martes, 23 de diciembre de 2008

Azar es

Ha habido tres casualidades
como siempre.
Tres casualidades hacen un hacha.
Ya en los postres había un poema
que se enredaba en la piña.
No he encontrado ninguna sonrisa.
Pero antes de las ocho
buscaba nubes y he encontrado
una hermosa luna.
En la cena he comido banderas:
la necesaria cantidad
como para buscar a Baudelaire.
Y de la repisa wengé
ha caído un libro de Gavalda.
Y del libro una serpiente azul
dando besos como un poema antiguo.
Quizá porque era un poema antiguo.
Sólo era necesario que,
como un súbito despropósito,
comenzara a llover sobre el asfalto
que adorna la caída del balcón.
La luna, el poema...
Y un no sé qué
que se me ha ido al ojo
para que lloviera
este tan prescindible
verso intempestivo.

No son horas para olvidar a nadie..

viernes, 19 de diciembre de 2008

La gramola


Después de tomar Manhattan
volveremos a la calle de atrás
no hay maletas que lastren las alas
no hay puntos no hay comas
enseñame el camino
nos pintaremos
el pecho en el ascensor del deseo
una mujer desnuda desnuda
desnuda y en lo oscuro
pero el amor es informal
y contamina como mis gaviotas
no me abandones
aún quiero verte danzar
la milonga del marinero
bajo las lunas rotas
a la luz del salpicadero.
El cielo puede esperar.

martes, 16 de diciembre de 2008

Zorionak!!




Datorkigun urte berriak
joatear den zaharrak beste gerezi dakarzkizuela,
zuek goxoago bihur ditzazuen
hain aberatsak diren zeuen iruzkinekin...
Mila esker bloga bizirik mantentzeagatik.
Zorionak eta Eguberri On!!

Que el año que nos llega
siga ofreciéndoles tantas cerezas como el que se va,
y que ustedes las hagan más sabrosas
con sus comentarios...
Gracias a todos por darle vida al blog.
¡¡Felices pascuas y Próspero Año 2009!!

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Nuevo inventario, nuevo adiós, mismo amor...


"En el sueño del amante,
ella perfecta y violeta..."
(D.Errota)


Una tarde se acabó la vida
aplastada de demasiada vida.
Queda una plaza que no acalla el recuerdo,
queda un paseo corto,
queda un abrazo derrotado
por un beso derrotado
por un empuje derrotado
por una lágrima derrotada
por una felicidad muerta
delante de un cristal
detrás de una plaza
dentro de una ciudad
fuera ya de todos los sueños...

(«El olvido crece bicicletas, Alejandra»; poema 53)

martes, 9 de diciembre de 2008

Un interminable prólogo



La memoria es denuedo 
y tiene alma de pregunta 
como un eco de espejos. 


Perdurar en lo que perdemos, 
en el mismo olvido de donde 
forma parte una memoria amada, 
inaugurarnos donde ya fuimos, 
descender al mismo beso 
ya provocado 
en dispersa sucesión 
de labio y corazón trocados. 
Llegar a desear una tristeza 
fecunda y duradera 
a la falsa felicidad 
de los futuros 
a la vuelta de la esquina, 
donde todo se condensa 
y la esperanza acaba 
ahogándose en la desesperación 
de repetirse sin siquiera 
saber odiar. 
Poder intuir 
que nada ha muerto 
en ninguna de las lágrimas vertidas, 
en ninguno de los besos disfrutados, 
en ninguno de los homenajes 
que mañana haremos al entonces. 
Pues, cierto es 
que el pasado escribe, a fin de cuentas, 
un interminable prólogo.


miércoles, 26 de noviembre de 2008

BILBAO HA CRECIDO TANTO, PATXI...

Ya en las afueras, un ertzaina le confirmó que el impresionate puente que se alzaba ante él terminaba en la vorágine de luces de Tokyoberri.

lunes, 24 de noviembre de 2008

El harguix (y IV)

4.

En el puerto nos encontramos con más problemas de los esperados para conseguir embarque rumbo a casa. Tuvimos que aceptar un pasaje que no nos ofrecía mucha confianza, pero la opción de permanecer dos meses allí, hasta la llegada del Banfield, el mercante de Cádiz, no nos sedujo lo suficiente.
Llevábamos casi una semana vagando sin mucho tino por los tinglados, comprando algunas enseres necesarios, algún recuerdo quizá, bebiendo en las peores cantinas, fumando pipas en el espigón. La tarde anterior a zarpar, en aquel rompeolas que rematan dos colosales titanes de piedra enverdecida por el salitre, Silvian remató su historia. Los oyangos son parcos por naturaleza. No tienen conciencia del olvido pero sufren contando las cosas. Y, cuando algún atisbo de vergüenza les asalta, su cortedad de diálogo puede demudar en insufrible mutismo. Yo le conocía lo suficiente como para saber que forzarle era, con certeza, quedarme sin saber, si no el final, feliz sin duda, sí el pormenor de cómo había logrado que el templo sin techo de Aln se iluminase, al fin, con aquel prodigio de  luces que habíamos admirado.
-No tuve que buscar apenas el harguix, señor Ludovic. Me asola el sonrojo al declarar que, en verdad, no tenía siquiera que haber buscado. Lo llevaba conmigo desde que partimos. Pero lo ignoraba tanto como ignoro qué palabras son las justas para explicar este prodigio. Iba conmigo y fue mi padre, Ronsard Pavlic, quien lo cargó en la mochila que siempre ves en mi hombro. Tampoco puedo decir si mi padre sabía qué estaba haciendo cuando me lo dio. Puso en mi mano derecha un terrón de tierra roja y en la otra mano, el paño de tela holandesa donde debía envolverlo. ‘Llévalo a donde vas, yo estuve hace mucho y de allí vino. La casualidad de tu viaje quizá no signifique nada, quizá sí; apenas puedo decirte que no es sólo el puñado de tierra que tus ojos han visto. Déjate guiar por tu alma y por la inteligencia del señor Yaksic, de quien somos deudores, aunque ellos hagan que no lo parezca, hijo mío.’ 
“Cuando acabamos de fumar en la entrada de aquella gruta, dejé a Szu Yakün en su absorta meditación. Aquel paraje es pedregoso, no necesité mucho tiempo para encontrar aquello que necesitaba. En una piedra casi cuadrada de unos veinte centímetros de alto, improvisé un recio cuenco. Siempre llevo el material necesario, no fue tarea ardua. En el seno de la piedra deposité la tierra que me diera mi padre. Guardé el paño que mi madre tejió hace un siglo. Cuando regresé a la gruta, el sabio no estaba. Créame si le aseguro que el titubeo casi me ahoga entonces, hubiese querido disfrutar de su consejo, señor Ludovic, pero también intuía que había que actuar rápido. Dejé el rudo tiesto con la tierra donde Yakün había estado sentado y marché montaña abajo. Descendía con una incertidumbre que apenas pudo amansar la figura del chamán sonriéndome desde un risco cercano a la gruta. Quise creer que había encontrado el terrón y que él sabría actuar. Ahora, señor Ludovic, creo que todo ha salido bien y sólo el resquemor de mis dudas ante los claros signos que casi no supe interpretar empañan una felicidad que me quiere desbordar”
-No sólo debes creer que todo ha salido bien, ten la certeza de que ha sido así. Y, podemos tener la certeza también de dos cosas más, querido Silvian. En primer lugar, que el señor chamán Szu Yakün, es el mismo Yakün que hace casi doscientos años le dio referencias del Harguix a monsieur Delisle, su longevidad supera incluso la de los oyangos –le miré, no vi sorpresa en su rostro-. Y, por otro lado, tengo la seguridad de que, señor Ronsardic, sí que has cumplido una profecía –ahora era él quien me miraba y, aún de reojo, puede certificar su asombro –. Y, visto el resultado final, creo que debes olvidar tu resquemor y tu vergüenza: todos los signos fueron perfectamente interpretados.
Nos quedaban horas para partir, obscurecía en aquel confín de mar eternamente furioso. Confín de gentes sorprendentes y de profecías no escritas donde yo sólo cumplí, en aquella ocasión, el papel de testigo mudo y futuro notario. 

