jueves, 20 de diciembre de 2007

Tomar a 18º, removido con saña, no agitado

Cada vez que el termómetro alcanza los 12º empiezo a leer «blogs» de forma aleatoria. Conviene no prodigarse, es obvio que es algo que crea infinita adicción. En la cabecera de uno, leo: 'Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un blog' y esta última frase está cruzada con una línea como de lápiz rojo. Según parece, al autor ya sólo le restan los dos primeros objetivos para haber cumplido en la vida. Pírrico logro, hoy en día no regar un blog te convierte en una especie de lejana Mafalda, cuando ésta no tenía aún aparato televisor y era la apestada de primer grado. De allí viajo a otro donde alguien realiza 'Reflexiones al desnudo' de una hermosa manera, que sería tan interesante como excitante si no fuera por las constantes referencias a su novio.
Entre saltos de bitácoras con los más diversos contenidos van apareciendo las usuales páginas de putas y menos putas, que en ocasiones lo son más. Pero algún estigma latente debieron dejar mis casi diez años con los hermanos salesianos: apenas aparecen, las paso, sin pararme a recorrerlas siquiera un poquito. ¡Ah, señor, qué habrá sido de aquel Buscón de la Grosella! ¡Cómo van muriendo todos los personajes que somos! O, mejor, cómo los asesinamos...
Acabo hoy leyendo las morriñosas letras de una rapaza que sufre y goza a la vez un leve destierro estudiantil en Leioa con Periodismo. Me relaja leer por su diario, en un galego que se me antoja tibio, su consistente añoranza y sus decepciones, sus descubrimientos y algunas de sus pérdidas menos drásticas. Y siempre viene bien aprender el idioma para jugar tute en el bar de Sindo con esas inexpugnables gentes de Viñós, de Beigondo, de Ferreira, de Arzúa, de Melid...
Pero ya nada es igual que hace un rato. Se acabó,estamos a 17º y no va a llover en las próximas 32 horas y media.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Khaserrenak

«1947, apirila. Guadalupek Wiazcheslaw bez idazten zuen» besterik ez zeukan idatzita koadernotxo gorrian. Ganbarako kutxatzarrean olerki, apunte, ohartxo, istorio labur eta zirriborraturiko marrazkiz beteriko libreta mordoa bazegoen ere, benetan harritu ninduena horixe izan zen: azal gorridun bakarra zegoela, eta bere ehun orrialde laukidun barruan zehar, kaligrafia irmo eta ederraz horixe baino ez agertzearena «...Guadalupek Wiazcheslaw bez idaten zuen»
Une hartan, ezin izan nuen antzeman, ezta beste inork ere ez, nik uste, itxuraz hutsala zirudien esaldi horretan Kasherrentzat bizitzan garrantsitzua izan zen guztia trinkotzen zenik...

martes, 11 de diciembre de 2007

Una cereza

Hay, sin embargo, razones para convertir esto en un diario. Porque, a veces, ocurren cosas que no suceden a diario. Hay tristezas que ocurren en otra capa debajo de la nieve. En otra nieve. En otra capa. Habrá quien no deje de opinar que escribiéndolas, las cosas se entienden mucho mejor. O se desprenden. Yo ni siquiera soy capaz de permitirme faltas de ortografía y sé que he añorado hasta la laceración los monstruos de hace algunos meses. Mañana quizá sólo me preocupe la tersura o la poca esponjosidad de mi cruasán, cada vez menos cotidiano.
Mis monstruos eran buena gente. Pero se han debido escapar con un montón de niños. ¿Volverán? Nadie les ha pedido fidelidad. No, a ellos no.
Es noche cerrada. No nieva. Quizá haya el eco flamenco de una serrana a mi espalda. Me apetece poner una cereza en esta nieve sin palabras del martes. Sea.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Odio a tu gato

En el espacio que tu gato ocupa
hago de todo mi odio buen empleo,
sólo quiero matarlo si lo veo,
quitarlo de tu mano me preocupa.

Su estancia por tu entorno ya con lupa
celando voy, y lo tengo por tan feo
que odiándolo disfruto y me recreo.
¡Cuánta envidia en mi corazón se agrupa!

No aguanto esa mirada indiferente
que acoge tu caricia todo el rato,
cual si no lo tocaras ¡repelente!

Si en el regazo lo hallo te lo mato,
robándome tu seno, intransigente.
No hay remedio, mi amor, odio a tu gato...

viernes, 30 de noviembre de 2007

EGUNEROKO SEI OLERKI TRISTE BAINO TRISTEAGOAK ETA IGANDEKO PAVANA BAT

1.
Bai, plaza honetan
udaberriak behar zuen egon
eguzkia eta zuhaitzen
gainetik.
Edo, agian, nire begiek
behar lukete
beste itxaropen batekoak izan.
Gaur, urtemugak hotzak daude.

2.
Hitzok, askotan,
ene itxura hartzen dutela
ulertu ohi dut,
taupadaka dihardute
harrokeriak eta harriak
ahantzi nahian edo...
harriek
berriro galduko ez zaitudan
ilargietan
pisatu egiten dute.
Heriotz honetaraino ere
ausarta izan naiz, ausart...

3.
Orain ahanztura dotorez
landaturiko harkaitzean jezarrita
egunari so egingo diot,
etsipen iragankorrezko begiez.
Eta tristura erraldoi honi zera
adieraziko diot:
‘Bai, lehengo egunetik izango dugu euria,
baina hauts guzti honek
goiz batean
beste harkaitz bat osatuko du’
Amets bat izan zuen ezjakintzat nauzue, agian,
baina bidea topatzeko gai naiz
eta haren ixiltasunean
zeozer aditzekoa ere...

4.
Ezdakit zenbat negar egiten duzun,
ezta aingeruren batek zure odola argitzen duenik.
Ongi dakit, ostera, oraindik
ilunpetan egoskor dirauten
hitzetan abesten duzula,
eta badakit ere
zure gorrotoaz ezer ez jakiteak
mintzen nauela,
nola beste zoritzar baten
lau sonetoak hiltzen zabiltzanentz
berririk ez izateak
zirikatzen nauen bezala.
Une honetan aforismo hutsa naiz
eta ezpainak zimelagoak ditut.

5.
Apirila da. Elur honek harritzen nau.
Elurrak intxaur guztiak estaliz,
Elurrak...
Ezta gerezirik ere elurra zapaltzeko,
urrutitik uso desiratien begiez
ikusteko gerezirik ez.
Hara, bapatean, barnean
‘aintzina’ hitza jaiotzen zait,
kanioi moduan,
nire olerkiak bonbardatzen.
Apirila da. Eta elurra.
Beleak pixkat haruntzago
gosal dezatela
eta gidatzen nauen arnasaren
oiartzuna lagun bakarra dudala
paseatzen irtetzea
baino ez dut lortu...

6.
Gauzen barruan gaude,
ernetuko diren loreak bezala,
muxuen osteko
kopetan margoturik daramatzazun
izarrak bezala.
Begira zauden ibaiaren bizia
elurretik garira doa
eta, sinestu ezazu,
glaziar batek
desegin zuen mendia
arnasten ari zara.
Ezin diogu, agian,
zoriona esan,
baina baliteke
errota zahar bateko
harri abaildua etengabe jiraka,
jo ta ke,
buelta ta buelta ibiltzea
letra hauek alaituko dituen
melodia sortzen...


