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jueves, 4 de febrero de 2010

Victoria, otro fracaso



¡Hay tanta nieve...! Llevo diez días encerrado en casa y, de ellos, más de seis sin aparecer por el desván. La ventisca del viernes pasado sopló con tanta violencia que hizo añicos uno de los cristales. No había quien parara aquí y hoy, cuando he subido, luego que Jacinto haya podido arreglarme la ventana que mira al páramo, me he encontrado con otra de las malévolas limpiezas que Lucía perpetra en mi mesa. Como siempre que esto ocurre, me ha dejado un silencioso mensaje encima de su habitual pulcritud: un añejo poema estival. ¿Cómo sabrá Lucía ponerle siempre la guinda a ciertos momentos con tanto acierto? En los próximos días, seguramente, no encontraré nada en toda esta simétrica organización. No importará, claro, porque toda la belleza de este tiempo en la clausura de chimenea y lecturas me había llevado a la nostalgia de los tórridos veranos en brazos de Victoria, a quien iban dedicados los ripios recuperados. ¿Qué alimenta las nostalgias?

Antes del incidente del cristal trabajaba en unos cuantos poemas, hallados en una curiosa publicación de Trieste; quiero pensar que son de Kasher. La mesa, como siempre, era un caos de recortes y revistas. Ahora, los unos están a la derecha, guardados en una funda transparente, sobre las otras, conveniente apiladas. Y, sobre todos ellos, estaba este poema que no sé de dónde ha rescatado el plumero de Lucía. Está caligrafiado con pulso casi adolescente en una hoja de papel cuadriculado que amarillea levemente por los bordes. A mí no me gusta tanto como sospecho que a Lucía. Pero no puedo dejar de obedecer, ni de pensar que, hace siglos, hubo una Victoria. Los versos, es cierto, merecían el olvido; Victoria no.

El sol se duplica por los campos helados, deslumbrando. Me he acercado a la ventana reparada y allí, tonto él, estaba Satán, adormilado. Me he sentado a su lado e, ignorando su cotidiana indiferencia, le he leído el poema con la misma entonación de los años del colegio...


Salíamos al encuentro de la tarde,

el sol fraguaba en mosquitos y hormigueos

y en el trigal que buscaba el horizonte

la amapola mecía su ardiente gineceo.

Las niñas andaban, mansas, a la escuela

a la tenue luz de la hora de solfeo,

había tortuosos imanes por la ropa

y aceros muertos del ansias del deseo.

Tanto espacio que vagamos una vida

para concluir en un tímido escarceo

por detrás del agua presa de los juncos

que un beso abrían en cada balanceo.

Era tan sencillo amarte y darte alas

que temí quedarme en blanco titubeo

y no acertaba a recorrerte casi

y casi me asfixio en puro galanteo.

Salíamos por los rumbos de la tarde,

el viento dormía en brazos del poleo

alzando el agrio violín de las chicharras,

pintando en tu pelo un leve bamboleo.

Al fin, un río de sales sudorosas

y aquel miedo a despertar si no te veo,

deslumbrado por la luna recién hecha

y el aliento derrotado que aún rastreo.

Salía de ti con mucha parsimonia,

con alma de oruga y ojos de mareo,

en aquel día que fuiste, más que hermosa,

liviana ala de un litúrgico aleteo.




jueves, 8 de octubre de 2009

Sin memoria (De «El asno en globo»)