viernes, 21 de noviembre de 2008

De Oriente vino un Orient




Recuerdo,
ahora, 
cuando la palabra memoria
empieza estar prohibida,
un enorme reloj dorado de pulsera.
Me dije:
«Con el dinero de Saba
me han regalado el tiempo del desierto»
De allí vino en avión.
Un enorme reloj
bañado en oro.
Los pobres tenemos el corazón de la urraca.
El padre sangró sudor
a orillas del mar Rojo
haciendo cimientos en la nada.
Un año junto a las playas prohibidas de  Hoddeida,
ajeno a que Saná
estuviese en las listas patrimoniales
de la Unesco,
ignorando el destino de aquella gente que cargaban
en destartaladas camionetas
arenas adentro
donde el tiempo lo mide
la sombra de una duna.
Las catorce mil torres de Saná
no tienen la culpa.
El tiempo del desierto humanyí
brillaba en las noches bajo mis sábanas.
De Oriente vino un Orient.
Ahora recuerdo,
cuando la memoria
se sacude las moscas en una cama,
un enorme reloj dorado
con cronómetro,
con fecha, con luz,
con cuenta atrás.
El padre lo pagó con dólares
en playas remotas
donde dejaron una ciudad fantasma
y unas gotas de miseria
en otras miserias.
Quizá esta tarde,
a las 17:45,
cuando aprisione mi mano,
esa mano traidora
donde ahora hay un Citizen de acero,
le cuente que
Saná es un capricho de ciudad
donde la gente sigue 
peleándose por salir en una foto
y que la Unesco etc., etc.
y que aquellas camionetas eran 
las mismas que en su pueblo
cargaban gente en el 36,
en el 37, en el 38...
y que el destino era el mismo,
barrancos adentro,
donde el tiempo
se junta en los cerros
con el sueño de la oveja.
Y lo olvidará todo.
Pero, de todas fomas,
 le diré,
antes de las 19:00,
aunque lo olvide,
que ahora en el recuerdo,
cuando las cosas son verdad,
por fin, aquel enorme reloj dorado
es un precioso reloj
de oro macizo. 

miércoles, 19 de noviembre de 2008

El harguix (III)

3.

