jueves, 16 de junio de 2011

Tequila


Clavado en tu pereza
como una rosa de tu olvido...

Hay un saxo cabizbajo,
un río de tequila viejo
y un mostrador mancillado
por los puñetazos del vidrio,
los gusanos de la sal
y el llanto de mil limones...
Si no vas a morir
bebiendo a mi lado,
intenta no cantar
con ese susurro aletargado,
lleno de alfileres lentos,
cuando me veas sobrio...



martes, 24 de mayo de 2011

El pintor (y V)

No acababa de entender para qué me había llamado. ¿Sólo para descargar su culpabilidad y su remordimiento? Lo dudaba. Por otro lado, me seguía intrigando qué había sucedido con el cadáver. Habían pasado cuatro días y lo único que sabía era que Quino había sido asesinado en un castillo. Se me ocurrió pensar que quizá tuviese el cuerpo allí, en el desván o en cualquier otro sitio y que me necesitaba para deshacerse de él. Me hubiese negado porque sé que es imposible escapar de estas cosas. Así se lo dije, rompiendo un silencio que ya duraba unos minutos.

'Sabes que vendrán por ti, ¿verdad?’, dije. ‘Tarde o temprano denunciarán su desaparición, vendrán, Luciano, encontrarán el cadáver... Tú no me has llamado sólo para que te haga compañía, ¿no es cierto?

Sonrió sin amargura. ‘¡Qué hermosa está la noche!’ dijo, levantándose; se detuvo observando la plenitud de estrellas. ‘No hay demasiados cuadros maravillosos de noches, ¿sabías?’ No, no lo sabía, nunca me había parado a considerarlo. Pero no estaba seguro de que él supiese que lo que había eran innumerables noches maravillosas, que no tenían por qué estar reflejadas en una tela ni en ninguna fotografía. Que el mejor cuadro era el que pintaba la propia vida en la terraza de cualquier humilde bar de cualquier pueblo de Teruel una noche en junio, o la luna repitiéndose en la pleamar de algunas playas del este, o ese mismo cielo de entonces.

Entró en la casa y volvió al cabo de un par de minutos con un sobre abultado. Me entregó el sobre, se sentó en el balancín y me habló las últimas palabras que le escuché en la vida. ‘Encárgate de que recojan a Quino, estará en el terraplén del ala sur del castillo, que lo entierren como Dios manda y que se hagan las cuatro cosas que te pido en el sobre. Si quieres, puedes contar esta historia como te dé la gana, no te apures por cómo vaya a quedar mi imagen’. Siguió hablando, fatigosamente, explicándome la ubicación exacta del castillo y cómo lo había dejado allí, tirado en los matojos que circundan la muralla. Condujo las casi dos horas de áridas carreteras hasta llegar aquí. Y se instaló en una determinación absurdamente lúcida.

No abrí el sobre hasta estar dentro del coche que le había cogido para ir a donde se suponía que debía estar el cuerpo magullado de Quino. Cuando salía, dejándolo adormecido en su porche, sabía que no lo volvería a ver más con vida. No sé si me arrepiento de no haber hecho lo necesario para evitar que se ahorcara, creo que hacía días que estaba muerto ya.

Dentro del sobre había una documentación necesaria para cumplir con lo que él entendía como una mínima expiación. Quería que la casa donde acababa de dejarlo albergara una exposición permanente de las esculturas de Quino. Dejaba dinero más que suficiente para montar un museo palaciego. En Italia, Alemania y algunos países centroeuropeos su pintura se cotizaba bien. Quería también que al escultor se le levantara un hermoso mausoleo en el terreno anejo a la casa. Pero ese deseo, que me pareció obsceno, debería esperar.

Luciano Pontes se colgó de la viga maestra de su taller de pintura porque la muerte de su amante le supuso un fogonazo de lucidez que no podía soportar. Toda la maquinaria obsesiva que le había llevado a dejar de ser Luciano y a convertirse en Lupo lo arrastró con paradójica crueldad. Primero, porque sólo entonces se dio cuenta de cómo amaba al hombre que acababa de precipitar al vacío, si no borracho de soberbia, sí de vanidad. Después, porque el destino se rió de él de la manera más burda, para beneficio del final de este cuento, seguramente.