«..se ven algunas abejas afanándose en ásters. Se trata de una foto vieja, de 1973 por lo menos. Soy Amancio Valjean. En una época anduve de marinero en los mares del sur. Durante doce años, nada menos. Me desterré en un islote de las Marquesas. Allí, en las intrincadas montañas Hiva Ua crecían unas flores maravillosas. Estuve tres años intensamente solo, escribiendo los poemas que guardo en el cajón de la mesita de la izquierda, debajo de mis dos canicas secretas. En las playas del levante proliferaban unos peces que se peleaban por caer en mis trampas. La foto la realicé en Salzburgo. Yo mismo, sí, señor. Cuando me trajeron aquí decidí que ése sería mi único lazo con el pasado. Bueno, no... ésa no es toda la verdad... Tuve colgada otra imagen: una de una playa de ésas paradisíacas que hay por Bairiki. Pero, como es lógico, apenas dos meses después ya me había hartado de ella y se la regalé a Emilio, el que fuera carnicero de Aizarna y que ahora duerme en el cuarto del fondo de la galería que da al estanque... ¿No me vais a preguntar si soy descendiente de Jean Valjean? (Apunto aquí la risa difícilmente descriptible del entrevistado. Suponemos que supone que somos tan imbéciles como para pensar que tiene como antepasado a un personaje de ficción. La carcajada, entonces, sería comprensible. Casi más que este inevitable resquemor que nos ha dejado) Podéis coger todos los poemas que queráis y hacer con ellos lo que os plazca siempre que no toquéis con la mano mis canicas secretas. Haced lo queráis y luego devolvedlos al cajón. No tengo nada más. Una foto vieja donde se ven algunas abejas afanándose en ásters, casi cuatrocientos poemas llenos de gaviotas y salitre y unas canicas que nadie sabe que tengo. Las guardo en secreto porque me las dio el chamán Alof’uku Ran y son dos ojos volcánicos. La foto me la amplió Luismari Reyes en su propio estudio. Soy Amancio Valjean y no tengo nada más. Pero no puedo deshacerme de los recuerdos. Fui marinero durante doce años. Suva, Papete, Dunedin, Honiara, Fonafala... Hobarth...»



Amancio Valjean Zurutuza vivía todavía cuando empecé a visitar el sanatorio. Era, en esa época, un anciano flaco en extremo que lucía, no sin cierta gracia, una blanca melena enrevesada y crespa. Cuando, en mi infatigable labor de zapa con la revista, topé con el artículo donde se reproducía una entrevista que no era más que un hermoso monólogo y que aquí he reproducido, quise hablar con él para tener una visión de primera mano de tan curioso personaje, pero para entonces llevaba, como después supe, varios años sumido en un infranqueable y risueño mutismo.
Una preciosa y helada tarde de otoño de hace casi dos años lo encontraron muerto en el mismo banco desde donde, casi a diario, le ofrecía su intrigante sonrisa a la tapia tupida de bignonias naranjas. Vi cómo se lo llevaban, incapaces de deshacer el «4» feliz que formaba su enjuto cuerpo. No pudieron tampoco, al menos antes de quitarlo de la expectante y múltiple mirada de la hora de visita, cerrarle los ojos ni abrirle el puño de la mano derecha. El rostro de dicha que mostraba proclamaba: «¡al fin, todo está olvidado!»
No me costó mucho obtener permiso del director para infiltrarme a la mañana siguiente en su alcoba. Tuve que hacerlo muy temprano pues, conociendo el particular sentido de la pulcritud de las hermanas enfermeras, corría el riesgo de llegar cuando hubiesen realizado una de aquellas particulares rafias limpiadoras que hallaban particular enemigo en cualquier tipo de papel, encuadernado o no.
No encontré ni canicas secretas, ni ojos volcánicos ni nada remotamente cilíndrico sobre las trescientas cuarenta y tres cuartillas minuciosamente caligrafiadas en tinta azul, excepto las incólumes segunda y última, que reposaban en el cajón superior de la mesita de noche. En el folio superior, con letra enorme de rotulador negro se leía «BITÁCORA ROTA». Cada hoja contenía un único poema y estaban numerados, en orden, hasta llegar al 341. En la pared, malamente pegada con cinta adhesiva transparente, seguía la fotografía floral que, ignoro por qué, era tan importante para Valjean. Supe enseguida que en el armario no iba a encontrar nada que no fuera la poca ropa que le había ido viendo en las tardes en que, clandestinamente, observaba intrigado cómo sonreía en silencio a un pasado que se iba borrando poco a poco al ritmo infatigable de sus manos pasándose dos bolitas que eran su única voz tintineante....
Lucía, que curiosea todos mis borradores sin reparo, quisiera que las bolas del hechicero fueran dos talismanes manufacturados con ópalos hallados en algún cráter de Aotearoa o tallados en milenario kauri y que explicaran alguna maravillosa historia. No quiero desencantarla inventando un cuento que desmerezca la más que posible deliciosa historia de alguien que se recluyó en una isla durante tres años, pescando peces suicidas y escribiendo unos poemas donde ir desterrando una memoria terrible. ¿De qué le serviría a Lucía leer que unos días después aparecería aquí, en mi desván, una hermosa mujer de rasgos polinésicos, de unos cuarenta años, pidiéndome amablemente que le devolviera aquellos poemas de los que, impúdicamente, me había apoderado? Si fuera verdad que yo le devolví los versos después de que ella me contara que su abuelo no conocía la palabra «montaña» y que se despidió con un musical «Ti a bo», no podría, quizá, dejar aquí, los tres poemas que, al azar he sustraído del poemario. Ojalá le sirvan a Lucía para hilvanar la verdadera historia...