¿Qué decir acerca de aquél que se ha desvelado por uno durante lustros de no solicitada sumisión? Necesitaría más de lo que ocupará este libro, que escribo como melancólico final de mis días, sólo para hablar de él. No ignoro que el capítulo que he pensado dedicarle más adelante no sólo nunca será homenaje sino que, quizá, alcance a ultrajar su grandeza humilde.
Silvian Ronsardic es un oyango de estirpe regia. Esto debería ser suficiente para definir su porte, como el de todos los hombres de esta raza, titánico. Y como todos ellos tiene, desde su vigésimo cumpleaños, un ojo de cada color. Su padre entregó a Silvian al mío. Fue el pago de una deuda que mi padre no pudo negarse a cobrar. Del mismo modo que yo jamás he podido manumitirlo del todo. Por suerte, debería añadir sin sonrojo.
En el tercer día de marcha desde que abandonamos Aln, cuando el fuego de nuestro pequeño campamento se extinguía, me lo contó todo. Era la hora que precedía al sueño. Me disponía a sumirme en él como cada noche de viaje, esto es, embargado del incólume cielo que se mostraba en  aquel vasto páramo, el mismo que aislaba las montañas runeanas del violento mar que envolvía todo el continente. Su voz me llegaba desde la izquierda. Fue un monólogo sin interrupciones.
«El encuentro ocurrió más arriba del último bosque que hay en ese monte rojo que llaman Err. Sé, por las plantas que encontraba allí, que me movía a más de mil metros. Dos grutas, en una pequeña meseta donde hay una laguna, llamaron mi atención. En la que tenía la boca más pequeña estaba él. Ahora puedo decir que me esperaba. Me saludó con mi nombre y no tuvo que decirme el suyo. Fumamos la misma hierba que tú fumabas con Ruf, quizá magnificada con algo secreto. Mi ansiedad hizo que aquel silencio se me antojase una eternidad mal disimulada, es más que posible que incomodase al sabio. Cuando acabamos, elaboró lo que quizá en estos territorios sea una plegaria. Guardó su pipa con una calma que interpreté como un castigo. Yakün, habló entonces del harguix. Y éstas fueron sus palabras exactas:
-Tú y tu señor sois espíritus jóvenes y, sin embargo, pugnáis en pureza. Hace muchos años estuvo quien no quiso escuchar, quien no creyó. Pero la fe no se puede instruir, Silvian. El harguix no existe para los sabios de tu mundo. Vosotros venís quizá obedeciendo a la leyenda y la leyenda existe, verdad es. Pero no es sólo una flor que luce. El harguix es la luz de mi pueblo. Una luz que no brilla desde hace un milenio. Ni yo, quien debería ser el guardián de esa luz, entiendo por qué es así. Pero sólo esa luz puede salvar a los Rune. Se cumple nuestro ciclo de tres generaciones. Si antes de la tercera luna del otoño no hay un harguix iluminando el templo sin techos de Aln, aunque sólo sea un día, todos moriremos. Somos de su esencia, él es nuestro destino.
Yo, señor Ludovic, ofrecí a aquella quieta desesperación la ruda solución del artesano. No supe más que preguntarle por  siembras, características, formas y demás minucias de botánico jardinero, cuando sabía que hablábamos de otra cosa y cuando lo que Szu Yakün me hacía no era otra cosa que una llamada. Supongo que el miedo a ser tan importante, a formar parte del destino de un pueblo, entorpeció mi lengua. Ese hombre siguió hablándome así:
-No me preguntes por qué apareces en este camino. No sé si puedo decirte algo más que lo que ya sabes de él. No se puede cultivar como trigo o como maíz, el harguix no crece donde tú quisieras que crezca, surge donde menos esperarías que lo hiciera. Puede parecer muerto y reaparece cien años después iluminando el rincón donde lo habías olvidado. Quien lo ha visto nunca olvida su luz. Dos únicos ojos runeanos que lo hagan bastan para alumbrar tres generaciones. 
‘Mi bisabuelo, Urz Yakün, poseyó una cuando en todo el país había decenas. Pero aquella flor se agotó en manos de mi abuelo y no ha habido más. Durante dos eternidades ha habido harguix en la casa de los Yakün. Ya una vez hubo una extinción, cuando ni Aln ni este monte plagado de grutas existían. Tal vez sea el tiempo de que volvamos a extinguirnos. Pero todos sabemos que no podemos hacerlo sin luchar. Aún sabiendo que de nada sirve, durante cien años los mejores soldados runeanos han peinado las sierras de las Turesas, hasta los confines de Birr; han escudriñado cada esquina de la estepa que muere en los acantilados de Alghur.
‘No hay ninguna profecía que me asegure que tú eres el salvador. Sólo sé que un viento contrario a esta época me trajo la noticia de vuestra llegada y aquí estoy. Puedo contarte cómo es el harguix y cómo nos salva, no puedo decirte cómo hallarlo. Te preguntarás qué importancia puede tener que una raza remota como la nuestra desaparezca. Te preguntarás por qué un viento extraño y un temblor en el corazón me hacen depositar toda la poca esperanza en alguien con un ojo de cada color. Te preguntarás qué importancia tiene una flor que se ilumina a su antojo y que aparece y desaparece sin obedecer a cánones...
‘Y yo te digo, Silvian Ronsardic, hijo de Ronsard Pavlic, oyango regio, que yo, Szu Yakün, a quien se le dio el privilegio de la adivinación y la frugalidad, quien lee los sueños y habla con los vientos, yo, a quien vosotros llamáis chamán, no lo sé. No tengo más respuesta que la incierta afirmación de que en todo ello yace el sentido de la vida o de la fe que, como te he dicho, no se instruye’
Nosotros, señor Ludovic, los oyangos, poseemos dos dones: la memoria de la piedra y el lenguaje secreto de las plantas, bien lo sabes. Es posible que la magnitud de esos dos, nos haga merma en otros, nos cuesta entender con la rapidez con que tú lo haces. Por eso te sirvo más allá de la amistad y de los juramentos y de las deudas. Porque, entre otras cosas, tu sabiduría honra mi fortaleza. Sólo cuando fumamos la segunda pipa y en mi cabeza se repitieron, fuera de la mera memoria, las palabras del chamán, entendí todo. Cobraron el sentido que el miedo había ocultado en la primera escucha. El fresco silencio del Guned me mostró el camino. Pero aún no sé si cuanto hice más tarde salvará a los Rune»
Se produjo un silencio que agrandó el hermoso cielo que nos cubría. De súbito, la interminable estela de una estrella fugaz iluminó durante más de tres segundos la visión. Instintivamente saqué mi mano izquierda de la manta y, con mi dedo corazón busqué el dedo corazón de la diestra de Silvian. Tropezaron en la oscuridad, yema con yema, en un gesto que repetíamos desde niños, a la vez que pedíamos un deseo.
Sentí que se levantaba de su estera y que se acercaba a la fogata. Alcé la cabeza y le ví cubriendo las últimas ascuas con tierra. Intuí su alto perfil oyango en el fondo estrellado y, pese a estar oscuro, mis ojos percibieron su mano extendiéndose al frente, con su dedo índice señalando hacia Aln.
-Mira –exclamó con voz trémula.
Di un salto y me situé a su lado. A lo lejos, desde detrás de las colinas que durante el día nos ocultaban la gran ciudad de los Rune, cuatro luces, de cuatro colores que no conocíamos, iluminaban el cielo como cuatro focos ciclópeos. Los chorros de luz se buscaban en algún punto del firmamento que, desde aquella distancia, yo no alcancé a ver. Sé que los ojos de Silvian, sí. 
Le dejé mirando hacia allí, creo que no durmió en toda la noche. No quise estropear con preguntas la inmensa felicidad que sé que sintió entonces. Porque la enorme sonrisa que le sorprendí en la semipenumbra me hizo entender que había salvado al pueblo Rune de una segunda extinción, al día siguiente me contaría cómo.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Todas las aguas

El harguix (II)

2.

Los runenaos tienen en la hospitalidad, más que una característica, una obligación. Piensan que su fuerza crece siendo amables con el que llega. Tal vez en ello radique su independencia secular. Todas las invasiones han pasado de largo. No aprecian el concepto de raza y si entre la población no hay más muestras de mestizaje, quizá sea debido al motivo mismo por el que no han sido conquistados: no se trata de un terreno donde, a primera vista, apetezca quedarse. Es, sin embargo, un país que ofrece múltiples sorpresas.
Aunque aquellos territorios son más bien áridos, para Silvian fue, desde el principio, un paraíso. El amanecer del día lo encontraba siempre cargando su invariable mochila, hurgando en las primeras estribaciones del monte Err, el más cercano a la ciudad. Iba recopilando vegetales desconocidos para él, apuntando en sus libretas la relación de las especies conocidas que no esperaba hallar en esas latitudes y reconociendo otras de las que sólo tenía la noción ofrecida en los tratados del mentado Delisle y los de Gregorius Kobekzi, los únicos botánicos que, hasta entonces, se habían aventurado a llegar a paisajes tan remotos.
Su fiebre botánica era algo que yo esperaba y, por eso, no hizo falta planear nada. Yo me dediqué, de inmediato, a tratar con la la gente y, así, de paso, a investigar el mito del harguix. Si no se podía decir que alcanzara a ser una palabra tabú, se podía asegurar que no era un tema que a los runeanos les complaciera tocar. Yo notaba en ellos que la mención de la planta les hacía cambiar el gesto mostrando, si no disgusto, sí una especie de extraña tristeza.
Al cabo de diez días, aun sin acercarnos al objetivo principal del viaje, habíamos logrado varias cosas. Por un lado, la colección de semillas y curiosos helechos florados recolectados por Silvian; por el otro, un montón de esbozos de leyendas y un nombre: Szu Yakün. Todas mis pesquisas acababan en él. No había que ser un lince para relacionarlo con el famoso chamán citado en la obra de P. L. Delisle. Supuse que se trataría de su biznieto, cuando menos. Pero debería esperar para confirmarlo pues no me atreví a preguntar su edad y, por otra parte, el presunto sabio estaba fuera de la ciudad. Lo peor era que, según las buenas gentes de Aln, nunca se sabía cuándo iba a reaparecer.
Ruf, el dueño del hostal donde recalamos, fue mi mejor cómplice desde el principio de nuestra estancia. Era un hombre maduro que llevaba el negocio con pulcritud y parsimonia. Aunque su casa gozaba del aval añadido de la estrategia geográfica, pues sólo hay un camino para entrar a Aln, nunca había querido aprovechar la circunstancia para tratar de medrar. Puedo asegurar que la sabiduría de Ruf residía en su buen conformar. De él escuche hermosas leyendas que, si el tiempo que me ha sido concedido lo permite, adornarán este libro. También me enseñó a fumar Guned en un silencio más hermoso que los atardeceres malvas de aquel otoño junto al Err.
Le conté mi inquietud acerca del incierto regreso del chamán, informándole de que podíamos permanecer algún mes más en los alrededores de las Turesas, pero que sabíamos que era un viaje que tenía un tiempo finito. No por mi acompañante, claro está. De haber dependido de él  nos hubiéramos quedado allí por años. Le dije a Ruf que si en unas cuatro o cinco semanas Szu no ofrecía signos de aparición, empezaríamos a preparar la vuelta.
-Szu nunca da signos de aparecer. Aparece, sin más. Del mismo modo que, hace tres meses, desapareció. Su magia es ésa. Cuando alguien le busca de verdad, le encuentra; pero, sólo si de verdad le necesita.
-¿Y qué debería  hacer, Ruf? –le pregunté, aceptando su pipa de perfumado Guned. Yo sabía que no habría respuesta hasta apurarla. Tuve la paciencia necesaria para esperar envuelto en un silencio donde el aroma hablaba por nosotros.
-Ruf tiene razón, Ludovic –la voz de Silvian nos sorprendió desde la puerta del hostal –cuando le necesitas, aparece.
No necesitaba preguntarle para saber que había estado con el chamán. Ruf comenzó a preparar otra pipa. Intuía, sin duda, que nuestra estancia en Aln tenía los días contados. Era la misma pipa que aún conservo y en la que, todavía hoy, fumo la especia fragante que me ayuda a acortar las solitarias tardes en este hermoso norte donde tanto he amado. Todavía Silvian cultiva el Guned necesario para fumarlo todo el año. Hizo acopio de las semillas precisas durante aquel lejano viaje. Se trajo otras cosas también, como me contaría durante el viaje de regreso al puerto de Esteazil donde tomaríamos el barco que, en teoría, nos traería a casa y que, en realidad, nos acabaría llevando a una aventura que merece otras páginas y otro tono.





