miércoles, 16 de enero de 2008

Escalofrío

boomp3.com

La idea de perderse que había originado aquel viaje no era más que una metáfora, pero el hecho es que se había perdido y de qué manera. No acababa de entender en qué momento del camino había cometido el error que le tenía rodando, durante ya más de cuarenta kilómetros, sin encontrar un mísero casar. Según sus cálculos menos optimistas, la población donde había pensado pernoctar debía de haberse mostrado, con el hermoso castillo iluminado, hacía ya bastante rato.
El caso es que había una luna enorme, como una ciclópea linterna china, que lo único que le ofrecía era la visión de un interminable páramo, apenas salpicado de ocasionales colinas y desarrapados oteros. A la izquierda, se extendía lo que podía ser un arbolado. Se impuso ese rumbo, llevado por un estúpido instinto. El combustible de su hermosa moto empezaba a inclinar demasiado la aguja hacia la reserva. Pocos kilómetros más adelante apareció un cruce. En los semiborrados carteles indicaba un pueblo, a siete kilómetros, tomando por el camino de la izquierda. No dudó. La Harley botaba penosamente sobre lo que antaño debió ser asfalto.
La luna perfilaba un horizonte agreste, olía a retama seca y el eco devolvía el estertor del vehículo. Casi daba pena interrumpir el silencio de aquella hermosa noche; apenas los grillos la rasgaban. A los pocos minutos vislumbró la aldea. Estaba silenciosa y poco iluminada. Le dio la impresión de que el nombre del villorrio era más largo que el mismo pueblo. En el primer agrupamiento serio de viviendas detuvo la moto. La luna iluminaba la calleja más que el pobre farol de la esquina. Se sacó el casco y suspiró. ¿Dónde estaría? Aquello no era muy halagüeño, pero no le quedaba más remedio que pernoctar por allí, la moto estaba seca y no tenía ni zorra idea de dónde habría un surtidor. Y eso, contando que a esas horas, cercana la medianoche, fuera a estar abierta. Por allí no andaba nadie, dudaba que hubiera una taberna o algo parecido. Sacó un pitillo.
- Caminemos un rato, a ver qué nos depara esto... – dijo en voz alta.
Empezó a andar calle arriba. Hacía una noche de ensueño, la luna casi se podía tocar. No había ni gatos, no se oía ni el murmullo de una televisión, era un silencio de cuento. Miró el reloj. Casi las doce. Si al menos diera con un cobertizo o algo por el estilo, tiraría el saco y esperaría al amanecer; seguro que los parroquianos madrugaban por allí, podrían informarle. Olía a geranios adormecidos.
Tenía aquella luna indescriptible enfrente y no podía dejar de mirarla. Se acordó de la mujer con quien hablaba en Internet. Llevaban algún tiempo conociéndose en un chat. Enamorándose, vamos. Enredándose en horas de soledad compartida o de sentimientos resucitados. Empezaban a entender que se amaban como burros y por eso unos días antes, sabiendo que iban a estar sin hablar debido a las vacaciones, él le había sugerido: «Es una niñada, pero te propongo algo. Mira, el sábado a la medianoche, deja todo lo que estés haciendo y sal a mirar la luna, estará casi llena. Será un minuto. Yo también lo haré. Y, si por suerte surge una estrella fugaz, me mandas un beso. Notaré un escalofrío, seguro».
Volvió a mirar la hora justo cuando la calle hacía un recodo. Desde algún sitio un reloj le confirmó que eran las doce. Alzó de nuevo la mirada al cielo y entonces, de pronto, a la derecha del redondel de cal fosforescente, una cola fulgurante surcó el espacio. Un escalofrío placentero le recorrió el espinazo, la piel se le erizó y los pelos del cogote se arremolinaron sin remedio. Suspiró sorprendido. Iba a encender otro pitillo cuando su atención se volcó en una ventana, a su derecha. Por un instante le agarró la maravilla, había una mujer en ella, con medio cuerpo fuera, mirando la luna con extasiada devoción. Chasqueó su mechero y ella se giró. Se cruzaron las miradas en el arrebol lácteo de la medianoche.
-¡¡Iratxue!!
A él se le cayó el pitillo aún sin encender. Ella se refugió en la oscuridad de la alcoba. Se quedó un instante mirando el alféizar recién cerrado. Sacudió la cabeza con descrédito. No podía ser, demasiadas horas de rutero al calor manchego. Se dijo a sí mismo que había sido una ilusión y dio media vuelta en busca de la moto. Llevaba en la cara una sonrisa idiota. No se resignaba a desdeñar la magia imposible de que aquella mujer fuera la Iratxue que conocía por la red. Después de todo, él sabía que ella pasaba ese día en una ignota aldea de aquellas tierras, aunque ella no le había querido desvelar el nombre; tal vez porque se tratara de un villorrio tan olvidado como éste, en el que había terminado por perderse, posiblemente guiado por el influjo hechicero de la luna en la que había posado su sortilegio enamorado. Tal cúmulo de azares no hacían más que adornar aquel momento de una hermosura lúdica.
En éstas estaba cuando sintió ruido a la espalda. Se volvió y vio que, caminando de puntitas, se le acercaba la mujer de la ventana. Venía envuelta en un chal que, a duras penas, escondía un fino camisón.
-¿Traveler? – dijo ella. Una repentina gasa de nube veló la luna y su estupor - ¿Has sentido el escalofrío?