PAVANA
Hau egiteko gai izango naizela
aldarrikatzen dut:
Izarak jaso,
eta, soina biluzik,
balkoian
eguna agurtu.
Ikusiko ditudan
hodei eder guztiak
nire zigarroaren puntara
erakarriko ditut,
goxo goxo erreko dut nire bakardadea,
ama zenak oparitutako landare loretsuak
ureztatuko ditut,
edan egingo dut, ura ere,
txistu egingo dut, handik, goitik,
espaloiko baldosa jakin batean
asmatzen saiatuz.
Ez dut otoi egiteko beharrik izango,
bizitza jazarlea dut jadanik...

Del desván...

Yo sé que la mayor parte de todos estos azares no son más que cuidadas sorpresas irremediables. Es fácil que hace un par de semanas dejara expresamente sin llevar al montón de las revistas este número viejísimo de 'El asno en globo'. Y era ineludible que emergiera del montón de papeles, justo cuando el tiempo del avanzado otoño ofrece una tregua para fumar en la terraza del piso de abajo del desván. Me he bajado con ella abierta por la página que, del mismo modo azaroso, estaba marcada con una sutil doblez en el pico superior.
Fumando y saboreando una taza del delicioso café que nunca falta en mi italiana, me he reencontrado con ese personaje que me absorbe, siempre en función de mis estados de ánimo, desde hace ya unos años: E.L. Kasher. La página marcada y la siguiente recogen seis poemas suyos, así como un cuento muy breve que da la impresión de ser el apunte de algún futuro relato, más extenso quizá. Esto, con todo, es algo que nunca podrá ir más allá de la conjetura, pues si algo define a Kasher es, seguramente, que es indefinible.
Leyendo la publicación del sanatorio, he recordado enseguida que cuanto allí había del poeta lo tenía guardado ya. Es material que duerme en la carpeta que almacena todo lo que he ido averiguando acerca de él, desde que descubrí su obra en aquella visita casual, esta vez sí, al centro donde debió estar ingresado muchos años antes, nunca supieron aclararme cuántos. Tampoco sabría aclarar por qué ahora me sorprende que, de los seis poemas publicados, sólo uno esté pulcramente enmarcado por un circulo, más o menos imperfecto, de rotulador rojo. Los otros cinco me parecen tan buenos, o más, pero le haremos caso a cualquiera que fuese la impresión que entonces tuve y lo recordaremos aquí:

El cerezo desploma en la tarde
algo que se escapa del olvido:
¡El árbol que será en tus labios!
Alguna vez has sido
la caricia
que afeitan los aires del Noviembre
desde la sierra al valle.
Puedes adueñarte del cerezo,
reeditarlo,
y yo, por los colegios,
explico sin fatiga
cómo huir,
sin temor a la muerte,
del pleonasmo.

«Hasta siempre, Vladimir»

«Hasta siempre, Vladimir» La hojita, más que amarilla ya, se escurrió de la funda del DVD. Cincuenta y un años después volvió a emocionarse y volvió a manosear el papel con ese pálpito acuoso que le martilleaba en las yemas de los dedos.
Dentro de cuatro días ella cumpliría sesenta años en alguna parte. Pero estaba seguro de que seguía viva. Porque él lo seguía estando pese a tanta penuria. Después de haber aguantado en aquel maldito lugar donde se conocieron, hasta que cumplió dieciséis y empezó a picar en las minas de Stalgyz. Después de haber aguantado cuarenta más en los túneles, agravando su silicosis. Después de llevar casi un lustro en aquel cuarto, al este de Ôbuda, esperando la muerte con su tos incesante y viendo una y otra vez las películas que iba comprando en las ofertas de los diarios.

«Hasta siempre, Vladimir» Observó, por enésima vez, la exagerada 'V' que fue violeta, como sus inolvidables y asustadizos ojos. Aquella 'V' puerilmente rematada con una especie de margarita en la voluta de la derecha, sobre la insegura ‘l’. Iba a guardarla de nuevo en la funda, pero decidió que dejaría ‘Cinema Paradiso’ para el día siguiente y que volvería a verla sonreír y llorar con esos otros ojos maravillosos de Charlize, a quien tanto se parecía. Cuando volvieran a encontrarse le diría «te he estado viendo cada semana durante años, aunque el orfanato fuera otro y el paisaje fuera otro y aunque no te llamases Agniesza. ¿Porque... te sigues llamando Agniesza, verdad?»
Introdujo el disco y, con el papelito en las manos, cerró los ojos. «Buenas noches, Vladimir, príncipe de Bohemia, rey de Nueva Hung...»

jueves, 29 de noviembre de 2007

Un tango para Mary Kate

No entiendo cómo no recuerdo en qué ciudad hermosa me ocurría aquello. Es imposible olvidar que había un río sucio y una maravilla de incontables puentes. Llovía como lágrimas de perfectos replicantes pero yo no tenía ninguna pena en las almas. Quizá por eso me refugié en los soportales que albergaban el Café 'La carrera de Innesfree' y desembocé mi viejo acordeón.
No me sorprendió que la voz de muelle y atardecer del ajado Foulon no les resultara extraña a los parroquianos. Tuve la sensación de que aquel instrumento se había inventado para aquella ciudad y, aún más, para aquel justo entorno donde ahora me afanaba con un tango de Laboa.
«...zardi Rimbaud etorri duk hitaz galdezka, eta gu ere hire zain geundela esan zioagu...»
Las monedas caían con la frecuencia soñada por todo músico callejero pagado de pueril romanticismo. Pocas y pequeñas.
«... eta belatzean eseri gaituk denok erlojuak janez...» Por otro lado, cada vez que se abría la puerta barroca del café, me sobrecogía un sorprendente aroma a manzanas asadas que me llevaba a la casa de la infancia y a redoblar las notas con la furia de una añoranza amable. «...beleak uxatzen ote hintzen ikus zezan gero kanpaiak entzun dizkiagu zakurrak zaunkaka orduan sortu haiz bidetik balantzaka...»
Arreció la lluvia. El soportal se abarrotó. No tuve más remedio que aparcar el poema de Atxaga, traicionándolo con un
arin-arin cromático cremático. Monedas igual de pequeñas, pero más. Sabía que, para cuando acabara ese tema, no podría escapar a la tentación de un café doble, con cualquiera que fuera el pastel de manzana que allí sirvieran. Pulsaba las teclas imaginando a Maureen, la roja cabellera perfectamente recogida con un zapi, obrando en la cocina del local y me imaginaba a mí mismo como un Thortonn, enano pero feliz.
Y entonces se aclaró la mañana. Y se disipó la muchedumbre. Y la mismísma Mary Kate apareció delante, como una salesiana que ha hecho novillos, perfectamente mal vestida, quieta, los pies juntos, las manos enlazadas, los ojos en mis dedos, la boca huyendo muy lejos de su cara...
Rematé el aire sin dejar de mirarla. Recorrió en doce pasitos los siete que nos separaban. Desenlazó las manos y me mostró un billete de diez euros.
- Joue celle que tu chantais avant la pluie et après tu pourras manger ton delicieux Irischer Apfelkuchen.
Los rizos se fugaban de su gorro empapado, dibujándole unos parches tan leves como su chantaje. No recuerdo la ciudad, no olvido que no era una población francesa. Ella tampoco lo era, pero sabía que era el único idioma que entendía lejos de casa, del mismo modo que sabía que no tenía hambre.