jueves, 13 de noviembre de 2008

El harguix (I)

Siempre hay un cuento que reescribir sabiendo que es más que posible que no mejore. No hay más que sentarse en el viejo desván que abre una maravillosa ventana al campo tomado por la niebla del otoño. Hay estorninos en las tapias del cementerio despertando con la misma parsimonia con que la hierba se revela soplándose el húmedo vapor de la mañana. Hay pergaminos sobre la mesa que no tienen más remedio que aceptar la pluma que corrige, inexorable, la bella historia de un antiguo viaje.


EL HARGUIX


1.

Pierre Louis Delisle habla en su más famosa obra, “Reedición de las cosas”, de una planta que en el continente de Esteazil era considerada sagrada por algunos pueblos y, especialmente, por los que habitan cerca de las montañas Turesas. La reseña que el célebre y respetado botánico francés hace de dicha especie se limita más a un apunte fantástico que científico. Comenta Delisle que «se trataría de una planta que, al decir de los aborígenes Rune, florece asistemáticamente, sin seguir esquemas vitales fijos ni obedecer a leyes vegetales conocidas en nuestra civilización» 
El harguix es, incide el autor, recóndito por definición. «Parece ser que busca si no paisajes inhóspitos, sí lo más retirados de lo que es la vida animal». Después, Delisle continúa trasladando a su obra los apuntes tomados de su entrevista con el que, seguramente, tuvo que haber sido el chamán de aquel poblado Rune citado en el libro. Así, explica el aborígen, «no es una flor que se pueda sembrar, pues no tiene semillas visibles y tampoco deja que insecto alguno se acerque a ella, por lo que la idea de polinización es desechable». El chamán, llamado Yakün en el libro, cuenta a Delisle que la curiosidad más grande de esta flor es que se enciende, esto es, toma luz propia. Pero esta ignición se produce sin explicación racional alguna, sólo cuando ella decide y, asegura Yakün, es suficiente que uno se esfuerce en buscar un método para prenderla artificialmente, para que se apague por siempre. Y además, acaba el comentario, jamás brilla delante de más de dos personas. 
Pierre L. Delisle no debió creer demasiado en la palabra del sabio runeano pues, aunque cita de pasada las referencias que aquél le hizo a leyendas donde se explicaba el origen del harguix, el botánico y antropólogo obvia absolutamente reflejarlas con el  relato concienzudo que hubieran merecido. Si, por suerte, la citada flor aparece en sus celebradas páginas fue más como cita de una curiosa referencia mítica y cultural del pueblo Rune que como confirmación de un descubrimiento científico. Además, no hay rastro en su obra que permita pensar que se afanara lo más mínimo en la  búsqueda de tan sorprendente flor.
Bastó, no obstante, la lectura de la, fascinante en muchos aspectos, obra del citado científico francés para que, jóvenes aún, Silvian y yo decidiéramos perder el tiempo que aquél no empleó en investigar, si no la planta, sí la leyenda. En el mito estaba interesado más quien esto escribe que el increíble hombre que prefiere ser presentado como mi ayudante, Silvian Ronsardic, inseparable amigo durante casi sesenta años. Aunque ambos nos podemos llamar científicos, él es, casi por imposición genética, el auténtico amante de las plantas, y, entre los dos, el único experto. 
No relataré el arduo y casi mortal viaje que nos dejó en el primer puerto de Esteazil. Nos vimos obligados a un reposo no planeado pues, sin miedo a exagerar, cuando bajamos del barco éramos auténticas piltrafas humanas. Cuatro días después, recuperados apenas, iniciamos la marcha hacia las montañas Turesas, en cuyas faldas, dos semanas más tarde, encontramos la prodigiosa ciudad de Aln, capital del reino runeano. 

miércoles, 22 de octubre de 2008

Nuevo caso de suicidio artístico cometido por la víctima, en casa del aparejador Milton Hastings, al este de Suffron Park

-Entonces, sargento Ruiseau... ¿certifica que la señora Hastings murió víctima de sí misma?
-Sí, capitán. Es un nuevo caso de suicidio artístico. Últimamente proliferan. La señora Hastings se suicidó golpeando a su esposo repetidas veces en la cabeza con un ladrillo macizo mientras el señor Hastings disfrutaba de una corta siesta antes de volver a la obra, en Cherry St., cerca de Snowfields. Claro que antes le apremió convenientemente para que durmiera con el casco, señor.
-Entonces él, sobresaltado por los golpes, obedeciendo a un natural instinto de supervivencia, prácticamente dormido aún, la estranguló inocentemente.
-Yo no lo hubiese descrito mejor, capitán.
-Le felicito, sargento Ruiseau. Hágale llegar al señor Hastings mis condolencias.