Memoriaren mapa

Llueve sin sorpresas, como Dios manda. Es lo más importante. La lluvia espanzurrándose hermosa en los cristales. Más importante que la crisis política de las listas electorales de la derecha. Mucho más que el tedio de la oficina en la primera hora de la mañana. Por eso la música que suena tiene que ser la de Ruper, porque parece llegar desde una hermosa nube de algún otoño tardío.
Tengo un libro delante a punto de terminar, tengo dos poemas que son uno que son dos en uno, que no son nada, tengo la lluvia dibujando la hora en la puerta de enfrente.
Las diez y veinticinco casi...

Ruper Ordorika-Memoriaren mapan*


*Letrak komentarioetan.

lunes, 14 de enero de 2008

El cuento se acab...

Te has puesto a leer esto, confiado, confiada, en el sitio en que lo encuentras porque, precisamente, es un sitio a donde vienes sin obedecer a ninguna casualidad. Vienes deliberadamente porque sabes que puedes encontrar cosas como ésta. ¿Qué piensas cuando la estás leyendo y te dice que ahora dos ojos están fijos en estas palabras? ¿Que justo hace un instante acabas de leer la palabra ‘ojos’? Te paras a pensar que es posible que no, que puede suceder el casi imposible azar de que otros dos ojos estén justo ahora, en la misma precisa milésima de segundo viendo las mismas letras impresas en este foro. ¿Y pensará también que es posible que sucede el casi imp...? Sabes que no. Pero, sin darte cuenta has entrado en un bucle de pensamientos, estás como en un laberinto de espejos dentro de espejos dentro de espejos. Y si lees, si ahora lees que todo esto no es más que un subterfugio para entretenerte mientras llego sin hacer ruido por detrás, con un escandaloso cuchillo de matarife, quizá hasta esboces una sonsrisa y te niegues a girarte ¡valiente bobada! ¿O no?
Pero ya es demasiado tarde... O el cuento se ha acabado. O has muerto...

Leire

Hace tanto tiempo que lo escribí que ni recuerdo en qué concurso alcanzó una mención (nada de dinero) que me ilusionó sobremanera, tal vez fuera en Andorra (Teruel), pero tampoco es importante. Lo que no olvido es que todas las playas, el espigón y el barrio de pescadores que aparecen son ciertos. Como cierto es que Leire existe con esa mirada y esa belleza de camaleón, aunque quizá con otro nombre.
Han pasado muchos años años desde que lo escribí (todavía duerme en alguna vieja carpeta el original manuscrito, el ordenador era una quimera todavía) pero lo cierto es que le tengo un cariño especial porque me descubrió que escribir (bien, mal, regular...) es algo con lo que disfruto más de lo que pensaba.
Aquí lo tienen, espero que lo disfruten y que vayan entreteniendo el tiempo que voy a emplear pensando qué hago con Rufino Tarrío y su legado en las catacumbas del manicomio.

