viernes, 4 de enero de 2008

Musika, maix... (traducción en los comentarios)

Ezdakit ba, baina badago zeozer berezia bulegoko bakardade triste honetan. Idazten dudan bitartean beste blog bateko sarrera musikala entzuten dut, Beethovenen «cuarteto op.132» hain zuzen ere, berari buruzko adierazpen aberatsak irakurri ostean eta aspaldiko partez bitakora hauxe pixkat apaindu ta gero. Urteari agurra egin behar zitzaion eta nola hobeto bide batez ordu hauen bakardadearen aspergura entretenitzen baino? Beethovenek bukatu egin du bere saioa baina goiko pestaina bati sakatu besterik ez dut egin behar eta klik! badago, Satie eta bere Gymnopedia ospetsua... horrela ez dut urte hasiera ez dela batere ona gertatzen ari esan beharko... «musika, maixua!». Ez dut esan beharko, esate baterako, atzo hil zen alabaren lagunari, Cristiani, ez zitzaiola ez Satie, ez Ludwig pittin bat ere gustatuko ziurrenez. Musika entzuten dudan bitartean, Tomás Victoriaren Requiem-a, adibidez, ez dut esan beharko ere ez dela batere bidezkoa 23 urtetako gazte bat borroka ziztrin eta inozo baten ondorioz, bi aste koman eman ondoren, hiltzea.Tristura hau atzoko Oihaneren begietatik etortzen zait. Aipatzen ditudan abesti guztiek ez dutela inolaz ere kontsolatuko badakit baina niri orain, une honetan, nolabait ahaztarazten didate Cristian erori zenean, o, paradoxa! dantzatzen ari zela...



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1968.eko gerezi bat


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Ya que no nieva, nos conformaremos con esta cereza maravillosa encontrada en el hermoso campo de Freia donde, si lo precisáis, tenéis la letra en catalá y en castellano... y la misma cereza en otra versión.

