viernes, 29 de octubre de 2010

¿Un cuentillo infantil?

Este cuentito lo versioné para una de mis alumnas y ahora, pasado tanto tiempo que me avergüenza decir cuánto, he terminado el dibujillo que debía adornarlo y que ya no estoy seguro de haberle prometido. Si me descuido, la niña empieza en la uni, aunque, de otro lado, no sé si la historia no le va más a su edad actual...
Para ella, pues...


Era alto, era guapo y era inteligente. Y era el príncipe. Y tenía que ser el próximo Emperador. Todo estaba a su favor para la proclamación, apenas había que cumplir con un requisito. Pero era un requisito ineludible: el príncipe tenía que estar casado antes de su coronación. Él, príncipe moderno entre los modernos, quiso hacer bandera de su independencia y apeló a los sabios del reino. La respuesta de éstos fue taxativa. Tenía que casarse. No sólo aceptó con su buen talante habitual la resolución, sino que propuso el plan a seguir para la elección de quien habría
de ser su futura esposa.
- Convocad a todas las jóvenes solteras del reino que quieran ser Emperatrices para el primer domingo del mes entrante. Ese día les anunciaré qué deberán hacer para conseguir tal privilegio.
Una de las camareras de palacio, presente cuando el hermoso príncipe redactaba la convocatoria a sus secretarios, se sintió más excitada quizá que ninguna otra persona en la residencia real aquel día. Tenía una hija, Amph Mam Ann, que adoraba al príncipe desde que era una niña que apenas se mantenía en pie. Le contó todo en cuanto llegó a la casa.
- Ciertamente a esa convocatoria acudirán las muchachas más hermosas que jamás hemos visto, madre -respondió la niña, un encanto lleno de sensatez-. Y no sólo hermosas, elegantes, distinguidas y cultas también. Mujeres maravillosas ante las que nada tendré que hacer en la elección del príncipe. Pero, tú sabes, madre, que le amo tanto que sólo por tenerle cerca ese día en que nos anunciará su plan, merecerá la pena presentarse en el Gran Salón Real.
Y así lo hizo. Llegó el domingo anunciado y Amph Mam Ann se vistió lo más hermosa que supo y se dirigió al palacio. Apenas podía disimular la admiración que la mayoría de las muchachas que la rodeaban accediendo al interior de la residencia regia le provocaban. No podía decidir cuál le parecía más hermosa. Suponía que su adorado príncipe iba a sufrir para poder elegir una entre tanta mujer delicada. De hecho, una vez estuvo en el Gran Salón, a su izquierda y su derecha se ubicaron dos muchachas que no envidaban la elegancia de la garza ni la finura del mejor jade. La niña iba de asombro en asombro cuando apareció el príncipe por la escalinata del fondo. Estaba más hermoso que nunca. Con su portentosa cabellera negra recogida en una trenza y aquella mirada verde que la derretía.
- Bien venidas todas -saludó amablemente-. Ya sabéis la razón de esta convocatoria y agradezco tan multitudinaria presencia. No sé hasta qué punto seréis conscientes de lo que significa ser Emperatriz. Os aseguro que no será una labor tan gratificante como muchas, quizá llevadas de la leyenda, habréis podido pensar, pero, bueno, eso es otra historia... Lo que no se contaba en el pregón real es qué tendréis que hacer para serlo. Pues bien, se trata de algo que me demostrará la calidad de vuestro amor. Os entregaré a cada una de vosotras dos cosas: una semilla y un plazo. Las semillas son éstas.
Y, después de bajar hasta la gran explanada que era el Salón Real donde estaban los cientos de muchachas, fue entregándoles personalmente una semilla a cada una. Nuestra niña temía que el corazón se le saliera por la boca a medida que el príncipe se acercaba a su posición. Las sienes le palpitaban de la emoción, nunca había estado tan cerca de quien tanto amaba. Cuando el príncipe le rozó las manos sudorosas al darle la semilla, no pudo siquiera articular un miserable «gracias» y no cayó sin sentido allí mismo por la fuerza que le proporcionaba ese orgullo propio de su exagerada sensatez.
-El plazo es de seis meses -anunció el joven príncipe, una vez acabó el reparto-. Entonces tendréis que volver con la la flor que hayan generado la semilla recibida y el saber y los cuidados que le hayáis procurado. Yo sabré decidir, entre todas las flores, la que merece ser elegida como la de mi futura esposa.
Amph Mam Ann regresó a casa lamentándose de los escasos conocimientos que tenía de jardinería y de horticultura. Pero, se dijo, «pondré todo mi amor y todo mi cariño en el cuidado de esta semilla y ello suplirá mi ignorancia». Y así lo hizo. Tomó el tiesto más hermoso de cuantos había en la casa y lo rellenó de tierra. Enterró en ella la semilla recibida y la regó con cierta regularidad.