Llegué antes de las once, el sol quedaba detrás de la puerta principal de la fortaleza. Se alzaba en un cerro repentino, solitario en una llanura regada por dos ríos. La última cuesta exigía la primera marcha del coche. Aparqué en lo que, según parecía, estaban convirtiendo un moderno mirador. Habían empezado a restaurar el castillo y su entorno pero, no sé por qué, tuve la impresión de que aquello había sido abandonado a medio hacer.

Me adentré en el recinto buscando cómo llegar a la muralla. Lo conseguí arriesgándome por una escalera que no ofrecía más seguridad que una barandilla temblorosa. Era ardua y estrecha y, además, la mitad de los escalones estaban en un situación lamentable. Me alegré de la pertinaz sequía de aquel año; de haber estado adornada de líquenes, seguramente hubiese desistido.

El espectáculo indescriptible de suaves lomas que se perdían hasta el infinito entre meandros y embalses, hizo que me olvidara por unos minutos del asunto que me había puesto en la senda de tanta belleza. Había un sol tenue que pugnaba entre decenas de nubes blancas, gordas, mullidas, clavadas en el azul del cielo. Quise imaginarme una noche sin luna de julio, con el guiño abrumador y silente de miles de estrellas repitiéndose en los humedales. Me prometí regresar en otras circunstancias. Era un buen lugar para una de mis fugas y, de hecho, no hace muchas semanas acogió una inolvidable; creo que llegué a entender la pasión de Lupo por atrapar ese instante en una tela.

El cuerpo de Quino no estaba por ningún lado. Consideré varias posibilidades: que quizá lo hubiese encontrado algún turista perdido, o cualquier pastor de uno de los dos pueblos que flanqueaban el cerro, o, quizá la desgracia había querido que fuese un niño jugando en los huertos cercanos. Me asaltó el impulso de dejarlo todo como estaba y volver a casa, tomando la carretera que se perdía por lo que debían ser los primeros campos andaluces o manchegos, no lo sé bien. Pero necesitaba un cadáver que instalar en un mausoleo. El mismo mausoleo que aún no se ha empezado a levantar, que quizá nunca se levante.

Quino Sander salió del coma seis meses después, cojo para siempre de la pierna izquierda, manco para siempre de la mano derecha. Pero lúcido y taciturno como nunca. Lo primero que hizo apenas le dieron el alta fue pedir que le llevaran a la casa del pintor. Octubre empezaba, los días eran una transición de pájaros en bandadas por las nubes que, a duras penas, limpiaba el viento.

Lo vi salir del coche y encaminarse al porche después de despedir a quien quiera que fuese que le había acompañado. Caminaba con dificultad, aferrado a una muleta. No sé si le esperaba, sé que me apetecía aquel encuentro. Tampoco puedo asegurar que ya no le odiase, era más una especie de indiferencia rencorosa. Hoy, meses después, recordando aquel momento, el último en que le vi, siento una lástima que quizá le haría más daño que aquel antiguo odio.

Era un gran artista’, me dijo, sentándose en el balancín que seguía allí, salvado por decisión mía de las obras que había ordenado en la propiedad. Estaba lleno de polvo, pero no le importó. ‘Y un mal asesino’, añadí bruscamente.

Pero los dos mentíamos.

FIN

miércoles, 18 de mayo de 2011

El pintor (IV)

No puedo negar que estaba algo más que atónito. No era sólo la sorpresa de la impresionante noticia sino que no me cuadraba el relato con el modo de vida privilegiado que le había visto llevar desde siempre. Pero aquello era tan extraordinario que era imposible que se tratara de una mentira.

‘Te estás preguntando cómo es posible que hiciera eso y mantuviera este ritmo de vida, ¿verdad?’, acertó a decir. Mi silencio le dio la razón. ‘Pues, aquí viene lo bueno, mi adorado escritor...’, volvió a sentarse, se sirvió otra copa y continuó. ‘Esto sucedió hace unos siete años y fue precisamente por lo mismo que Quino tanto me echaba en cara. Para demostrarme a mí mismo que podía pintar, que era capaz de desvincularme del puñetero sambenito de entretenido del arte. Y para demostrarle a todos hasta qué punto está viciado este mundillo...’.