-Lizardi, Rimbaud etorri duk
hitaz galdezka
eta gu ere hire zain geundela
esan zioagu
ez hitzela aspaldi azaldu
etxetik
eta belatzean eseri gaituk denok
erlojuak janez
baina mezularia bidali diagu Alosko torrea
eskilara luzetan
beleak uxatzen
ote hintzen ikus zezan
gero kanpaiak entzun dizkiagu
zakurrak zaunkaka
orduan sortu haiz bidetik
balantzaka
eta hirekin aurrez aurre jarri garenean
zerraldo erori haiz gure oinetan
eta gorpu gogor hintzen
udazkenaren tronoan
hertsi dizkiagu begiak
adiosik ez
eta goizaldean
muxika hezur batetan sarturik
o petit poete
pirotekniarik gabe lurperatu haugu
baratzan.

Mary Kate había desaparecido para cuando abrí los ojos, después de colupiarme, extasiado, en el fraseo final del acordeón. El pastel fue una delicia que aún vuelve a mi paladar en algunas concretas tardes de chaparrones intensos y fugaces. Anoto los nombres de los pueblos donde toco las canciones que ahora son mías. Las escribo obedeciendo un encargo inexcusable. En aquel billete está escrito «Si tu chantais tes paroles, j’existirais toujours» Porque el postre de aquella tarde lo pagué con los cobres pequeños, sus diez euros siempre van conmigo.

jueves, 18 de octubre de 2007

Txoria txori mp3

Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen aldegingo.
Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango
eta nik...
txoria nuen maite.

Bebo un bourbon, miro un Hopper, escribo...



No hay herida ya que tanto vuele
desde esta noche que edificó hambrunas,
luz de deseos como enormes lunas

que se graban en la ingle que más duele.


Si acaso algún beso que en la almohada cele

un disturbio de labios como tunas,

de dedos machacados de aceitunas,

¡caricia errante que las almas muele!

Vamos desnudos, al dolor ajenos

regalando los ojos al futuro.

«Sabes que te amo, te echaré de menos»


Tú en la ventana. «Todo esto es tan duro...»
ninguno llorará aunque estemos llenos

de mil lágrimas... «Me marcho... Te juro...»

martes, 9 de octubre de 2007

Zeure ate guztietan
irekitzen diren zirrikituetatik
asmatzen gai ez naizen
uso guztiak,
lore guztiak,
berba guztiak
eta haibestetan
ezezaguna zaigun perla
sortzen duen
taupada goxo eta geldia ere
datozkigu etengabe...

viernes, 5 de octubre de 2007

CONDENA

Aquel día yo paseaba con mi hermana Silvia por el rompeolas de la playa del Golfo. Había una hilera de puestos, improvisados informalmente, a lo largo paseo que se colaba en el mar como una lanza de hormigón y hierros vencidos por el salitre. El día moría pintando un atardecer que hacía enmudecer a las gaviotas. El sol tendía su bronce sobre el agua, rescatando brillos que se multiplicaban en los cristales del faro centenario que se alzaba, rematando el espigón, como una muda cariátide sujetando su luz.
Me detuve ante él, como guiada por algún sortilegio, y admiré cómo manipulaba las piedras que convertía en adornos de pulseras, collares, colgantes. Alzó la vista desde sus tenazas y, entonces, surtió el milagro interminable de quedarme anclada en ese instante para siempre. No sé si me miró con la boca o si me sonrió de ojos, pero no dudo que fue la mejor caricia que he sentido nunca. No soy capaz de asegurar que la tarde siguiera su rumbo, sólo que mi hermana tiraba de mí con enojosa prisa. Antes, tuvo tiempo de depositar en mi mano un pedazo de alguna roca lavada por el fuego de algún ignoto volcán. Todavía no he resuelto la inscripción en sánscrito vagabundo que la adorna. No sé qué candonga usé para librarme de Silvia y su empeño por alcanzar el faro. Cuando regresé, ya no estaban ni el puesto, ni las pulseras, ni su sonrisa, ni sus ojos.
Pero todo el desánimo de estos tres años está desapareciendo; ahora no ignoro que le veré pronto: la piedra que cuelga desde entonces de mi cuello, empezó a iluminarse hace algún tiempo, latiendo en ciertas noches en que la luna mengua dibujando la sonrisa de un niño, revelándome, cada vez una palabra del misterio que él grabó con la parsimonia de los besos que aún no nos damos... Y el misterio, era un soneto:

Condenada al beso definitivo
tu historia espera en cierto rompeolas;
un hombre violeta fumando a solas
te espera en el silencio del cautivo.

Ignora si está muerto o si está vivo
pero riega dos labios de amapolas,
fuma y fuma, pulsando caracolas
que tienen tu llegada por motivo.

Sabe que has de llegar envuelta en viento,
una tarde de nardos y azucenas,
sabe que el día cesará un momento,

y sabe que has matado lunas llenas,
aguardando esta cita, sin aliento,
en que cumplas, besándole, condena...

sábado, 8 de septiembre de 2007

La vie, ah, saloparde!

Si la vida fuera como tendría que ser
yo acabaría mis días
en un pulcro hotel
cerca quizá de Aberdeen,
de las estatuas del estuario Cabot
o, si mi ventura gozara de un último deseo,
mejor en Skägerlust:
hay allí una luz a últimos de agosto
con que suicidarse mejor.
Podría así legar el hermoso cuadro
de un poema vital
desparramado por la estancia.
Tendrá que haber una ventana
y un muelle cercano.
Llegará una mujer de lejos
e irá encontrando la peripecia de mi vida
en entrañable inventario:
en unos versos
que ahora no recuerdo
y que hace años escribí
en una servilleta de papel
en un bar todo alzado en madera de roble,
y en la cajita de fósforos
con dos teléfonos apuntados
detrás del anagrama de aquel hotel
recóndito, mediterráneo,
beige...
y en una postal arrugada y manuscrita
donde quizá aún se vea Valparaíso
o Bocas del Toro
o una noche en Baltimore (Maryland),
y me encontrará en alguna carta húmeda
con doscientas lecturas
dentro de un viejo libro de Uxué
leído trescientas,
y en el rastro de una pulsera robada,
y en la sal engastada
en los pliegues
de la vieja gorra de marino impenitente
que habrá sobre la silla,
perfectamente abandonada.
La mujer,
si la vida fuera como es debido,
deberá acercarse a la ventana
apretando mi muerte
en cualquiera de mis papeles
y podrá ver volar el testamento
de algunos besos perdidos
sobre el oceáno en cuestión.
Sé que es muy triste,
pero no deja de ser hermoso
porque
podrán ser las once de la noche
y ser, todavía, puro día...

viernes, 7 de septiembre de 2007

Las gaviotas elevan
sus rosas de sal,
las espumas se vuelcan
en el cabo del norte,
la madrugada
es un bálsamo
sin preguntas
y mi descanso
es un lejano mirador,
unos versos antiguos,
una piel indemne...
unas horas robadas.
¿Por qué no ruge este mar?


(D.Errota, «Bitácora Rota» 1911)

sábado, 28 de julio de 2007

Un traslado. Soneto vacacional

Huelo a romeros a tomillos, a verbenas...
a racimos azulados y semillas,
a las gotas del sudor en tus mejillas,
a saliva almibarada y a azucenas.

