
lunes, 20 de abril de 2020
El Harishari ilustrado

martes, 24 de mayo de 2011
El pintor (y V)
No acababa de entender para qué me había llamado. ¿Sólo para descargar su culpabilidad y su remordimiento? Lo dudaba. Por otro lado, me seguía intrigando qué había sucedido con el cadáver. Habían pasado cuatro días y lo único que sabía era que Quino había sido asesinado en un castillo. Se me ocurrió pensar que quizá tuviese el cuerpo allí, en el desván o en cualquier otro sitio y que me necesitaba para deshacerse de él. Me hubiese negado porque sé que es imposible escapar de estas cosas. Así se lo dije, rompiendo un silencio que ya duraba unos minutos.
'Sabes que vendrán por ti, ¿verdad?’, dije. ‘Tarde o temprano denunciarán su desaparición, vendrán, Luciano, encontrarán el cadáver... Tú no me has llamado sólo para que te haga compañía, ¿no es cierto?’
Sonrió sin amargura. ‘¡Qué hermosa está la noche!’ dijo, levantándose; se detuvo observando la plenitud de estrellas. ‘No hay demasiados cuadros maravillosos de noches, ¿sabías?’ No, no lo sabía, nunca me había parado a considerarlo. Pero no estaba seguro de que él supiese que lo que había eran innumerables noches maravillosas, que no tenían por qué estar reflejadas en una tela ni en ninguna fotografía. Que el mejor cuadro era el que pintaba la propia vida en la terraza de cualquier humilde bar de cualquier pueblo de Teruel una noche en junio, o la luna repitiéndose en la pleamar de algunas playas del este, o ese mismo cielo de entonces.
Entró en la casa y volvió al cabo de un par de minutos con un sobre abultado. Me entregó el sobre, se sentó en el balancín y me habló las últimas palabras que le escuché en la vida. ‘Encárgate de que recojan a Quino, estará en el terraplén del ala sur del castillo, que lo entierren como Dios manda y que se hagan las cuatro cosas que te pido en el sobre. Si quieres, puedes contar esta historia como te dé la gana, no te apures por cómo vaya a quedar mi imagen’. Siguió hablando, fatigosamente, explicándome la ubicación exacta del castillo y cómo lo había dejado allí, tirado en los matojos que circundan la muralla. Condujo las casi dos horas de áridas carreteras hasta llegar aquí. Y se instaló en una determinación absurdamente lúcida.
No abrí el sobre hasta estar dentro del coche que le había cogido para ir a donde se suponía que debía estar el cuerpo magullado de Quino. Cuando salía, dejándolo adormecido en su porche, sabía que no lo volvería a ver más con vida. No sé si me arrepiento de no haber hecho lo necesario para evitar que se ahorcara, creo que hacía días que estaba muerto ya.
Dentro del sobre había una documentación necesaria para cumplir con lo que él entendía como una mínima expiación. Quería que la casa donde acababa de dejarlo albergara una exposición permanente de las esculturas de Quino. Dejaba dinero más que suficiente para montar un museo palaciego. En Italia, Alemania y algunos países centroeuropeos su pintura se cotizaba bien. Quería también que al escultor se le levantara un hermoso mausoleo en el terreno anejo a la casa. Pero ese deseo, que me pareció obsceno, debería esperar.
Luciano Pontes se colgó de la viga maestra de su taller de pintura porque la muerte de su amante le supuso un fogonazo de lucidez que no podía soportar. Toda la maquinaria obsesiva que le había llevado a dejar de ser Luciano y a convertirse en Lupo lo arrastró con paradójica crueldad. Primero, porque sólo entonces se dio cuenta de cómo amaba al hombre que acababa de precipitar al vacío, si no borracho de soberbia, sí de vanidad. Después, porque el destino se rió de él de la manera más burda, para beneficio del final de este cuento, seguramente.
