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lunes, 20 de abril de 2020

El Harishari ilustrado






La abuela de Davianna tejía cuentos. Era justo lo que Yeiriam estaba escuchando contar a su madre mientras jugueteaba con Liine, su gatita, tirada en el suelo. Davianna tejía una bufanda multicolor mientras le hablaba a la niña.

-¿Tejía cuentos? –preguntó-. ¿Tu abuela?
-Exactamente, Yeiriam. Allí en la aldea donde vivíamos, sobre todo en invierno. Teníamos una hermosa chimenea y ella se pasaba las horas en la vieja mecedora tejiendo y tejiendo. ¿Sabías que tu bisabuela era famosa en la región por su excelente mano con las agujas?
-¿Sí?
-Sí. Dominaba todos los tipos de punto. Del derecho y del revés, holgados y prietos, inglés y holandés, cadenetas, cruzado y doble marsellés. Tenía un ojo casi mágico para las medidas, las sisas y los remates. Y además, cuando tejía, inventaba unas historias maravillosas.
-¿Se sabía muchos cuentos, mamá?
-Muchos. Se sabía muchos que había aprendido desde niña y, además, muchos más que se inventaba sobre la marcha. Nunca repetía la misma historia a no ser que se lo pidiésemos y aún así, se las apañaba para introducir un toque aquí, otro toque allá, para que el cuento mantuviese el interés de un cuento nuevo. Y nunca paraba de darle a las agujas, tipi tapa, tipi tapa, tejiendo y hablando como si fuera el poncho o el jersey o el gorro que iba creando el que estuviese contando la historia.
-Como tú casi. Tú también tejes muy rápido.
-¡Uy, esto no es nada, cariño! A su lado soy una aprendiza de tejedora, Yeiriam. Yo me quedaba absorta en aquellos eternos inviernos mirándola hacer punto, meciéndose incansablemente junto a las llamas y encadenando cuentos con consejos, cosiendo refranes con dulces reprimendas, tramando recuerdos con recetas de dulces...

Davianna se detuvo un instante con la mirada perdida en algún momento del ayer. Hacía casi veinte años que su abuela Luzyd le había contado el último cuento. Más tarde había intentado recopilar aquellas narraciones en sus diarios, hasta que se dio cuenta de que no lo necesitaba. Un día su sobrina Lycerne cayó enferma estando en su casa, cuando aún vivía Davianna con sus padres. Entonces, se acomodó junto a la cama donde Lycernne se estremecía de fiebre, tomó su punto y pasó toda la tarde junto a ella, cuidándola, tejiendo y... contándole un cuento tras otro, casi sin darse cuenta.
Eran más de las doce cuando su sobrina cayó rendida por el sueño, la fiebre había remitido y a ella le dolían terriblemente los ojos y el cuello. Ese día cayó en la cuenta de que no necesitaba registrar por escrito el legado de su abuela Luzyd. De alguna manera, aquella fabulosa mujer a la que tanto había amado se había quedado en ella para siempre. Supo que hacer aquello que acababa de hacer esa tarde era mantenerla viva eternamente.
-¿También hacía pasteles tu abuela? –preguntó Yeiriam, sacándola de su abstracción.
-¡Riquísimos! En la aldea teníamos un horno enorme junto a las cuadras. Allí era muy necesario, hija. Sobre todo porque en el invierno nunca sabíamos si iba a poder venir Lisser, el panadero, cuando las nevadas empezaban y no se sabía cuándo iban a terminar. Allí hacía ella sus galletas de pasas, sus almendrados, los bollos de miel, las cazuelitas de espuma y los piriñaques. Para la fiesta siempre montaba dos tartas enormes. Una de chocolate con piñones y otra de bizcocho confitado de escarchas.
-¡Ummmm, piriñaques! Me encantan los piriñaques. ¿Ella te enseñó?
-Sí. También eran mis favoritos –volvió a quedarse pensativa, absorta, de nuevo, en alguna nube del pasado-. Y de Yoshbaz el Molhey también.
-¿De quién?
-Yoshbaz el Molhey. –repitió Davianna, casi deletreándole el nombre.
-¿Y quién es ese Yobasel Moel? –preguntó graciosamente la niña.
-¿Nunca te he contado la historia de Yoshbaz? –miró a su hija y ésta negó expresiva con la cabeza, los ojos abiertos de par en par -. Pues en realidad no es una historia, porque Yoshbaz existió, vaya si existió... Acércame el ovillo morado, cariño, por favor.
Yeiriam soltó a Liine y se acercó a la antigua alacena donde su madre guardaba las cosas de costura, los retratos de su familia, la hermosa mantelería de las grandes ocasiones y algunos trastos que a la niña le parecían antiguallas. Abrió la puerta de abajo y sacó el ovillo que su madre le había pedido.
-Gracias, preciosa.
-Sigue, mamá.
-Bueno... Mucho antes de nacer yo, no recuerdo bien el año, hubo un invierno terrible. Ya a finales de octubre empezaron a caer las primeras nevadas. El arroyo que pasa cerca de la aldea se heló en pleno otoño. Y para antes de la semana de Navidad ya no había un solo día en que el termómetro subiese de los cero grados.
‘Tú ya sabes cómo son las noches en la aldea. Pues aquello no tenía ni punto de comparación con lo que conoces. En casa de mi abuela se habían encargado de aprovisionarse bien de leña pero, con la pinta que tenía aquello, temían quedarse sin fuego antes de que remitiera y, por otro lado, el campo estaba de una manera en que era imposible salir a por más madera.
Justo diez días antes de Nochebuena, en el cumpleaños de mi abuelo, poco antes de la cena, escucharon unos golpes en la puerta. Mi madre y su hermana se afanaban, terminando de poner la mesa y mi abuelo y su hermano Beñat fumaban junto al fuego, charlando preocupados por la cosecha y el temporal que arreciaba fuera.
-¿Quién será a estas horas y con esta ventisca? –preguntó Beñat.
-Habrá sido el aire, los goznes están viejos –replicó mi abuelo, pero los golpes tronaron de nuevo, más fuertes y seguidos que la vez anterior.
Total, que al final decidieron acercarse a la puerta y mirar a qué obedecía aquel estruendo. Fuera el aire silbaba con una fuerza terrible y a través del ventanuco empañado se podían ver miles de copos de nieve zarandeados por el vendaval. Abrió el abuelo y la puerta, empujada por el viento, casi le derriba. Entonces fue cuando la causa de los golpes en la puerta apareció ante sus ojos, desplomándose en la entrada y desparramando el contenido del enorme saco que traía.
Entre todos lo arrastraron al comedor, la abuela recogió el saco y fue metiendo en él, como buenamente pudo, las curiosas cosas que de allí habían salido. Mi madre preparó una copita de coñac mientras el abuelo y tío Beñat lo levantaban hasta la mecedora de la abuela, junto a la chimenea. El calor de la misma hizo que enseguida empezase a reaccionar.
Era un hombre de unos cuarenta años, su piel era muy oscura y lucía un impresionante bigote negro, muy tupido. Cuando abrió los ojos por completo, mi madre se quedó fascinada. Nunca había visto unos ojos tan hermosos ni tan negros. Se quedó medio atontada con la copa en la mano, sin atinar a acercársela. Mi abuela se la quitó, con una mirada de reprobación, y la mandó ir a vigilar el asado.
-Tenga usted, esto le reanimará –le dijo, ofreciéndole el coñac. Pero el extraño hizo un gesto negativo con la cara apenas le llegó el olor de la copa.
-Lo siento, señora, no puedo beber alcohol, prohibe Corán... –dijo con un acento extranjero que sonaba suave y agradable.
-Supongo que el Corán sabrá hacer una excepción cuando el coñac se toma como... medicina, digamos. Venga, no refunfuñe y déle un buen trago.
El recién llegado no tuvo más remedio que obedecer las órdenes de la abuela. ¡Menuda era cuando se empeñaba en algo! Fue poco a poco recobrando el aliento y la normalidad. Más aún con el caldo hirviendo que le ofreció tía Dina. Pudieron ver que llevaba un abrigo de astracán que le llegaba casi hasta las inadecuadas babuchas rojas. De su cabeza había caído, al entrar, un gorro como el que habían visto alguna vez en las películas de cosacos. Su pelo era de un negro intensísimo, como el de su bigote y el de sus ojos. Aceptó sentarse a la mesa, pero durante la cena apenas probó bocado.
Les contó que se dedicaba a vender sus objetos de pueblo en pueblo y que había tenido la mala idea de aventurarse desde la población más cercana, con la intención de llegar a nuestra aldea antes de que se hiciera de noche. Pero la tormenta le había retrasado y, sólo el milagro de ver las luces que el abuelo había tenido a bien colgar en la entrada, lo había salvado de morir enterrado en la nieve.
Contó también que no era moro, como el abuelo y el tío Beñat habían supuesto en un principio, sino que provenía de un país que estaba dentro de otro país y que su raza era una raza que vivía en unas montañas mucho más frías que el páramo en el que estaba nuestra aldea.
-Mi nombre es Yoshbaz el Molhey y soy hijo de Molhey bin Yuanned, doctor de la aldea de Wad Baraq. Salí de allí, huyendo del exterminio que el sha acababa de proclamar contra nuestro pueblo y me convertí en viajero y buhonero. Alá ha querido que recorra medio mundo para caer en la misericordia de unos buenos cristianos. Que Él bendiga con una larga vida a todos ellos y, sobre todo, a aquél que hoy cumple años.
Al abuelo Gahix, que era tan bruto como buena persona, no acababa de hacerle mucha gracia que un hereje tuviera que pasar algunos días en su casa. Y menos después de observar la especie de sugestión que el extranjero ejercía sobre las mujeres, embobadas ante la novedad de su tez, su acento y las curiosas y magníficas ropas que vestía.
Con la abuela es con quien mejores migas hizo al instante. Y, sobre todo, porque resultó ser un tejedor formidable. Después de cenar, se sentaron cerca del fuego a tomar los licores y la deliciosa tarta de arándanos y queso que habían preparado, para que el abuelo soplara una única vela como hacía desde ya algunos años. La abuela se instaló en su invariable mecedora y, sin desatender la conversación, tomó sus agujas y siguió con cualquiera de las tareas que tenía en su cesto de labores que, como ya sabes, es este mismo que tenemos aquí y que también perteneció a su abuela, mi tatarabuela Mayrian.
-¡Mi tata tatarabuela Mayrian! – intervino Yeiriam, divertida.
-Exactamente, cariño –corroboró la madre-. El caso es que a Yoshbaz parecía interesarle mucho el punto que tejía la abuela. Enseguida se creó entre ellos una corriente de simpatía que terminó de enojar al abuelo.
Acabó la noche y todos se retiraron. Yoshbaz sólo aceptó como lecho una esterilla cerca del fuego de la chimenea. Sacó una preciosa manta, no demasiado gruesa, y es cuanto necesitó para abrigarse en la noche. La abuela se obstinaba en que aceptase un par de mantas más pero Yoshbaz las rechazó.
-Ya han hecho demasiado por mí esta noche, señora. Créame que con esta manta tendré más que suficiente. Esta hecha de un tejido muy especial y siempre me ofrece el calor que necesito. Vayan tranquilos a descansar, aquí estaré perfectamente –dijo el extranjero inclinándose en un gesto que era, a la vez, saludo y agradecimiento.
En los días siguientes el temporal no amainó un ápice. La nieve se agolpaba en la entrada y las ventoleras de las noches amenazaban levantar el tejado de la antigua, pero robusta, casa. Como no se podía salir al campo y a las vacas sólo se les podía atender en los establos, los hombres tenían tiempo para realizar trabajos menos urgentes dentro de la casa. Ahí Yoshbaz no se mostró como una gran ayuda. Bastante más lo era para las mujeres, para mal de mi abuelo y del tío Beñat.

