viernes, 4 de enero de 2008

Laura y los polvos

«¿Vos sabés por qué los argentinos nos lavamos con agua fría?» preguntó Daniel con la sorna llena de dulzura que le era tan habitual. «No, papito, ¿por qué?». «Para no empañar el espejo, hija». Quizá Laura no tenía edad para entender, pero estaba acostumbrada al refinado humor de su padre y simplemente, intuía. Rió. Lo adoraba. En enero iba a cumplir trece años y realmente no sabía del carácter de los argentinos, del mismo modo que ignoraba tantas cosas en aquel apartado rincón del mundo donde la palabra felicidad no se cuestionaba, simplemente porque no ofrecía un referente válido al contraste. La felicidad era aquello y la tristeza era aquello y aquello era todo. Eran dos contra la inmensidad. ‘Bueno, pronto vamos a convertirnos en trío...’ había reseñado en el cuaderno de tapas con dibujos de Betty Bop que usaba como diario.
Daniel se lo había anunciado, temeroso, aprovechando la indefensión que procura la desnudez. Lo hizo mientras le enjabonaba el interminable cabello, arrodillado frente al borde de la bañera inglesa donde cada sábado empleaba una hora con su hija desde que murió la mamá, seis años atrás, después de retorcerse varios meses en el dolor que se la llevó. «He conocido una mujer, Laura, es relinda, creo que te encantará...». Los ojos se le llenaron de espuma de tan grandes como se los puso la sorpresa. Después lo pagó todo el día, restregándose un picor que no aplacó hasta la noche, cuando se negó a que su padre le leyera el cuento o los poemas de costumbre. Ya nada iba a ser lo mismo en el rancho. Había encontrado un contraste con que sopesar su felicidad.
‘Yo sé bien que papá lo hace con buena intención. Sé que él piensa que yo necesito otra mamá, pero él no puede entender que yo nada más a él lo necesito. Acá nos hemos apañado rebién durante todos estos años. Y ahora ya ni siquiera soy tan chica. Este verano ya trece. ¿Acaso no me doy buena mano con los chanchos y las vaquitas? Yo le preparo sus tortitas con caramelo, le cebo sus mates, él me enseña toda la poesía de los gauchos y la que viene de lejos, me enseña los cuentos y las cuentas. Ninguna tetona de Rawson va a venir a cambiar eso. No lo voy a permitir. Papá es mío...’. Cerró el cuaderno y lo guardó en la alacena de color malva que Daniel le había colocado en su pieza a modo de armarito de cambalaches. Era su almacén de magias, su almanaque particular. Ahí estaban las cosas importantes de cada año transcurrido, por orden de alturas. Así, del modo en que en el cajón de abajo se apilaban los puzzles de madera y las muñecas piojosas y sucias de los primeros años, en la balda superior se apilaban los cuadernos de ahora y las revistas con tiras gráficas que papá le acarreaba de Trelew o de Mancagueno cuando las ferias.
Aquel domingo Daniel partió para la ciudad apenas el sol comenzó a redondearse tras los cerros de detrás de los ribazos. La niña despertó cuando ya el día se había estropeado, zarandeada por sueños que perduraban en el color pálido de sus mejillas. Cumplió sigilosamente con las tareas que nadie tenía que encomendarle. Vagó por la eterna finca. Pensaba que quizá los Perdomo o los Surimendi, con su hijo Pablo de dieciséis años, cruzasen el desdibujado camino del valle, rumbo a los oficios del domingo. No pasó y, además, el mediodía no proponía nada que no fuese algo torrencial. Entretuvo el regreso recogiendo flores por las veredas.
Después de la comida, un pulcro bife con maíz y algunas hojas verdes, se recluyó en la alcoba de Daniel. Las primeras gotas se despanzurraban en los cristales polvorientos, embarrando el horizonte. Colocó unas ramitas de espliego encima de las camisas de su papá y permaneció contemplando largo tiempo el lecho de fierros torneados. Un ramalazo de viento la devolvió de su ensoñación. Calculó que disponía aún de algunas horas antes de que él regresara trayendo la intrusa.
Fue a su alacena malva y tomó el cuaderno. ‘No vi pasar a Pablo Diego Surimendi por el valle. En la mañana pensé reeditarle nuestro secreto y anunciarle su ampliación. Pero mejor no, no preciso a ese bueno para nada que me daña los pechos con su torpeza y su chantaje de niños chicos. Además, pronto volará a los pozos de Rivadavia y ya no tendré que rendirle cuentas a nadie...’. Volvió a la alacena y depositó el cuaderno en su sitio. Abrió uno de los cajoncitos gemelos del centro. El mismo donde guardaba las estampas de flores que volteaba en sus juegos solitarios, los piolines de colores, la cajita con los cromos de los héroes de Trelew que ganaron aquel remoto campeonato y el bote amarillo con los polvos para ratas. El viejo bote que escondió inocentemente hacía seis años entre el amasijo del cajón de las cuerdas coloreadas.
Lo abrió sin dificultad, pese al tiempo transcurrido, con un gesto tan carente de emoción que detuvo la inusual lluvia del verano patagón. Olfateó el acre contenido y lo cerró. Lo devolvió a su fondo sombrío y seco. Tomó el buqué de flores que había recogido al mediodía y anduvo con ellas, transida, los cien metros de barro que conducían al improvisado cementerio bajo al abedul. No había lápida, sólo una cruz con una tabla dignamente claveteada, ‘Graciela María Ceserani 1959- 1991’. Depositó las flores sobre el túmulo mientras empezaba a adivinar en la lejanía, límpida tras la tormenta, la silueta de la camioneta Dodge de tercera mano de su papá. «Vaya, se apuraron bastante parece...» se dijo, mientras regresaba a la casa. Herviría agua, esperando solamente que a la recién llegada le fueran a gustar los matecitos que, a partir de esa tarde, tendría a bien prepararle a diario, a pesar del ligero tono acre...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Te quedó relinda la historia.

Joseba M. dijo...

Eskerrik asko, anonimo jaun/andrea...
Me alegra que le haya gustado. Espero que lo demás también.

Freia dijo...

Impactante cuento de Navidad (muy bien escrito). Esto es lo que yo llamo un Complejo de Electra como Dios manda.