‘Pero, Luciano, no has demostrado nada, sigues sin vender cuadros’, tercié bruscamente. ‘Aquí, amigo, aquí. Pero no fuera. El mismo año en que expolié toda mi fortuna desaparecí en un largo viaje. Te he mentido un poco... lo cierto es que no lo regalé todo, ya te he dicho, tampoco soy una especie de San Francisco reeditado. Me quedé las casas y el dinero que calculé para ese viaje que te acabo de decir. Me instalé en México casi tres meses. Pinté como un poseso: selvas, poblados, indios, lluvias... esa lluvia... También un par de murales para la escuela que estaban montando. Regresé con más de veinte cuadros y me fui directamente a Praga. Y... allí nació Lupo’.

Di un respingo en el asiento al escuchar el nombre. De súbito todo empezó a tomar sentido en mi cabeza. Tiempo atrás, en mi enésimo viaje a Chequia, acabé en una muestra de arte europeo que se celebraba en Brno. No puedo olvidar el nombre porque me llamó mucho la atención la similitud que los tres cuadros que de él se exponían tenían con el que adorna mi estudio y porque aparecía como autor moldavo.

‘Es curioso, estuve a punto de comprar un cuadro tuyo hace poco más de un año. Sólo para mostrártelo. ¡Qué idiota!, fui incapaz de ver algo tan simple como el acrónimo de tu nombre en la firma... Pero eran demasiado caros para mí’, le dije, mientras intentaba poner en orden en mi cabeza el torbellino de revelaciones y sorpresas que giraban dentro de ella. Había detalles que no acababan de encajar en mi lógica, en extremo acostumbrada a los esquemas. Por otro lado, me llevaban los demonios por no haber acertado a desvelar un acertijo tan pueril: Lu Po, Luciano Pontes.

‘¿Y eso de moldavo?’, pregunté, más por ganar un tiempo que por curiosidad. ‘Lo primero que se me ocurrió. Cuando Miroslav, mi marchante, se interesó por los cuadros, decidí crear el seudónimo y crear también el anónimo. Le dije que se encargara de todo, yo le pasaría las obras, él las comercializaría y, de paso, detendría todas las entrevistas y reportajes. Tenía que decir que era un pintor que no quería darse a ver, un desconocido... lo que fuera, menos que era de aquí. Como andábamos junto al río que cruza Praga, se me ocurrió lo de moldavo, sin más explicación’, me explicó; parecía como si se fuese revistiendo de una calma melancólica. Empecé a presentir que ya nada le importaba nada.

Nos quedamos callados, él envuelto en quién sabe qué pensamientos, yo asolado por algunas dudas. Si algo había sacado en claro era que Luciano no era tan buena persona como siempre había pensado y que, aunque me daba coraje reconocerlo, Quino tampoco era el cerdo a quien tanto había abominado. Se le podía acusar de prepotente y de mordaz hasta la crueldad, pero, por lo que acaba de inferir del relato de Luciano, había sido sincero aún dentro del amor. Le hubiese sido más cómodo vender su crítica al pintor para comprar su beneplácito y, seguramente, para salvar su vida. Se equivocó al juzgarlo como alguien que entretenía su ocio de hombre adinerado, de aburrido hijo de papá a quien se lo dieron todo hecho. Pero erró porque lo ignoraba. Se equivocaba, no mentía.

(continuará...)

lunes, 16 de mayo de 2011

El pintor (III)

Aunque mi relación con él se remontaba a los tiempos del colegio, la amistad propiamente dicha no se produjo hasta muchos años después, en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Yo pasaba uno de mis períodos habituales de vagabundeo, él cumplía un paso de un proyecto descomunal: visitar todas las pinacotecas del país, por humildes que fueran. Nos reconocimos sin problema, el tiempo todavía se mostraba clemente con nosotros, más en su caso. Se interesó por mis relatos, creo que sinceramente; yo no sabía aún que la pintura era su única pasión.

Acabamos, varios días después, callejeando por Toledo y acompañando algunas borracheras, tranquilas, confidentes. Un par de meses después me regalaría el cuadro que cuelga en mi salón, después de que, con la mayor dulzura de que fui capaz, dejase lo que él empezaba a ver como un tibio amor en una franca amistad.