Laura y los polvos

«¿Vos sabés por qué los argentinos nos lavamos con agua fría?» preguntó Daniel con la sorna llena de dulzura que le era tan habitual. «No, papito, ¿por qué?». «Para no empañar el espejo, hija». Quizá Laura no tenía edad para entender, pero estaba acostumbrada al refinado humor de su padre y simplemente, intuía. Rió. Lo adoraba. En enero iba a cumplir trece años y realmente no sabía del carácter de los argentinos, del mismo modo que ignoraba tantas cosas en aquel apartado rincón del mundo donde la palabra felicidad no se cuestionaba, simplemente porque no ofrecía un referente válido al contraste. La felicidad era aquello y la tristeza era aquello y aquello era todo. Eran dos contra la inmensidad. ‘Bueno, pronto vamos a convertirnos en trío...’ había reseñado en el cuaderno de tapas con dibujos de Betty Bop que usaba como diario.
Daniel se lo había anunciado, temeroso, aprovechando la indefensión que procura la desnudez. Lo hizo mientras le enjabonaba el interminable cabello, arrodillado frente al borde de la bañera inglesa donde cada sábado empleaba una hora con su hija desde que murió la mamá, seis años atrás, después de retorcerse varios meses en el dolor que se la llevó. «He conocido una mujer, Laura, es relinda, creo que te encantará...». Los ojos se le llenaron de espuma de tan grandes como se los puso la sorpresa. Después lo pagó todo el día, restregándose un picor que no aplacó hasta la noche, cuando se negó a que su padre le leyera el cuento o los poemas de costumbre. Ya nada iba a ser lo mismo en el rancho. Había encontrado un contraste con que sopesar su felicidad.
‘Yo sé bien que papá lo hace con buena intención. Sé que él piensa que yo necesito otra mamá, pero él no puede entender que yo nada más a él lo necesito. Acá nos hemos apañado rebién durante todos estos años. Y ahora ya ni siquiera soy tan chica. Este verano ya trece. ¿Acaso no me doy buena mano con los chanchos y las vaquitas? Yo le preparo sus tortitas con caramelo, le cebo sus mates, él me enseña toda la poesía de los gauchos y la que viene de lejos, me enseña los cuentos y las cuentas. Ninguna tetona de Rawson va a venir a cambiar eso. No lo voy a permitir. Papá es mío...’. Cerró el cuaderno y lo guardó en la alacena de color malva que Daniel le había colocado en su pieza a modo de armarito de cambalaches. Era su almacén de magias, su almanaque particular. Ahí estaban las cosas importantes de cada año transcurrido, por orden de alturas. Así, del modo en que en el cajón de abajo se apilaban los puzzles de madera y las muñecas piojosas y sucias de los primeros años, en la balda superior se apilaban los cuadernos de ahora y las revistas con tiras gráficas que papá le acarreaba de Trelew o de Mancagueno cuando las ferias.
Aquel domingo Daniel partió para la ciudad apenas el sol comenzó a redondearse tras los cerros de detrás de los ribazos. La niña despertó cuando ya el día se había estropeado, zarandeada por sueños que perduraban en el color pálido de sus mejillas. Cumplió sigilosamente con las tareas que nadie tenía que encomendarle. Vagó por la eterna finca. Pensaba que quizá los Perdomo o los Surimendi, con su hijo Pablo de dieciséis años, cruzasen el desdibujado camino del valle, rumbo a los oficios del domingo. No pasó y, además, el mediodía no proponía nada que no fuese algo torrencial. Entretuvo el regreso recogiendo flores por las veredas.
Después de la comida, un pulcro bife con maíz y algunas hojas verdes, se recluyó en la alcoba de Daniel. Las primeras gotas se despanzurraban en los cristales polvorientos, embarrando el horizonte. Colocó unas ramitas de espliego encima de las camisas de su papá y permaneció contemplando largo tiempo el lecho de fierros torneados. Un ramalazo de viento la devolvió de su ensoñación. Calculó que disponía aún de algunas horas antes de que él regresara trayendo la intrusa.
Fue a su alacena malva y tomó el cuaderno. ‘No vi pasar a Pablo Diego Surimendi por el valle. En la mañana pensé reeditarle nuestro secreto y anunciarle su ampliación. Pero mejor no, no preciso a ese bueno para nada que me daña los pechos con su torpeza y su chantaje de niños chicos. Además, pronto volará a los pozos de Rivadavia y ya no tendré que rendirle cuentas a nadie...’. Volvió a la alacena y depositó el cuaderno en su sitio. Abrió uno de los cajoncitos gemelos del centro. El mismo donde guardaba las estampas de flores que volteaba en sus juegos solitarios, los piolines de colores, la cajita con los cromos de los héroes de Trelew que ganaron aquel remoto campeonato y el bote amarillo con los polvos para ratas. El viejo bote que escondió inocentemente hacía seis años entre el amasijo del cajón de las cuerdas coloreadas.
Lo abrió sin dificultad, pese al tiempo transcurrido, con un gesto tan carente de emoción que detuvo la inusual lluvia del verano patagón. Olfateó el acre contenido y lo cerró. Lo devolvió a su fondo sombrío y seco. Tomó el buqué de flores que había recogido al mediodía y anduvo con ellas, transida, los cien metros de barro que conducían al improvisado cementerio bajo al abedul. No había lápida, sólo una cruz con una tabla dignamente claveteada, ‘Graciela María Ceserani 1959- 1991’. Depositó las flores sobre el túmulo mientras empezaba a adivinar en la lejanía, límpida tras la tormenta, la silueta de la camioneta Dodge de tercera mano de su papá. «Vaya, se apuraron bastante parece...» se dijo, mientras regresaba a la casa. Herviría agua, esperando solamente que a la recién llegada le fueran a gustar los matecitos que, a partir de esa tarde, tendría a bien prepararle a diario, a pesar del ligero tono acre...