LEIRE

Todo el mundo sabe que Leire es alta, de hermosura variable y aspecto soñoliento. A Leire le gustaba ir a perder las tardes de calor cerca del mar. La certeza de su proximidad le hacía sentirse bien. Acudía con su hermana Silvia, algo más baja, ya se sabe, más conversadora también. Jugaban a palas en la orilla, escuchaban música a poco volumen, charlaban tal vez, leían. Leire era caprichosa, en el sentido menos avaro del término. Por eso abandonaba de improviso la compañía de su hermana y, como sonámbula, paseaba por el muelle o se dejaba ir hasta el barrio de pescadores que se apretaba en el confín de la playa, en un risco imposible.
Leire no se podía prever, lo único seguro es que todo el día andaba medio difuminada en unos pensamientos que vaya usted a saber. Nunca había constatado el amor; para ella era como decir “un punto en el horizonte”. Quizá por ello se acercaba tan a menudo a la punta del rompeolas para dejarse cruzar la cara por los vientos. Prefería las tardes interminables de verano. Todo empezaba en la playa con su hermana. Silvia se había ido acostumbrando a terminar sola las jornadas; cuando la veía tomar el rumbo del espigón sabía perfectamente que podía recoger los bártulos cuando quisiera. Aquel corto paseo era para Leire una liturgia que se alargaba, en ocasiones, hasta el primer temblor de las estrellas.
Una de esas preciosas tardes en las que por el cielo andaban apenas tres graciosas nubes, blancas como barbas de dios griego, Leire le vio por primera vez. No hubo tanteo en las miradas y ella comprendió enseguida. Parecía como si tirara de ella con un cordel invisible. Casi tuvo que agachar la mirada y sufrió el pálpito de su corazón en las mejillas, en las yemas de los dedos, en la vena del cuello; sintió que muchos de sus sueños tomaban cuerpo y un nombre le rondaba en la cabeza. Era una magia sin sentido porque aquel hombre que tal vez era más alto que ella y seguramente más rubio no tenía nada que auspiciara un flechazo de tal magnitud. Además había pasado, no se podía negar, con un leve paso que anunciaba una tristeza enorme, sin mirarla, sin reparar siquiera en su presencia. Y llevaba una chaqueta verde que era una bonita incongruencia.
El rompeolas terminaba en una especie de mirador con bancales de piedra. Era un largo paseo sobre el mar, una pausa recta hasta el monumento del fondo. Leire acudía, desde que le vio, a diario a esperar su llegada; a soñar, seguramente. En ocasiones, él no venía y la tarde se consumía en una angustia inmóvil, como los algodoncillos clavados por los cielos del verano, como los barcos anclados lejos de la costa. Cuando aparecía, el hombre de la chaqueta verde casi siempre se colocaba frente al mar y le miraba como si le lanzara una pregunta sin posible respuesta. Leire lo amaba tanto que ya lo había bautizado porque todo indicaba que Alberto era el nombre perfecto; ella nunca tuvo dudas y así lo nombraba en su monólogo mudo.
A medida que avanzaba el tiempo Leire lo conocía cada vez mejor. No habían hablado nunca, sólo había un azar de inicuos roces con la mirada, nada serio, pero ella nunca tuvo dudas. En ese fondo marino, a veinte pasos de su gesto sereno, de su tristeza palpable, tan cerca, Leire lo modelaba sin titubeos. Lo creaba a su antojo, fabricaba una vida que necesitaba para un amor que se había encontrado antes de encontrarlo a él, un paso antes. Amaba su chaqueta verde, el movimiento de su pelo en la brisa del mar, su pose de lector empedernido, sus ojos buscando el mundo a través de la espuma que saltaba en las rocas sin cesar. Alberto era para ella un escritor famoso casi siempre; la idea del cirujano o la del piloto habían sido desechadas casi de inmediato. Profesor universitario era una posibilidad atractiva; en fin, por esos derroteros lo traía y lo llevaba.
Hasta los sueños tienen un límite y a Leire empezaba a dolerle este amor secreto, esta ilusión de a horas. Parece imposible que alguien con su belleza, su juventud y esa sutileza pueril domase su espíritu en una batalla tan impredecible. Pero Leire se definía así y sólo podía ser feliz en esa virtualidad. Alberto era una esponja de paso silencioso que la absorbía sin remedio. Leire necesitaba ya más que esa presencia a veinte o treinta pasos. Comenzó por renunciar a su hermana; Silvia se enojó pero fue más un despecho que una rabia en sí misma. Liberarse del capricho de Leire era, después de todo, un considerable descanso. Resultaba que Leire no estaba para nadie, planeaba dar el paso.