A destierro de pesares y de penas,
a amables, frescas penumbras, a cosquillas,
a gatos que se desparraman por las sillas,
a lagunas que perfuman yerbabuenas.

Huelo a cielos que se tintan de misiles,
preñados de golondrinas y de aviones,
luciéndose de naranjas y de añiles.

Huelo a tardes de azahar en los balcones
y a la entera paz del campo, en sus atriles
cantarán dulce canción mis vacaciones.

viernes, 6 de julio de 2007

Gaunessia Hárgix



Hay por ahí un cuento donde una curiosa flor motiva la aventura y la salvación de un pueblo, quizá de varios. Hay por aquí una flor que ha ido saliendo a trompicones y a golpes de azar inenarrables. No lo sé todavía, tal vez merezcan juntarse alguna madrugada en la misma página. Quizá sean el reclamo final para el regreso del último gran señor del pueblo Oyango. Empezaré a revolver en el caos de mis cajones, sé que aquellas letras no deben estar muy lejos...

martes, 3 de julio de 2007

Fuera, dentro

I

Aquí estoy, me has limpiado

Unas arrugas, aquí estoy,
En esta ciudad, en la ciudad
Que ya no nombro.
El sol se apaga, enciendo
Un poema,
Un cigarrillo,
Una sonrisa enciendo.
El resto lo enciendas tú,
Apaga los preludios,
Quiero arrugarme en tus dedos,
En esta ciudad,
Sin el sol,
Con la sonrisa borrada
De besos marrones,
Sin preludios,
Arrugarme
Fuera de este poema
Que apago. Ya.
Aquí estoy.


II

Filtro de la esperanza
roza
este silencio absoluto
la red donde
trama la tarde
todo el olvido
de ti
cada segundo.
Estoy en la nube
que pestañea
tras la tierna flor
del cerezo
que acoge
el manto imposible
de arropar tu miedo.
Abre los ojos
y sabe que eres tú
todo el vapor
todo el aliento
que constituye esa tarde
donde desmayabas
mi ausencia
en roja y futura carne
de labios que han de ser
la esencia
de tu fotografía.

miércoles, 20 de junio de 2007

martes, 19 de junio de 2007

Pero mañana, no

Estoy en el doble estruendo del recuerdo,
no estoy en la repentina ruina de una lágrima,
ni en la mortaja de un adiós.
En todos los juguetes de un reencuentro estoy,
y en la esperanza de un viaje,
en el fulgor de una vergüenza no estaré,
estuve en la palabra abandonada
cerca de un libro, cerca de una flor...
Sigo en la mano que tapa la mano, apretándola
en un muelle dentro de un poema.
Ya no estoy en una tormenta detrás de los visillos,
ni en un final.
Estoy en todos lo finales,
pero mañana, no...

sábado, 16 de junio de 2007


martes, 12 de junio de 2007

Un corazón de tiza

La magia no entraba en sus planes. Por eso la puso a prueba.
-¿Cuál es tu sueño? - le preguntó ella un día.
-Los sueños son espejos que están dentro de un espejo que están dentro de un espejo - propuso él.
-Tu sueño sencillo, me refiero; yo sé cuál es pero quiero que me lo cuentes tú -replicó ella.
-Tal vez pisotear Venecia con la única compañía de una mochila ligera -mintió él.
-Yo sé que no es ése, pero te quiero igual -apostilló ella.
-Y para qué contártelo, a fin de cuentas, jamás nos vamos a ver y, por otro lado, la idea de Venecia no deja de ser linda -añadió él, no sin amargura.
-Confía -atajó ella, apagando su ordenador para siempre.
Él no tuvo tiempo de explicarle todo aquello que hacía imposible cumplir aquel sencillo sueño de perderse en Praga, no en Venecia, por unos días. Tampoco podría, meses más tarde, hacerle saber que la suerte en un concurso mediático le habría de poner en ruta al principio de la hermosa primavera.
El Jueves Santo empezó su periplo, se instaló en un hotel cercano al puente de Carlos. La ciudad no le defraudó. Regresó al hotel cuando ya el día daba sus últimos coletazos. Entonces reparó en él. Debajo de la placa bruñida del portal del hotel vio un corazón de tiza. Marrón y lila. Un garabato simpático. Marrón y lila, curioso, ésos eran sus colores. El viernes visitó iglesias, bebió cerveza, se extasió en Mala Strana. Decidió volver al alojamiento a asearse antes de ofrecerse una noche loca. Al corazón le habían salido unas letras. Iniciales. Más curioso aún: las dos iniciales de debajo del corazón coincidían con las de su nombre. Le ofreció un perplejo mohín al dibujo. Después, la farra fue hermosa, repleta de cafés sugestivos y música inolvidable.
El sábado salió a despedirse de Praga desde muy temprano, pues había decidido que el domingo se quedaría cerca del puente, oliendo los colores y el exultante abril que se ofrecía desde allí. Eran más de las doce de la noche del sábado cuando alcanzó el portal del pequeño hotel. No llegaba tan borracho ni tan cansado como para no reparar en el corazón, en las iniciales, en el nombre nuevo que había escrito y que ya conocía como un alias de un juego en línea, en el número que no le decía nada todavía: 326. La magia no entraba en sus planes. Alcanzó el vetusto ascensor, atónito con tanto azar imposible, sin reparar en el número rojo que adornaba la llave de su habitación: 327. No entendía cómo aquel nombre tan poco corriente podía haber aparecido allí. Avanzaba sobre la ajada alfombra del tercer piso cuando vio que la puerta anterior a la que cerraba su habitación estaba entreabierta. La 326. Se paralizó, lógicamente.
-Menos mal que apareces, ya casi no me quedaba tiza violeta -escuchó, y cruzó el espejo...

sábado, 9 de junio de 2007

Las charcas y la luna

Una buena amiga mía, que acaba de leer uno de los poemas que he colgado por esos foros de dios, me pide que le haga un comentario de texto y, a modo de ánimo, me promete sabroso bocata de calamares (es lista, lo hace antes de que le pida cualquier barrabasada carísima tipo percebes, cigalas, bogav..) y cañita bien tirada. Yo, débil entre los débiles, no sólo accedo a su petición sino que, en el colmo del desinterés, renuncio a cualquier tipo de premio gastronómico-festivo. Porque ¿quién mejor para hacer el comentario de texto de un poema que el propio autor, por muy poco consagrado poeta que éste sea? Y a ello voy. Para empezar, sepan ustedes que el poema en cuestión es el que a continuación les trancribo:
«Nadie ha descorrido
la sombra donde yacíamos.
Hay dos charcas en la noche
robándose la luna sin pudor.
Quizá no sean de sal,
quizá no sean de llanto...
pero sé que he estado allí.»
Obvia decir que se trata de una composición en verso libre, sin cánones de rima ni de medida. Si acaso es apreciable, como mucho, un agradecido ritmo en la acentuación que hace que la lectura sea grata (vanitas, vanitatis), sin cacofonías apreciables.
En los dos primeros versos, el poeta, y no olviden que soy yo, comenta 'Nadie ha descorrido/ la sombra donde yacíamos'... Con estas dos líneas de entrada nos quiere anunciar lo siguiente: Que nadie ha descorrido la sombra donde yació con alguien. Es decir, que el poeta y su acompañante yacían en una sombra y ahí es posible que sigan, o es posible que no. La cosa es que esa sombra no ha sido descorrida y que yacían.
Sigue el poema contando que 'hay dos charcas en la noche robándose la luna sin pudor'. Hay que reconocer que en estas palabras el poeta (servidor) se ha bañado (nunca mejor dicho) en poesía de la buena. Podría decirles que las charcas simbolizan dos amantes alejados; podría decirles que las charcas simbolizan el recuerdo, o que son un trasunto de la pasión, del deseo; podría decirles, incluso, que las dos charcas simbolizan eso, dos charcas. Dos charcas en la noche, en las que se refleja la luna dos veces y donde quizá el viento, al rielar sobre ellas, borra el reflejo en una y lo deja en otra, y viceversa. Podría deciros todas esas cosas pero, ahora mismo, sólo sé que no sé muy bien cómo era la verdad, pero, no me negarán que sería hermoso estar allí, en esa noche, con esa luna, con el fragor de esas aguas movidas por la brisa del primer verano...
Los versos finales no son más que un homenaje a la costra que dejan felicidades y tristezas en este avatar que es la vida. Todo se mezcla, todo queda, a veces agua en cualquier llanto, a veces aire en las palabras no proclamadas, a veces fuego en las caricias repetidas en versos que se fugan al silencio que agrieta el tenaz olvido.
Y en todas esas cosas, como en ésta, he estado...