Siempre me preguntaba por su pintura a pesar de que nuestros gustos eran manifiestamente diferentes. Él detestaba a Cristóbal Toral, yo lo adoraba, se embobaba con el Greco, a mí me aburre. Coincidíamos en Soutine y en Kandinski, platos de nuestro gusto, y en Pollock y Delacroix, despreciados por ambos. Sin embargo, mientras yo me movía más por impulsos visuales y cuatro lecturas viciadas, Luciano consideraba mil aspectos técnicos, aportaciones, descubrimientos, engaños en los diferentes cuadros que mencionábamos. Lo cierto es que era un auténtico disfrute sentarse a oírle dictar aquellas clases magistrales en que él convertía muchas de nuestras charlas.

Debí darme cuenta de algún modo de que la pintura estaba en el trasfondo de aquella tragedia. Recordé cómo Quino siempre había declarado que las obras de Luciano no eran más que entretenimientos de chico rico. Las tachaba de rutinarias y poco arriesgadas, de que no tenían el impulso vital que procura la necesidad de venderlas. La verdad es que todo ese discurso, aunque desagradable, era respetable. Y lo seguiría siendo, de haber sido verdad; pero eso yo todavía no lo sabía. Ni yo, ni nadie. Ahora, en el frescor de un porche antiquísimo, frente a un cielo de primavera perfectamente limpio, después de un viaje agotador, estaba a punto de enterarme. Luciano se levantó, regresó con otra botella, yo me animé a comer algo de jamón, un poco de queso también. Luciano, por fin, se disponía a hablar.

‘¿Tú qué crees que ha sucedido?’, me preguntó; parecía como si su rostro recuperase una repentina lucidez. ‘Os emborrachasteis, discutisteis y le mataste por accidente’, le mentí estúpidamente. Me miró con sorna. ‘Lo has dicho por decir pero, lo que son las cosas, casi aciertas... sólo que ni habíamos bebido tanto, ni fue una discusión propiamente dicha ni... ni estoy tan seguro de que fuera un accidente...’.

Dejé que el silencio preparara sus palabras, sospecho que eso es lo que siempre le ha gustado de mí. Me di cuenta entonces de que el hecho de que me llamara justamente a mí en estos momentos significaba que no tenía amigos. Me invadió un sentimiento de asquerosa solidaridad.

‘Todo sucedió el sábado. Llevo tiempo pintando una serie de paisajes nocturnos en un castillo medio abandonado que hay por la Siberia. Es un espectáculo de soledad el que se divisa desde allí, con esos cielos rasos y esos ríos que atraviesan las barranqueras. Quino me acompañaba en ocasiones. Criticaba mucho mi estilo, ya sabes, pero supongo que le relajaba mirarme pintar...’, hizo una pausa, una tristeza infinita se le dibujó en la mirada. Me miró fijamente, casi con dureza. ‘¿Qué opinas de nuestra relación, dime?’. Esta vez no podía mentirle, tampoco lo deseaba. ‘Lo que todo el mundo, supongo. Que él sólo estaba contigo por tu dinero y que te maltrataba’.

Se levantó, tambaleándose, llegó al poste de la entrada y me habló de espaldas, mirando la noche que venía suave, a golpes de brisa cada vez más fresca. ‘Todo el mundo se equivocaba. Hasta el mismo Quino lo hacía. Supongo que toda la culpa es mía, no sólo la del crimen. ¿Sabes una cosa sorprendente?’, se giró y volvió a mirarme, parecía tranquilo. ‘Si alguien estaba enamorado en esta relación, ése era Quino. Sí, le interesaba mi dinero, pero me amaba, créeme. Me amaba. Yo no estaba seguro de hacerlo hasta ahora. Ahora me doy cuenta... demasiado tarde’; encendió otro pitillo, siguió hablando sin mirarme. ‘Pero él cometió un error grave, muy grave. Despreciar mi arte sin ninguna conmiseración. Y sólo lo hacía para pagar su frustración. Por eso le maté. Claro que él ignoraba tantas cosas... como tú, como todos. ¿Quién iba a saber que no soy ningún ricachón de tres al cuarto que entretiene su hastío con ínfulas de artista?’, se giró para observar mi cara de sorpresa, yo sabía que había vendido la cadena de tiendas en un pico que no podría dilapidar en tres vidas, era más que ricachón.

