martes, 5 de abril de 2016

Soneto imperfecto XXIII


Llueve con eco de guitarras viejas,
retratan los charcos las catedrales,
viven besos, retumban los portales
y tu vaga sombra mientras te alejas.

Insiste el agua en su timbal de tejas,
eterna estalactita de cristales,
por donde entraste un día y ahora sales,
por donde volverás, frágiles rejas.

Todo muere un segundo en la ventana,
mientras en el cristal el alma mía
se da cabezazos con  furia vana.

No lloverá esta lluvia todo el día
y, tal como te añoro hoy, mañana
echaré en falta mi melancolía.

domingo, 14 de febrero de 2016

Amado Manuel





Amado Manuel,

nada me haría más feliz que llegar a saber un día que has leído esta carta, aunque esto suceda en la prisión serrana donde me repiten, con despectiva monotonía, que te encuentras. Mi amor me impide hacerle caso a las palabras de Víctor quien no cesa de reiterarme que pereciste para siempre en esa misma sierra que te refugiaba.
Llueve en Santiago estos días, Manuel. Lo hace con la misma tristeza suave con que lo hacía cuando corría a verte desde mi oficina hasta la puerta de la fábrica donde me esperabas embutido en tu buzo grasiento, el cigarrillo ladeado en la sonrisa pura, el flequillo desatado sobre tu ojo izquierdo… Me prendía del cuello sudoroso y me llenaba de tu humo en los besos interminables. Tú me sacudías el agua de los rizos con esa dulzura demoledora que se grababa a cincel en mi memoria, Manuel. Con ella regresaba al trabajo, con el tacto de tus dedos repitiéndose eternamente en mis horas sin ti, reviviendo los cinco minutos una y otra vez hasta aniquilar cualquier atisbo de hastío. Llueve en Santiago pero no tengo fábrica donde correr, no tengo  cinco minutos, ni tres, ni apenas uno donde eternizarme en ti.
Sólo tengo, Manuel, esta dirección donde me han prohibido ir y donde te escribo con la rabiosa esperanza que me ha dejado esta indefensión de no saber nada cierto sobre ti. Han pasado cinco meses desde que escapaste a la montaña luego de la gran huelga, con las noticias que salieron ese mismo día de grupos de obreros y sindicalistas abatidos cerca de Río Blanco y toda esa gente desaparecida. Cinco meses de angustia e incertidumbre mitigadas por el recuerdo de tus labios sabiendo a tabaco, de tu cuello salpicado de grasa, de tus dedos enredando en el cabello húmedo, de tus ojos de persona buena que nunca hizo daño y que lo iluminaban todo… Cinco meses, Manuel, redondeándote en esta pancita mía donde floreces en cada latido, en cada leve patada, en cada súbito giro en su lecho placentario. Sí, Manuel, hay, como decías tú, un poemita en camino. Y viene grandote, créeme, este poema. Va a ser una auténtica oda elemental.   
Algunas noches lo noto especialmente inquieto. Entonces, echada en nuestro humilde catre, palpo suavemente esta curva que se pronuncia cada día más y, a media voz, le canto la misma linda canción que me suplicabas cuando andabas tan triste. Y se calma como si entendiera las hermosas palabras de Violeta que se van enredando, enredando como hiedra de futuro en el muro de nuestra vida, Manuel. Porque te amo, porque te espero, porque te recuerdo, siempre te recuerdo…


                                                           Amanda

viernes, 29 de mayo de 2015

Mieltxo




En el árbol que el abuelo
plantó para aplacar el invierno
con la leña de sus ramas,
para aplacar el verano
con la sombra de su fronda,
para aplacar la despensa
con la carne de sus frutos
ha tenido Mieltxo
una aventura de lanzas y de arcos,
tiene, recónditas, las caricias
de la alondra y el ruiseñor
y tendrá
la casa donde alargar
la infancia
lejos del suelo
donde el abuelo plantó el árbol…

miércoles, 21 de mayo de 2014

He visto crecer...





Yo he visto crecer el árbol
noche tras noche
detrás de la primavera.
Era un espantapájaros
solitario
cerca de la parada del bus,
frente a la vieja pulpería,
donde también hay edificios,
todos de ladrillo,
 y algunas verjas herrumbrosas
que se tupen de musgos,
pero no hay más árboles.
En alguna ocasión 
ha venido la luna a filtrarse
por detrás, engordando 
encima de la escuela roja
de las religiosas del barrio,
mientras yo medía las hojas.
Fueron como sellos,
 y como cromos de fútbol
para, una noche húmeda,
de pronto ser así,
como mi mano extendida.
He visto crecer el árbol
noche tras noche allí,
en la curva de una calle
donde hay contenedores de basura
y un escaparate
con cosas de ultramar
y una autoescuela.
Le he visto crecer...
Ahora, esta noche,
por ejemplo,
las hojas, sus hojas
palmadamente reticuladas,
verdes,
son enormes mariposas
suspendidas
sobre el césped
atiborrado de margaritas
somnolientas,
donde mi perro, el Pintxo, 
no las siente crecer como yo
pero, va y viene,
va y viene,
y, tengo la impresión,
se siente feliz...