viernes, 8 de junio de 2007

Habigaitzu



No, no todos los monstruos son temibles seres que nos provocan el susto en cuanto pueden. No, no, y tampoco todos, todos son feos como los Biribilozkis o los Achaparquis. Algunos son, todo lo mucho, raros. Claro que, vistos nosotros, «los normales» desde sus impresionantes ojos, como los de los habigatzus, seguramente que pensarán, si no lo mismo, algo peor. ¿Quién sabe? Lo cierto es que, piensen lo que piensen, ellos son unos monstruos deliciosos, delicados y casi hasta repateantemente dulces que, por desgracia, escasean cada vez más. Y eso que, nos consta, las medidas a tomar para detener su extinción son tan sencillas, tan sencillas que, a lo mejor hasta es por eso...
Éste que pasea su petirrojo soñador por los últimos campos de la primavera está sonriendo ahora mismo «Porque sí, porque tiene la suerte de haberte conocido...»

jueves, 7 de junio de 2007

martes, 5 de junio de 2007

Taupada


Etxean egindako lanak bukatutakoan eta gauzak bere lekuan jartzen saiatzen ari nintzela (alferrik, jakina) balkoian edonola pilatutako kaxen barruan zeuden edonola pilatutako paperen artean hop! marrazki hau agertu zait. Poztu nau bapatean topatzeak, are gehiago kutxetan gorderik zeuden beste hainbat paper azken hilabetetako euriek izorratu dizkidatela konprobatu ahal izan dudanean... izan da poza eta etsipena aldi berean (hor, adibidez, zakarrontzira joan behar izan dira hain maitegarriak nituen nire «xagu» batzuk, hezetasunak koloreak janda, zimurtuta, zatituta...) Printze txikiari begiratu diot eta berehala gogoratu naiz Taupada lagunentzako egindako marrazki guztiez, baita gogoratu ere nola duela urte batzuk Edurne Lasak Olentzerorako izugarrizko opari polita ekarri zidan: karpetatxo berde batean beraiei urteen zehar egin nizkien Gabonetako postalak, lehenengotik azkenera, txukun plastifikatuta... Une batez lehen aipaturiko paperen moduan, hezetasunak deseginda egon zitezkeela okurritu zait eta kutxa guztiak zabaltzeko asmoa izan dut... Baina, kartoiekin kristoren sarraskia egiten hasi baino lehenago, lanera, ez dakit ongi zertarako, aspaldi eraman nuela karpetatxoa gogoratu dut. Atzo, hemen daukadan kaosa patzientziaz miatuta, poltsa batean erdi agorturik egongo diren nire Karioka magikoekin topatu nuen eta gaur, dagoenekoz, etxean dira postaltxoak.
Sei urte ditu hemen ipiniko dudanak baina, Printze Txikia bezala, Olentzeroa bezala, Antzerkia bezala, adinik gabekoa dela uste dut, ez begiratu zenbakiei. Taupadakoei omenaldi txiki bat eskeini nahi diet honekin, beraiek banatzen duten magiarekin kolaboratzeko parada emateagatik (eta abendu bateko urdaizpikoagatik ere, noski).
TAUPADA BETI!!!

viernes, 1 de junio de 2007

Los Hacharraskiyos

Si bien ni panicólogos ni bichocráticos acaban de ponerse de acuerdo en la denominación definitiva, está claro que todo el mundo sabe qué es un Hacharraskiyo. Sobre todo, aquellos que habitan en las cercanías de los pantanos del Eskuukse, donde en agosto se producen esos prodigios de reflejos en los reflejos de los reflejos de las aguas y los cristales que allí proliferan. Dicen que este monstruo sólo puede aparecérsenos diez veces (que también es el número de tipos que se han constatado) en la vida y que no asusta especialmente, pero que no por ello deja de ser peligroso.
En efecto, en Adurriaga se ha sabido que M. A. M
enchugar pisó un Hacharraskiyo en su jardín en la mañana en que cumplía 37 años y aún le dura el ataque de hilaridad. Mañana cumplirá 39 y ha adelgazado 14 kilos. El panicólogo de guardia le ha recomendado (sin demasiada fe) hacer guardia en el mismo jardín por ver si la aparición de otro de estos pequeños monstruos provoca una interrupción en su estado de carcajada perpetua. Se cree que su origen está en antiguas leyendas girondinas francesas, de donde tomaron cuerpo. En aquéllos viejos cuentos aquitanos se les denominaba bien Escarduás en la zona septentrional o también, más al sur, Diguirgots. El que se muestra en la ilustración superior es un Hacharrasquiyo del tipo Naguikuin, no mide más de 8 ó 9 centímetros y, por supuesto, no es comestible...

jueves, 31 de mayo de 2007

Robin Jooood...

En los confines más secretos del bosque de Lymm O' Nadd, los famosos monstruos conocidos como Oriskus se han quedado sin el solaz lúdico de los mediodías. Uno de sus líderes, Robin, a quien conocen como Robin Jooood... , porque dicen que es un quejica impenitente, ha decidido no prestarse más a ser la diana de sus dardos, saetas y flechas. Los Oriskus no acaban de entender tanto enojo por parte de Robin, pero el hecho consumado es que desde el jueves pasado, fiesta patronal en Lymm, no ha aparecido por el calvero del riachuelo, que es donde montan sus competiciones de arqueros viciados. El jefe del clan de los Melo, sir P.O., asegura que le vio alejarse bramando y quejándose, argumentando cosas como que «¡Jooodeer! con esta caterva de temblorosos estoy perdiendo vista a pasos agigantados» o «¡por todos los zumos del gran Z. Ythron, tienen mala puntería de narices! ¡Joooderr!» Mi hermano, sin ir más lejos, le vio ayer internándose en la parte de la montaña del oeste, donde están los temidos clubes de monstruos facinerosos y pendencieros y, sorprendido con su relateo incesante, le sacó la foto que veis. Claro, la consecuencia más cercana la sufrirán en breve los niños del condado Nemoroso, pues los Oriskus, sin su ración de juegos habitual, en las noches se convierten en dos, e incluso tres, veces más terribles que de costumbre...

lunes, 28 de mayo de 2007

viernes, 25 de mayo de 2007

Piztiak piztu...