DOND STAS, INBCIL?


Cojeaba, lo advertí sin mirar atrás, vigilando su reflejo en cristales y espejos. Por más calles que doblaba, reaparecía a lo lejos, pese a su minusvalía. Opté por el metro, había una boca en la siguiente esquina. Si entraba en el andén, la abordaría. Estaba decidido. Bajé y esperé el tren, mirando de reojo las escaleras de acceso a mi parada. Nada. La había perdido. Por fin. Entonces, vibró el móvil en la mochila. Pero no era mi teléfono... ¡ni mi mochila! Acababa de llegar un mensaje: 



lunes, 20 de octubre de 2008

capítulo 26

A la hora poco mágica en que las brasas para los pinchos morunos se apagan, alguien tuvo la cordura de decir «La belleza es efímera». Es cierto que hubo sonrojos, sienes que palpitaban enfrentadas a miradas de loto y una humildad que fue el mejor piropo.
Pero de ningún modo se podría entender esto sin decir que del caos de esa novela que es «...ntos suspen...» (y que nunca se acabará pulcramente como nunca comenzó con pulcritud), saldrá la posibilidad de cumplir una promesa. 
El cuento prometido es el capítulo 26 de la novela: Patricia va a visitar a su compañero de trabajo Andrés, quien había decidido pasar sus dos semanas de vacaciones encerrado en casa,  en una placentera molicie. Ella venía de un todo, él no acaba de salir de una nada. 

Para V.,
que no se arredre
 nunca


...l sonido del timbre le llegaba como un lejano eco, desde algún rincón del confortable sueño en que se había hundido sin querer. Sobresaltado, abrió los ojos y sin tener conciencia absoluta de dónde se hallaba, salió disparado hacia la puerta. La abrió y la vio y fue despertando en tanto escuchaba sus reproches porque llevo tres minutos llamando y bueno, me vas a dejar pasar o qué... y, entonces, oh, cielos, tierra empieza a tragarme despac... Seguía desnudo. Muy desnudo. Desnudísimo. Abre la boca, cierra los ojos y cuenta hasta cinco. Salió corriendo como alma que lleva el diablo, despierto, desnudo, dirección dormitorio y ella, desobediente, apenas cerraba un ojo e iba contando y repasando... tres... cuatro... el pequeño desorden casero y, gracias, gracias a Dios, se moría de la risa y le bromeaba, porque me alegro de no verte demasiado vestido para la ocasión... cuatro y media... La mujer se adentraba, se adentraba y, a la voz de ¡cinco! abrió el otro ojo y ¡hop! Él apareció con un pantalón de deporte, blanco, y con la cara sonriente, roja. Al haberse quedado dormido con el pelo aún húmedo, éste se le había abultado al mejor estilo Tina Turner o glorioso Rod Stewart y estaba muy gracioso. En ese bochorno de sangre que no bajaba más allá de las cejas ni a la de tres, no acertaba con las palabras ni a la de diez, así que tuvo que venir ella a salvarle con una risa de chicle de hierbabuena o clorofila con mucho azúcar, mucho, mucho azúcar.
Ella sí venía vestida para la ocasión, aunque sin aparatosidad ni aspaviento. Estaba guapísima. Entre risas y no risas, habían alcanzado la cocina y Andrés logró rescatar una silla de aquel desbarajuste a medias. Se la ofreció y ella dio comienzo al acto, a primera vista inocuo, de despojarse de su preciada chupa, de su chupa roja para ocasiones explosivas y, la verdad, para las que no lo eran tanto. Lo cierto es que se la ponía prácticamente a diario. Debajo llevaba una escueta camiseta blanca, ajustada como una piel extra de algodón cien por cien que insinuaba, con claridad malévola, sus pezones. Ese deshacerse de la chamarra con aquella lentitud, con aquel reposo como de pasmo de Triana, el ir constatando los picos tersos de sus pechos con aquella parsimonia endemoniada adornada con aquella perfección de Tiziano, acabaron con la poca seguridad que su risa de menta le había procurado en el pasillo. La misma magnitud con que Andrés, en otras ocasiones, había cosechado tantas alabanzas, se disparaba irremisiblemente, amenazando la pulcra estrechez de su pantaloncillo de tenis. Sus movimientos devinieron cómicos, su rostro recuperó de nuevo el aspecto de una granada madura. Patricia, ni que decir tiene, se había percatado al instante de lo que le sucedía y lanzaba furtivas miradas, ojeadas sesgadas hacia aquel nada despreciable bulto que él, con agravante torpeza, trataba de disimular.
Tienes un problema o es que te alegras de verme, pensó ella, recordando el diálogo de no sabía qué película. Memoria selectiva la suya. Pero en lugar de eso, le dijo que bueno, algo de beber no vendría mal, si es que te queda algo por ahí. Algo quedará, no te muevas. Dos vasos, veamos, oh, gracias a Dios, limpios y... hielo que, cómo no, se le escurrió y de nuevo risas... y no te preocupes... más risas... no soy escrupulosa... Ya no podían más y a Andrés le agarró una risa sin control, paranoica y contaminante que se repetía en las quijadas de Patricia y ambos se desternillaban, hasta el llanto. Rodaba él por los suelos con una carcajada que le inundaba los ojos y le hacía retorcerse, al diablo la impresión... ¿todo ha salido mal? Acabó boca arriba tratando infructuosamente de ahogar con las manos una risa que le llegaba desde el estómago como minúsculos terremotos de aire. Hacía calor. Patricia, con el rimmel ligeramente corrido, se le acercó para tratar de decirle algo e intentar sacarle de aquel caos de hilaridad. Él daba la impresión de irse calmando, respirando acompasado, en un heroico intento por recobrar un mínimo de compostura, buscando en los restos de su cerebro algo para salir con holgura de aquella desconcertante situación. Sea como fuere, la actitud de Patricia le había resultado sumamente agradable y empezaba a tener la sospecha de que el desastre irreparable, inconmensurable, insufrible, inenarrable que él había pensado que era aquello desde la llegada de la chica, realmente no lo era tanto y que ella se estaba divirtiendo de verdad. A su costa, estaba claro.
En efecto, ella se le acercó para decirle algo en el momento exacto en que él decidió que era hora de incorporarse. Jerry Lewis y Stella Stevens. Frentes chocando con violencia, primer momento de terrible dolor, chica con ajustadísima camiseta de algodón blanco que se incorpora a la legión de los tendidos, valga la paradoja. Yacían apretando las manos en las respectivas frentes como queriendo aplacar los dolores del topetazo. Apenas pasó la oleada del golpe, les sobrevino un segundo ataque de risa que puso a Patricia, prona, pataleando en el piso como podía por ver de liberar un aire que se le comprimía peligrosamente en el vientre perfectamente modelado por el aeróbic. Amenazaban con quedar exhaustos. Andrés se le acercó, entre convulsión y convulsión. Era ella ahora quien se esforzaba en recobrar compostura y habla, secándose las lágrimas de unos ojos que, a estas alturas, eran ya un completo borrón de rimmel. Él le depositó un cariñoso beso en la mejilla y empezó a incorporarse con fatiga pero, antes que siquiera alcanzara a separar el culo del suelo, ella lo atrajo hacia sí y le regaló unos labios envenenados de placer, untados de deseo almacenado durante tantos días de rumiante ahogo, de introspectivas dolorosas, de angustias color alfalfa o trébol o simple hierba, de color amor, en resumidas cuentas. Su lengua de vaca que reía le maltrataba las encías, los caninos, los premolares, los alvéolos dentales y el cielo sin nubes de la boca; le cosquilleaba en los carrillos carnosos, en el frenillo de su propia lengua como cuernos de caracol que reconoce el camino, de animal sabroso que iba reposando su delicia húmeda, mojando una libertad meramente táctil. Ella se había adueñado de la situación y no estaba dispuesta a ceder esa ventaja, de momento; él no era ya más que un entusiasmo en sus manos: la izquierda atacaba el breve pantalón, pugnando por encontrar lo que al llegar la había saludado inesperadamente. Casi chilla después, al palpar el enorme latido y, bueno, realmente se alegra de verme y quien tiene el problema, el verdadero, el apetitoso problema, soy yo... Pensaba, y se regocijaba, pero para entonces no había quién la detuviera, ni quien detuviera la mano de quien empezaba a resucitar y le desabrocha los tejanos con una pericia que a ella no le pasaba inadvertida. Decidieron amarse, ya que habían sido incapaces de entablar una conversación mínimamente dec...

