viernes, 26 de febrero de 2010

Milongue




Peu à peu je te regagne...

Las lilas se ateren
en la misma esquina
donde era resignada envidia
el amor.

Tu étais le bouquet, moi...

Los milagros tienen
un aura escasa.
Pero es marrón tibia
y derrotada violeta.

Pormenor...

Cette chambre n'à pas de paroit...

jueves, 4 de febrero de 2010

Victoria, otro fracaso



¡Hay tanta nieve...! Llevo diez días encerrado en casa y, de ellos, más de seis sin aparecer por el desván. La ventisca del viernes pasado sopló con tanta violencia que hizo añicos uno de los cristales. No había quien parara aquí y hoy, cuando he subido, luego que Jacinto haya podido arreglarme la ventana que mira al páramo, me he encontrado con otra de las malévolas limpiezas que Lucía perpetra en mi mesa. Como siempre que esto ocurre, me ha dejado un silencioso mensaje encima de su habitual pulcritud: un añejo poema estival. ¿Cómo sabrá Lucía ponerle siempre la guinda a ciertos momentos con tanto acierto? En los próximos días, seguramente, no encontraré nada en toda esta simétrica organización. No importará, claro, porque toda la belleza de este tiempo en la clausura de chimenea y lecturas me había llevado a la nostalgia de los tórridos veranos en brazos de Victoria, a quien iban dedicados los ripios recuperados. ¿Qué alimenta las nostalgias?

Antes del incidente del cristal trabajaba en unos cuantos poemas, hallados en una curiosa publicación de Trieste; quiero pensar que son de Kasher. La mesa, como siempre, era un caos de recortes y revistas. Ahora, los unos están a la derecha, guardados en una funda transparente, sobre las otras, conveniente apiladas. Y, sobre todos ellos, estaba este poema que no sé de dónde ha rescatado el plumero de Lucía. Está caligrafiado con pulso casi adolescente en una hoja de papel cuadriculado que amarillea levemente por los bordes. A mí no me gusta tanto como sospecho que a Lucía. Pero no puedo dejar de obedecer, ni de pensar que, hace siglos, hubo una Victoria. Los versos, es cierto, merecían el olvido; Victoria no.

El sol se duplica por los campos helados, deslumbrando. Me he acercado a la ventana reparada y allí, tonto él, estaba Satán, adormilado. Me he sentado a su lado e, ignorando su cotidiana indiferencia, le he leído el poema con la misma entonación de los años del colegio...


Salíamos al encuentro de la tarde,

el sol fraguaba en mosquitos y hormigueos

y en el trigal que buscaba el horizonte

la amapola mecía su ardiente gineceo.

Las niñas andaban, mansas, a la escuela

a la tenue luz de la hora de solfeo,

había tortuosos imanes por la ropa

y aceros muertos del ansias del deseo.

Tanto espacio que vagamos una vida

para concluir en un tímido escarceo

por detrás del agua presa de los juncos

que un beso abrían en cada balanceo.

Era tan sencillo amarte y darte alas

que temí quedarme en blanco titubeo

y no acertaba a recorrerte casi

y casi me asfixio en puro galanteo.

Salíamos por los rumbos de la tarde,

el viento dormía en brazos del poleo

alzando el agrio violín de las chicharras,

pintando en tu pelo un leve bamboleo.

Al fin, un río de sales sudorosas

y aquel miedo a despertar si no te veo,

deslumbrado por la luna recién hecha

y el aliento derrotado que aún rastreo.

Salía de ti con mucha parsimonia,

con alma de oruga y ojos de mareo,

en aquel día que fuiste, más que hermosa,

liviana ala de un litúrgico aleteo.




jueves, 28 de enero de 2010

martes, 26 de enero de 2010

Bonjour (poema en crestafase)


Tienes que saludar al día

(tú que albergas pájaros)

para que el reloj consista,

para que el hombre,

tibio aún,

te ofrezca el agasajo

de la mantequilla,

el injerto de besos y nocheterna

y la tostada necesarios...

jueves, 8 de octubre de 2009

Sin memoria (De «El asno en globo»)