lunes, 19 de mayo de 2014

Duda 3



¿Qué ocurre con la duda
cuando sucede en el recuerdo?
¿Es quizá el grueso animal
que desperté en un labio?
¿Acaso es el pájaro
que pintó tu beso?
¿Fue, tal vez, que coincidimos
y nos rasgamos el futuro con lenguas de olvido?

           («El hombre que fuma mira la luna, escribre»- 2005)

viernes, 4 de octubre de 2013

«Odio tu gato»*



En el espacio que tu gato ocupa
hago de todo mi odio buen empleo,
sólo quiero matarlo si lo veo,
quitarlo de tu mano me preocupa.

Su estancia por tu entorno ya con lupa
celando voy, y lo tengo por tan feo
que odiándolo disfruto y me recreo.
¡Cuánta envidia en mi corazón se agrupa!

No aguanto esa mirada indiferente
que acoge tu caricia todo el rato,
cual si no lo tocaras ¡repelente!

Si vuelve a interponerse, yo lo mato,
durmiendo en tu regazo, intransigente.
No hay remedio, mi amor, odio a tu gato...


*Este sonetillo publicose en 2007, pero sin el simpático y tierno dibujillo que, como se aprecia, lo redondea...


miércoles, 2 de octubre de 2013

Lluvia...


El mar se había quedado detrás de un biombo de brumas. Me pusiste un vaso con hielo flotando en una delicia ocre. Me pusiste dos dedos en la nuca. Tu pecho se había quedado detrás un leve algodón. Me diste otro dedo. Te leí el mismo verso que te escribo siempre que el mar se queda detrás de los biombos de algodón, el que te susurro cuando tu pecho llega detrás de leves brumas. «Tengo besos que mueren como cachorros de nube, que se confunden como garabatos de niño chico, besos que se descargan en los trigales de más allá del brezal, de más acá de las colinas del heno, besos como saltamontes bizcos, como canción en el agua...» Las plumas de la voz te desnudaron. Me entregaste un lápiz para que te metiera en un papel. Tu cuarto dedo decía que no me callara nunca. «... tengo besos que azogan charcas en la primavera, que perfuman juncos salvajes con aire de ababoles, besos topacio en los ojos, besos siesta de gato, besos onda de río, besos granada acuchillada. Y tengo un beso que pasea tu nombre en una cometa china que revienta en confetti para que la vida te sepa a tahona y a aldea que despierta, que explota para que me ruegues, sin más demora, que te pinte todos estos besos que te cuento y que, si no, morirán como cachorros de nube...» Todos los dedos se llenaron de cuartillas. Todas las tintas se llenaron de piel.

martes, 1 de octubre de 2013

¿Cuándo solicitas...

¿Cuándo solicitas información
de mis sueños, cuando
me auscultas la mirada perdida...
ves al hombre que viaja al fervor,
al encuentro de alguna fe?
Podríamos conformarnos con alinearnos
con los cómicos de algún puente,
podríamos ser necesarios
en el final de algún relato corto.
Podríamos resornarnos mutuamente,
pero nunca en las conciencias abatidas.
¿Cuándo atiendes en silencio
la perpleja convicción con que te hablo,
cuando sales de mi mano
con otra piel, dejándome otra piel
escuchas mi voz para escucharla después
como una cebra tibia
capaz de dibujarla como la luna
sus persianas?
Sé que si en el siguiente minuto
acierto a decir
que la soledad está siempre
tapizada de pequeños gozos, de alegrías,
de retales de felicidad,
de beso...
entonces, tu noche estará plagada de aves
que le acechan el lomo lunar
a los mares de una cierta maravilla...

jueves, 12 de septiembre de 2013

Mañana, quizá



Preguntabas por qué bajo tu cabello
nunca dudo
y ceso una mirada en la medrosa yema.
No tengo la vida por herida
y mi madre va en mi frente, arrugándose
con cada beso que cae en la hierba.
Me han amado para enseñarme a hacerlo
y yo te devuelvo la mano vacía
como un tesoro incalculable
por lo menos hoy, con este rubor.
Tú sabes que esas dudas son dobles diamantes
y cada dolor,
un cielo amanecido en la memoria...
Mañana quizá, en la misma mano
encuentres las mariposas
que he criado con los gusanos
de tu precioso olvido...