Pasaron las primeras tres semanas y, como viera que nada brotaba en el tiesto, sintió cierto desanimo pero, antes de caer en el descorazonamiento, acudió donde su anciano vecino, agricultor jubilado. Éste le recomendó remover, oxigenar, abonar la tierra y regarla menos. Así lo hizo. Pero no obtuvo resultado alguno. Ninguna flor se dignaba a aparecer en su maceta. Transcurrió el segundo mes, pasó el tercero y nada. Cambió toda la tierra, recuperó la semilla, la replantó. Nada. Se encontró en la última semana del sexto mes con el desconsuelo de un hermoso tiesto lleno de tierra marrón sin el más mínimo asomo de vegetal que la ornamentara.
«Es igual. La semana que viene tomaré mi maceta -pensó- y me presentaré en el palacio. Así podré volver a verle de cerca, como seguramente nunca volveré a hacerlo en la vida. Sólo por eso merecerá la pena sufrir la mofa por el ridículo de haber fracasado en la prueba con tanto estrépito. Le amo tanto, que la mera idea de imaginar que pueda volver a rozarme, me llena de dicha...»
En la fecha designada, Amph Mam Ann, no sólo pudo admirar las mismas bellezas que hacía seis meses había admirado, sino que pudo admirarlas engrandecidas por el aliño de las maravillosas flores que la gran mayoría portaba. Había crisantemos espectaculares, rododendros de ensalmo, preciosas orquídeas, rosas, claveles, jazmines... Aguantó como pudo el escarnio de las miradas despectivas hacia su recipiente vacío y avanzó hasta su sitio tratando de soslayar sonrisas burlescas y comentarios repletos de irónica soberbia. La aparición del príncipe acabó de rescatarla del mal trago.
- Sed bien venidas de nuevo. Observaré ahora el fruto de vuestro trabajo, sólo tenéis que alzar los recipientes y pronunciar vuestro nombre cuando llegue a vuestra altura.
Descendió las escaleras y fue recorriendo el amplio salón admirando, una por una, las flores que las muchachas le adelantaban, sonrientes y esperanzadas cuando llegaba frente a ellas. Cuando, por fin, llegó donde Amph Mam Ann sostenía su tiesto, se detuvo sin ocultar su sorpresa y tuvo que tomar a la niña por la barbilla para que ésta alzara la vista que la vergüenza por su flor no brotada le tenía escondida y le hizo repetir su nombre, pues la primera vez apenas fue un balbuceo.
- ¡Amph Mam Ann! -gritó casi en la segunda ocasión, tan nerviosa estaba. El príncipe le sonrió con esa amabilidad verde que tanto la cautivaba y siguió su reconocimiento, sin mediar palabra.
Al terminar de examinar todas las plantas, el príncipe retomó su lugar en el alto de la entrada y les habló.
- Mi decisión está tomada. Es indudable e inapelable. Mi esposa, si ella quiere, será Amph Mam Ann.
Aquella proclama disparó una andanada de sorprendidos comentarios entre los que el menos grave era el que aseguraba que «su majestad se ha vuelto loco» o «Debe tratarse de una broma, o es que el príncipe es miope». No faltaban tampoco las que iban más allá, criticando el aspecto físico de la elegida quien, aunque en absoluto fea, no era precisamente de las más hermosas de la reunión, estaba claro. Por su parte, Amph Mam Ann, permanecía atónita, incrédula y paralizada, desde que el futuro Emperador había tenido a bien nombrarla su prometida.
- ¡Cesen los murmullos! -ordenó el joven gobernante- Ni estoy loco ni soy miope ni nada por el estilo. Ella es la elegida porque es la única que me ha traído la flor del amor.
El silencio que se acababa de hacer era sepulcral. Las palabras del príncipe habían surtido el efecto de una enorme mordaza en las bocas de los cientos de muchachas asistentes.
- Hace seis meses os entregué a cada una de vosotras una semilla. y todas y cada una de las semillas repartidas estaba estéril, vacía, muerta. Y sólo Amph Mam Ann ha acudido a la cita con lo que, pese a los pobres resultados que saltaban a la vista, podía florecer de su semilla. Y, decidme, ¿qué fuerza ha podido mover a esta muchacha a, pese a ello, venir a palacio y mostrarse ante mí con una maceta que parece vacía? Decidme, ¿qué fuerza?
Todas aceptaron las palabras del futuro Emperador y se apresuraron en felicitar a la futura Emperatriz antes de abandonar el palacio, pues no dudaban que entre sus manos Amph Mam Ann no sujetaba un pote vacío, no, sino la Flor del Amor, una flor que, por desgracia, no es visible para todo el mundo...