«..se ven algunas abejas afanándose en ásters. Se trata de una foto vieja, de 1973 por lo menos. Soy Amancio Valjean. En una época anduve de marinero en los mares del sur. Durante doce años, nada menos. Me desterré en un islote de las Marquesas. Allí, en las intrincadas montañas Hiva Ua crecían unas flores maravillosas. Estuve tres años intensamente solo, escribiendo los poemas que guardo en el cajón de la mesita de la izquierda, debajo de mis dos canicas secretas. En las playas del levante proliferaban unos peces que se peleaban por caer en mis trampas. La foto la realicé en Salzburgo. Yo mismo, sí, señor. Cuando me trajeron aquí decidí que ése sería mi único lazo con el pasado. Bueno, no... ésa no es toda la verdad... Tuve colgada otra imagen: una de una playa de ésas paradisíacas que hay por Bairiki. Pero, como es lógico, apenas dos meses después ya me había hartado de ella y se la regalé a Emilio, el que fuera carnicero de Aizarna y que ahora duerme en el cuarto del fondo de la galería que da al estanque... ¿No me vais a preguntar si soy descendiente de Jean Valjean? (Apunto aquí la risa difícilmente descriptible del entrevistado. Suponemos que supone que somos tan imbéciles como para pensar que tiene como antepasado a un personaje de ficción. La carcajada, entonces, sería comprensible. Casi más que este inevitable resquemor que nos ha dejado) Podéis coger todos los poemas que queráis y hacer con ellos lo que os plazca siempre que no toquéis con la mano mis canicas secretas. Haced lo queráis y luego devolvedlos al cajón. No tengo nada más. Una foto vieja donde se ven algunas abejas afanándose en ásters, casi cuatrocientos poemas llenos de gaviotas y salitre y unas canicas que nadie sabe que tengo. Las guardo en secreto porque me las dio el chamán Alof’uku Ran y son dos ojos volcánicos. La foto me la amplió Luismari Reyes en su propio estudio. Soy Amancio Valjean y no tengo nada más. Pero no puedo deshacerme de los recuerdos. Fui marinero durante doce años. Suva, Papete, Dunedin, Honiara, Fonafala... Hobarth...»



Amancio Valjean Zurutuza vivía todavía cuando empecé a visitar el sanatorio. Era, en esa época, un anciano flaco en extremo que lucía, no sin cierta gracia, una blanca melena enrevesada y crespa. Cuando, en mi infatigable labor de zapa con la revista, topé con el artículo donde se reproducía una entrevista que no era más que un hermoso monólogo y que aquí he reproducido, quise hablar con él para tener una visión de primera mano de tan curioso personaje, pero para entonces llevaba, como después supe, varios años sumido en un infranqueable y risueño mutismo.
Una preciosa y helada tarde de otoño de hace casi dos años lo encontraron muerto en el mismo banco desde donde, casi a diario, le ofrecía su intrigante sonrisa a la tapia tupida de bignonias naranjas. Vi cómo se lo llevaban, incapaces de deshacer el «4» feliz que formaba su enjuto cuerpo. No pudieron tampoco, al menos antes de quitarlo de la expectante y múltiple mirada de la hora de visita, cerrarle los ojos ni abrirle el puño de la mano derecha. El rostro de dicha que mostraba proclamaba: «¡al fin, todo está olvidado!»
No me costó mucho obtener permiso del director para infiltrarme a la mañana siguiente en su alcoba. Tuve que hacerlo muy temprano pues, conociendo el particular sentido de la pulcritud de las hermanas enfermeras, corría el riesgo de llegar cuando hubiesen realizado una de aquellas particulares rafias limpiadoras que hallaban particular enemigo en cualquier tipo de papel, encuadernado o no.
No encontré ni canicas secretas, ni ojos volcánicos ni nada remotamente cilíndrico sobre las trescientas cuarenta y tres cuartillas minuciosamente caligrafiadas en tinta azul, excepto las incólumes segunda y última, que reposaban en el cajón superior de la mesita de noche. En el folio superior, con letra enorme de rotulador negro se leía «BITÁCORA ROTA». Cada hoja contenía un único poema y estaban numerados, en orden, hasta llegar al 341. En la pared, malamente pegada con cinta adhesiva transparente, seguía la fotografía floral que, ignoro por qué, era tan importante para Valjean. Supe enseguida que en el armario no iba a encontrar nada que no fuera la poca ropa que le había ido viendo en las tardes en que, clandestinamente, observaba intrigado cómo sonreía en silencio a un pasado que se iba borrando poco a poco al ritmo infatigable de sus manos pasándose dos bolitas que eran su única voz tintineante....
Lucía, que curiosea todos mis borradores sin reparo, quisiera que las bolas del hechicero fueran dos talismanes manufacturados con ópalos hallados en algún cráter de Aotearoa o tallados en milenario kauri y que explicaran alguna maravillosa historia. No quiero desencantarla inventando un cuento que desmerezca la más que posible deliciosa historia de alguien que se recluyó en una isla durante tres años, pescando peces suicidas y escribiendo unos poemas donde ir desterrando una memoria terrible. ¿De qué le serviría a Lucía leer que unos días después aparecería aquí, en mi desván, una hermosa mujer de rasgos polinésicos, de unos cuarenta años, pidiéndome amablemente que le devolviera aquellos poemas de los que, impúdicamente, me había apoderado? Si fuera verdad que yo le devolví los versos después de que ella me contara que su abuelo no conocía la palabra «montaña» y que se despidió con un musical «Ti a bo», no podría, quizá, dejar aquí, los tres poemas que, al azar he sustraído del poemario. Ojalá le sirvan a Lucía para hilvanar la verdadera historia...