viernes, 17 de octubre de 2008

De 'El asno en globo': Antología de poetas ladinos

A.H.Znusz Gallardo, en su sección poética habitual de la revista del sanatorio, nos regala, en el nº 27, una selección de poemas de (¿apócrifos?) poetas que él llama ladinos. Quiero pensar que se trata, si existen, de vates sefarditas, como quizá lo fue el mismo autor del espacio reseñado.
De la veintena de poemas reflejados, he seleccionado los cuatro siguientes, atendidendo únicamente a un, como es lógico, muy discutible gusto personal:

¿Quién pugnará, alzando sus manos 
con el viento por que cese? 
¿Quién alumbrará la rosa 
que maginifique los campos de centeno? 
¿Quién tejería un válido preludio 
a este mísero poema? 
Estoy lejos de cualquier recuerdo 
pero no tiene consistencia el eco. 
Ni tampoco nada me responde...
(Gustav Ruy Shlommec)

Doble engranaje, 
música doble es. 
Un tamtam en una octava 
pero pulso y tuyo es 
y tuyo y tú 
donde tú vas, va. 
La caricia de tu estampa 
y te extrae los fríos. Sí. 
(Ariel Peres Lipck)

¿A quién ladran los perros que ladran a la luna? 
¿Qué palabra escondes en la mano tras un susto? 
¿Es cierto que sabe a sal el agua de un disgusto? 
¿Es más real el cielo que refleja la laguna? 

No sé de mucha felicidad, apenas una 
especie de pasajera paz, y si soy justo 
alcanza como mucho a aclarar mi gesto adusto 
y los años que he vivido: mi mayor fortuna. 

No tengo respuestas y siempre pensé que el viento 
No guarda más que brisa agradable sobre un puente. 
No busco nidos en esta selva de cemento. 

¿Cuál es la muerte que tiene el borracho que miente? 
¿Belleza? No la hallarás aquí, en este momento. 
Sólo una duda infame que arrasará tu mente... 
(Shennen K. Minnoz)

Mira ese silencio 
que se turba de nostalgia, 
asume la tristeza que acoge 
la venganza 
de un regocijo no tan lejano 
como aquella nieve en tu ventana, 
como aquella lluvia algún día 
te lavaba el alma. 
Nieva, el almanaque 
dice que nieva. Calma. 
¡Que bien se miden en la nieve 
la luz, la luz y la distancia! 
(Yoshbaz Molay) 

Hitzik gabe

jueves, 16 de octubre de 2008

«C»

Hoy le apetece algo menos tierno de lo normal. Se encamina al moderno arcón que se compró como regalo en la última Navidad recordando que Cristina rondaba, si no los pasaba, los cincuenta. «Buena elección» se dice, sonriendo en silencio. Levanta la pulcra tapa del frigorífico y dirige a la mirada al receptáculo marcado con una enorme «C» rotulada en negro indeleble. 
«Antes de morir, ¿qué me gritó?», piensa antes de decidirse definitivamente. 
-Ah, sí, ya recuerdo: "¡maldito cabrón de mierd...!" - dice en voz alta, mientras extrae, por fin, un brazo derecho, extremadamente fino, cubierto de una fina escar...

martes, 14 de octubre de 2008

Funcionarios

En la hora del café de la mañana de los de la oficina de Impuestos y Exacciones en el bar de Asensio, ella le hablaba siempre de cómo amaba a Salazar, el adjunto de Inventariado patrimonial, y de cómo le agradecía poder contar con él para poder contarle a alguien cómo amaba a Salazar.
En las tardes, mientras el tentempié con la gente de Patrimonio en la cafetería de Fortu, él no se cansaba de ponderar a Merikaetxeberria, la de la mesa de Vehículos de Tracción Mecánica y de describirle ese amor que lo ahogaba tanto que de no ser por el desahogo que le ofrecía la media horita del tentempié con él, que también ponderaba, se moriría con ese amor callado.
Cuando llegó la primavera un viernes, Celestino, el veterano ordenanza de la planta de Economía, Hacienda y Patrimonio, le dijo a Salazar que no podría ir, desde el lunes, a tomar el aperitivo de la tarde y que, si quería desahogarse, podrían tomar un café en las mañanas, en lo de Asensio. 
Ella esperaba en su mesa de siempre la llegada de Celestino. Cuando éste apareció con Salazar, ella estuvo en un tris de volcar el café con leche sobre la falda. Merikaetxeberria estrechó su mano como si  fuera a perder la suya para siempre, él tomó la de ella como si acogiera mariposas. 
La sorpresa de ambos fue mayúscula cuando el ordenanza les abandonó de sopetón con una disculpa peregrina. Cualquier cosa que les dijera, era mentira. Dejó el local pensando, mientras se dirigía a tomar el café en la cafetería de Fortu, que en la tarde volvería a lo de Asensio, para un tentempié que se prometía deliciosamente solitario.

viernes, 10 de octubre de 2008

¿No ve la novela? (y 3)

Soledad vivió siempre rodeada por sus trece hijos: Magdalena, que nunca estaba para el desayuno, Delfín que jamás aprendió a nadar, Santos, quien jamás pisó un templo, Fidel y su colección de novias engañadas, el mal bicho de Benigno, Zenón y su costumbre de acostarse en ayunas, el tímido León, la decidida Margarita, el complaciente Severo, Dulce, que vivía amargada por compartir habitación con Lidia y su perenne campaña antitaurina y Martirio, que era un encanto. Y, claro, Benjamín, el primogénito, que odiaba el champán...

lunes, 6 de octubre de 2008

Sebastián, Lucía

Es viejo, Sebas
pero vale.
Felicitats...