viernes, 8 de octubre de 2010

Otoño con minucias


También hay, detrás del otoño,

dos niñas que se aprietan en una foto,

una lámpara de mimbre,

un visillo corrido,

una ventana entreabierta,

el fuego

y el tibio aroma

de la lluvia que nace ilesa.

Hay corazones como carbón

hay un cielo veloz detrás

de los tejados,

hay una tormenta

que ablandará la tierra muerta

de la curva de la calle

por donde no aparecerás,

hay un hilo aderezado

con las palabras

del último minuto

de este día sin luna.

Sí.

Más allá hay merluza,

algo de bonito,

los garbanzos y blablabla

doscientos metros

detrás del sueño... blabla...

El poema

es un telegrama

y en el miedo yace,

en el miedo.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Altozano





Para el amigo Goyo Escudero
que nos avió el asueto
con teatro verdadero
y la palabra que titula este soneto...


Mi infancia son recuerdos de un verano

en Campanario, donde el sol ardía

(y donde arde con rabia todavía),

de una casa blanca en su altozano,

(¡¡Melones, sandíasssss…!!!!)

de la empleita en la bruñida mano

del abuelo que en el umbral tejía

posijos, y de la abuela Rosalía

aviando en el corral desde temprano...

(¡¡¡¡Miellll, a la ricaa miellll…!!!)

De madre con la Isabel de Tarama

en la esquina palrando con delirio,

del Pilurín… «¡Dame un durito, mama…!»

(¡¡¡¡Pilurínnnn de La Habannnaaa!!!!!!)

«¡¡¡Pon más, chacho, que estoy pasando el kirio!!!»,

recuerdos de cinco primos por cama,

de Paco, Coco y la Juana "Colirio"...



En el Altozano de Scud Hero

martes, 17 de agosto de 2010

Las chicas de oro



Cinco minutos con ellas dan para una enciclopedia. En cinco minutos la risa es capaz de alborotar la noche con el estruendo de su chispa. Así, Leonor, hermosa en su reposada viudez, me contaba como si tal cosa:
«... y claro, yo le dije a mi nieto cuando se levantó, que s'a venío con un amigo de allí, de Barakaldo, que con tanto trajín no me aclaraba y que me dijiera si iban a venir a comer o si se quedaban en la picina para aviar más o menos comía¿no?... Y me dice el mozo: pero, abuela, es que no sabemos si va a llover o no... ¿A llover? pero hijito mío ¿tú sabes dónde estás? ¡Questo es Campanario...!»
Por supuesto, Rosa, Josefa, Antonia María y Loli se meaban con el relato y con la inocencia urbanita de los muchachos. Vaya este mínimo homenaje a esa picota nocturna del barrio de La Ermita donde cada noche que fui a buscar a mi amigo Juan Antonio hice parada obligatoria para disfrute impagable y donde, si todo va bien, espero volver a gozar el próximo agosto.

Obstinado sol



Debería decirle,
confesarle al sol
que esa obstinada muerte
tras el cerro
es la séptima cuerda
de la guitarra,
día tras día
tras el cerro,
luego de engullirnos
día tras día
tras el cerro
se lleva nuestra piel
y así somos
nosotros
quienes adornamos el ocaso
como mandarinas tostadas,
como ciruelas torradas,
como abrasados albarillos
en los braseros del horizonte
detrás de corralones
y de afilados galgos
y de charcas
y de soledad pajiza
y de ocio en desarraigo...
Tras el cerro
se va tu vida despellejada
por su lengua,
pero también nuestras muertes
una y otra vez,
día a día.
Tras el cerro...

lunes, 19 de julio de 2010

Festina lente

Todo empezó con una nada de papeles. Entre todo el enorme bulto de atrasos y olvidos que poblaban mi mesa destacaba, por su insignificancia, una carpeta que no contenía más que la tinta verde que cabe en las seis letras pulcramente caligrafiadas de la palabra «Oxímoron», ubicada en el extremo inferior de la solapa anterior. Nada de papeles. Por eso detuve mi prisa en la lentitud que precisaba enlazar el viejo neologismo con mi no menos viejo ejemplar de «El aleph» y con la página que describía a Beatriz en donde descuidé expresamente un esbozo de poema, en tinta verde también, una tarde sin frío de alguna Navidad. ¿Por qué no acabarlo aunque fuese verano y caluroso?