Claro que, puestos a elegir, no puedo ocultar cierta debilidad por todos esos entrañables monstruos que crecen de los borrones que se le escapan a mi pluma. Suceden siempre en el breve desvarío que me provocan algunas ensoñaciones y se alzan chillones y divertidos. Consiguen asustarme lo justo como para que la ensoñación se evapore en otra ensoñación, la de admirar cómo van desapareciendo en su remolino de burbujeantes añiles, evocadores sepias y plácidos lilas mientras, no me pregunten cómo, alguna nueva idea para alguno de mis disparates se ha puesto en marcha para mal de lápices y cartulinas...

miércoles, 23 de mayo de 2007

Mis monstruos favoritos (I)


Maytt Emin Dutt, el viejo monstruo de la zona de la frontera está triste. De hecho, por la comarca de las minas de uranio y los campos de la Peña hace algún tiempo que le echan de menos. Dicen que el alcalde de Lumbrales ha mandado una queja al S.U.S.T.O. (Servicio Universal de Seres Terroríficos, Obscuros y Sorprendentes) porque Maytt hace días que no cumple con su cometido de asustar a los niños que no comen, o no estudian, o no obedecen, o a los campistas que lo dejan todo perdido en las salcedas del río, o a Leonardo, el recalcitrante ladrón de gallinas de Saelices...
Pero resulta que Maytt está triste, desconsoladamente triste, inmensurablemente triste. Y no sólo no tiene ganas de andar por esos caminos y esas aldeas dando sustos a diestro y siniestro, como es su fama. Es que, además, se podría decir que por ahí, por lo de dar sustos, es por donde le sobrevienen todas sus cuitas al pobre Maytt Emin Dutt.
El caso es que su amada, adorada, venerada e idolatrada Lilhu R. Agarri, aspirante desde hace apenas sesenta años a Ser Benefactor, le ha abandonado porque no soporta que asuste a los niños pequeños que ella protege de incógnito, como ordena su cargo. Han mantenido durante décadas una entregada relación que se ha visto truncada, de golpe y porrazo, hace unos días, cuando ella le comunicó que lo sentía pero que «se le partía el alma cuando escuchaba los llantos de Adrián, o de Lorena, o los gemidos acongojados e hiposos de la pequeña Silvia». Porque, hay que reconocerlo, el viejo Maytt, no tiene precio como asustador.
He oído que va de antro espectral en antro espectral, llorando una lágrima cada noche, mirando el retrato que se hicieron juntos en un fotomatón de la Ciudad, una inolvidable madrugada, sin dejar de trasegar litros del amargo, humeante y adictivo elixir de la mandrásella.
Y ¿quién le explica que ella está equivocada y que precisamente sus sustos son necesarios para que ella exista? ¿Para qué, si no hay malos momentos ni posibilidad de desgracias, son necesarios los seres benéficos? ¿Quién le explica que en el fondo de la más enorme alegría se esconde siempre algún miedo, más o menos grande? ¿Y quién le cuenta que, pese al mal trago que pasa,pese al susto que está viviendo, no existen seres benefactores que se ocupen de los pobres monstruos enamorados?

martes, 15 de mayo de 2007

Terco torpe



...Lo más pequeño
...se anuncia, enorme,
...en los párpados de un árbol.
...Adoro, tú sabes, los tejos
...pero, cuando los dibujo,
...sólo consigo un entusiasmo
...de felices alerces,
...o quizá fosforecer
...un arrebatado abedul.
...He estado enredando en su sombra,
...he estado anúdandome a su tierra,
...he querido envolverte
...de la magia viva
...de los cuentos que auspició
...desde la primera rama
...hasta la punta de mi lápiz
...menos fructífero, lo sé,
...más empeñado...
...Me gustan los tejos,
...que crecen siempre con esa soledad
...más allá del bosque que los rodea.
...Cada tejo es un bosque,
...pero sólo sé dibujar
...olmos y álamos
...que bailan en el viento.
...Y tú no sabes enfadarte por eso,
...es cuanto necesito
...para seguir dibujándolos.

lunes, 7 de mayo de 2007

Toda una vida

Treinta y dos años después seguía pasándole lo mismo. Habían pasado tres vidas, cinco hijos y algunas soledades y seguía pasándole lo mismo cada vez que la veía. El mismo pálpito en las sienes, el mismo ahogo absurdo. Ella escapaba al tiempo, a esos treinta y dos años de entrar y salir de su vida como si estuviera en una película del cine mudo. Un día tendría que acercarse a ella y decirle «Hace treinta y dos años y no sé cuántos días que nos conocemos... ¿que cómo lo sé? por lo mismo que ahora te estoy contando que hace tanto y tanto tiempo que nos conocemos, que nos saludamos cuando hemos coincidido en las filas del cine, del teatro, del supermercado o del colegio, o cuando nos hemos ido cruzando mientras bajas por la calle Aragón desde tu oficina de la empresa de seguros que está en el número 36 y yo subo desde la mía, que se abre en la esquina con Magallanes, o sales de la charcutería de Bittori o entro en la tienda de fotos. Lo sé porque hace treinta y dos años y pico, a finales de junio, salías del salón de actos del instituto en el que acabábamos COU y a ti se te cayó el diploma que acababas de ganar y yo te lo recogí y te di la enhorabuena y me sonreíste con una sonrisa que aguanta aquí, inmaculada, casi treinta y tres años, Leire. Porque sé tu nombre desde aquel día en que te llamaron al estrado para felicitarte por ser la mejor estudiante del instituto Trueba de aquel curso y escuché tu nombre y te vi llegar, aplaudiéndote desde el mismo escenario donde había subido, unos minutos antes, gracias a mi humilde quinto puesto, que no me sacaba del anonimato pero me ha hecho acreedor a casi treinta y tres años de saludos sin palabras y sin sentido...» Todo eso tendría que decirle, sí, y decirle más, decirle su nombre, por ejemplo y decirle, saliendo de su congoja de más de tres décadas que a todo ese tiempo de inexplicable relación sin palabras quisiera ponérselas todas de golpe, contarle en tres o cuatro días esas tres vidas, sus soledades, sus hijos y los de ella. Y cómo treinta y dos años después seguía pasándole lo mismo cada vez que la veía, cómo le detenía la sangre el mismo pasmo absurdo, el mismo pálpito acelerado en las sienes, plateadas sienes ya... Como hace un minuto, cuando ella ha salido de la zapatería que hay en los arcos de la plaza y le ha saludado desde lejos con ese gesto de las cejas y la eterna sonrisa. Y la ha seguido, disimulando torpemente, hasta la puerta de los cajeros automáticos que están en la otra punta de la misma plaza y se ha dispuesto a sacar un dinero que no precisaba en uno de los cuatro dispensadores que hay allí, mientras ella lo hace en otro al lado, el más grande. La mira de reojo y la ve dudar y piensa que es el momento, que se le va a acercar y decirle su nombre y todo eso que siente desde hace treinta y dos años largos. Y ella, que parecía enredada con la tarjeta de crédito, se vuelve de súbito y, antes de que él tenga tiempo siquiera de abrir la boca, le pregunta: «Oye, Diego, ¿tú sabes cómo se hace para sacar entradas para el teatro con la tarjeta?»