El verano se agotaba en hermosas tardes azules de lectura en el puerto. Alberto había terminado por ceder al calor y apareció sin la chaqueta verde de lana. Leire se alegró de poder gozar sus pálidos brazos, con un vello adolescente. Alberto era algo mayor que ella y siempre venía solo. Ella lo miraba furtivamente con el rabillo del ojo aunque, por lo general, le bastaba inventarlo sin siquiera verlo, sabiendo su presencia, leyendo el libro que leía, respirando la brisa que respiraba él; soñando.
Antes de acabar agosto se decidió a seguirlo. Sin haberse cruzado una palabra, ni un mínimo gesto amable a su paso, ni un saludo inofensivo, sin algo tangible, sin un cabo en que aferrarse su esperanza, sin nada se decidió a seguirlo. Dejó que se alejara un poco y se dispuso a perseguirlo lentamente, por las aceras enfrentadas, rodeando plazas, trepando escaleras, alcanzando su calle, vislumbrando su casa, imaginando su alcoba, su austero dormitorio. Siguiéndolo recuperó el pálpito enloquecido de los primeros días; era una renovación. No era un sueño, nunca lo había sido.
En los días que siguieron comenzó a derrumbarse. La idea de hablarle tomaba cuerpo. Leire conoció la angustia. El miedo era una constante y pasaba el tiempo sopesando pormenores. Volvió a su hermana; halló un rencor que le hirió, un rencor que, más que despecho, ya era orgullo. Silvia había sido su único consuelo siempre, con esa ternura intermitente que salvaba a Leire; nadie le acariciaba el cabello como Silvia lo había hecho, pero ahora no encontró ni el dedo solícito ni la palabra suave: tenía que hablar con él. Hablarle y contarle a Alberto que se llamaba Alberto y que era novelista o profesor, que lo acuciaba la tristeza y que no le preguntase cómo lo sabía pero que a ella también le entusiasmaban Borges, Cela y Lewis Carroll.
El día definitivo llegó con una lluvia sin viento, atosigante. Un paseo que preveía la llevó, más guapa y más triste que nunca, hasta el ruido de las sirenas y el alboroto callado que había frente al portal de Alberto. No tenía que preguntar para saber que se había matado, pero lo hizo. Una mujer enorme con un llanto seco, gimoteó lo que ya sabía.
- Se ha suicidado, tan bueno...
-¡Pobre Alberto! – de repente, dejó de llover como si hubiesen cortado la lluvia con una brusquedad espectral, todo era gris.
- ¿Tú eres Leire? – se le redondeó la mirada, aunque ya no estaba segura de que fuera una sorpresa- ¡Toma! – ahora no pudo ocultar el sobresalto que le produjo la letra inconfundible de Alberto en aquel sobre rectangular de papel reciclado: “Para Leire”.
Mientras el cadáver de Alberto se alejaba bajo la silenciosa luz giratoria de la ambulancia que se atenuaba en las vacías avenidas del fondo, Leire flotaba hacia el bancal limado por el viento de la mar, con su sueño puesto en papel ecológico. Supo atenuar la prisa y no abrió el sobre hasta encontrarse en el silencio suspendido de aquella tarde. Se sentó en el banco más cercano al mar, se dispuso a leer.
Era un día de ausencias. Ni sol, ni viento, ni frío, ni siquiera el mar parecían estar a su espalda. El cielo parecía muerto, en una pesadez ausente. Dentro había dos cosas: una pequeña historia manuscrita en tinta azul y una tarjeta llena de palabras, azules también, que se aturullaban completando una justificación. Leyó la nota para comprender que la angustia de amar a una desconocida que veía a menudo en el rompeolas y a quien en sus sueños llamaba Leire le habían matado; la había mirado a escondidas, la había soñado, le había moldeado el alma, la había seguido hasta el portal pero no había podido hablarle; un imposible amor y una carta imposible, no creía en este destino ni en la magia que lo hace surgir. Terminó de abrumarse. En un sinquerer irremediable se puso a leer el cuentecillo que había con la tarjeta y que llevaba su nombre por título; el mar se despertó un momento y bramó un dolor misterioso, empezó una lluvia vergonzosa y Leire, por fin, pudo llorar al tiempo que leía las primeras palabras:

