martes, 9 de septiembre de 2008

El tío Baldo (I)

No había taxis por ningún lado. Ni en la parada de la avenida, ni en la más cercana de la calle Elkano. No había taxis y el hombre no se veía capaz de subir la cuesta que lleva desde la óptica hasta el ambulatorio que le corresponde. La prima necesitaba un teléfono y por eso ha entrado en mi oficina, algo acelerada por la hora, porque el tío se fatigaba y porque fuera había un viento del demonio.
-¿Qué tal estás, tío?
-Como un caballo... relincho y tó... pero, viejo, hijo...
Mi tío Baldo es una enciclopedia viviente de las cosas que le interesan. No le preguntes de fútbol ni de baloncesto ni de coches de Fórmula 1. Bueno, en realidad no le preguntes de nada. No porque nada sepa, no, sino porque el te contará las cosas per se, sin necesidad de interrogatorios. Sólo tienes que estar atento y apuntar. No importa que la conversación tome por los derroteros tópicos del mal tiempo que hace y la sequía catalana; cuando él decida nos encontraremos arrancando berros cerca de alguna charca recóndita en la finca de «la Portugalesa», o en los límites del Herrador. Son nombres que se podrían erigir en perfectos mojones de una maravillosa geografía fantástica, pero muchos ecos me confirman que obedecen a coordenadas ciertas ubicadas en un territorio que es, sin duda, «la más hermosa desolación»
«...asta un arroyo que le dicen El Molar hay 35 kilómetros y todos esos los he andado yo en la siesta y luego, volviendo, por la noche con las ranitas y ahora, hay que ver, no vale uno pa ná...»

sábado, 6 de septiembre de 2008

La isla de las bufandas

Cuando descubrí esta canción me puse a nadar como un poseso. Otro día decidí pesarme en una de esas máquinas que hay en algunos bares que te predicen el futuro inmediato y te dan una combinación para la lotería primitiva. En la sexta noche estuve tentado de volver a fumar. Quise dejar de escucharla a las cuatro y venticinco pero es fama que a esa hora no hay nada que hacer. Ahora estoy leyendo un libro, recomendando una canción de Lidia y escuchándola a la vez, mientras se seca el bañador.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Un segundo apenas

Todo es susceptible de mejorar... o de empeorar. La cosa es que, como poco, revisando este viejo relato mínimo me ha deslumbrado el fogonazo de un par de enormes errores ortográficos, los gramaticales jamás los detecto, así que ahí seguirán... Y como le he dado un vuelco interesante, lo reedito, y, de regalo, le coloco algo de música, que siempre entretiene.
Boomp3.com

Levanté la vista del libro y miré el cartel que indicaba la estación en que el metro se había detenido. No sería la primera vez que me pasaba de destino, no siempre necesito tener un libro en las manos para que esto me suceda. Estaba bien, aún me faltaban dos paradas para llegar. Fui dejando caer los ojos hasta el andén y, justo allí, en el infame banco, desconchado y pisoteado, estaba ella. Las miradas se emparejaron un instante eterno. La suya se me quedó palpitando en las sienes, alzándome en una ola salvaje los pelillos de los brazos, como si hurgara en alguna alcoba abandonada del recuerdo. El tren no tuvo misericordia. No supo desafiar su afamada puntualidad y salió enmarcado en un vértigo de bocas abiertas y ojos redondos por la sorpresa. La curva de las vías me impidió confirmar que se levantaba y me sonreía como me había sonreído un día hacía tantos años. Era ella, todavía era ella. El tren siguió, me pasé la estación, el libro no le he terminado todavía y ya no viajo sentado, siempre lo hago codiciando la puerta, por si algún día...

jueves, 28 de agosto de 2008

Crepúsculos

Boomp3.com


Otros años me la he pasado retratando nubes con enojosa y torpe obsesión. Es lo malo de que una cámara más o menos decente caiga en manos de un dominguero irredento. Suelo tener, cuando menos, el buen gusto de no torturar visitas con el pase interminable de 400 diapositivas de diversos cúmulos, cirros nimbos e incluso estratos. O con el de 300 crepúsculos (¡hermosísísmosss!!) como es el caso de este verano en que he estado casi a diario aupándome a diferentes tapias y encaramándome a más de un poco fiable muro de pizarra...
Ustedes pueden perfectamente saltarse esta entrada que no mejorará las mil y una presentaciones que seguramente les llegan por mail con impresionantes fotos de atolones, islas paradisíacas y rincones inéditos. Yo apenas les dejo cuatro o cinco (o seis) de mi corto veraneo sureño. Hay más, puedo jurarlo, pero dejaremos que reposen de momento en hermosa carpeta de imágenes perdida en mi ordenador...
La que reposa sobre estas líneas es de uno de los prodigiosos atardeceres que se pintan en el enclave de la desembocadura del Guadalquivir y que el buen amigo Marco ponderó mil y una vez con denuedo. Se quedó corto en sus apologías: hay una luz que te saca de ti mismo en esos últimos instantes y que no deja de ser única. Como, tal vez, lo sean también los demás atardeceres que les ofrezco.



Éste de la segunda fotografía dibuja el cerro de Magacela recibiendo al sol. La tarde tostaba naranjas en el horizonte, desparramándose de púrpuras y viejas chaquetas de ante...




Sentado en la terraza del bar de la Laguna, con una fresquita, cuatro aceitunas y el repliegue vespertino de los aviones y las golondrinas que limpian la charca, el día 13 nos dejaba con este cielo. Éramos cuatro y callábamos. Empezaba el relevo de los »murciégales» y Matisse estaba muy cerca.



Y, claro, en Orellana también anochece con un arrebato de fuegos que te aquietan en el asiento. El libro resbala al regazo, la luz te avasalla de fulgores insospechados.
Pero no se lo digáis a nadie...




Y un poco antes...





Y un poco después...

jueves, 21 de agosto de 2008

Sanlúcar, 07-08




La voz tenía razón:
fui doble sin remedio,
escapando
por el mismo río
de mi límite.
Y más geométrico
pudriéndome
tras los ojos
que me multiplican
porque doblan
el coraje de la envidia
cuando el sol
pugna con la muerte
la belleza que mata.
El mar, entonces,
no está
más que para azogue
y otros llantos.
Cada minuto
era otro rubí,
la baranda, la reja feliz...

MARABUNTA

  Cada verano, cuando estaba en el pueblo, empleaba una mañana en observar la minucia de un hormiguero cercano a la caseta abandonada que e...