Toda la poca maña que aquel curioso hombre no poseía para los martillos y los clavos, la poseía de sobra para la cocina. Y, sobre todo, para los hilos y las agujas.  Quiso enseñarle a la abuela el secreto de las alfombras de Isfahán pero faltaba espacio y medios. Apuntaba, curioso, las recetas y escudriñaba el punto que hacía la abuela para los jerseys y las bufandas. Y se hacían reír mutuamente en el tedio de las tardes, encerrados por la nieve.
Para mi abuelo aquella situación era muy incómoda. Primero, porque se sentía un poco celoso; Yoshbaz, después de todo, era un hombre guapo. Segundo, porque, a fin de cuentas, se trataba de alguien que creía en otro Dios distinto y eso le convertía en lo que a él le habían enseñado que era un hereje. Y encima, el tío Beñat estaba todo el rato malmetiendo contra él.
Así estaban las cosas cuando llegó la noche anterior al día de Reyes. Llevaban muchos días encerrados, las provisiones y, sobre todo, la leña empezaban a escasear. El abuelo se retiró a su dormitorio con la idea de decirle a la abuela que, al día siguiente, el huésped extranjero debía abandonar la casa. Se metió en la cama y esperó a que mi abuela terminara de recoger abajo y subiera a acostarse. Pero la abuela Luzyd tardó mucho, pero mucho, en subir.
Después que todos se retiraran, ella había tomado sus agujas, sentándose a tejer un rato con la sola compañía de Yoshbaz que descansaba en su estera, como había hecho desde el día que llegó.
-¿Seguro que no tiene frío? Esa fina tela con que se cubre me parece tan escasa...
-Parece escasa pero da más calor que diez mantas. Está tejida con harishari, señora.
Y entonces, viendo la cara de sorpresa que ponía mi abuela, le explicó qué era el Harishari. Le explicó que se trataba del hilo mágico que sólo se podía elaborar con la lana de las ovejas eternas que pastan en los valles de Mentbitaï, la montaña viajera.”
-¿La montaña viajera? –exclamó Yeiriam, que iba de sorpresa en sorpresa -¿Existe de verdad... dónde está, mamá?
-¡Por supuesto que existe! Pero eso es otro cuento y primero tendremos que acabar con el del harishari, ¿no?... ¿o prefieres que lo deje para otro día, so impaciente?
-¡Nooo! Sigue, mamá.
-Pues, como te decía, el harishari se hila con la lana de esas ovejas. Pero no creas que son unas ovejas normales como las que crían en nuestra aldea, no. Aquellas ovejas, explicó Yoshbaz, se alimentaban de las flores de cristal del valle del río Beirum, a donde muy pocos elegidos podían llegar.
“Aquel fantástico viajero no le reveló a mi abuela cómo él había sido uno de aquellos elegidos, pero sí cuál era la magia de aquel tejido.
-El harishari es el más fuerte de todos hilos, con él tejerás las prendas más resistentes al frío y, sin embargo, las más livianas –le contó a mi atónita abuela -. Pero, no todo el mundo puede usarlo, señora, pues el harishari cobra su fuerza y su magia del corazón que lo teje y del corazón que lo viste. Así, lo mismo que es liviano puede tornarse pesado como una gran roca si quien lo porta actúa con vileza. Puede, también, sencillamente desaparecer, si estima que su poseedor no es merecedor de este tesoro. El harishari sólo se puede regalar y nunca se puede usar con ánimo de... de...
-De lucro –le ayudó mi abuela.
Yo te lo cuento como si aquel hombre hablase bien nuestra lengua, para que me entiendas, Yeiriam, pero mi abuela decía que, aunque se le entendía bien, tenía muchas dificultades con algunas palabras y además su acento era muy especial. «Dulcísimo», repetía ella.
-Eso es –confirmó él –, jamás se debe aceptar nada en pago de algo que haya sido tejido con harishari. Se puede decir que su magia es fuerte si tu corazón es sano, sino, es un hilo vulgar o, incluso, cruel.
La abuela miraba la especie de mantel que le cubría. Tenía un brillo fabuloso. Daba la impresión de tratarse de miles de cristales que se entramaban para conformar la tela que se adosaba al cuerpo del extranjero. Pero, al tiempo, daba también impresión de levedad. Era como si utilizara un hermoso y brillante papel como cobertor.
-En esta casa han sido más amables de lo que estaban obligados. Lo han sido con alguien que quizá se ha tomado demasiadas libertades, con un extranjero que, además, es un infiel. Sé que la paciencia de quien manda esta casa llega al límite. Mucha gente de mi pueblo no hubiese aguantado tanto, puede creerme. Por eso mi agradecimiento es doble, señora Luzyd. Espero poder pagarle alguna vez todo lo que han hecho por mí.
-Usted no tiene que pagar nada, señor Yoshbaz. Y, no se preocupe por mi marido, créame, aunque no lo parezca, es más bueno que el pan. Pero no corren los mejores tiempos, y no lo digo por estas nevadas sólo. Hay muchos recelos para con los extranjeros y más, usted me perdonará, si tienen la piel más oscura que la nuestra y si, encima, adoran a Alá...
Guardaron un triste silencio durante un buen rato. La abuela guardó sus agujas y se levantó de su mecedora.
-Es muy tarde. En pocas horas amanecerá y esta noche vienen los Reyes Magos. Voy a colocar cuatro cositas que tengo en el árbol del salón, por poco que sea, siempre hace ilusión...
-Buenas noches, señora. Que descanse y que esos Reyes sean más magos que nunca y se porten con usted como merece.
Allí lo dejó, en su estera, cubierto con su maravilloso manto de harishari, y se dirigió a la alcoba. El abuelo esperaba, pese a la hora, despierto. Ella lo sabía y no dudó en preguntarle.
-¿Qué temes, Gahix?
-Te mentiría si te dijera que no he tenido turbios pensamientos -confesó el abuelo -. Pero son tantos los años que llevo contigo, tanto lo vivido, te he visto tejer tantos cuentos en los crudos inviernos, te he observado repartiendo tanta felicidad, y no sólo con tus dulces, que sólo puedo avergonzarme, no ya de haber considerado estar celoso, sino de haber pensado expulsar a ese pobre hombre de la casa, Luzyd. Puede quedarse cuanto quiera.
-No te avergüences, sabía que no lo harías. Además, tus celos me halagan. Pero, no sé, tengo el presentimiento de que no se va a quedar demasiado.
-La verdad, mujer, empiezo a preocuparme. Mañana propondré racionar los víveres que nos quedan. Y... –la voz del abuelo sonaba muy grave- ... tenemos un problema con la leña, Luzyd. Apenas hay para unos días y, si no remite este terrible frío... el hambre podremos aguantarla, pero el frío... tendremos que empezar a quemar cosas.
-Duerme, Gahix, no le des más vueltas y confía en la providencia.
El día siguiente llegó cuando apenas el abuelo había conseguido juntar los ojos de tan preocupado como estaba. Por eso apuró el descanso, no había ninguna prisa por levantarse, estaban encerrados y lo poco que había de faena podría esperar una hora más.
Cuando mis abuelos bajaron a la cocina se encontraron a toda la familia reunida desayunando en silencio. Parecían tristes.
-¿Qué os pasa, esto parece un velatorio? Deberíais estar contentos, hoy es el día de Reyes –les dijo la abuela.
-Se ha ido –anunció la tía Dina.
-¿Yoshbad? –preguntó la abuela, la tía Dina asintió.
-¿Pero... cómo, cuándo? ¿Le habéis dicho algo? ¿Qué ha pasado? –preguntó el abuelo –. ¡Morirá ahí fuera, tenemos que ir a buscarle!
-No, esposo –le calmó la abuela –. Nada podemos hacer y, creedme, tengo la sospecha de que nada tenemos que temer, Yoshbaz no es de este mundo. No sé de cuál viene verdaderamente, pero de éste no es.
El tío Beñat explicó que nada sabían, que para cuando él había ido a reavivar el fuego, apenas amanecido, ya no estaban ni el extranjero ni su saco. La tía Agnessa añadió que había dejado algo: un regalo.
-¿Un regalo?
-Para ti, madre. Está en el árbol. No parece gran cosa: un carrete de hilo. Ah, y un sobre para padre.
-¿Qué no parece gran cosa? –dijo la abuela, que había corrido a ver qué había dejado – ¡El Harishari! Es el regalo más importante que jamás haya recibido. Y fijaros que digo “importante”. ¿Qué te dice en la carta, Gahix?
El abuelo leyó la breve carta que había dejado. En ella repetía el agradecimiento que le había expuesto a la abuela en la noche y le decía al abuelo que siguiera confiando en ella y en las cosas maravillosas que pronto les propondría, pues de esa fe podrían depender sus vidas.
Y así habría de ser, en efecto. La ola de frío no sólo no remitió, se recrudeció en los días siguientes. Las predicciones más pesimistas del abuelo empezaban a cumplirse. Impuso un racionamiento estricto pero las reservas de madera bajaban sin remedio.
-Beñat, Baldir, hijo, vamos a tener que salir. O conseguimos leña o moriremos de frío en un par de semanas.
-¿Salir? Aunque consiguiéramos llegar al bosque del piélago no podríamos acarrear nada, padre. Tendríamos que ir atiborrados de ropa, ahí fuera hace no menos de veinte grados bajo cero. Y ese viento es matador.
-Lo sé, hijo. Pero no tenemos otro remedio. Tenemos que intentarlo.
El tío Beñat y Baldir asintieron compungidos. El abuelo tenía razón, no tenían elección aunque, la perspectiva de salir ahí fuera no era muy halagüeña. Entonces, habló la abuela.
-¿Para cuántos días calculas que nos quedará leña, Beñat?
-Racionando cuanto podamos y durmiendo todos juntos en la cocina, puede que cuatro o cinco días calientes, quizá seis, pero los animales...
-Sacrificad a los que veáis que no van a aguantar y dadme esos días para tejeros algo muy especial. Y tened fe, si no, nada podremos hacer.

