viernes, 23 de septiembre de 2016

G. Arroyo, maisua



 Zerua, 
lurrera erori zen,
gizakiek
itsaso deitu zuten.
Hodeiak 
eztanda egin eta
lurrera erori ziren,
gizakiek
elur deitu zuten.
Izarrek
maskara kendu eta
lurrean agertu ziren
gizakiek
Antzerki deitu zuten...
(G. Arroyo)


Ahora,
cuando tengo la edad justa
para que sea imposible
ser un mal poeta,
cuando en cada paseo nocturno
con el Pintxo (ez zenituen maite, ez, txakurrak)
busco poemas perdidos
en las tristes farolas
de la calle Arrandi,
esquina Landaburu,
esquina La Florida,
esquina Etxatxu,
en la luna que se tatúa un árbol
cuya raza desconozco,
en los pasos perdidos
de los pocos transeúntes,
en algunas lluvias;
ahora,
cuando me tropiezo
con todos los rastros de ti
que antes eran cotidianos
(Valery Fabrikant, Xiber trikua,
zure belarriak karikatura hartan...
«belarrimotz, belarrimotz!»),
ahora que aquel sol-luna-estrella
me aparece hasta en la sopa
como un latido necesario
(«Jar izkiozu iletxoak, Joseba»),
ahora que quizá no hagan falta
más homenajes
que el de tratar de olvidarte cada día
para tenerte a diario en la memoria
es cuando por fin
puedo decírtelo:
umezurtz utzi nauzu, jodido!!

martes, 5 de abril de 2016

Soneto imperfecto XXIII


Llueve con eco de guitarras viejas,
retratan los charcos las catedrales,
viven besos, retumban los portales
y tu vaga sombra mientras te alejas.

Insiste el agua en su timbal de tejas,
eterna estalactita de cristales,
por donde entraste un día y ahora sales,
por donde volverás, frágiles rejas.

Todo muere un segundo en la ventana,
mientras en el cristal el alma mía
se da cabezazos con  furia vana.

No lloverá esta lluvia todo el día
y, tal como te añoro hoy, mañana
echaré en falta mi melancolía.

domingo, 14 de febrero de 2016

Amado Manuel





Amado Manuel,

nada me haría más feliz que llegar a saber un día que has leído esta carta, aunque esto suceda en la prisión serrana donde me repiten, con despectiva monotonía, que te encuentras. Mi amor me impide hacerle caso a las palabras de Víctor quien no cesa de reiterarme que pereciste para siempre en esa misma sierra que te refugiaba.
Llueve en Santiago estos días, Manuel. Lo hace con la misma tristeza suave con que lo hacía cuando corría a verte desde mi oficina hasta la puerta de la fábrica donde me esperabas embutido en tu buzo grasiento, el cigarrillo ladeado en la sonrisa pura, el flequillo desatado sobre tu ojo izquierdo… Me prendía del cuello sudoroso y me llenaba de tu humo en los besos interminables. Tú me sacudías el agua de los rizos con esa dulzura demoledora que se grababa a cincel en mi memoria, Manuel. Con ella regresaba al trabajo, con el tacto de tus dedos repitiéndose eternamente en mis horas sin ti, reviviendo los cinco minutos una y otra vez hasta aniquilar cualquier atisbo de hastío. Llueve en Santiago pero no tengo fábrica donde correr, no tengo  cinco minutos, ni tres, ni apenas uno donde eternizarme en ti.
Sólo tengo, Manuel, esta dirección donde me han prohibido ir y donde te escribo con la rabiosa esperanza que me ha dejado esta indefensión de no saber nada cierto sobre ti. Han pasado cinco meses desde que escapaste a la montaña luego de la gran huelga, con las noticias que salieron ese mismo día de grupos de obreros y sindicalistas abatidos cerca de Río Blanco y toda esa gente desaparecida. Cinco meses de angustia e incertidumbre mitigadas por el recuerdo de tus labios sabiendo a tabaco, de tu cuello salpicado de grasa, de tus dedos enredando en el cabello húmedo, de tus ojos de persona buena que nunca hizo daño y que lo iluminaban todo… Cinco meses, Manuel, redondeándote en esta pancita mía donde floreces en cada latido, en cada leve patada, en cada súbito giro en su lecho placentario. Sí, Manuel, hay, como decías tú, un poemita en camino. Y viene grandote, créeme, este poema. Va a ser una auténtica oda elemental.   
Algunas noches lo noto especialmente inquieto. Entonces, echada en nuestro humilde catre, palpo suavemente esta curva que se pronuncia cada día más y, a media voz, le canto la misma linda canción que me suplicabas cuando andabas tan triste. Y se calma como si entendiera las hermosas palabras de Violeta que se van enredando, enredando como hiedra de futuro en el muro de nuestra vida, Manuel. Porque te amo, porque te espero, porque te recuerdo, siempre te recuerdo…


                                                           Amanda