‘Lo regalé todo, amigo. Más de mil millones de pesetas. No soy ningún filántropo ni nada por el estilo, pero hay una escuela con mi nombre en un pueblo cerca de San Bartolomé de las Casas. ¿Recuerdas a Paulino Carcelén? Pues está de misionero en Zacatecas. Siempre hemos estado en contacto, también es homosexual. Le puse quinientos kilos en las manos con la única condición que la orden no gestionara ni un duro. Montó una especie de patronato que preside él controlado por los indios. El resto fue a parar a un par de museos humildes, sin renombre, sólo exigí que montaran una muestra anual de pintura local, para promocionar valores, ya sabes’.

(continuará...)

jueves, 12 de mayo de 2011

El pintor (II)

‘Lo he matado’, dijo después del segundo pitillo. Le serví una copa y se la acerqué. El silencio previo me había hecho esperar alguna especie de drama; con todo, he de admitir que no lo esperaba de tal calibre.

Yo conocía a Quino desde el mismo día en que, tres años atrás, ellos dos iniciaron su relación. Creo que empecé a odiarle ese mismo día. Pero siempre he sido de la opinión de que nadie es nadie para inmiscuirse en las pasiones de los demás, por más que a todas luces nos parezcan un error. Aunque también es posible que ser capaz de sentir esa pasión tan ciega sea una suerte.

Fue en verano, en una de las horribles fiestas con glamour artístico que Luciano solía montar en su chalet de las afueras de Madrid. Una más de las numerosas posesiones que su padre, un empresario en electrodomésticos que empezó con una tienducha en mi ciudad, le había legado. Valeriano Ponte había llegado de Lugo con sus duros en un hatillo, se había hecho de una lonja, había arreglado todos los transistores, maquinillas de afeitar, batidoras y demás artículos que funcionasen a electricidad en el barrio, había empezado a vender lavadoras, televisores, cassettes, frigoríficos y cocinas de gas de fiadillo, había comprado otra lonja, después una nave industrial, después otra, hasta que terminó por tener la cadena de comercios del sector más grande desde Irún hasta Gijón y desde Bilbao hasta Logroño. Cuando murió, en enero de 1.988, su único hijo, quien apenas había puesto los pies en ninguno de los locales de su padre, se encontró con una fortuna que para sí quisieran muchos otros que las aparentan poseer.

Luciano Ponte se enamoró esa noche de Quino Sander, Joaquín Sánchez para los enemigos. Quino sobrevivía en el mundo del arte desde que, diez años atrás, en una bienal escultórica de París tuvieron la dicha de premiarle uno de sus abominables mamotretos fabricados con desechos. Por supuesto, este premio le procuraba patente de corso para despotricar de arte en cualquier reunión, literatura incluida. Se declaraba deudor de Sartre y de Schopenhauer con una desfachatez casi tan nauseabunda como sus obras, que, por cierto, habían dejado de interesar hacía ya más de un lustro. Sin embargo, no dejó que sorprenderme que alguien como Sander hubiese leído mis relatos. Hubiese preferido seguir en el amable anonimato en el que me refugiaba para acudir a aquellas fiestas.

Quino hacía lo que quería con Luciano. Cualquiera que no fuera el mismo pintor se daba cuenta de que sólo le interesaba su dinero y su mecenazgo. Más lo primero, por supuesto, su arte rupturista había dejado de ser vanguardia, pero él se autoproclamaba líder de una extraña generación y, por supuesto, incomprendido y mártir. A mí me importaba bien poco el dinero que esa relación le estaba costando a Luciano, pero no podía evitar cierta conmiseración cobarde ente los agravios, tanto públicos como privados, a que le sometía. Supongo que Quino me detestaba tanto como yo a él, a fin de cuentas nunca le prestaba ni la oreja ni la réplica que buscaba.