Todos la miraron con la lógica sorpresa. Pero la respetaban demasiado como para tomarse a broma sus palabras. Por si acaso, el abuelo las refrendó.
-Haremos lo que dice Luzyd. Sólo la fe que ella nos pide y nos pedía Yoshbaz y... un milagro nos salvarán.
La abuela tomó el carrete de harishari que le había dejado Yoshbaz, sacó sus agujas y se sentó en su vieja mecedora. Desde ese momento, y durante tres días y tres noches, estuvo teje que te teje, sin parar de contar historias, como hacía siempre, a todos la familia, sentada en derredor de ella para aprovechar el calor.
Todos acabaron maravillados, no sólo de las fabulosas historias de mi abuela, sino de aquel pequeño carrete de donde el precioso hilo había ido saliendo sin parecer tener fin, posibilitando que, al cabo de los tres días de agotadora labor hubiese, sobre la mesa de la cocina, tres maravillosos trajes de harishari. Parecían, a simple vista, tres trajes de guerrero. Eran semejantes a esas mallas que los caballeros de los torneos medievales llevaban debajo de las armaduras.
-¡Ponéoslos! –les ordenó la abuela con voz fatigada – y no receléis de su escaso peso. Ponéoslos y salid en busca de leña. El que no crea que le va a proteger del frío que ni lo intente, no sería capaz ni de moverlo, concluyó. Y se quedó dormida, exhausta, en la mecedora.
El abuelo no dudó ni un segundo, tomó uno de los trajes y se lo enfundó sin problemas. Su hijo Baldir le secundó rápidamente.
-Es suave y liviano como una hoja, qué maravillosa sensación –dijo éste, el tío Beñat les miraba, indeciso.
-Vamos, Beñat, te necesitaremos, manejas el hacha mejor que nadie.
Beñat se acercó a la mesa a regañadientes. Le parecía increíble que algo tan fino les protegiera de aquel terrible frío pero no quería discutir a su hermano mayor. Sin embargo, cuando trató de levantar la tela, le resultó imposible. Pesaba como si fuese de hierro fundido. Beñat se cubrió de vergüenza y abandonó la estancia, maldiciendo en voz baja.
-Está bien, iremos los dos –anunció el abuelo, cabizbajo por su hermano-. Cubrid a Luzyd con el traje sobrante y estad atentos a nuestro regreso, quizá tengamos que dar varios viajes.
Y así lo hicieron. Pero, la magia de la ropa que portaban sólo servía para protegerles del frío, no para acercarles el bosque. Caminar por la nieve hasta allí, esquivar los fuertes vientos, cortar la madera y cargarla era tarea más ardua de lo que el abuelo había previsto. Por supuesto, mucho más para sólo dos personas y, además, Baldir era demasiado joven. Las horas pasaban y el trabajo no cundía lo necesario.
La tía Dina se dio cuenta de ello.
-Tardan en volver. Creo que necesitan ayuda. Yo me pondré ese traje sobrante –dijo, dirigiéndose hacia la mecedora donde seguía la abuela descansando.
-¡No! –tronó el tío - ya he hecho demasiado el tonto desde que empezó este interminable temporal. No dejaré que mi cerrazón acabe con esta familia. Ve a buscar mi mejor hacha, la de las ferias, Agnessa. Tú ayúdame a ponerme ese traje, Dina –ordenó el tío Beñat. Y, sorprendentemente, la misma prenda que antes no pudo ni mover, ahora se acoplaba a su cuerpo como un guante de seda.