46.

Las gaviotas
elevan sus rosas de sal,
las espumas se vuelcan
en el cabo del norte,
la madrugada
es un bálsamo
sin preguntas,
mi descanso consiste
en un lejano mirador,
unos versos antiguos,
una piel indemne...
unas horas robadas.
¿Por qué no ruge este mar?

* *
116.
Todos los relojes están en la noche,

cerrad los ojos
a la pura melancolía,
saboread en el silencio
los elementos
que destrozan
las almas:
los cormoranes locos,
la brisa
pintada de orquídeas,
el suave mareo de las palmeras,
de los recuerdos,
del miedo,
de las preguntas
que vuelven
como los estúpidos peces
que mueren en mi red...
* *
184.
Crece en el mar
la luna más grande,
en el mar que nos llega,
en el mar que nos lleva,
en la hora, alta hora
de los escasos recuerdos
que pudren la memoria.
Ya no te tendré más que aquí,
en esta luna
que pone sus azucenas
en la sal inmensa
y crece, crece
sin la fuerza necesaria,
tal es su pudor,
tanta la distancia.

miércoles, 14 de enero de 2009

Corriditos

Nada mejor, ahora que la nieve impide cualquier incursión en la naturaleza, que perder las frías mañanas en mi viejo caserón, al calor de la milagrosa gloria que no dejo extinguirse y enfrascado en el siempre venturoso azar de bucear en un montón de números de la revista del sanatorio, «El asno en globo», esparcidas sobre la enorme y ruda mesa de roble que me resisto a tirar.
Es un ocio que nunca me defrauda. Hoy, sin ir más lejos, he descubierto en un rinconcito de las secciones literarias de los ejemplares 59 y 60 unas joyas que firma un más que jocoso Pancho Colate. No importa certificar si era realmente mejicano o no, lo importante es que dejó unos sabrosos «Corriditos», que es como se titula su mini-sección, entre los que he seleccionado estos dos, maravillosamente diferentes el uno del otro:

Pretoss, muu pretoss,
y pos que la luna nos alumbre
y a poco que se me acostumbre
déjeme los ojitos quietos.
Ayss, dios, que no haiga madrugada,
que los mariachis revienten
sus serenatas e inventen
una nueva pa mi amada.
Qu’escuenderá este recodo,
pos que escuenda lo que quera
si en el final me espera
lo qu’haiga de ser, ni modo.