“Todo el mundo sabe que Leire es alta, de hermosura variable y aspecto soñoliento. A Leire le gustaba ir a perder las tardes...”

viernes, 11 de enero de 2008

Sonetos

boomp3.com

El cárdeno punzón de la mañana
aniquila la noche y sus rincones,
la luna se divide en algodones
que ves pulir al viento en tu ventana.

Deja el sueño al día la herencia ufana
de los labios y de los corazones
que pulen también con sus punzones
más besos, más amor, fruta temprana...

El paisaje no cambia, se transforma
al son de la sustancia que palpitas,
el ritmo de tu luz dicta su norma.

Alarga tú la estrella en que crepitas
y, si acaso la apagas, sea de forma
que enciendas el color que necesitas.

* * * *

Una ventana, un visillo, la mano,
un ímpetu, un temblor, un movimiento,
una ilusión, un llanto, un sentimiento,
aquella añoranza, el bosque cercano.

Cuanto un beso pueda tener de arcano,
cuanto tiene una mirada de lento,
una leve emoción en un momento,
unos adioses, el esfuerzo vano.

Un cariño sin amistad posible,
la mirada sin ojos que se roba,
la hoja acuosa de un amor terrible.

Y una antigua canción de antigua trova
que perdura en el sueño más tangible
de la penumbra amable de una alcoba.

* * * *

Lo ignoras, atrapada en un momento,

no te puedo contar cuántos segundos:
¿Mas no hay en uno sólo tantos mundos
como llantos en un solo lamento?

También ignoro yo tu sentimiento
o cuánto tus suspiros son profundos
o cuánto mis desvelos son fecundos
no, no lo sé, pero algo sí presiento:

Que hay dos soledades un minuto
que son un pájaro raptado, quieto,
en la misma intención que te disfruto.

Sonríes, ¿ves, mujer? se cumple el reto
de borrarte una pena (¿soy astuto?)
en el rato en que lees este soneto.

* * * *

Cuélgate un bandoneón en la mirada
y una dulce penumbra en la cintura,
un carmín excesivo en tu dulzura,
bailemos ese tango en la almohada.

Susurra esa indecencia amontonada
que ya el deseo por tu piel murmura,
báilame cual si fuese una aventura
donde la pista es mi ingle acelerada.

Báilame, consintiendo en los delitos
que cumplen afiladas mis aristas,
condúceme con pasos exquisitos.

Báilame el tango cruel con que te invistas
del alma más maleva de Carlitos,
violándome a la par que me conquistas.




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Aitatxo

Allí estaba ayer, como casi a diario, esperándome en la segunda mesa a la derecha. Digo esperándome porque cuando no aparezco, o cuando lo hago tarde, siempre me pregunta «¿dónde te metes? no hay quien te vea, hijo» Sí, ya sé que resulta paradójico que te digan a diario que no hay quien te vea pero él es así, con esa pinta de patriarca que se le está quedando. «¿Dónde me voy a meter, aita? Vengo de dar las clases, ¿de dónde si no?» Y vuelve a enfrascarse en su lectura del Marca o del Interviú.
Es la única persona que conozco que se lee los artículos que acompañan las fotos de chicas en pelotas que publican allí. A mí me da un poco de cosa que la gente entre al bar y le vea con el Interviú abierto por la página de Priscilla o la de Serena. Imagino que todos pensarán, seguramente, «joder, mira el abuelo, ¡cómo se pone con la mulata!» Pues ojalá, la verdad, pobrecito mío, pero no, yo sé que no está mirando las esculturales mujeronas de las fotos. Se lee el artículo que las acompaña de pe a pa. No me pregunten por qué, que yo dudo que alguien lo haga, pero se lo lee. Y a mí, aunque me provoca un poco de cosa la impresión que pueda dar, en el fondo me gusta ver que, cuando aparezco por la tasca, sigue con sus costumbres y que, aún más importante, «sigue allí». Porque eso significa que sigue encontrando su bar, su mesa, la segunda a la derecha, y sus diarios. Aunque luego me eche en cara las ocho o diez horas eternas que hace que no me ve.
Su memoria empieza a jugar con él de una forma que, de momento, es en ocasiones hasta graciosa. En otras, entrañable. Como ayer, cuando me esperaba como siempre y, después de reñirme la ausencia como siempre, entró Paco, el de Fuente Ovejuna. Paco, como de costumbre, le recordó que los mejores toreros, Manolete y Manuel Benítez, y el mejor cantaor, Fosforito, eran cordobeses. Mi padre, que toda la vida ha sido más que discutidor, calló, como aceptando. Pensé que se había afanado buscando el recuerdo de Porrina, o de Marchena, o de Curro Romero en su memoria y que ésta, inmisericorde, le había cerrado sus puertas.
Me apenó un poco lo que supuse la impotencia que le acarreaba su batalla con el tiempo, inexorable, y me lié a hablarle de flamenco por quitarle un poquito de hierro a lo que pensé que era una de sus habituales lagunas. En una de éstas, y por tirarme un largo de algo que acababa de leer el día anterior, le pregunté «¿Sabes con quién estaba casada 'La Niña de los Peines?'» Se me quedó mirando así, como embobado y, antes de que me lanzara a meterle la chapa, me soltó «Con Pepe Pinto. ¡Si se murieron los dos casi de seguido! Él era más joven que ella y ella fue la que le hizo que cantara, que le animó y le decía que era bueno y por eso se hizo cantaor. No era muy de cante jondo, pero se tiraba sus fandangos y sus cositas mu bien y además componía el casi toas sus letras. Y ella era Pastora Pav...»
Cuando hace estas cosas, me engaño queriendo convencerme de que nos está tomando el pelo a todos con sus frecuentes olvidos. Pero no, es otro más de los pérfidos juegos que su cabeza juega con él, cada vez más asiduamente y sé que su cabreo de esta tarde será sincero cuando me eche en cara, sin casi levantar la vista del As, que a ver dónde me meto, que no hay quien me vea...