Llegué antes de las once, el sol quedaba detrás de la puerta principal de la fortaleza. Se alzaba en un cerro repentino, solitario en una llanura regada por dos ríos. La última cuesta exigía la primera marcha del coche. Aparqué en lo que, según parecía, estaban convirtiendo un moderno mirador. Habían empezado a restaurar el castillo y su entorno pero, no sé por qué, tuve la impresión de que aquello había sido abandonado a medio hacer.
Me adentré en el recinto buscando cómo llegar a la muralla. Lo conseguí arriesgándome por una escalera que no ofrecía más seguridad que una barandilla temblorosa. Era ardua y estrecha y, además, la mitad de los escalones estaban en un situación lamentable. Me alegré de la pertinaz sequía de aquel año; de haber estado adornada de líquenes, seguramente hubiese desistido.
El espectáculo indescriptible de suaves lomas que se perdían hasta el infinito entre meandros y embalses, hizo que me olvidara por unos minutos del asunto que me había puesto en la senda de tanta belleza. Había un sol tenue que pugnaba entre decenas de nubes blancas, gordas, mullidas, clavadas en el azul del cielo. Quise imaginarme una noche sin luna de julio, con el guiño abrumador y silente de miles de estrellas repitiéndose en los humedales. Me prometí regresar en otras circunstancias. Era un buen lugar para una de mis fugas y, de hecho, no hace muchas semanas acogió una inolvidable; creo que llegué a entender la pasión de Lupo por atrapar ese instante en una tela.
El cuerpo de Quino no estaba por ningún lado. Consideré varias posibilidades: que quizá lo hubiese encontrado algún turista perdido, o cualquier pastor de uno de los dos pueblos que flanqueaban el cerro, o, quizá la desgracia había querido que fuese un niño jugando en los huertos cercanos. Me asaltó el impulso de dejarlo todo como estaba y volver a casa, tomando la carretera que se perdía por lo que debían ser los primeros campos andaluces o manchegos, no lo sé bien. Pero necesitaba un cadáver que instalar en un mausoleo. El mismo mausoleo que aún no se ha empezado a levantar, que quizá nunca se levante.
Quino Sander salió del coma seis meses después, cojo para siempre de la pierna izquierda, manco para siempre de la mano derecha. Pero lúcido y taciturno como nunca. Lo primero que hizo apenas le dieron el alta fue pedir que le llevaran a la casa del pintor. Octubre empezaba, los días eran una transición de pájaros en bandadas por las nubes que, a duras penas, limpiaba el viento.
Lo vi salir del coche y encaminarse al porche después de despedir a quien quiera que fuese que le había acompañado. Caminaba con dificultad, aferrado a una muleta. No sé si le esperaba, sé que me apetecía aquel encuentro. Tampoco puedo asegurar que ya no le odiase, era más una especie de indiferencia rencorosa. Hoy, meses después, recordando aquel momento, el último en que le vi, siento una lástima que quizá le haría más daño que aquel antiguo odio.
‘Era un gran artista’, me dijo, sentándose en el balancín que seguía allí, salvado por decisión mía de las obras que había ordenado en la propiedad. Estaba lleno de polvo, pero no le importó. ‘Y un mal asesino’, añadí bruscamente.
miércoles, 18 de mayo de 2011
El pintor (IV)
No puedo negar que estaba algo más que atónito. No era sólo la sorpresa de la impresionante noticia sino que no me cuadraba el relato con el modo de vida privilegiado que le había visto llevar desde siempre. Pero aquello era tan extraordinario que era imposible que se tratara de una mentira.
‘Te estás preguntando cómo es posible que hiciera eso y mantuviera este ritmo de vida, ¿verdad?’, acertó a decir. Mi silencio le dio la razón. ‘Pues, aquí viene lo bueno, mi adorado escritor...’, volvió a sentarse, se sirvió otra copa y continuó. ‘Esto sucedió hace unos siete años y fue precisamente por lo mismo que Quino tanto me echaba en cara. Para demostrarme a mí mismo que podía pintar, que era capaz de desvincularme del puñetero sambenito de entretenido del arte. Y para demostrarle a todos hasta qué punto está viciado este mundillo...’.