jueves, 3 de mayo de 2007

Asuntos pendientes

La ciudad no había cambiado tanto en los últimos dieciséis años como para que se le hiciera extraña. Seguía manteniendo ese profundo desencanto de las ciudades industriales venidas a menos. No añoraba sino la silueta de algunas fábricas y quizá le desconcertó la nueva distribución del tráfico en el centro. En su barrio, por contra, todo se aferraba al mismo olvido en el que había estado sumido los treinta años anteriores a su entrada en la cárcel.
Encontrarse las mismas caras, los mismos bares, el estanco de Cristóbal y
a Tina en la panadería, le propusieron un cierto desahogo a su ánimo carcelario. Por otra parte, llegaba con la consideración del héroe injuriado y los primeros días anduvo de agasajo en agasajo, eludiendo invitaciones y ferias exageradas hasta que todo volvió a la normalidad que tanto deseaba.
Nadie le hablaba de su mujer ni del asunto que le proporcionó una estancia tan larga en la galería 3 de la remota penitenciaria del sur donde, dicho sea de paso, las visitas de los aduladores de hoy habían sido inexistentes. Su mujer ya no vivía en el barrio, pero tampoco había abandonado la ciudad; otro barrio, menos modesto, en el paseo del río, albergaba su nuevo matrimon
io con el director de la sucursal bancaria donde, hasta la separación, habían gestionado todos los asuntos desde que se casaron. No habían tenido hijos. Mejor.
Cuando ingresó, con un
a condena de treinta años, en la trena, era un hombre que apenas manejaba las letras y los números precisos para hacerse valer en su trabajo de encargado en las obras de cimentación que lo llevaban por el país, de norte a sur y de este a oeste, las tres cuartas partes del año. No recordaba haber leído un libro entero en su vida. Pero era hombre de aplomo y manos fáciles. Su ignorancia no le había impedido medrar en la empresa donde don Ernesto se fiaba más de sus indicaciones que de las de los niñatos que tenía que contratar a la fuerza, sólo porque un papel oficial les avalaba como geólogos.
En al cárcel había trabajo y lo pagaban, bastante bien para lo que había que gastar. Trabajó con gusto durante dieciséis años y al
salir casi sintió vergüenza de lo que había ahorrado. Pensó en gastarlo todo en regalos para sus sobrinos, pero como no los conocía más que en fotografía, tuvo que conformarse con la tristeza de darle un montón de dinero a su hermano para que se encargara. Calculó lo necesario para unas semanas y el resto lo dilapidó en la poca familia que le quedaba: su hermano Salvador, su cuñada Leo y los dos chiquillos. Sus padres se habían muerto, uno detrás del otro, de la pena de ver cómo su hijo, un cacho de pan, se consumía en la cárcel. ‘De puro tonto’, se lamentaba su padre.
Sólo él y yo sabíamos que su libertad era un azar efímero. Porque aunque fui de los pocos que no le agasajó en el regreso, sí el único que, con una frecuencia que menguó con los años, le visitaba en el refectorio de la prisión. Los dos somos de pocas palabras, pero nuestra amistad viene de años de tapete y baraja y de miradas que son señas más falsas que cualquiera compinchada. Manuel, así se llama, olvidar
é el apellido, me lo confesó sin que hiciera falta. No fui capaz de recriminarle nada, aunque comprendí que la venganza no era culpa en ese crimen que pasaría como pasó. Yo todavía no era consciente de que podía haberlo evitado.
- Voy a salir antes de lo que la gente se cree y la voy a matar, a ella y a su marido de ahora. –me había asegurado un día, con una convicción que debió haberme asustado.
Dieciséis años dan para muchas cosas, para otras no bastan ni dos mil. Manuel había querido a aquella víbora con una pasión que no dejaba otra salida. Yo sé que sólo era una paradoja del tenaz destino. Él acababa de cumplir dieciséis años por un crimen que todavía no había cometido. También sé que los veint
e o más, quién sabe, que está redimiendo ahora, los cumple con un agrado que a mí, por lo menos, me desespera.
Su mujer, Victoria, que lo había engañado desde antes de su matrimonio, no esperaba nada parecido de su carácter menoscabado. Por eso cometió el error de no desaparecer. Manuel le regaló los dos tiros que dijeron en el juicio que le había dado hacía dieciséis años a su otro amante, guardó otros dos para el bancario que la ayudó en el plan; no pudo evitar cierta pena mientras apretaba el gatillo. Antes, había gastado otras dos balas por el camino, en una ciudad en la que había trabajado hacía años en la cimentación de una autovía. Sólo conocía al tipo por las concisas referencias que le había suministrado su compañero de celda durante años. Esperaba volver a verlo pronto pero no fue así, la nueva condena no la cumple en el penal del sur.
Ahora le visito en una penitenciaria del norte, cercana al mar. Para los presos es una tortura ese rumor de ola incansable, el perfume picante del salitre en las celdas, la presunción perturbadora de la playa, la algarabía irrefrenable de las gaviotas. Manuel es, puedo asegurarlo, feliz.
Hace dos semanas estuve con él, le llevé el libro de Faulkner que me había solicitado, mi estupor al entregárselo le hizo sonreí
r. Le llevaba también, no sin vanidad, un ejemplar de mi último libro de relatos.
- Ya lo he leído. -me dijo, repitiendo la sonrisa- Cuando estaba en la otra prisión, llevaría unos siete años, me trajeron un compañero nuevo de celda. Un tipo cojonudo. Es abogado y su socio le había sirlado la mujer y medio negocio. Les pegó cuatro tiros pero los dejó vivos. La mujer anda en silla de ruedas. Al socio lo maté yo antes de volver al pueblo...
Ese día habló por toda su vida. Me contó cómo su amistad con el leguleyo burlado fue creciendo hasta una intimidad que sólo se entiende en términos carcelarios. Fue aquél quien le inició en el hábito de la lectura. Mark Twain está en las bibliotecas de todas las penitenciarias, se cruzó en su camino hasta hacer de Manuel un lector compulsivo. La exigua relación de títulos que alberga la biblioteca de la nueva prisión se le quedará corta, estoy seguro. La lectura le procura una paz que libre se le hace imposible. Ahí dentro a los asesinos se les respeta, a un cuádruple asesino se le venera. Aunque en realidad sólo haya matado a tres.
- Ella me engañaba, me tiranizaba, me urdió un plan increíble para hacerme desaparecer con la ayuda de otro pobre ingenuo. Tenía algo de mujer fatal. ¿Has leído ‘Retrato hecho de humo’? -asentí mintiendo vergonzosamente-. Pero no la maté por venganza, era un asunto pendiente con el próximo incauto, con los próximos bobos. Al marido lo liberé de una futura desesperación. El otro tipo fue un favor personal para mi amigo de la celda 26. Pronto saldrá, esto no es para él, se mete en líos que le alargan la pena. Yo sé que nada más salir iba a ir a por él. Esta vez no iba a fallar y he querido ahorrarle otros veinte años que no sería capaz de cumplir.
Hablamos y hablamos. Yo sabía que no iba a regresar a visitarlo. Cogería un tren y desaparecería. Me despedí dándole unas gracias excesivas que no pudo entender porque no reuní el valor necesario para contarle que me había salvado, que yo era la próxima víctima de Victoria y que ya planeábamos deshacernos de Aníbal Aldama, el occiso bancario. Nunca le avisé a Victoria que Manuel le iba a cumplir el destino, yo no soy menos asesino. Mi propia miseria me impide el reproche moral. Le prometí un relato sobre su historia aunque en toda la charla nunca me confesó que mi libro le hubiera gustado. Le dejé sonriendo y manoseando los libros plácidamente.
En nuestro barrio no se extrañaron demasiado de lo que le hizo a su ex mujer, pero nunca entendieron que se declarara culpable de aquel otro crimen sucedido tan lejos. Circulan varias leyendas, este cuento no mejorará algunas.

miércoles, 25 de abril de 2007

Bi begi





El asno en globo (Algo sobre Lucas...)