El tío Beñat era, según aseguraba el abuelo Gahix, el mejor leñador de la región. Y, con la rabia que tenía aquel día a causa de su propia tozudez y fanatismo, contó mi abuelo que, si no le llegan a parar, hubiese talado todo el bosque del piélago en dos días.
El caso es que, gracias al regalo de Yoshbaz el Molhey, al tesón de la abuela Luzyd y a la fe de todos, consiguieron salvar aquel terrible invierno que aún en la aldea recuerdan los más ancianos. Ese mismo año, Beñat dejó la casa para hacerse marinero. Antes de embarcarse por primera vez, le regaló a la abuela la cajita de moregur que él mismo talló con sus prodigiosas manos. Allí guardó mi abuela, desde entonces, el harishari”
-¿Moregur? –inquirió Yeiriam, un poco triste porque intuía que el cuento se acercaba al fin.
-Sí, cariño. El moregur es un árbol rarísimo, su madera es de color violáceo. Es absolutamente impermeable y muy dócil al punzón, al formón y a las herramientas del ebanista. El tío Beñat le talló a la abuela, en esa cajita, el hermoso sol lunado que simboliza nuestro apellido por arriba y dos hachas cruzadas, en recuerdo de los hechos de aquel invierno, en la parte de abajo.
-¿Y dónde crece ese moregur, mamá?
-Lejos, lejísimos, Yeiriam. El tío le compró un tronco a un mercader gabonés en una de sus muchas visitas al gran puerto de... pero, bueno, bueno, eso es otra historia, brujilla. ¿Te ha gustado el cuento? –la hija asintió, sonriente - Anda, guarda las madejas y las agujas en la alacena, voy a preparar la comida, tu padre llegará de un momento a otro.
La niña recogió los utensilios de punto de Davianna y se dispuso a colocarlos según le había ido enseñando. Las madejas, por colores, en la parte de abajo; el delantal con tres bolsillos, en la balda de los manteles; las agujas, en el cajón que separaba los cuerpos de la alacena; el cestito con los hilos de colores, tijeras y dedales en la balda central junto al bote de parches y la caja de madera violeta tallada que siempre estaba ahí y que nun...




martes, 24 de mayo de 2011

El pintor (y V)

No acababa de entender para qué me había llamado. ¿Sólo para descargar su culpabilidad y su remordimiento? Lo dudaba. Por otro lado, me seguía intrigando qué había sucedido con el cadáver. Habían pasado cuatro días y lo único que sabía era que Quino había sido asesinado en un castillo. Se me ocurrió pensar que quizá tuviese el cuerpo allí, en el desván o en cualquier otro sitio y que me necesitaba para deshacerse de él. Me hubiese negado porque sé que es imposible escapar de estas cosas. Así se lo dije, rompiendo un silencio que ya duraba unos minutos.

'Sabes que vendrán por ti, ¿verdad?’, dije. ‘Tarde o temprano denunciarán su desaparición, vendrán, Luciano, encontrarán el cadáver... Tú no me has llamado sólo para que te haga compañía, ¿no es cierto?

Sonrió sin amargura. ‘¡Qué hermosa está la noche!’ dijo, levantándose; se detuvo observando la plenitud de estrellas. ‘No hay demasiados cuadros maravillosos de noches, ¿sabías?’ No, no lo sabía, nunca me había parado a considerarlo. Pero no estaba seguro de que él supiese que lo que había eran innumerables noches maravillosas, que no tenían por qué estar reflejadas en una tela ni en ninguna fotografía. Que el mejor cuadro era el que pintaba la propia vida en la terraza de cualquier humilde bar de cualquier pueblo de Teruel una noche en junio, o la luna repitiéndose en la pleamar de algunas playas del este, o ese mismo cielo de entonces.

Entró en la casa y volvió al cabo de un par de minutos con un sobre abultado. Me entregó el sobre, se sentó en el balancín y me habló las últimas palabras que le escuché en la vida. ‘Encárgate de que recojan a Quino, estará en el terraplén del ala sur del castillo, que lo entierren como Dios manda y que se hagan las cuatro cosas que te pido en el sobre. Si quieres, puedes contar esta historia como te dé la gana, no te apures por cómo vaya a quedar mi imagen’. Siguió hablando, fatigosamente, explicándome la ubicación exacta del castillo y cómo lo había dejado allí, tirado en los matojos que circundan la muralla. Condujo las casi dos horas de áridas carreteras hasta llegar aquí. Y se instaló en una determinación absurdamente lúcida.

No abrí el sobre hasta estar dentro del coche que le había cogido para ir a donde se suponía que debía estar el cuerpo magullado de Quino. Cuando salía, dejándolo adormecido en su porche, sabía que no lo volvería a ver más con vida. No sé si me arrepiento de no haber hecho lo necesario para evitar que se ahorcara, creo que hacía días que estaba muerto ya.

Dentro del sobre había una documentación necesaria para cumplir con lo que él entendía como una mínima expiación. Quería que la casa donde acababa de dejarlo albergara una exposición permanente de las esculturas de Quino. Dejaba dinero más que suficiente para montar un museo palaciego. En Italia, Alemania y algunos países centroeuropeos su pintura se cotizaba bien. Quería también que al escultor se le levantara un hermoso mausoleo en el terreno anejo a la casa. Pero ese deseo, que me pareció obsceno, debería esperar.