‘Pero, Luciano, no has demostrado nada, sigues sin vender cuadros’, tercié bruscamente. ‘Aquí, amigo, aquí. Pero no fuera. El mismo año en que expolié toda mi fortuna desaparecí en un largo viaje. Te he mentido un poco... lo cierto es que no lo regalé todo, ya te he dicho, tampoco soy una especie de San Francisco reeditado. Me quedé las casas y el dinero que calculé para ese viaje que te acabo de decir. Me instalé en México casi tres meses. Pinté como un poseso: selvas, poblados, indios, lluvias... esa lluvia... También un par de murales para la escuela que estaban montando. Regresé con más de veinte cuadros y me fui directamente a Praga. Y... allí nació Lupo’.
Di un respingo en el asiento al escuchar el nombre. De súbito todo empezó a tomar sentido en mi cabeza. Tiempo atrás, en mi enésimo viaje a Chequia, acabé en una muestra de arte europeo que se celebraba en Brno. No puedo olvidar el nombre porque me llamó mucho la atención la similitud que los tres cuadros que de él se exponían tenían con el que adorna mi estudio y porque aparecía como autor moldavo.
‘Es curioso, estuve a punto de comprar un cuadro tuyo hace poco más de un año. Sólo para mostrártelo. ¡Qué idiota!, fui incapaz de ver algo tan simple como el acrónimo de tu nombre en la firma... Pero eran demasiado caros para mí’, le dije, mientras intentaba poner en orden en mi cabeza el torbellino de revelaciones y sorpresas que giraban dentro de ella. Había detalles que no acababan de encajar en mi lógica, en extremo acostumbrada a los esquemas. Por otro lado, me llevaban los demonios por no haber acertado a desvelar un acertijo tan pueril: Lu Po, Luciano Pontes.
‘¿Y eso de moldavo?’, pregunté, más por ganar un tiempo que por curiosidad. ‘Lo primero que se me ocurrió. Cuando Miroslav, mi marchante, se interesó por los cuadros, decidí crear el seudónimo y crear también el anónimo. Le dije que se encargara de todo, yo le pasaría las obras, él las comercializaría y, de paso, detendría todas las entrevistas y reportajes. Tenía que decir que era un pintor que no quería darse a ver, un desconocido... lo que fuera, menos que era de aquí. Como andábamos junto al río que cruza Praga, se me ocurrió lo de moldavo, sin más explicación’, me explicó; parecía como si se fuese revistiendo de una calma melancólica. Empecé a presentir que ya nada le importaba nada.
Nos quedamos callados, él envuelto en quién sabe qué pensamientos, yo asolado por algunas dudas. Si algo había sacado en claro era que Luciano no era tan buena persona como siempre había pensado y que, aunque me daba coraje reconocerlo, Quino tampoco era el cerdo a quien tanto había abominado. Se le podía acusar de prepotente y de mordaz hasta la crueldad, pero, por lo que acaba de inferir del relato de Luciano, había sido sincero aún dentro del amor. Le hubiese sido más cómodo vender su crítica al pintor para comprar su beneplácito y, seguramente, para salvar su vida. Se equivocó al juzgarlo como alguien que entretenía su ocio de hombre adinerado, de aburrido hijo de papá a quien se lo dieron todo hecho. Pero erró porque lo ignoraba. Se equivocaba, no mentía.
(continuará...)
lunes, 16 de mayo de 2011
El pintor (III)
Aunque mi relación con él se remontaba a los tiempos del colegio, la amistad propiamente dicha no se produjo hasta muchos años después, en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Yo pasaba uno de mis períodos habituales de vagabundeo, él cumplía un paso de un proyecto descomunal: visitar todas las pinacotecas del país, por humildes que fueran. Nos reconocimos sin problema, el tiempo todavía se mostraba clemente con nosotros, más en su caso. Se interesó por mis relatos, creo que sinceramente; yo no sabía aún que la pintura era su única pasión.
