jueves, 11 de septiembre de 2008

El príncipe gafe

El príncipe gafe creyó que su mala suerte había terminado cuando, en el plenilunio de agosto, atrapó con inusitada destreza aquella preciosa ranita fugada de la frágil vitrina del «Maravilloso Zoo Ambulante Amazónico» rotulada con el letrero 'Rana Flecha Dorada (Phyllobates terribilis)'. Pero no llegó a besarla...



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miércoles, 10 de septiembre de 2008

malagueña


Boomp3.com

El pellizco se perfila en el vientre, trepando como madreselva, tremolando en vapores serranos. Diego no desconfía tanto aunque la filigrana de su malagueña cante que...

«Espías,
necesita tu persona,
que le ponga unos espías
pa que vigilen tus pasos
y a toas las horas del día
por ver lo que estás tramando...

Desde que perdí la fe,
vivo en continua agonía,
desde que perdí la fe...
Yo me quisiera morir
porque con la fe perdía
se hace duro el vivir...»

martes, 9 de septiembre de 2008

El tío Baldo (I)

No había taxis por ningún lado. Ni en la parada de la avenida, ni en la más cercana de la calle Elkano. No había taxis y el hombre no se veía capaz de subir la cuesta que lleva desde la óptica hasta el ambulatorio que le corresponde. La prima necesitaba un teléfono y por eso ha entrado en mi oficina, algo acelerada por la hora, porque el tío se fatigaba y porque fuera había un viento del demonio.
-¿Qué tal estás, tío?
-Como un caballo... relincho y tó... pero, viejo, hijo...
Mi tío Baldo es una enciclopedia viviente de las cosas que le interesan. No le preguntes de fútbol ni de baloncesto ni de coches de Fórmula 1. Bueno, en realidad no le preguntes de nada. No porque nada sepa, no, sino porque el te contará las cosas per se, sin necesidad de interrogatorios. Sólo tienes que estar atento y apuntar. No importa que la conversación tome por los derroteros tópicos del mal tiempo que hace y la sequía catalana; cuando él decida nos encontraremos arrancando berros cerca de alguna charca recóndita en la finca de «la Portugalesa», o en los límites del Herrador. Son nombres que se podrían erigir en perfectos mojones de una maravillosa geografía fantástica, pero muchos ecos me confirman que obedecen a coordenadas ciertas ubicadas en un territorio que es, sin duda, «la más hermosa desolación»
«...asta un arroyo que le dicen El Molar hay 35 kilómetros y todos esos los he andado yo en la siesta y luego, volviendo, por la noche con las ranitas y ahora, hay que ver, no vale uno pa ná...»

sábado, 6 de septiembre de 2008

La isla de las bufandas

Cuando descubrí esta canción me puse a nadar como un poseso. Otro día decidí pesarme en una de esas máquinas que hay en algunos bares que te predicen el futuro inmediato y te dan una combinación para la lotería primitiva. En la sexta noche estuve tentado de volver a fumar. Quise dejar de escucharla a las cuatro y venticinco pero es fama que a esa hora no hay nada que hacer. Ahora estoy leyendo un libro, recomendando una canción de Lidia y escuchándola a la vez, mientras se seca el bañador.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Un segundo apenas

Todo es susceptible de mejorar... o de empeorar. La cosa es que, como poco, revisando este viejo relato mínimo me ha deslumbrado el fogonazo de un par de enormes errores ortográficos, los gramaticales jamás los detecto, así que ahí seguirán... Y como le he dado un vuelco interesante, lo reedito, y, de regalo, le coloco algo de música, que siempre entretiene.
Boomp3.com

Levanté la vista del libro y miré el cartel que indicaba la estación en que el metro se había detenido. No sería la primera vez que me pasaba de destino, no siempre necesito tener un libro en las manos para que esto me suceda. Estaba bien, aún me faltaban dos paradas para llegar. Fui dejando caer los ojos hasta el andén y, justo allí, en el infame banco, desconchado y pisoteado, estaba ella. Las miradas se emparejaron un instante eterno. La suya se me quedó palpitando en las sienes, alzándome en una ola salvaje los pelillos de los brazos, como si hurgara en alguna alcoba abandonada del recuerdo. El tren no tuvo misericordia. No supo desafiar su afamada puntualidad y salió enmarcado en un vértigo de bocas abiertas y ojos redondos por la sorpresa. La curva de las vías me impidió confirmar que se levantaba y me sonreía como me había sonreído un día hacía tantos años. Era ella, todavía era ella. El tren siguió, me pasé la estación, el libro no le he terminado todavía y ya no viajo sentado, siempre lo hago codiciando la puerta, por si algún día...

MARABUNTA

  Cada verano, cuando estaba en el pueblo, empleaba una mañana en observar la minucia de un hormiguero cercano a la caseta abandonada que e...