Tampoco en lo que crece

con cada alba, cada día,

entramos sin problemas.

Un residente temor

resurge con todo

lo que intuimos bueno

y queremos nombrar

desde esa sombra

apenas olvidada:

la mujer

que quizá ha sido zozobra

entre tus brazos,

el acordado silencio

que promueve esa sonrisa,

la torpe precisión

con que cada olvido

sigue forjando

la eternidad de un leve roce...

Ella no enumera nada,

su inteligencia emerge

mirándome

naufragar una vez más.

Tampoco es imposible

que seamos mutua salvación,

doble desarme.


jueves, 24 de junio de 2010

Doble atardecer

La tarde muere

tostando naranjas

donde todo tiene un final

de infinita, inmensurable paz

que agoniza

sin sonrojos.

Me quedo

con esta placentera muerte

de gamuzas cárdenas,

livianas, violáceas,

purpuradas, nuevas...

Te estoy hablando

del olvido, lo sabes bien...

del reiterado olvido...

viernes, 7 de mayo de 2010

No te sé, no...


Cómo osar escribir el poema

que tu piel requiere,

los sonetos que exhala tu ternura,

los ritmos que animan

alrededor de tu sexo

la casida memorable

del libro de tu cuerpo

tan estremecido

que ya no me necesita...

jueves, 6 de mayo de 2010

Sin garantía...

Sí, es mi vocación no ser urgente,
ni entregarme a llantos clamorosos
y tratar de engañarte con una sonrisa;
no, no te digo toda la verdad cuando te miento
ni exagero la alegría.
Soy cauto en los ensueños, sí,
y también en los arrebatos enamorados,
atesoro una mirada preparada sólo para ti
y, aunque no te extraño muriendo el día,
soy capaz de odiarte sin tregua
vacío de manos cuando amanece.
Sí, olvido aniversarios y algunos sitios,
cambio las constelaciones de lugar
y me disgusta que te desnudes antes que yo
pero no, nunca dejaré de estar allí
ni te regatearé las mariposas de mis dedos
ni cuanto tengo gratis para ti,
que es todo, aunque te parezca nada.
Me asolan crisis de bondad y bombones derretidos, sí,
me anuncio en algunos pájaros
y desaparezco entre tus ojos,
me puedes romper como a un muñeco
pero no, no,
no caduco como persona
aunque no tenga arreglo, ni garantía,
cuando me quieres vestir a tu antojo
u ofrecerme zumos a la hora del café...

jueves, 15 de abril de 2010

Desde el cerro

Una tarde subí al cerro sin el ánimo habitual de explorar el viejo castillo ahora ligeramente reformado (cuatro barandillas protectoras, cinco focos y una epidérmica limpieza con que quieren justificar el miserable euro que te quitan a la entrada). Subí, en especial, animado por el paisaje que ya desde que había llegado a Badajoz, uno o dos días antes, me había sorprendido en forma de explosión de verde que no tenía parangón con el de ninguna de mis anteriores estancias.

Si ya la enorme cuesta que lleva a la pequeña explanada donde se encuentra el mirador te va aliviando de un montón de penas, la contemplación alternativa de la Siberia y la Serena desde aquella incomparable atalaya procura un leve éxtasis que no deja de sobrecogerme por más que reitere la visita.



A un lado, Talarrubias preludiaba el infinito y manso llano que alarga Extremadura hasta el perfil apenas intuido de Herrera del Duque y de Peloche mientras, a la izquierda, el Guadiana se iba arrullando hacia Orellana, rebosante de invierno en la primavera nueva.


Al otro lado, casi a mis pies, Esparragosa y Galizuela apuraban los últimos rayos del sol de abril, el Zújar, inmenso, espejunaba, embalsado entre los ondulados campos de la Serena que se perdían buscando Siruela, Zarza-Capilla, Almadén, Guadalmez...


Hubo que sacar la vieja libreta verde, hubo que dejar caer la tarde, hubo que apurar una Mahou, hubo que respirar aquel aire que se domaba en el vuelo acrobático del cortejo de los aviones comunes...


Una tarde subí al cerro. No estoy seguro, pero es posible que fuera Viernes Santo... ¿Qué prisa podía haber?





viernes, 26 de marzo de 2010

A destiempo, las respuestas


Quizá no sean posibles

las respuestas necesarias

en la luna que crece y crece,

densa sonrisa, noche sin patria,

doble entre fragor de sauces...