jueves, 10 de enero de 2008

Rufino Tarrío (II)

De ahí en adelante, la insobornable resolución por llevar a cabo su idea le llevó a ser desde ayudante de panadería hasta florista, desde camarero de burdel en Limmerick hasta estibador en Baltimore, pasando por unos meses fabricando pilas voltaicas en algún sitio cercano a Birmingham, Massachussets. Fue mensajero y desatascador séptico, mozo de almacén y pintor. Vivió en Dublin y Connemara, en Belfast y Dover, pasó un año en la nada inmensa de Asstown, Ohio y casi dos en Brooklyn, trabajando en un seven eleven regentado por un borinque engominado y meloso.
«¿Leyó al fin el libro como si lo leyera Salinger?» le pregunté en tres ocasiones. No estoy seguro de que llegara a contestarme con el monosílabo que quizá esperaba. Me quedé con la impresión de que, lo hubiera conseguido o no, él estaba convencido de que sí y que por eso regresó. Lo hizo casi doce años después de que embarcara en el puerto del cantábrico desde donde salía un pasaje regular hacia Cork.
Este verano, avisado desde el sanatorio, donde estaba a punto de llevarse a cabo un drástico cambio institucional de propietarios, de la aparición de unos papeles muy interesantes referidos a E. L. Kasher, volví allí. Llevaba meses sin saludar al viejo director, quien, aprovechando la mudanza, había solicitado una jubilación que no habían dudado en concederle desde no sé bien qué altas instancias. No era tan mayor como para ello pero había empleado casi treinta años de su vida en aquel lugar, que yo ya empezaba a ver como hermoso, y no le apetecía nada «más allá de una lícita soledad en un refugio cantábrico muy cerca de donde nací».
No me quiso concretar el sitio de su retiro, tampoco insistí. Durante los años en que nos hemos tratado he aprendido que, aunque el señor director jamás decía «no» explícitamente, cuando no concedía una cosa a la primera, era un «no» más tajante que cualquiera dado con el mayor destemple.
«¿Qué fue de Rufino Tarrío?» le pregunté luego de charlar un buen rato de toda esa maravillosa literatura que habían editado allí en ‘El asno en globo’ y de que me informara del regalo que estaba a punto de hacerme. No sé hasta qué punto él ignoraba que me hacía dos regalos en lugar de uno. Su pícara sonrisa cuando declinó responderme a la pregunta porque «... mejor que baje usted al sótano de archivos; Romero le guiará hasta un estante donde encontrará usted algo que creo que le va a satisfacer. Puede permanecer en la pequeña oficina aneja cuanto tiempo desee. El paquete que hallará sobre la mesa es para usted. Luego, si así lo desea, hablaremos de don Rufino, en gloria esté...» me hizo sospechar que era una sorpresa premeditada.
No fue necesario. Es más, no he vuelto a ver a aquel hombre extraño y amable. Bajé al sótano, siguiendo los pasos de Romero, un enfermero enorme con quien ya había fumado varios pitillos en anteriores visitas. Caminado por aquellos pasillos, menos lúgubres de lo que se pueda creer, presentí que aquella era la última vez que pisaba el manicomio donde descubrí la figura de Kasher.

MARABUNTA

  Cada verano, cuando estaba en el pueblo, empleaba una mañana en observar la minucia de un hormiguero cercano a la caseta abandonada que e...