‘Era tan hermoso... podía ser muy tierno, créeme, muy tierno... mucho’, repetía entre sorbo y sorbo. ‘No tanto como tú’, me dije para mis adentros. Me resultaba imposible terciar ningún comentario en aquella situación. Buscaba por los recuerdos algo que me ayudara a entender cómo todo había podido desembocar en un final tan trágico. Me avergüenza reconocer ahora que quizá me azuzaba más la intriga por saber qué demonios había sucedido y cómo es que Luciano estaba libre, emborrachándose en el porche, si es que realmente había matado a alguien, que la intención de servirle de alguna ayuda.

(continuará...)

miércoles, 11 de mayo de 2011

El pintor (I)

Sólo ella ha leído, hasta hoy, este viejo cuento que, por fin, animado por la maravillosa primavera que explota delante de las ventanas del desván y por la propia Lucía, me he resuelto desempolvar. No serán demasiadas entregas: las justas para no fatigar en exceso vuestra paciencia, fomentar la poca intriga y ofrecerme el tiempo necesario para estropearlo con nuevas correcciones mías y mejorarlo con sus odiosamente acertadas insinuaciones...


Me detuve un par de minutos contemplando el cuadro que hacía más de diez años me había regalado. No tenía la ingenuidad de un Rousseau, pero recordaba en muchos aspectos el trazo colorido del aduanero francés. Luciano Ponte me lo obsequió poco antes de que yo le confirmara que no le amaba, no ya porque yo no fuese homosexual, sino porque no estaba seguro de poder amar a nadie. Aquella noche me dijo, sin intención sentenciosa alguna, que yo sentía eso seguramente porque amaba demasiado. En ese momento valoré casi más la frase que la tela que me entregaba y a la que, con el paso del tiempo, he ido tomando un aprecio mayor del que siempre he querido reconocer.

Luciano me había llamado dos días antes. En su voz reconocí la calma que encubría una desesperación extraña. No dudé demasiado en decirle que sí, que acudiría tan pronto como acabara dos asuntos peregrinos que me ocupaban. Solía visitarlo un par de veces al año, como mínimo, en su retiro de pintor sin fama aparente. Pero las apariencias engañan con más frecuencia de la que creemos.

No citaré el nombre del maravilloso pueblo del sudoeste que albergaba su estudio y la enorme y antigua casa donde desde hacía casi quince años había encontrado algo más que un remanso creativo. Ojalá que nunca se vea detallado en ninguna guía del turismo rural tan en boga y que sus calles, ancladas en algún año del siglo quince, sigan ajenas al ajetreo mercantil que tanta riqueza tiene ya deteriorada en el patrimonio artístico de este país. Los otoños allí son un placer que me subyuga y al que no he querido renunciar desde hace tiempo.

Llegué en taxi desde la estación de trenes de la capital de la provincia, a unos treinta kilómetros de carretera serpenteante y ascendente, un miércoles de abril. Luciano estaba en el porche, sentado en el balancín, fumando y mirando la sierra de enfrente como si los ojos se le hubieran quedado clavados en algún punto del hermoso paisaje. No salió a recibirme, ni siquiera se levantó cuando alcancé la entrada de la casa. Me sonrió triste y me indicó la botella de vino que estaba sobre la mesa de roble tallada. Había también algo de comer.

‘El viaje bien, gracias’, le dije a modo de saludo. Me serví un vino y me quedé mirándole. Apuraba el cigarrillo con ansia, los ojos le brillaban, no podía asegurar si a causa del llanto o del vino. Tenía un aspecto extrañamente desaliñado en él, pulcro hasta cuando trabajaba con los pinceles. No quise romper el silencio, a mí nunca me han resultado duros. Además, estaba claro que lo que menos hubiese agradecido en esos momentos hubiese sido una conversación baladí. Saboreé mi rioja y encendí también un cigarrillo.

En alguna parte he oído o leído que el asesinato es siempre algo personal, hasta cuando es de encargo. Lamento no tener la fortaleza moral suficiente para condenar algunos crímenes, en el caso del que cometió mi amigo Luciano, llegué a aplaudirlo sin rubor. Lo malo es que, aún escapando a la justicia, el asesino lleva siempre la condena en el propio crimen cometido. No dudo que el pintor estaba pagando ya el hecho de haber tirado a su amante de lo alto de la muralla de un hermoso castillo que tampoco quiero describir ni ubicar.