Luciano Pontes se colgó de la viga maestra de su taller de pintura porque la muerte de su amante le supuso un fogonazo de lucidez que no podía soportar. Toda la maquinaria obsesiva que le había llevado a dejar de ser Luciano y a convertirse en Lupo lo arrastró con paradójica crueldad. Primero, porque sólo entonces se dio cuenta de cómo amaba al hombre que acababa de precipitar al vacío, si no borracho de soberbia, sí de vanidad. Después, porque el destino se rió de él de la manera más burda, para beneficio del final de este cuento, seguramente.

Llegué antes de las once, el sol quedaba detrás de la puerta principal de la fortaleza. Se alzaba en un cerro repentino, solitario en una llanura regada por dos ríos. La última cuesta exigía la primera marcha del coche. Aparqué en lo que, según parecía, estaban convirtiendo un moderno mirador. Habían empezado a restaurar el castillo y su entorno pero, no sé por qué, tuve la impresión de que aquello había sido abandonado a medio hacer.

Me adentré en el recinto buscando cómo llegar a la muralla. Lo conseguí arriesgándome por una escalera que no ofrecía más seguridad que una barandilla temblorosa. Era ardua y estrecha y, además, la mitad de los escalones estaban en un situación lamentable. Me alegré de la pertinaz sequía de aquel año; de haber estado adornada de líquenes, seguramente hubiese desistido.

El espectáculo indescriptible de suaves lomas que se perdían hasta el infinito entre meandros y embalses, hizo que me olvidara por unos minutos del asunto que me había puesto en la senda de tanta belleza. Había un sol tenue que pugnaba entre decenas de nubes blancas, gordas, mullidas, clavadas en el azul del cielo. Quise imaginarme una noche sin luna de julio, con el guiño abrumador y silente de miles de estrellas repitiéndose en los humedales. Me prometí regresar en otras circunstancias. Era un buen lugar para una de mis fugas y, de hecho, no hace muchas semanas acogió una inolvidable; creo que llegué a entender la pasión de Lupo por atrapar ese instante en una tela.

El cuerpo de Quino no estaba por ningún lado. Consideré varias posibilidades: que quizá lo hubiese encontrado algún turista perdido, o cualquier pastor de uno de los dos pueblos que flanqueaban el cerro, o, quizá la desgracia había querido que fuese un niño jugando en los huertos cercanos. Me asaltó el impulso de dejarlo todo como estaba y volver a casa, tomando la carretera que se perdía por lo que debían ser los primeros campos andaluces o manchegos, no lo sé bien. Pero necesitaba un cadáver que instalar en un mausoleo. El mismo mausoleo que aún no se ha empezado a levantar, que quizá nunca se levante.

Quino Sander salió del coma seis meses después, cojo para siempre de la pierna izquierda, manco para siempre de la mano derecha. Pero lúcido y taciturno como nunca. Lo primero que hizo apenas le dieron el alta fue pedir que le llevaran a la casa del pintor. Octubre empezaba, los días eran una transición de pájaros en bandadas por las nubes que, a duras penas, limpiaba el viento.

Lo vi salir del coche y encaminarse al porche después de despedir a quien quiera que fuese que le había acompañado. Caminaba con dificultad, aferrado a una muleta. No sé si le esperaba, sé que me apetecía aquel encuentro. Tampoco puedo asegurar que ya no le odiase, era más una especie de indiferencia rencorosa. Hoy, meses después, recordando aquel momento, el último en que le vi, siento una lástima que quizá le haría más daño que aquel antiguo odio.

Era un gran artista’, me dijo, sentándose en el balancín que seguía allí, salvado por decisión mía de las obras que había ordenado en la propiedad. Estaba lleno de polvo, pero no le importó. ‘Y un mal asesino’, añadí bruscamente.

Pero los dos mentíamos.

FIN

miércoles, 18 de mayo de 2011

El pintor (IV)

No puedo negar que estaba algo más que atónito. No era sólo la sorpresa de la impresionante noticia sino que no me cuadraba el relato con el modo de vida privilegiado que le había visto llevar desde siempre. Pero aquello era tan extraordinario que era imposible que se tratara de una mentira.

‘Te estás preguntando cómo es posible que hiciera eso y mantuviera este ritmo de vida, ¿verdad?’, acertó a decir. Mi silencio le dio la razón. ‘Pues, aquí viene lo bueno, mi adorado escritor...’, volvió a sentarse, se sirvió otra copa y continuó. ‘Esto sucedió hace unos siete años y fue precisamente por lo mismo que Quino tanto me echaba en cara. Para demostrarme a mí mismo que podía pintar, que era capaz de desvincularme del puñetero sambenito de entretenido del arte. Y para demostrarle a todos hasta qué punto está viciado este mundillo...’.

‘Pero, Luciano, no has demostrado nada, sigues sin vender cuadros’, tercié bruscamente. ‘Aquí, amigo, aquí. Pero no fuera. El mismo año en que expolié toda mi fortuna desaparecí en un largo viaje. Te he mentido un poco... lo cierto es que no lo regalé todo, ya te he dicho, tampoco soy una especie de San Francisco reeditado. Me quedé las casas y el dinero que calculé para ese viaje que te acabo de decir. Me instalé en México casi tres meses. Pinté como un poseso: selvas, poblados, indios, lluvias... esa lluvia... También un par de murales para la escuela que estaban montando. Regresé con más de veinte cuadros y me fui directamente a Praga. Y... allí nació Lupo’.

Di un respingo en el asiento al escuchar el nombre. De súbito todo empezó a tomar sentido en mi cabeza. Tiempo atrás, en mi enésimo viaje a Chequia, acabé en una muestra de arte europeo que se celebraba en Brno. No puedo olvidar el nombre porque me llamó mucho la atención la similitud que los tres cuadros que de él se exponían tenían con el que adorna mi estudio y porque aparecía como autor moldavo.

‘Es curioso, estuve a punto de comprar un cuadro tuyo hace poco más de un año. Sólo para mostrártelo. ¡Qué idiota!, fui incapaz de ver algo tan simple como el acrónimo de tu nombre en la firma... Pero eran demasiado caros para mí’, le dije, mientras intentaba poner en orden en mi cabeza el torbellino de revelaciones y sorpresas que giraban dentro de ella. Había detalles que no acababan de encajar en mi lógica, en extremo acostumbrada a los esquemas. Por otro lado, me llevaban los demonios por no haber acertado a desvelar un acertijo tan pueril: Lu Po, Luciano Pontes.

‘¿Y eso de moldavo?’, pregunté, más por ganar un tiempo que por curiosidad. ‘Lo primero que se me ocurrió. Cuando Miroslav, mi marchante, se interesó por los cuadros, decidí crear el seudónimo y crear también el anónimo. Le dije que se encargara de todo, yo le pasaría las obras, él las comercializaría y, de paso, detendría todas las entrevistas y reportajes. Tenía que decir que era un pintor que no quería darse a ver, un desconocido... lo que fuera, menos que era de aquí. Como andábamos junto al río que cruza Praga, se me ocurrió lo de moldavo, sin más explicación’, me explicó; parecía como si se fuese revistiendo de una calma melancólica. Empecé a presentir que ya nada le importaba nada.