jueves, 20 de diciembre de 2007

Tomar a 18º, removido con saña, no agitado

Cada vez que el termómetro alcanza los 12º empiezo a leer «blogs» de forma aleatoria. Conviene no prodigarse, es obvio que es algo que crea infinita adicción. En la cabecera de uno, leo: 'Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un blog' y esta última frase está cruzada con una línea como de lápiz rojo. Según parece, al autor ya sólo le restan los dos primeros objetivos para haber cumplido en la vida. Pírrico logro, hoy en día no regar un blog te convierte en una especie de lejana Mafalda, cuando ésta no tenía aún aparato televisor y era la apestada de primer grado. De allí viajo a otro donde alguien realiza 'Reflexiones al desnudo' de una hermosa manera, que sería tan interesante como excitante si no fuera por las constantes referencias a su novio.
Entre saltos de bitácoras con los más diversos contenidos van apareciendo las usuales páginas de putas y menos putas, que en ocasiones lo son más. Pero algún estigma latente debieron dejar mis casi diez años con los hermanos salesianos: apenas aparecen, las paso, sin pararme a recorrerlas siquiera un poquito. ¡Ah, señor, qué habrá sido de aquel Buscón de la Grosella! ¡Cómo van muriendo todos los personajes que somos! O, mejor, cómo los asesinamos...
Acabo hoy leyendo las morriñosas letras de una rapaza que sufre y goza a la vez un leve destierro estudiantil en Leioa con Periodismo. Me relaja leer por su diario, en un galego que se me antoja tibio, su consistente añoranza y sus decepciones, sus descubrimientos y algunas de sus pérdidas menos drásticas. Y siempre viene bien aprender el idioma para jugar tute en el bar de Sindo con esas inexpugnables gentes de Viñós, de Beigondo, de Ferreira, de Arzúa, de Melid...
Pero ya nada es igual que hace un rato. Se acabó,estamos a 17º y no va a llover en las próximas 32 horas y media.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Khaserrenak

«1947, apirila. Guadalupek Wiazcheslaw bez idazten zuen» besterik ez zeukan idatzita koadernotxo gorrian. Ganbarako kutxatzarrean olerki, apunte, ohartxo, istorio labur eta zirriborraturiko marrazkiz beteriko libreta mordoa bazegoen ere, benetan harritu ninduena horixe izan zen: azal gorridun bakarra zegoela, eta bere ehun orrialde laukidun barruan zehar, kaligrafia irmo eta ederraz horixe baino ez agertzearena «...Guadalupek Wiazcheslaw bez idaten zuen»
Une hartan, ezin izan nuen antzeman, ezta beste inork ere ez, nik uste, itxuraz hutsala zirudien esaldi horretan Kasherrentzat bizitzan garrantsitzua izan zen guztia trinkotzen zenik...

martes, 11 de diciembre de 2007

Una cereza

Hay, sin embargo, razones para convertir esto en un diario. Porque, a veces, ocurren cosas que no suceden a diario. Hay tristezas que ocurren en otra capa debajo de la nieve. En otra nieve. En otra capa. Habrá quien no deje de opinar que escribiéndolas, las cosas se entienden mucho mejor. O se desprenden. Yo ni siquiera soy capaz de permitirme faltas de ortografía y sé que he añorado hasta la laceración los monstruos de hace algunos meses. Mañana quizá sólo me preocupe la tersura o la poca esponjosidad de mi cruasán, cada vez menos cotidiano.
Mis monstruos eran buena gente. Pero se han debido escapar con un montón de niños. ¿Volverán? Nadie les ha pedido fidelidad. No, a ellos no.
Es noche cerrada. No nieva. Quizá haya el eco flamenco de una serrana a mi espalda. Me apetece poner una cereza en esta nieve sin palabras del martes. Sea.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Odio a tu gato

En el espacio que tu gato ocupa
hago de todo mi odio buen empleo,
sólo quiero matarlo si lo veo,
quitarlo de tu mano me preocupa.

Su estancia por tu entorno ya con lupa
celando voy, y lo tengo por tan feo
que odiándolo disfruto y me recreo.
¡Cuánta envidia en mi corazón se agrupa!

No aguanto esa mirada indiferente
que acoge tu caricia todo el rato,
cual si no lo tocaras ¡repelente!

Si en el regazo lo hallo te lo mato,
robándome tu seno, intransigente.
No hay remedio, mi amor, odio a tu gato...

MARABUNTA

  Cada verano, cuando estaba en el pueblo, empleaba una mañana en observar la minucia de un hormiguero cercano a la caseta abandonada que e...