(continuará...)

viernes, 6 de mayo de 2011

Tango entresiesta

©josebamolina


Todo ha sucedido entre esa maceta

y la jaula.

El sol se ha recogido

en los dientes del aloe

y en la parda pelusa dorsal

de un roedor.

No ha sido preciso más que

albergar la leve locura

que procura

el tango de una cercana gramola.

«7 pesos era un loro en una cuadra,

Se me olvidó que te olvidé...»

y cosas por el estilo...

Mientras tanto, otro poeta,

menos muerto,

proclama en mi regazo:

“Las arañas de tu boca

trenzaron en un momento

una telaraña loca

que me diluyó en el tiempo”.

viernes, 15 de abril de 2011

viernes, 25 de febrero de 2011

Ausencia 9


En el aire no hay sombras
y la magia, íntima,
de una ausencia
no podrá rebatir
cierta belleza frágil
cuando el poeta
se desnude
esperando la soga
que la luna aún no ha dibujado...

(E.L.Kasher- «Bairiki negro»)

jueves, 24 de febrero de 2011

No es un pinzón


Tres. Somos tres las personas que elaboramos este prodigioso blog: Elur, el único hermano de mi hermana Agnes, Gerex, el hijo varón de mis padres y yo. Y aunque seamos tres, nada menos, deben darse cuenta de que no es nada fácil mantener a flote con dignidad diaria este lindo espacio. Las discusiones entre nosotros son incesantes. Hoy, sin ir más lejos, el primero, que es quien adorna con proverbial luminosidad las diversas entradas de la bitácora, le ha ido al segundo, que, como casi siempre, ociaba en la contemplación de cualquier nube peregrina (hoy las hay) a la que cumplirle futuros sonetos, apreciables serventesios o, con más seguridad, arrebatados poemas sin rima alguna, con el dibujo de un gorrión, pardillo, triguero o carduelo, quién sabe...
«Mira... ¿por qué no le haces un poema?». «¿Tú qué crees, que se reduce a que tú me vengas con un pinzón dibujado en un cable y, acto seguido, le lanzo una mirada al techo buscando inspiración y, ¡zas! brota una oda?». Se han mirado y, aunque no había ni pizca de ira, se han retado con los ojos como habitualmente solemos hacer los tres. «No es un pinzón», ha zanjado el hermano de Agnes, y ha lanzado sin cuidado la lámina sobre la mesa. Mientras le sentía bajar atropelladamente la rústica escalera que sube al desván donde ellos dos consumen casi sus vidas, me he acercado a Gerex. «Últimamente no hace más que dibujar pájaros y tazas de té», me ha largado, como un lamento, sin necesitar que le preguntara, sin esperar que le respondiera. «Además, tengo que seguir investigando sobre Kasher... creo que estoy a punto de dar con la clave de sus primeros años de juventud...».
¡Ah, el inefable Kasher!... La maraña de papeles que guardan relación con el ignoto poeta y que inundan las dos mesas de la pared que da al cementerio, conforma un caos que, para desazón de Lucía, no hace más que crecer y crecer. «Bueno, está claro que no es pinzón», he acertado a decir para mortificarle.
Gerex ha tomado el dibujo súbitamente. Y, aunque por un momento he temido que lo hiciera pedazos, luego de ofrecerle una dulce mirada lo ha depositado con delicadeza en la enorme mesa abatible donde Elur, de cara al sol de la mañana, dibuja con intermitente fecundia. Un minuto después, escapando también por las escaleras, me ha dicho: «En la libreta verde que está sobre el aparador alsaciano, la de anillas, hay varios poemas que pueden valer... toma el que quieras...»
Yo soy el único que sale del hermoso caserón que está en la vereda del norte de la aldea para ir a la ciudad; el único que sabe manejar un ordenador y el único que sabe cuándo no hay que mediar entre ellos. Por eso, cuando les he visto treparse la colina que oculta la vista del arroyo Fraguado, como si nada hubiera pasado y cogiendo esos guijarros que no sé para qué demonios almacenan por toda la casa, me he marchado tranquilo, sin olvidarme la libretilla verde, la de anillas...

miércoles, 23 de febrero de 2011

Lejos de todas las ventanas


Esa tristeza que te sopla
la piel
desde las pestañas
es una primavera olvidada
a principios de enero.
Sólo puedo decir tu nombre
y añorarte.
Hay que irse
a donde es posible otra mirada.
Hay que saber irse
o alejarse con tino
de las ventanas de madera marrón claro,
de las lluvias anónimas,
de todas las banderas.
Alejarme de tu ausencia
es acercarme a tu ausencia
por el mismo camino de tus ojos,
túneles llenos de hilos,
tristes como abriles
habitando en el otoño...