Acabamos, varios días después, callejeando por Toledo y acompañando algunas borracheras, tranquilas, confidentes. Un par de meses después me regalaría el cuadro que cuelga en mi salón, después de que, con la mayor dulzura de que fui capaz, dejase lo que él empezaba a ver como un tibio amor en una franca amistad.
Siempre me preguntaba por su pintura a pesar de que nuestros gustos eran manifiestamente diferentes. Él detestaba a Cristóbal Toral, yo lo adoraba, se embobaba con el Greco, a mí me aburre. Coincidíamos en Soutine y en Kandinski, platos de nuestro gusto, y en Pollock y Delacroix, despreciados por ambos. Sin embargo, mientras yo me movía más por impulsos visuales y cuatro lecturas viciadas, Luciano consideraba mil aspectos técnicos, aportaciones, descubrimientos, engaños en los diferentes cuadros que mencionábamos. Lo cierto es que era un auténtico disfrute sentarse a oírle dictar aquellas clases magistrales en que él convertía muchas de nuestras charlas.
Debí darme cuenta de algún modo de que la pintura estaba en el trasfondo de aquella tragedia. Recordé cómo Quino siempre había declarado que las obras de Luciano no eran más que entretenimientos de chico rico. Las tachaba de rutinarias y poco arriesgadas, de que no tenían el impulso vital que procura la necesidad de venderlas. La verdad es que todo ese discurso, aunque desagradable, era respetable. Y lo seguiría siendo, de haber sido verdad; pero eso yo todavía no lo sabía. Ni yo, ni nadie. Ahora, en el frescor de un porche antiquísimo, frente a un cielo de primavera perfectamente limpio, después de un viaje agotador, estaba a punto de enterarme. Luciano se levantó, regresó con otra botella, yo me animé a comer algo de jamón, un poco de queso también. Luciano, por fin, se disponía a hablar.
‘¿Tú qué crees que ha sucedido?’, me preguntó; parecía como si su rostro recuperase una repentina lucidez. ‘Os emborrachasteis, discutisteis y le mataste por accidente’, le mentí estúpidamente. Me miró con sorna. ‘Lo has dicho por decir pero, lo que son las cosas, casi aciertas... sólo que ni habíamos bebido tanto, ni fue una discusión propiamente dicha ni... ni estoy tan seguro de que fuera un accidente...’.
Dejé que el silencio preparara sus palabras, sospecho que eso es lo que siempre le ha gustado de mí. Me di cuenta entonces de que el hecho de que me llamara justamente a mí en estos momentos significaba que no tenía amigos. Me invadió un sentimiento de asquerosa solidaridad.
‘Todo sucedió el sábado. Llevo tiempo pintando una serie de paisajes nocturnos en un castillo medio abandonado que hay por
Se levantó, tambaleándose, llegó al poste de la entrada y me habló de espaldas, mirando la noche que venía suave, a golpes de brisa cada vez más fresca. ‘Todo el mundo se equivocaba. Hasta el mismo Quino lo hacía. Supongo que toda la culpa es mía, no sólo la del crimen. ¿Sabes una cosa sorprendente?’, se giró y volvió a mirarme, parecía tranquilo. ‘Si alguien estaba enamorado en esta relación, ése era Quino. Sí, le interesaba mi dinero, pero me amaba, créeme. Me amaba. Yo no estaba seguro de hacerlo hasta ahora. Ahora me doy cuenta... demasiado tarde’; encendió otro pitillo, siguió hablando sin mirarme. ‘Pero él cometió un error grave, muy grave. Despreciar mi arte sin ninguna conmiseración. Y sólo lo hacía para pagar su frustración. Por eso le maté. Claro que él ignoraba tantas cosas... como tú, como todos. ¿Quién iba a saber que no soy ningún ricachón de tres al cuarto que entretiene su hastío con ínfulas de artista?’, se giró para observar mi cara de sorpresa, yo sabía que había vendido la cadena de tiendas en un pico que no podría dilapidar en tres vidas, era más que ricachón.