Nos quedamos callados, él envuelto en quién sabe qué pensamientos, yo asolado por algunas dudas. Si algo había sacado en claro era que Luciano no era tan buena persona como siempre había pensado y que, aunque me daba coraje reconocerlo, Quino tampoco era el cerdo a quien tanto había abominado. Se le podía acusar de prepotente y de mordaz hasta la crueldad, pero, por lo que acaba de inferir del relato de Luciano, había sido sincero aún dentro del amor. Le hubiese sido más cómodo vender su crítica al pintor para comprar su beneplácito y, seguramente, para salvar su vida. Se equivocó al juzgarlo como alguien que entretenía su ocio de hombre adinerado, de aburrido hijo de papá a quien se lo dieron todo hecho. Pero erró porque lo ignoraba. Se equivocaba, no mentía.

(continuará...)

lunes, 16 de mayo de 2011

El pintor (III)

Aunque mi relación con él se remontaba a los tiempos del colegio, la amistad propiamente dicha no se produjo hasta muchos años después, en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Yo pasaba uno de mis períodos habituales de vagabundeo, él cumplía un paso de un proyecto descomunal: visitar todas las pinacotecas del país, por humildes que fueran. Nos reconocimos sin problema, el tiempo todavía se mostraba clemente con nosotros, más en su caso. Se interesó por mis relatos, creo que sinceramente; yo no sabía aún que la pintura era su única pasión.

Acabamos, varios días después, callejeando por Toledo y acompañando algunas borracheras, tranquilas, confidentes. Un par de meses después me regalaría el cuadro que cuelga en mi salón, después de que, con la mayor dulzura de que fui capaz, dejase lo que él empezaba a ver como un tibio amor en una franca amistad.

Siempre me preguntaba por su pintura a pesar de que nuestros gustos eran manifiestamente diferentes. Él detestaba a Cristóbal Toral, yo lo adoraba, se embobaba con el Greco, a mí me aburre. Coincidíamos en Soutine y en Kandinski, platos de nuestro gusto, y en Pollock y Delacroix, despreciados por ambos. Sin embargo, mientras yo me movía más por impulsos visuales y cuatro lecturas viciadas, Luciano consideraba mil aspectos técnicos, aportaciones, descubrimientos, engaños en los diferentes cuadros que mencionábamos. Lo cierto es que era un auténtico disfrute sentarse a oírle dictar aquellas clases magistrales en que él convertía muchas de nuestras charlas.

Debí darme cuenta de algún modo de que la pintura estaba en el trasfondo de aquella tragedia. Recordé cómo Quino siempre había declarado que las obras de Luciano no eran más que entretenimientos de chico rico. Las tachaba de rutinarias y poco arriesgadas, de que no tenían el impulso vital que procura la necesidad de venderlas. La verdad es que todo ese discurso, aunque desagradable, era respetable. Y lo seguiría siendo, de haber sido verdad; pero eso yo todavía no lo sabía. Ni yo, ni nadie. Ahora, en el frescor de un porche antiquísimo, frente a un cielo de primavera perfectamente limpio, después de un viaje agotador, estaba a punto de enterarme. Luciano se levantó, regresó con otra botella, yo me animé a comer algo de jamón, un poco de queso también. Luciano, por fin, se disponía a hablar.

‘¿Tú qué crees que ha sucedido?’, me preguntó; parecía como si su rostro recuperase una repentina lucidez. ‘Os emborrachasteis, discutisteis y le mataste por accidente’, le mentí estúpidamente. Me miró con sorna. ‘Lo has dicho por decir pero, lo que son las cosas, casi aciertas... sólo que ni habíamos bebido tanto, ni fue una discusión propiamente dicha ni... ni estoy tan seguro de que fuera un accidente...’.

Dejé que el silencio preparara sus palabras, sospecho que eso es lo que siempre le ha gustado de mí. Me di cuenta entonces de que el hecho de que me llamara justamente a mí en estos momentos significaba que no tenía amigos. Me invadió un sentimiento de asquerosa solidaridad.

‘Todo sucedió el sábado. Llevo tiempo pintando una serie de paisajes nocturnos en un castillo medio abandonado que hay por la Siberia. Es un espectáculo de soledad el que se divisa desde allí, con esos cielos rasos y esos ríos que atraviesan las barranqueras. Quino me acompañaba en ocasiones. Criticaba mucho mi estilo, ya sabes, pero supongo que le relajaba mirarme pintar...’, hizo una pausa, una tristeza infinita se le dibujó en la mirada. Me miró fijamente, casi con dureza. ‘¿Qué opinas de nuestra relación, dime?’. Esta vez no podía mentirle, tampoco lo deseaba. ‘Lo que todo el mundo, supongo. Que él sólo estaba contigo por tu dinero y que te maltrataba’.

Se levantó, tambaleándose, llegó al poste de la entrada y me habló de espaldas, mirando la noche que venía suave, a golpes de brisa cada vez más fresca. ‘Todo el mundo se equivocaba. Hasta el mismo Quino lo hacía. Supongo que toda la culpa es mía, no sólo la del crimen. ¿Sabes una cosa sorprendente?’, se giró y volvió a mirarme, parecía tranquilo. ‘Si alguien estaba enamorado en esta relación, ése era Quino. Sí, le interesaba mi dinero, pero me amaba, créeme. Me amaba. Yo no estaba seguro de hacerlo hasta ahora. Ahora me doy cuenta... demasiado tarde’; encendió otro pitillo, siguió hablando sin mirarme. ‘Pero él cometió un error grave, muy grave. Despreciar mi arte sin ninguna conmiseración. Y sólo lo hacía para pagar su frustración. Por eso le maté. Claro que él ignoraba tantas cosas... como tú, como todos. ¿Quién iba a saber que no soy ningún ricachón de tres al cuarto que entretiene su hastío con ínfulas de artista?’, se giró para observar mi cara de sorpresa, yo sabía que había vendido la cadena de tiendas en un pico que no podría dilapidar en tres vidas, era más que ricachón.

‘Lo regalé todo, amigo. Más de mil millones de pesetas. No soy ningún filántropo ni nada por el estilo, pero hay una escuela con mi nombre en un pueblo cerca de San Bartolomé de las Casas. ¿Recuerdas a Paulino Carcelén? Pues está de misionero en Zacatecas. Siempre hemos estado en contacto, también es homosexual. Le puse quinientos kilos en las manos con la única condición que la orden no gestionara ni un duro. Montó una especie de patronato que preside él controlado por los indios. El resto fue a parar a un par de museos humildes, sin renombre, sólo exigí que montaran una muestra anual de pintura local, para promocionar valores, ya sabes’.

(continuará...)

miércoles, 11 de mayo de 2011

El pintor (I)

Sólo ella ha leído, hasta hoy, este viejo cuento que, por fin, animado por la maravillosa primavera que explota delante de las ventanas del desván y por la propia Lucía, me he resuelto desempolvar. No serán demasiadas entregas: las justas para no fatigar en exceso vuestra paciencia, fomentar la poca intriga y ofrecerme el tiempo necesario para estropearlo con nuevas correcciones mías y mejorarlo con sus odiosamente acertadas insinuaciones...


Me detuve un par de minutos contemplando el cuadro que hacía más de diez años me había regalado. No tenía la ingenuidad de un Rousseau, pero recordaba en muchos aspectos el trazo colorido del aduanero francés. Luciano Ponte me lo obsequió poco antes de que yo le confirmara que no le amaba, no ya porque yo no fuese homosexual, sino porque no estaba seguro de poder amar a nadie. Aquella noche me dijo, sin intención sentenciosa alguna, que yo sentía eso seguramente porque amaba demasiado. En ese momento valoré casi más la frase que la tela que me entregaba y a la que, con el paso del tiempo, he ido tomando un aprecio mayor del que siempre he querido reconocer.