Pos dos petirrojos
se hasen eco de la calle.
Venen disputando alas bermejas.
Y pos sin embargo s’aman.
Que güeno los pajarillos del demoño
que s’aventan y se tiran picotasos.
¡Ay, y cómo si no, mi amor!


viernes, 17 de octubre de 2008

De 'El asno en globo': Antología de poetas ladinos

A.H.Znusz Gallardo, en su sección poética habitual de la revista del sanatorio, nos regala, en el nº 27, una selección de poemas de (¿apócrifos?) poetas que él llama ladinos. Quiero pensar que se trata, si existen, de vates sefarditas, como quizá lo fue el mismo autor del espacio reseñado.
De la veintena de poemas reflejados, he seleccionado los cuatro siguientes, atendidendo únicamente a un, como es lógico, muy discutible gusto personal:

¿Quién pugnará, alzando sus manos 
con el viento por que cese? 
¿Quién alumbrará la rosa 
que maginifique los campos de centeno? 
¿Quién tejería un válido preludio 
a este mísero poema? 
Estoy lejos de cualquier recuerdo 
pero no tiene consistencia el eco. 
Ni tampoco nada me responde...
(Gustav Ruy Shlommec)

Doble engranaje, 
música doble es. 
Un tamtam en una octava 
pero pulso y tuyo es 
y tuyo y tú 
donde tú vas, va. 
La caricia de tu estampa 
y te extrae los fríos. Sí. 
(Ariel Peres Lipck)

¿A quién ladran los perros que ladran a la luna? 
¿Qué palabra escondes en la mano tras un susto? 
¿Es cierto que sabe a sal el agua de un disgusto? 
¿Es más real el cielo que refleja la laguna? 

No sé de mucha felicidad, apenas una 
especie de pasajera paz, y si soy justo 
alcanza como mucho a aclarar mi gesto adusto 
y los años que he vivido: mi mayor fortuna. 

No tengo respuestas y siempre pensé que el viento 
No guarda más que brisa agradable sobre un puente. 
No busco nidos en esta selva de cemento. 

¿Cuál es la muerte que tiene el borracho que miente? 
¿Belleza? No la hallarás aquí, en este momento. 
Sólo una duda infame que arrasará tu mente... 
(Shennen K. Minnoz)

Mira ese silencio 
que se turba de nostalgia, 
asume la tristeza que acoge 
la venganza 
de un regocijo no tan lejano 
como aquella nieve en tu ventana, 
como aquella lluvia algún día 
te lavaba el alma. 
Nieva, el almanaque 
dice que nieva. Calma. 
¡Que bien se miden en la nieve 
la luz, la luz y la distancia! 
(Yoshbaz Molay) 

miércoles, 12 de marzo de 2008

Coces de ultratumba (De «El asno en globo»)

Me asalta algo más que la sospecha de que todos los versos que he recopilado del rincón que bajo el título de 'Coces de ultratumba' firmaba un tal Harri Ero en «El asno en globo», pertenecen a E.L. Kasher. No sólo por el bífido seudónimo y por la, más o menos, ingeniosa denominación de su intermitente espacio poético, sino también porque, después de más de veinte años de obsesiva persecución del personaje, creo haber desarrollado una percepción especial hacia sus letras. No hay nada todavía que apoye, ni científica ni biográficamente, estas conjeturas; me acojo, si acaso, a la peculiar inercia en la disposición de los versos y la inerme paradoja de su discurso aparentemente vacuo. Sólo aparentemente....
El soneto que publico aparece en el citado espacio del nº 49 de la revista, en la penúltima página, con otros dos poemas y el dibujo del alegre y, quizá, inapropiado cuervo que se acompaña.


Alguna mujer cuando el sol se pone
se llama María en alguna parte,
algún tonto te dice de casarte,
alguno muere, nace, se indispone.

Un lápiz hace que algo se emborrone,
algún poeta intentará engañarte,
algún fusil abate un estandarte,
alguien está a favor, alguien se opone.

Siempre hay alguno cuando muere el día
que dice te quiero por vez primera,
y hay quien lo calla cuando no debía.

Alguien leyendo versos de cualquiera,
alguno sembrando en tierra baldía
(algún loco violando a su enfermera).



FRÁGILES OLVIDOS

Cadáveres  exquisitos  dejaremos y esos frágiles olvidos que ilustran la memoria que nos tendrán... Ella escuchaba el mismo disco de Serrat ...