me costaba cargar con ese minúsculo peso sabiendo lo efímero del viaje? Leer «La mano del emigrante» hace, irremediablemente, que vuelva enseguida la mirada hacia él, que alza, tembloroso, el vaso de cerveza, que le he sacado del bar de Óscar,a los labios para enjuagar el reseco que los interminables puros le dejan en la desdentada boca. «La mano del emigrante». Miro las suyas y recuerdo el lejano día en que llegó de la obra con los tres dedos centrales de la derecha mutilados para siempre porque la correa de una máquina perforadora se los había sesgado en un descuido. Han pasado más de 40 años y aún hoy sigo acariciándole los muñones de vez en cuando como cuando me los mostró por primera vez, luego de pasar semanas con las vendas. Acaricio esas redondeces como una despedida lenta y le limpio la barbilla de cerveza.
«La mano del emigrante» me dice que bien pudiera haber sido él quien protagonizara el cuento central y, por eso, de súbito, como si acabara de darme cuenta que también él es emigrante y que su mano forma parte de ese bagaje maldito del desarraigo infinito, dejo el libro y le pregunto, quizá sólo porque levante esa mirada apagada del suelo que hacía muchos días que no pisaba:
- Aita... ¿cuántos años llevas en Euskadi?