Pero, ¿quién puede saberlo?

tal vez sólo sucedan allí,

donde un niño otra te revele,

pues siempre una línea se curvará

para ti en alguna boca.

Pero has de abundar más allá, más,

y ser, como este agua que se amansa,

espejo, ser espejo,

ser, espejo ser...

viernes, 26 de febrero de 2010

Milongue




Peu à peu je te regagne...

Las lilas se ateren
en la misma esquina
donde era resignada envidia
el amor.

Tu étais le bouquet, moi...

Los milagros tienen
un aura escasa.
Pero es marrón tibia
y derrotada violeta.

Pormenor...

Cette chambre n'à pas de paroit...

jueves, 4 de febrero de 2010

Victoria, otro fracaso



¡Hay tanta nieve...! Llevo diez días encerrado en casa y, de ellos, más de seis sin aparecer por el desván. La ventisca del viernes pasado sopló con tanta violencia que hizo añicos uno de los cristales. No había quien parara aquí y hoy, cuando he subido, luego que Jacinto haya podido arreglarme la ventana que mira al páramo, me he encontrado con otra de las malévolas limpiezas que Lucía perpetra en mi mesa. Como siempre que esto ocurre, me ha dejado un silencioso mensaje encima de su habitual pulcritud: un añejo poema estival. ¿Cómo sabrá Lucía ponerle siempre la guinda a ciertos momentos con tanto acierto? En los próximos días, seguramente, no encontraré nada en toda esta simétrica organización. No importará, claro, porque toda la belleza de este tiempo en la clausura de chimenea y lecturas me había llevado a la nostalgia de los tórridos veranos en brazos de Victoria, a quien iban dedicados los ripios recuperados. ¿Qué alimenta las nostalgias?

Antes del incidente del cristal trabajaba en unos cuantos poemas, hallados en una curiosa publicación de Trieste; quiero pensar que son de Kasher. La mesa, como siempre, era un caos de recortes y revistas. Ahora, los unos están a la derecha, guardados en una funda transparente, sobre las otras, conveniente apiladas. Y, sobre todos ellos, estaba este poema que no sé de dónde ha rescatado el plumero de Lucía. Está caligrafiado con pulso casi adolescente en una hoja de papel cuadriculado que amarillea levemente por los bordes. A mí no me gusta tanto como sospecho que a Lucía. Pero no puedo dejar de obedecer, ni de pensar que, hace siglos, hubo una Victoria. Los versos, es cierto, merecían el olvido; Victoria no.

El sol se duplica por los campos helados, deslumbrando. Me he acercado a la ventana reparada y allí, tonto él, estaba Satán, adormilado. Me he sentado a su lado e, ignorando su cotidiana indiferencia, le he leído el poema con la misma entonación de los años del colegio...


Salíamos al encuentro de la tarde,

el sol fraguaba en mosquitos y hormigueos

y en el trigal que buscaba el horizonte

la amapola mecía su ardiente gineceo.

Las niñas andaban, mansas, a la escuela

a la tenue luz de la hora de solfeo,

había tortuosos imanes por la ropa

y aceros muertos del ansias del deseo.

Tanto espacio que vagamos una vida

para concluir en un tímido escarceo

por detrás del agua presa de los juncos

que un beso abrían en cada balanceo.

Era tan sencillo amarte y darte alas

que temí quedarme en blanco titubeo

y no acertaba a recorrerte casi

y casi me asfixio en puro galanteo.

Salíamos por los rumbos de la tarde,

el viento dormía en brazos del poleo

alzando el agrio violín de las chicharras,

pintando en tu pelo un leve bamboleo.

Al fin, un río de sales sudorosas

y aquel miedo a despertar si no te veo,

deslumbrado por la luna recién hecha

y el aliento derrotado que aún rastreo.

Salía de ti con mucha parsimonia,

con alma de oruga y ojos de mareo,

en aquel día que fuiste, más que hermosa,

liviana ala de un litúrgico aleteo.




jueves, 28 de enero de 2010

Me meces


Aquí,

como un crepúsculo de lirios

entre dulces violonchelos.

martes, 26 de enero de 2010

Bonjour (poema en crestafase)


Tienes que saludar al día

(tú que albergas pájaros)

para que el reloj consista,

para que el hombre,

tibio aún,

te ofrezca el agasajo

de la mantequilla,

el injerto de besos y nocheterna

y la tostada necesarios...