No había taxis por ningún lado. Ni en la parada de la avenida, ni en la más cercana de la calle Elkano. No había taxis y el hombre no se veía capaz de subir la cuesta que lleva desde la óptica hasta el ambulatorio que le corresponde. La prima necesitaba un teléfono y por eso ha entrado en mi oficina, algo acelerada por la hora, porque el tío se fatigaba y porque fuera había un viento del demonio.
«...asta un arroyo que le dicen El Molar hay 35 kilómetros y todos esos los he andado yo en la siesta y luego, volviendo, por la noche con las ranitas y ahora, hay que ver, no vale uno pa ná...»
-¿Qué tal estás, tío?
-Como un caballo... relincho y tó... pero, viejo, hijo...
Mi tío Baldo es una enciclopedia viviente de las cosas que le interesan. No le preguntes de fútbol ni de baloncesto ni de coches de Fórmula 1. Bueno, en realidad no le preguntes de nada. No porque nada sepa, no, sino porque el te contará las cosas per se, sin necesidad de interrogatorios. Sólo tienes que estar atento y apuntar. No importa que la conversación tome por los derroteros tópicos del mal tiempo que hace y la sequía catalana; cuando él decida nos encontraremos arrancando berros cerca de alguna charca recóndita en la finca de «la Portugalesa», o en los límites del Herrador. Son nombres que se podrían erigir en perfectos mojones de una maravillosa geografía fantástica, pero muchos ecos me confirman que obedecen a coordenadas ciertas ubicadas en un territorio que es, sin duda, «la más hermosa desolación»-Como un caballo... relincho y tó... pero, viejo, hijo...
«...asta un arroyo que le dicen El Molar hay 35 kilómetros y todos esos los he andado yo en la siesta y luego, volviendo, por la noche con las ranitas y ahora, hay que ver, no vale uno pa ná...»