Es viejo, Sebas
pero vale.
Felicitats...
Lucía despierta con ese pálpito de las cosas buenas en el pecho. Despacio. Despierta palpando el hueco que la desespera a su izquierda. Su felicidad se borra desde la yema de los dedos que no le encuentran a su lado hasta los ojos que no quieren abrirse aún.
Lucía se ducha lamentando que el agua diluya ese rastro estremecido de la noche entre sus brazos. Se seca con la mirada perdida todavía en el sueño. Desayuna mirando el día que perfila las azoteas de enfrente, pero sin ver el sol que se promete. Sin ver. Le habla al café de esta repentina soledad. Fuma con cierta mansedumbre su desencanto de hoy.
Lucía se viste el uniforme diario y el espejo le pinta la cama deshecha a su espalda, arrugada de caricias nuevas. Piensa en la vida de él tan cerca, tan lejos de la suya. Imagina su clandestino despertar, su huida silenciosa y se maldice por haberse dado el lujo de dormirse acariciando estrellas en su frente. Maldice haberse rendido al placer de sumirse en su último beso, de repetirlo como si sus labios fueran los mil espejos de un laberinto. «¿Por qué esperabas que se quedase si apenas le conoces?» le pregunta a la mujer que se arregla un lazo enfrente.
Lucía toma los abalorios del día y baja a la calle temiendo que no vuelva a verlo, temiendo que la ciudad devore su sombra escapando a medio vestir en la alta madrugada, cerrando sin ruido la puerta, sin el mísero regalo de un susurrado adiós. Sin la oportunidad de un adiós. Sin la oportunidad de atar un amor que sólo ella siente que siente.
Lucía avanza en el tránsito diario de las aceras que bullen. La mañana le arrebata una lágrima helada en el semáforo. Se pliega en un escalofrío, mete las manos en los bolsillos de la chaqueta roja de perfecta secretaria y en sus dedos se enrosca un tosco trozo de papel. Hay un teléfono. Hay una posibilidad. Lo desenvuelve. Hay unas letras. No hay ningún adiós. Hay un estruendo de cláxones que no consiguen sacarle ni la sonrisa ni el ensueño cunado cruza, desprevenida y feliz, leyendo, leyendo, releyendo...
Es éste el mejor momento para inventarte.
Duermes con tus cuatro o cinco pájaros,
lejos, seguramente, de mí, ahí, al lado.
De la comisura alzada se te escapa la noche,
yo la entretengo despacio en el café
y en los versos que hallarás
camino del trabajo, en el bolso,
doblados dentro
del paquete de rubio.
¡Tras!
Ahora estamos juntos, sonríes, lo sé,
y sin remedio, cruzarás sin mirar
el semáforo de la avenida,
mientras interpretas este beso,
redoblando, lentamente,
esta cuartilla,
este poema,
estos labios,
todos de papel.