Luciano me había llamado dos días antes. En su voz reconocí la calma que encubría una desesperación extraña. No dudé demasiado en decirle que sí, que acudiría tan pronto como acabara dos asuntos peregrinos que me ocupaban. Solía visitarlo un par de veces al año, como mínimo, en su retiro de pintor sin fama aparente. Pero las apariencias engañan con más frecuencia de la que creemos.

No citaré el nombre del maravilloso pueblo del sudoeste que albergaba su estudio y la enorme y antigua casa donde desde hacía casi quince años había encontrado algo más que un remanso creativo. Ojalá que nunca se vea detallado en ninguna guía del turismo rural tan en boga y que sus calles, ancladas en algún año del siglo quince, sigan ajenas al ajetreo mercantil que tanta riqueza tiene ya deteriorada en el patrimonio artístico de este país. Los otoños allí son un placer que me subyuga y al que no he querido renunciar desde hace tiempo.

Llegué en taxi desde la estación de trenes de la capital de la provincia, a unos treinta kilómetros de carretera serpenteante y ascendente, un miércoles de abril. Luciano estaba en el porche, sentado en el balancín, fumando y mirando la sierra de enfrente como si los ojos se le hubieran quedado clavados en algún punto del hermoso paisaje. No salió a recibirme, ni siquiera se levantó cuando alcancé la entrada de la casa. Me sonrió triste y me indicó la botella de vino que estaba sobre la mesa de roble tallada. Había también algo de comer.

‘El viaje bien, gracias’, le dije a modo de saludo. Me serví un vino y me quedé mirándole. Apuraba el cigarrillo con ansia, los ojos le brillaban, no podía asegurar si a causa del llanto o del vino. Tenía un aspecto extrañamente desaliñado en él, pulcro hasta cuando trabajaba con los pinceles. No quise romper el silencio, a mí nunca me han resultado duros. Además, estaba claro que lo que menos hubiese agradecido en esos momentos hubiese sido una conversación baladí. Saboreé mi rioja y encendí también un cigarrillo.

En alguna parte he oído o leído que el asesinato es siempre algo personal, hasta cuando es de encargo. Lamento no tener la fortaleza moral suficiente para condenar algunos crímenes, en el caso del que cometió mi amigo Luciano, llegué a aplaudirlo sin rubor. Lo malo es que, aún escapando a la justicia, el asesino lleva siempre la condena en el propio crimen cometido. No dudo que el pintor estaba pagando ya el hecho de haber tirado a su amante de lo alto de la muralla de un hermoso castillo que tampoco quiero describir ni ubicar.

(continuará...)

jueves, 23 de julio de 2009

Aquella historia

En uno de sus diarios, que conocieron cierta gloria editados en un compendio titulado «Huyendo de la historia», Primo Parri, nos da una pista de Kasher en aquellos años:
«... gustaba considerarnos presos políticos en aquella inmundicia, sólo porque, a diferencia de cuantos nos rodeaban en la galería, sabíamos manejar, con más o menos presteza, una pluma. O porque éramos capaces de hablar de temas que nos parecían profundos y peliagudos. Debería, en realidad, decir "yo era", ya que Kasher se limitaba, casi siempre, a dar continuidad a mis peroratas con amables monosílabos y desconcertantes sentencias. Sin embargo, está claro que llegué a desarrollar una especie de contradictoria admiración hacia aquel tipo que nunca alcanzó a desentrañarme ni uno solo de los arcanos de su vida. Y eso que compartimos cuchitril durante casi siete meses. Pero era capaz de desbordar mi asombro a menudo, como aquella noche en que, estando ya en la celda, poco antes de que nos dejaran sin luz, me pidió que le prestara el bolígrafo y la libreta que, a falta de más, utilizaba yo a modo de diario. No dudé ni un segundo en dejar caer ambos sobre él, tumbado en la litera inferior. Escribió algo de un tirón para, acto seguido, arrancar la hoja y ocultarla bajo la almohada. Mientras me devolvía los utensilios de esforzado literato, le pregunté qué había escrito.
-Un olvido- zanjó.
-¿Puedo leerlo? -supliqué, dando un salto hasta el suelo. Kasher encendió un pitillo con gesto extraviado. Sacó el papel y me lo pasó sin mirarme. Había escrito, con su habitual caligrafía casi infantil, este poema:

Trémulas cariátides
desde las azucenas quietas
de tus pies
sostienen tus piernas
otro templo
donde acomodar la noche
dispersando olvidos
en mistral deseo,
tenaz...
¿Qué podía hacer yo que no fuera callar?
-Viendo la presentadora del noticiario en la sala de ocio hace un rato, me he acordado de ella. Solía llevar el pelo recogido de ese modo tan gracioso... En ocasiones lo hacía con dos lapiceros, o con las agujas de coser, a modo de desmadejada geisha y a mí me volvía loco... El deseo... Mientras la mujer del televisor nos ponía al tanto de los disturbios en Tesalónica he recordado un verso de un amigo poeta que seguirá olvidado en algún pueblo del norte de España y, enseguida, una metáfora trenzada en un soneto de otro poeta, menos anónimo, que murió en otra cárcel. Sus piernas, el deseo... Las citas al olvido son memoria que me viene siempre de Borges. Y en la memoria, al fin, está el deseo, que en esta distancia se agranda como la luz de enero agranda las montañas. Y el deseo, hoy, era chocolate, o chicle, o todas las golosinas, por eso el mistral. Por eso el mistral... chocolate y viento. Y su cuerpo. Gagnant... Inasequible... inalcanzable... El premio. Perdue...
Guardé la hoja con el poema que pensé que le robaba y guardé, también, sus palabras en la página siguiente de aquella libreta de la que hoy me sirvo, escribiendolas a hurtadillas en el catre, ayudado de una linterna diminuta que también conservo. Mi memoria está en muchas cosas, no soy como él: tengo que tocarla.
Cuando salió de la cárcel me dio la mano y otro montón de olvidos perfectamente caligrafiados también. Sólo sabía que se llamaba E.L. Kasher. Sin conocer siquiera el significado de aquellas dos iniciales que me hubieran podido dar una pista de una procedencia que siempre he querido suponer bohemia, o eslovena. Sin saber ni su edad, que sospechaba la mía, ni su oficio, que sospechaba el mío. Sin saber si tenía familia, aún presumiendo que no. Sin saber a dónde se dirigiría. Sin saber por qué había ido a parar a una cárcel de un país que no podía ser el suyo. Sin saber, claro, de quién habían sido aquellas piernas griegas, aquellos ojos ni aquel peinado de presentadora de telediario. Nunca fui capaz de preguntarle todas esas cosas que tanto deseaba saber. Siempre supe que no me hubiera contado nada.
Salí de prisión apenas un mes más tarde que él y, pese a haberle proporcionado todos los datos de mi futuro paradero, jamás me visitó ni me llamó. Sólo el azar, muchos años después, me lo devolvería en forma, otra vez, de maravillosos versos perdidos en una revista de locos. He intentado de todos los modos que me posibilita esta fama insensata contactar con Kasher, pero no he conseguido dar con él. No me consuela saber que algo parecido le sucede a otros que le han buscado. Como a aquel poeta que conocí en el manicomio donde Kasher debió pasar casi cinco años y a donde todavía acude cada semana, buscándole en el rastro de los otros locos. Supongo que, de algún modo, no desaparece, sino que es como si no estuviera, como si no hubiera estado. O, es precisamente al revés: siempre está. Te deja un verso y se esfuma, pero jamás se va. Como si fuera aquella Elizaveta que huía de la Historia. Huyendo de la Historia. Así es Kasher. Y así:
Tengo todas las respuestas
y aún nada has preguntado.
Mi talento reside
donde yace
desnuda tu insolencia.
Cuanto sé se almacenaen tu piel.
Y tengo ojos.
Cuatro tengo.
No puedo olvidarle. Ni quiero...»

jueves, 18 de junio de 2009

¡Una cerveza!