Lucía despierta con ese pálpito de las cosas buenas en el pecho. Despacio. Despierta palpando el hueco que la desespera a su izquierda. Su felicidad se borra desde la yema de los dedos que no le encuentran a su lado hasta los ojos que no quieren abrirse aún.
Lucía se ducha lamentando que el agua diluya ese rastro estremecido de la noche entre sus brazos. Se seca con la mirada perdida todavía en el sueño. Desayuna mirando el día que perfila las azoteas de enfrente, pero sin ver  el sol que se promete. Sin ver. Le habla al café de esta repentina soledad. Fuma con cierta mansedumbre su desencanto de hoy.
Lucía se viste el uniforme diario y el espejo le pinta la cama deshecha a su espalda, arrugada de caricias nuevas. Piensa en la vida de él tan cerca, tan lejos de la suya. Imagina su clandestino despertar, su huida silenciosa y se maldice por haberse dado el lujo de dormirse acariciando estrellas en su frente. Maldice haberse rendido al placer de sumirse en su último beso, de repetirlo como si sus labios fueran los mil espejos de un laberinto. «¿Por qué esperabas que se quedase si apenas le conoces?» le pregunta a la mujer que se arregla un lazo enfrente. 
Lucía toma los abalorios del día y baja a la calle temiendo que no vuelva a verlo, temiendo que la ciudad devore su sombra escapando a medio vestir en la alta madrugada, cerrando sin ruido la puerta, sin el mísero regalo de un susurrado adiós. Sin la oportunidad de un adiós. Sin la oportunidad de atar un amor que sólo ella siente que siente.
Lucía avanza en el tránsito diario de las aceras que bullen. La mañana le arrebata una lágrima helada en el semáforo. Se pliega en un escalofrío, mete las manos en los bolsillos de la chaqueta roja de perfecta secretaria y en sus dedos se enrosca un tosco trozo de papel. Hay un teléfono. Hay una posibilidad. Lo desenvuelve. Hay unas letras. No hay ningún adiós. Hay un estruendo de cláxones que no consiguen sacarle ni la sonrisa ni el ensueño cunado cruza, desprevenida y feliz, leyendo, leyendo, releyendo...




Es éste el mejor momento para inventarte.
Duermes con tus cuatro o cinco pájaros,
lejos, seguramente, de mí, ahí, al lado.
De la comisura alzada se te escapa la noche,
yo la entretengo despacio en el café
y en los versos que hallarás
camino del trabajo, en el bolso,
doblados dentro
del paquete de rubio.
¡Tras!
Ahora estamos juntos, sonríes, lo sé,
y sin remedio, cruzarás sin mirar
el semáforo de la avenida,
mientras interpretas este beso,
redoblando, lentamente,
esta cuartilla,
este poema,
estos labios,
todos de papel.

jueves, 2 de octubre de 2008

¿No ve la novela? (2)

Cuando Tristán contó el chiste, Blanca se sonrojó, Rosa palideció, Lucía se apagó y Dolores quiso morirse de la risa; sólo Sofía no entendió nada. Mientras, Casto las miraba a todas con su habitual mirada llena de lascivia...

lunes, 29 de septiembre de 2008

Sr. Actitud


Ya que la cosa va últimamente de rock, aquí les dejo una curiosa imágen que saqué el pasado sábado en el váter (decir baño me da cosa...) de un garito que hay aquí, en Barakaldo, «La cuadra», donde todavía en los tiempos que corren se puede escuchar música roquera decente, a salvo de bacalutis, chumbachumbas, triunfitos y paulinas, muy respetables todos, claro, pero, para mí al menos, agotadores y monótonos...
La cosa es que llevaba tiempo leyendo el graffitti de marras y como en esta ocasión me agarró con cámara y pulso, no dejé pasar la ocasión de registrarlo y, además, usarlo como excusa para perpetrar nueva entrada.
¡Larga vida al rock&roll!

Boomp3.com

martes, 23 de septiembre de 2008

lunes, 22 de septiembre de 2008

La realidad

La semana pasada mi buena amiga Errata me sorprendió enviándome esta canción que hoy les pongo. Me sorprendió porque por lo que la conozco, que es mucho y bueno, no me esperaba que le gustara el bueno (jejeje) de Robe Iniesta. El tema en cuestión pertenece al último, y aún calentito, disco de Extremoduro y reconozco que me lo he estado poniendo unas cuantas decenas de veces desde ese día. Me gustó tanto que disipó mis dudas hasta el punto de animarme a acercarme el sábado noche a la plaza de toros de Vista Alegre, más feliz que una bolsa de pipas, sin entrada ni nada (menos mal que alguna simpática navarra se debió poner enferma y sus colegas me pulieron la entrada a precio legal...). Y, por tanto, en alguna medida le debo a la ínclita Errata su regalito; gracias a ella pude disfrutar de un concierto, como diría Jesulín, en dos palabras: COJO NUO.
Ya sé que a muchos de ustedes la mera menciónde Extremoduro les tirará para atrás, pero no hagan como yo hice con mi buena amiga y no prejuzguen, se trata de una balada muy agradable. Espero que les guste, ea...


P.D.: la canción, por fin, creo que suena en la entrada inmediatamente superior... esperemos...

viernes, 19 de septiembre de 2008

¿No ve la novela?

Felicia estaba triste viendo que Cómodo se sentía a disgusto porque Próspero se había arruinado desde que salía con Blanca, la mulata...

Urria zain

Urriak begiak
ohosten dizkizu,

platanondo bailitzan
makurtzen da

bere mitxeletak sakabanatuz
etxerako bidea
biguntzen dizula.

Urria esanetara daukazu,
sustraietatik arimetaraino...
Ai, abotsean
zabaltzen zaizkizun arima horiek!
Urrian bazara zu zeu inoiz baino,
urria odolean isurtzen zaizu goxo goxo
eta zeurea duzu, urria...

jueves, 18 de septiembre de 2008

Lisbeth está en Zestoa

La muerte de Lisbeth fue, de algún modo, una noticia deliciosa. Sólo cuando en el treinta y siete aniversario de su desaparición, dos días antes de lo que hubiera sido su cincuenta y cinco cumpleaños, el marinero guipuzcoano que se quedó a elevarle un santuario cerca de isla de Östergartenn, en el fiordo del Norrkerit, recibió una flor de cerezo «con seis pétalos», tan delicadamente pegada en una hoja azul similar a las hojas que había recibido cada año con diferentes objetos, supo que ella había muerto. También, al instante, supo que había sido, sin ninguna duda, una mujer feliz. Descubrió, con cierto estupor, su paradero. «Lisbeth está en Zestoa», pensó.
Unas horas después, cavó, por fin, una fosa donde arrojó dos docenas de libros para adolescentes suecos que le sirvieron para aprender el idioma, dos diarios ajados escritos con letra casi infantil, siete fotografías que alumbraban la repisa de una chimenea, miles de poemas reflejados todos en tinta roja y treinta y seis hojas azules donde había habido treinta y seis emblemas. Después, empezó a silbar, una y otra vez, la misma melodía que silbó desde entonces sin desmayo durante años. Uno de aquellos versos rojos, salvado del curioso funeral, torpemente colocado con dos tiras de celofán sobre la madera, fue el epitafio que le ofreció a un cadáver que aún no descansaba allí:

El delicado cántico
se somete
a las esquinas del mar:
Järnvägsgatan, doce y cuarto,
mediodía.
La duda navegará con el silbido
de tu voz alargándose
desde otros pretiles,
otro confín:
Aizarnazabal, medianoche.
«Hango elurretan
hire gereziak
sakabanatuko dizkinat...»