‘Lo regalé todo, amigo. Más de mil millones de pesetas. No soy ningún filántropo ni nada por el estilo, pero hay una escuela con mi nombre en un pueblo cerca de San Bartolomé de las Casas. ¿Recuerdas a Paulino Carcelén? Pues está de misionero en Zacatecas. Siempre hemos estado en contacto, también es homosexual. Le puse quinientos kilos en las manos con la única condición que la orden no gestionara ni un duro. Montó una especie de patronato que preside él controlado por los indios. El resto fue a parar a un par de museos humildes, sin renombre, sólo exigí que montaran una muestra anual de pintura local, para promocionar valores, ya sabes’.
(continuará...)
miércoles, 11 de mayo de 2011
El pintor (I)
Sólo ella ha leído, hasta hoy, este viejo cuento que, por fin, animado por la maravillosa primavera que explota delante de las ventanas del desván y por la propia Lucía, me he resuelto desempolvar. No serán demasiadas entregas: las justas para no fatigar en exceso vuestra paciencia, fomentar la poca intriga y ofrecerme el tiempo necesario para estropearlo con nuevas correcciones mías y mejorarlo con sus odiosamente acertadas insinuaciones...
Me detuve un par de minutos contemplando el cuadro que hacía más de diez años me había regalado. No tenía la ingenuidad de un Rousseau, pero recordaba en muchos aspectos el trazo colorido del aduanero francés. Luciano Ponte me lo obsequió poco antes de que yo le confirmara que no le amaba, no ya porque yo no fuese homosexual, sino porque no estaba seguro de poder amar a nadie. Aquella noche me dijo, sin intención sentenciosa alguna, que yo sentía eso seguramente porque amaba demasiado. En ese momento valoré casi más la frase que la tela que me entregaba y a la que, con el paso del tiempo, he ido tomando un aprecio mayor del que siempre he querido reconocer.
Luciano me había llamado dos días antes. En su voz reconocí la calma que encubría una desesperación extraña. No dudé demasiado en decirle que sí, que acudiría tan pronto como acabara dos asuntos peregrinos que me ocupaban. Solía visitarlo un par de veces al año, como mínimo, en su retiro de pintor sin fama aparente. Pero las apariencias engañan con más frecuencia de la que creemos.
No citaré el nombre del maravilloso pueblo del sudoeste que albergaba su estudio y la enorme y antigua casa donde desde hacía casi quince años había encontrado algo más que un remanso creativo. Ojalá que nunca se vea detallado en ninguna guía del turismo rural tan en boga y que sus calles, ancladas en algún año del siglo quince, sigan ajenas al ajetreo mercantil que tanta riqueza tiene ya deteriorada en el patrimonio artístico de este país. Los otoños allí son un placer que me subyuga y al que no he querido renunciar desde hace tiempo.
Llegué en taxi desde la estación de trenes de la capital de la provincia, a unos treinta kilómetros de carretera serpenteante y ascendente, un miércoles de abril. Luciano estaba en el porche, sentado en el balancín, fumando y mirando la sierra de enfrente como si los ojos se le hubieran quedado clavados en algún punto del hermoso paisaje. No salió a recibirme, ni siquiera se levantó cuando alcancé la entrada de la casa. Me sonrió triste y me indicó la botella de vino que estaba sobre la mesa de roble tallada. Había también algo de comer.
‘El viaje bien, gracias’, le dije a modo de saludo. Me serví un vino y me quedé mirándole. Apuraba el cigarrillo con ansia, los ojos le brillaban, no podía asegurar si a causa del llanto o del vino. Tenía un aspecto extrañamente desaliñado en él, pulcro hasta cuando trabajaba con los pinceles. No quise romper el silencio, a mí nunca me han resultado duros. Además, estaba claro que lo que menos hubiese agradecido en esos momentos hubiese sido una conversación baladí. Saboreé mi rioja y encendí también un cigarrillo.