- ¡Una cerveza! o una caña... mientras no sea Heinnecken me da igual.
El camarero le miró con un gesto que era una mezcla de asombro y desprecio. Por un momento temió que fuera a preguntarle:
- ¿Así que no te gusta la Heinnecken? –dijo ella, a su lado, apareciendo como por ensalmo y apoyando medio cuerpo en la barra pícaramente.
Era una chica preciosa. Por unos momentos dudó que se estuviera dirigiendo a él. Miró a la muchacha que se columpiaba casi obscenamente a su lado y deseó que no dijera:
- Una Heinnecken, como siempre– dijo el barman, alzando la voz ladinamente y remarcando las sílabas.Lamentó odiar esa marca, pero desde hacía algún tiempo le sabía, aunque él adorase esa fruta, asquerosamente a manzana.
Estaba visto que era mejor que no desease nada. Claro que, quién es capaz de gobernar los deseos y quién sabe si aquellos que no son espontáneos pueden ser tomados como tales. Empezaba a considerar la posibilidad de desear que el camarero dijese algunas cosas por ver si era ella la que las pronunciaba. En estos recovecos patafísicos andaba cuando en los bafles del garito empezó a sonar «In a gadda da vidda» de...
- ¡¡Iron Butterfly!! –exclamó él, sorprendido al reconocer un tema que siempre le había encantado-. Hacía siglos que no escuchaba esto.
- Y más que ibas a estar, si por mí fuera... ¡menudo pestiño! –respondió, desabrido, el camarero mientras rebuscaba en el botellero-. Dále gracias a ella, siempre la pide... Entonces... ¿qué cerveza te sirvo?
Él la miró inquisitivo.
- Una Heinecken, claro- respondió ella.
- Y cóbrame las dos- añadió él, pensando entre sí «Ahora sólo falta que le diga que ponga...»
- ¿La última de los Dolls, luego, Eva?- dijo el camarero.
Ella asintió con un chisporroteo de sus prodigiosos ojos. Y le invitó a que la siguiera, moviéndose como una hermosa cobra, al rincón donde beberían en silencio la manzana espumosa que agrandaba el deseo, mientras las muñecas neoyorquinas tomaban el relevo de las mariposas de hierro y les llevaban al edén entre la bruma vocal de «Temptation to exist».





jueves, 5 de febrero de 2009

Lucca

Lucca ha pedido otro café. Tiene dos horas todavía hasta que salga su tren. El sitio es perfecto, se dice, para pensar que es perfecto. Le ha escuchado a alguien que ahí, junto a la cristalera, admirando el trajín de la estación, se está genial y antes de acomodarse ha pensado que pensaría en ello. El sitio es genial, se repite. Está solo y tiene dos horas. Ha pedido otro café. Lucca.
Está solo hasta cierto punto Lucca. Tiene dos horas de tiempo y tiene 
su cuaderno de dibujo y sus lapiceros. Mientras la chica de coletas indias que hace las mesas le trae el café sopesa si atreverse a sacar su enorme cuaderno de dibujo y abrirlo sobre la escueta mesa y matar las dos horas que le quedan garabateando cualquier cosa y tomando cafés.
Llega un tren del sur. Hace una hora él ha llegado de otro sur, en autobús. Dentro de menos de dos horas se irá en otro tren hacia el norte. Lucca adora los trenes y dibujar. Y el café de las cafeteras de los bares. Lleva Lucca casi diez años sin tomar trenes. En la cárcel no hay andenes ni cafeteras Faema ni Cimbali. Pero hay unas mesas enormes llenas de tiempo para llenar de dibujos sus cuadernos de tamaño A3.
La muchacha ha llegado con sus trenzas y su café humeante cuando Lucca ya había extendido el bloc, dejando un espacio tan justo para la taza que, piensa, correrá peligro. Le dedica una sonrisa azarada mientras alza de la mesa el material para que la chica trabaje más cómoda. El café huele bien, como los dos anteriores. Desde dentro del cuaderno se desliza una hoja de papel con algo escrito en tinta azul. Hubiese volado al suelo con ese suave desplomarse de las hojas que contienen poemas escritos en tinta azul si Paloma no lo atrapa con el plato que acaba de depositar. Srta. Paloma. Falda azul, blusa con detalles del logotipo de la franquicia, cartelito... Srta. Paloma. En algunas cárceles es parecido, quisiera decirle. Camisa azul con el logotipo de la institución, pantalón azul, bordado negro... 1.722.
Paloma toma el poema. Lucca toma el café. 

Cuando  vayas a sacudirte
la memoria de besos
desmenuzada
donde una plaza centenaria,
donde un impaciente paseo,
donde un ascensor de puntillas...
recuerda que nunca te dije
cómo me dolía
ver llorando los pájaros
de nuestra mutua soledad.

Sucedía en tus ojos
y no era necesario estar allí.

La tazá en la mano de Lucca es una paloma indecisa. Su boca ha dibujado la voz de Paloma. Paloma vuela entre los clientes sin dejar de volver la cabeza. Sin dejar de sonreirle mientras vacía la bandeja en otras mesas sin poesía azul. «Sucedía en tus ojos...»
Llega otro tren. No es el que Lucca tomará dentro de poco más de hora y media. Diez años sin tomar uno. Antes, en el norte, tomaba uno a diario. Dos veces a diario. Dos horas de trayecto diario. Una hora amaneciendo. Una hora anocheciendo. «... y no era necesario estar allí».
Lucca pide otro café mientras colorea mansamente algo empezado en la galería. Anochece tras la cristalera. El poema asoma el flequillo debajo del dibujo, entre hojas. Azul bajo negro. Se da cuenta entonces de que está dibujando una fuga. Dibuja una fuga cuando ya ha salido. Son estas cosas las que lo dejan absorto. Por eso no ha visto llegar a Paloma que ya está, con otro café en la bandeja, asomada al balcón del dibujo.
Deja sitio de nuevo Lucca impidiendo que el papel vuele esta vez. Paloma posa el café en la formica y posa, debajo del plato, un papel azul, como su falda, con la cuenta. Y se aleja sonriendo sin dejar de mirar el dibujo abierto en la esquina de la mesita. Mira Lucca por encima de las coletas chirikawas el reloj de la cafetería. Su tren sale a las diez menos diez, la hora de los anuncios de relojes. Las diez menos diez. Agujas con las alas extendidas perfilando: CITIZEN. Es hora de ir plegando, piensa, cerrando el cuaderno. Las nueve y media en el enorme CITIZEN.
Lucca acerca la taza y toma el papel. Huele bien el café, como todos los anteriores. Mira la factura Lucca. Cuatro cafés, un suizo, caramelos mentolados, 8’60 euros, «Salgo a las 10. Paloma».
Lucca pone la mochila en la silla de al lado. En el bolsillo lateral está el billete, cortesía del Estado. Coche-cama, tren Estrella, climatizado... Salgo a las 10... Diez años sin tomar un tren. A Lucca le encanta viajar en tren. En la estación hay la pausa que trae la noche. Apura Lucca el café mirando el billete. Tren Estrella. Diez años sin tomar un tren pueden alargarse un día más. Diez años y un día, piensa sonriendo. 
- O menos un día -y tira el billete a la papelera-. La condena ha terminado...

FRÁGILES OLVIDOS

Cadáveres  exquisitos  dejaremos y esos frágiles olvidos que ilustran la memoria que nos tendrán... Ella escuchaba el mismo disco de Serrat ...