El verso volaría con el primer viento báltico, revoloteando pendiente arriba desde la rústica cruz marrón rojiza que arraigó milagrosamente en el humilde túmulo frente al mar y que todavía crece, elevándo un enigmático Prunnus Azcoiticus en el que siempre se leerá la desconchada caligrafía de la navaja del vasco: «Lisbeth Olaberria (1.947- 2001 edo 2)».
El señor Malander, en el porche de su casa, situada media milla por encima de aquella fosa, pudo escuchar, unos días más tarde, el incesante silbido de Sebastián alejándose para siempre colina abajo hacia el embarcadero. Cuando el eco de la reiterada cancioncilla se perdía en la lejanía de los puertos, se le enredó en la pierna el papel con el único poema que aquel marinero, que juró no volver a pronunciar una palabra mientras no se cumpliese un juramento, había salvado de acabar bajo tierra. No llegó a entender ni una sola sílaba de las allí escritas, pero intuyó que su hija había muerto definitivamente en alguna parte y que, de algún modo, aquella era su tumba, donde todavía no había un cerezo tan distinto a los que él había visto en Suecia...
A Lars Malander le cupo la sensatez de ordenar grabar en una placa decente, en letra roja como su casi octagenario cabello, el poema que jamás quiso entender. Y lo clavó, cinco años y dos días más tarde, en la madera de lo que ya no era una cruz, sin ignorar que con ello no podía purgar ni un ápice del mal que había hecho. Tampoco aquel acto acallaría el ir y venir en su cerebro de aquella melodía que escuchó silbar a Sebastián Olaberría durante su marcha. Aquel hombre, que había sido la sombra de su conciencia, abandonó la casita de la pendiente, pero le dejó la tortura de unas notas que no se iban de su cabeza. Cien segundos antes de morir pudo saber que formaban parte de una canción popular de la costa vasca.
Al día siguiente de colocar la placa, Holger Palmgren, el sexagenario cartero, le trajo un sobre que contenía una carta escrita en denodada tinta estilográfica. El señor Malander sentado en el porche donde pasaba las horas muertas, antes de abrirla, le señaló a su buen amigo Holger el joven cerezo que tanto le inquietaba y le hizo prometer que se encargaría de que le enterrasen al lado, «a la de derecha de Lisbeth». Palmgren, a quien nunca le había faltado el agasajo en la confinada casa del solitario armador viudo, no preguntó por no ofender lo que creyó locura, pero tampoco dudó en prometer lo que nunca se atrevería a cumplir.
Lars leyó lo que venía escrito en la carta y, a duras penas, volvió a indicarle al cartero que admirase el arbolillo. Murió un minuto después, sin sufrimiento aparente, en el mismo instante en que el frágil cerezo iniciaba una primera y fugaz floración que adornó durante días la tumba donde hoy, tantos años después, ya no hay papeles.
Holger leyó la epístola, que más tarde escondería en la chaqueta de la mortaja de quien hasta ese momento había sido su amigo, y volvió a callar, para no ofender su propia cordura. De esto hace más de un año ya. Estaba escrita en un sueco tortuoso pero con muy pocas faltas de ortografía:

«Lisbeth está en Zestoa. Ella fingió su muerte para conocer el mundo que yo le había contado en nuestro año de amor prohibido, y para torturarte a ti, Lars Malander. Se divirtió años y años mandándome los emblemas que yo debía colocar delante de tu casa para azuzar una duda. Los treinta y seis primeros no los entendí pero me daba igual, sabía que tú sí.
Ella huyó porque mi cobardía se unió a la tiranía que seguramente acabó con tu esposa Mikaella en el acantilado de Skōlletfeat. La idea de que la imaginaras tirándose a las rocas como hizo su madre, era sólo un grado más en la tortura que te ofrecía de tanto tiempo sabiendo que estaba viva la persona que más has amado en la vida, Lars Malander. La habías amado tanto que nunca la amaste. Sólo un loco pelirrojo como tú podía confundir sojuzgar con amar.
La tortura que me regaló a mí no fue menos dura. Tenía que quedarme aquí para hacerte saber que vivía, quizá feliz, lejos de ti y de tus caricias que fueron zarpazos. Tenía que quedarme y me quedé porque cuando, en un principio, solicitó mi ayuda le ofrecí el recelo del amante aventurero. Sólo cuando me dijo que se iba me di cuenta de cuánto la amaba. Pero tampoco era éste el amor que Lisbeth buscaba porque sólo un idiota sin nada como yo confunde matrimonio con prisión. Y, a fin de cuentas, terminé siendo su esposo...
Me anunció su marcha junto con el relato de las cientos de violaciones que te sufrió y que no menoscabaron las ganas de una lenta venganza. Por eso me casé con ella en secreto. Para que pudiera huir mejor. Me casé incapaz de negarle ya nada, incapaz de marchar con ella. No dudo que ya no me hubiese querido a su lado. Sé, sin embargo, que a mí sí me ha perdonado.
Lisbeth está, todavía, en Zestoa, pero antes del Midsommar llegará un hermoso carpintero con un féretro construido por él, en la misma trabajosa madera del cerezo (aquí le decimos ñabarra) que la espera allí y que siempre nos mantuvo unidos, para enterrarla donde siempre quiso. Pero ésa es una historia tan hermosa que no mereces conocerla.
Sólo deseo que estés muerto para cuando Mikael Olaberria llegue a Järnvägsgatan con sus huesos y así le ahorres la vergüenza de verse reflejado en ti. Él lleva mi apellido, y aunque sé que ni sus maravillosas manos ni ese pelo de fuego son de Aizarnazabal, cuando regrese de allí dejaré de silbar la canción ondarresa que tanto le gustaba a tu hija y volveré a hablar la lengua que ella llegó a aprender en la carpintería del barrio de Aizarna para poder responderle a Nikolas, MI NIETO, cada vez que me reclame, como ahora:
- Aitona, goazen parkera!
- Goazemak, bai, morrosko...»