En alguna parte he oído o leído que el asesinato es siempre algo personal, hasta cuando es de encargo. Lamento no tener la fortaleza moral suficiente para condenar algunos crímenes, en el caso del que cometió mi amigo Luciano, llegué a aplaudirlo sin rubor. Lo malo es que, aún escapando a la justicia, el asesino lleva siempre la condena en el propio crimen cometido. No dudo que el pintor estaba pagando ya el hecho de haber tirado a su amante de lo alto de la muralla de un hermoso castillo que tampoco quiero describir ni ubicar.
(continuará...)
jueves, 23 de julio de 2009
Aquella historia
jueves, 18 de junio de 2009
¡Una cerveza!
El camarero le miró con un gesto que era una mezcla de asombro y desprecio. Por un momento temió que fuera a preguntarle:
- ¿Así que no te gusta la Heinnecken? –dijo ella, a su lado, apareciendo como por ensalmo y apoyando medio cuerpo en la barra pícaramente.
Era una chica preciosa. Por unos momentos dudó que se estuviera dirigiendo a él. Miró a la muchacha que se columpiaba casi obscenamente a su lado y deseó que no dijera:
- Una Heinnecken, como siempre– dijo el barman, alzando la voz ladinamente y remarcando las sílabas.Lamentó odiar esa marca, pero desde hacía algún tiempo le sabía, aunque él adorase esa fruta, asquerosamente a manzana.
Estaba visto que era mejor que no desease nada. Claro que, quién es capaz de gobernar los deseos y quién sabe si aquellos que no son espontáneos pueden ser tomados como tales. Empezaba a considerar la posibilidad de desear que el camarero dijese algunas cosas por ver si era ella la que las pronunciaba. En estos recovecos patafísicos andaba cuando en los bafles del garito empezó a sonar «In a gadda da vidda» de...
- ¡¡Iron Butterfly!! –exclamó él, sorprendido al reconocer un tema que siempre le había encantado-. Hacía siglos que no escuchaba esto.
- Y más que ibas a estar, si por mí fuera... ¡menudo pestiño! –respondió, desabrido, el camarero mientras rebuscaba en el botellero-. Dále gracias a ella, siempre la pide... Entonces... ¿qué cerveza te sirvo?
Él la miró inquisitivo.
- Una Heinecken, claro- respondió ella.
- Y cóbrame las dos- añadió él, pensando entre sí «Ahora sólo falta que le diga que ponga...»
- ¿La última de los Dolls, luego, Eva?- dijo el camarero.
Ella asintió con un chisporroteo de sus prodigiosos ojos. Y le invitó a que la siguiera, moviéndose como una hermosa cobra, al rincón donde beberían en silencio la manzana espumosa que agrandaba el deseo, mientras las muñecas neoyorquinas tomaban el relevo de las mariposas de hierro y les llevaban al edén entre la bruma vocal de «Temptation to exist».
jueves, 5 de febrero de 2009
Lucca

FRÁGILES OLVIDOS
Cadáveres exquisitos dejaremos y esos frágiles olvidos que ilustran la memoria que nos tendrán... Ella escuchaba el mismo disco de Serrat ...
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Cadáveres exquisitos dejaremos y esos frágiles olvidos que ilustran la memoria que nos tendrán... Ella escuchaba el mismo disco de Serrat ...
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A.H.Znusz Gallardo , en su sección poética habitual de la revista del sanatorio, nos regala, en el nº 27 , una selección de poemas de (¿apóc...
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Yo sabré recordar. No tengo el pulso del artesano pero sé decir: -Siéntate a mi lado... Allí había labios limpios, allí había carbón de beso...