No sé qué le habrán dicho o recomendado, pero Lucas me espera, envarado en exceso, sentado en el banco verde del gran círculo central del jardín, donde está la fuente con peces naranjas que se descaman terriblemente, produciendo esa extraña sensación que lo impregna todo. Sé que no fuma y que habla constantemente, contestándose a una preguntas que no se formula. Por eso me cuesta hacerle esperar hasta que ponga el aparato grabador en marcha. Para él, que lleva dos vidas ingresado, el invento japonés de bolsillo donde inserto la pequeña cinta de audio es un misterio que se redondea en los pequeños ojos marrones. Otro niño más, empiezo a pensar. ¿O es al revés? Este lugar me hace caer en mis propias trampas una y otra vez. No consigo que se calle ni un instante. Mi idea de una especie de entrevista más o menos conducida se irá al garete, presumo. Que sea lo que dios quiera, pues...
«...nte. Eso irá con una pila, seguramente, sí. Pero ha de ser bien chica, ¿no? Ella entendía de esas cosas. Una vez vino a verme con un trasto que tenía unos auriculares diminutos, probablemente emplearía el mismo tipo de pila que este utensilio. Ella lo alborotaba todo. Era como si llevara el estruendo en la piel y a mí me decía Lucky, como el tabaco. Decía que el Lucky era el tabaco de las grandes películas pero que el Lucky de aquí no era el mismo que el de allí. Pero nunca he podido corroborarlo pues jamás he fumado. Y eso que aquí parece como si se antojara apetecible, ¿a que sí? Tanta hora blanca, como decía Leo. Mi madre la apartó de mí... Ella cree que no lo sé pero como estoy loco... No hay peor locura que la consciente. Nada peor que los fogonazos de lucidez cuando piensas que qué haces aquí, que tú estás bien y que razonas y que eres capaz de retar a cualquiera en cualquiera de los temas que se te propongan. Pero no son nada más que trampas que te pone tu propia insania. ¿Ves? Es como esta frase, es impropia de un loco, saber que tu locura te hace pensar que estás cuerdo. ¿Cómo decir que estás enamorado? ¿Tú has estado enamorado? Claro, qué preguntas hago. Lo habrás estado, lo estarás... Y estar enamorado de una imagen... Alonso Bárcenas, uno del pabellón D estaba loco por la chica que salía en el bote de Cola-Cao. Loco, jijiji... Claro, qué si no. Todos se reían de él. Todos menos yo. Porque yo, hasta que apareció ella, estuve enamorado hasta las cachas de Marilyn. Sí, de Marilyn Monroe. Y no tendría ni diez años cuando me quedé colgado de ella. Sería una especie de premonición, o de aviso, quién sabe... En la calle Brigadas de Navarra, en mi pueblo, había una librería chiquita, la Librería Boston. Nosotros le decíamos Bostón, ya sabes. Ahí encargábamos todo lo del colegio: lápices, gomas, pinturas, cartulinas y demás. Pero aquel año, Salvat sacó una colección del cine y, jamás podré olvidarlo, “el affiche” anunciador llevaba una foto de la cara de Marilyn, ésa en la que está riéndose maravillosamente, ¿la conoces? Claro, seguro que sí, todo el mundo ha visto esa foto, forma parte de la iconografía del siglo XX. La iconografía del siglo XX... , otra señora frase... Cuando digo que me enamoré, entiéndelo con todas las de la ley. Lo dejaba todo, los juegos en la plazoleta con los amigos, las incursiones en la intrincada selva del monte que estaba más arriba del barrio, las peleas con los del barrio de los andaluces, las excursiones a robar pijadas en Simago, todo. Y me pasaba las horas muertas mirando el cartel. Y le daba una tabarra indecente a mi madre para que me dejara hacer la colección Salvat del Cine y lloré un río y pataleé hasta que me dejaron ir a casa del tío Constan, el único que tenía tele en la familia, a ver las cinco películas que pasaron aquel año en el UHF dentro de un ciclo dedicado a ella... Ella no ha vuel...»
Mi Aiwa no ha podido abarcar tanta incontinencia. No ha podido guardar la cuita de su abandono. Tendréis que confiar en mi memoria que os cuenta cómo supo poco después que Marilyn había muerto de ese crimen vestido de suicidio que conocemos y que entonces él siguió amándola pero como el mito que es, o sea, como todos los que amamos a Marilyn la amamos, sin amarla.

martes, 24 de abril de 2007

Azul

Era azul. Azul. Más allá de sus ojos que también, en ocasiones, llegaban a serlo. Pero, por regla general, eran grises. Y ella, azul. Sobre todo cuando íbamos a detenernos cerca del tiempo que se podía ver en las rocas. El tiempo le subía por las manos cerca del mar y ya no había nada que hacer. Las gaviotas se confiaban cuando era azul como todo. El mar, aquellos cielos, quizá sus ojos.
Me proponía que siguiera así. Que en mis cuentos la gente hablara poco. Prefería que la gente fuera. En mis cuentos, que contaran, que fueran. Azules, por ejemplo. Me gusta que no haya guiones que marcan diálogo, que la gente hable escondida entre los párrafos, que sean párrafo. Habla tú, decía, que dijera por ellos, que los pintara a mi antojo, como ahora, azules.
La gente se muere. También eso aprendí de ella. Que muriese en un relato me dijo. ¿Matarte? También me convenció de que yo no podía matarla nunca. Lo dijo con esas palabras sin peso que se te ponen como mariposas de piel en la piel y entonces son piel, las mariposas. Que no podía matarla nunca, pero sí que quería morir en mi cuento. Que así viviría para siempre. Claro, cuando alguien es azul, esos tópicos son como más mariposas. Otras mariposas, de papel.

lunes, 23 de abril de 2007

El Donde de la Borla Verde

Duende menos te lo esperas te asalta un donde. Los hay de topos los tipos. Hay dondes con todo topo de poderes. Los hay que hacen desaparecer todo topo de rosas, los hay que te hacen cambiar el dolor de la cara o hay también, eso dicen, dondes graciosos que hacen que te confundas al hablar y dagas, por ejemplo, cosa duende deberías decir rosa y así ya no sabes si te hablan de una flor o de otra rosa diferente. A mí se me suele aparecer el Donde de la Borla Verde, pero todavía no sé qué topo de donde es, juramos macho, a todo topo de juegos, y yo le hago preguntas intentando sonsacarle pero no suelda prenda y se me escurre por duende menos lo esmero, y siempre me dice que le puente rosas, que le hace mucha gracia pomo cuento historias y debe ser verdad porque le hablo y le hablo y se casa la tarde viendo y viendo sin parar y, creedme, no hay nada más lindo que un donde viéndose todo el gato a mandíbula batiente...