46.

Las gaviotas
elevan sus rosas de sal,
las espumas se vuelcan
en el cabo del norte,
la madrugada
es un bálsamo
sin preguntas,
mi descanso consiste
en un lejano mirador,
unos versos antiguos,
una piel indemne...
unas horas robadas.
¿Por qué no ruge este mar?

* *
116.
Todos los relojes están en la noche,

cerrad los ojos
a la pura melancolía,
saboread en el silencio
los elementos
que destrozan
las almas:
los cormoranes locos,
la brisa
pintada de orquídeas,
el suave mareo de las palmeras,
de los recuerdos,
del miedo,
de las preguntas
que vuelven
como los estúpidos peces
que mueren en mi red...
* *
184.
Crece en el mar
la luna más grande,
en el mar que nos llega,
en el mar que nos lleva,
en la hora, alta hora
de los escasos recuerdos
que pudren la memoria.
Ya no te tendré más que aquí,
en esta luna
que pone sus azucenas
en la sal inmensa
y crece, crece
sin la fuerza necesaria,
tal es su pudor,
tanta la distancia.

jueves, 23 de julio de 2009

Aquella historia

En uno de sus diarios, que conocieron cierta gloria editados en un compendio titulado «Huyendo de la historia», Primo Parri, nos da una pista de Kasher en aquellos años:
«... gustaba considerarnos presos políticos en aquella inmundicia, sólo porque, a diferencia de cuantos nos rodeaban en la galería, sabíamos manejar, con más o menos presteza, una pluma. O porque éramos capaces de hablar de temas que nos parecían profundos y peliagudos. Debería, en realidad, decir "yo era", ya que Kasher se limitaba, casi siempre, a dar continuidad a mis peroratas con amables monosílabos y desconcertantes sentencias. Sin embargo, está claro que llegué a desarrollar una especie de contradictoria admiración hacia aquel tipo que nunca alcanzó a desentrañarme ni uno solo de los arcanos de su vida. Y eso que compartimos cuchitril durante casi siete meses. Pero era capaz de desbordar mi asombro a menudo, como aquella noche en que, estando ya en la celda, poco antes de que nos dejaran sin luz, me pidió que le prestara el bolígrafo y la libreta que, a falta de más, utilizaba yo a modo de diario. No dudé ni un segundo en dejar caer ambos sobre él, tumbado en la litera inferior. Escribió algo de un tirón para, acto seguido, arrancar la hoja y ocultarla bajo la almohada. Mientras me devolvía los utensilios de esforzado literato, le pregunté qué había escrito.
-Un olvido- zanjó.
-¿Puedo leerlo? -supliqué, dando un salto hasta el suelo. Kasher encendió un pitillo con gesto extraviado. Sacó el papel y me lo pasó sin mirarme. Había escrito, con su habitual caligrafía casi infantil, este poema:

Trémulas cariátides
desde las azucenas quietas
de tus pies
sostienen tus piernas
otro templo
donde acomodar la noche
dispersando olvidos
en mistral deseo,
tenaz...
¿Qué podía hacer yo que no fuera callar?
-Viendo la presentadora del noticiario en la sala de ocio hace un rato, me he acordado de ella. Solía llevar el pelo recogido de ese modo tan gracioso... En ocasiones lo hacía con dos lapiceros, o con las agujas de coser, a modo de desmadejada geisha y a mí me volvía loco... El deseo... Mientras la mujer del televisor nos ponía al tanto de los disturbios en Tesalónica he recordado un verso de un amigo poeta que seguirá olvidado en algún pueblo del norte de España y, enseguida, una metáfora trenzada en un soneto de otro poeta, menos anónimo, que murió en otra cárcel. Sus piernas, el deseo... Las citas al olvido son memoria que me viene siempre de Borges. Y en la memoria, al fin, está el deseo, que en esta distancia se agranda como la luz de enero agranda las montañas. Y el deseo, hoy, era chocolate, o chicle, o todas las golosinas, por eso el mistral. Por eso el mistral... chocolate y viento. Y su cuerpo. Gagnant... Inasequible... inalcanzable... El premio. Perdue...
Guardé la hoja con el poema que pensé que le robaba y guardé, también, sus palabras en la página siguiente de aquella libreta de la que hoy me sirvo, escribiendolas a hurtadillas en el catre, ayudado de una linterna diminuta que también conservo. Mi memoria está en muchas cosas, no soy como él: tengo que tocarla.
Cuando salió de la cárcel me dio la mano y otro montón de olvidos perfectamente caligrafiados también. Sólo sabía que se llamaba E.L. Kasher. Sin conocer siquiera el significado de aquellas dos iniciales que me hubieran podido dar una pista de una procedencia que siempre he querido suponer bohemia, o eslovena. Sin saber ni su edad, que sospechaba la mía, ni su oficio, que sospechaba el mío. Sin saber si tenía familia, aún presumiendo que no. Sin saber a dónde se dirigiría. Sin saber por qué había ido a parar a una cárcel de un país que no podía ser el suyo. Sin saber, claro, de quién habían sido aquellas piernas griegas, aquellos ojos ni aquel peinado de presentadora de telediario. Nunca fui capaz de preguntarle todas esas cosas que tanto deseaba saber. Siempre supe que no me hubiera contado nada.
Salí de prisión apenas un mes más tarde que él y, pese a haberle proporcionado todos los datos de mi futuro paradero, jamás me visitó ni me llamó. Sólo el azar, muchos años después, me lo devolvería en forma, otra vez, de maravillosos versos perdidos en una revista de locos. He intentado de todos los modos que me posibilita esta fama insensata contactar con Kasher, pero no he conseguido dar con él. No me consuela saber que algo parecido le sucede a otros que le han buscado. Como a aquel poeta que conocí en el manicomio donde Kasher debió pasar casi cinco años y a donde todavía acude cada semana, buscándole en el rastro de los otros locos. Supongo que, de algún modo, no desaparece, sino que es como si no estuviera, como si no hubiera estado. O, es precisamente al revés: siempre está. Te deja un verso y se esfuma, pero jamás se va. Como si fuera aquella Elizaveta que huía de la Historia. Huyendo de la Historia. Así es Kasher. Y así:
Tengo todas las respuestas
y aún nada has preguntado.
Mi talento reside
donde yace
desnuda tu insolencia.
Cuanto sé se almacenaen tu piel.
Y tengo ojos.
Cuatro tengo.
No puedo olvidarle. Ni quiero...»

lunes, 20 de julio de 2009

Esta historia...

Yo sabré recordar.
No tengo el pulso del artesano
pero sé decir:
-Siéntate a mi lado...
Allí había labios limpios,
allí había carbón de besos.
No sé hacer grandes cosas
con la arcilla,
ni doblego el junco con paciencia
pero limpio de nubes
las noches del verano
y traigo agua fresca
al filo de las madrugadas.
Yo sabré recordar,
yo sabré
mantener el aliento,
sabré mantenerme en cuclillas
sin hacer nada,
nada más que acordarme
de lo que supe ofrecerte
como grama que no cesa.
Allí había ese fuego
que siempre sabré recordar
siempre.


MARABUNTA

  Cada verano, cuando estaba en el pueblo, empleaba una mañana en observar la minucia de un hormiguero cercano a la caseta abandonada que e...