(E.L.Kasher- «Tú y nosotros»)

viernes, 18 de febrero de 2011

Lillie catchs the Rainbow

Tú, sólo tú, eras capaz de decir «Nadie habla de Ardón desde hace siglos...» como quien prepara manzanilla cerca de una plaza con cuatro macetas de geranios en una ventana concreta. Sólo tú, para desesperación de no iniciados, vertías sobre la infusión el agua previa a considerar cómo «cierto poeta decía que la esencia de la realidad reside en la fragmentación...» y, casi enseguida, desde esa nube (mandil sutil de abril) donde tu mirada esconde los ojos le das mil vueltas al poco azúcar mientras recitas, sin resuello,

«...lo hemos dicho todo sin darnos cuenta,
abrimos un nuevo idioma donde las manos
arrebatan a la palabra
cualquier nueva posibilidad.
Estabas en un puerto agitando tu desesperación,
leve y apurada,
y él hacía rato que
tenía los ojos en Hammerstat o Gröemmella.
Sin palabras.
Los labios acariciarán cigarrillos,
nada más,
todo su futuro se enturbiará,
marrón
y monosílabo.
El humo también decidirá,
algún día,
acabar con la manos
que mataron tu voz...»

A tu lado, el día se pasaba entre líneas ya leídas sin que, apurando manzanillas y poemas, jamás fuéramos capaces de entender por qué Germán se embarcó para siempre en lejanos rompehielos, por qué planchabas aquel pañuelo cada tarde a las cinco ni por qué quisiste morir en aquella baldosa, donde, cada día del otoño, unas lágrimas rojas se desploman, certeras, alfombrando tu recuerdo...

«Tornerò»

«Cuadro impecable:
naturaleza muerta,
memoria viva.»
(David Escobar)

Mientras
trigueros diminutos
morían en el caserón
donde la tarde ardía
tan cerca, tan lejos
de la charca
ojos
desnudaban
tu desnudez
cerca del agua.
Más tarde leerías al sol,
no había un acolito,
en un papel ya amarillo
el colmo de un nuevo poeta
mientras el adiós
asombraba tu pecho.
No es imposible amar,
seguir amando,
aquel silencio de paja,
aquel fango modelando tu pie,
la piedra fusilada
y el ondulado tacto,
rosa,
de los juncos salvajes...
La próxima carta
te la escribiré
en la última sábana
para que,
donde quiera que
enojes nuevos árboles,
aromes
tu pérfida memoria
con otras arrugas...

viernes, 11 de febrero de 2011

Sonata 16

«Sucedía en tus ojos

y no era necesario estar allí»


Todavía no te podido decir

cómo me duele

ver llorar los pájaros

de nuestra mutua soledad

cada vez que abro algunas puertas,

cuando tengo demasiada prisa

para pararme a tomar una taza

de cualquier cosa caliente,

al pasar por las alamedas

de un otoño tan reciente

que sigue siendo malva.

Todavía no sabes

que lloran y lloran

saltando, sin volar jamás,

desde mi flequillo,

blanco, blanco, blanco,

hasta esa orilla de tu ingle

donde dos palabras

nunca cesan...

miércoles, 9 de febrero de 2011

Alejandra también está en los atrios


Alejandra quiere amanecer
educando el paisaje,
por eso le huelen los ojos
a repentino mar.
Alejandra me pide
un suelo más amarillo,
su fresca esquina en la tarde
y una incongruente palmera.
Pero yo tengo abedules
que ensanchan su protesta
y ese pájaro
que habla en su mirada...
Traerá su libro, Alejandra,
y traerá ese sol
encima de la piel
que abriga la mañana
sentada, leve apenas,
en la repisa gótica
donde yo no quepo.
Me voy,
pero ahora ya sé
que puedo construirlo todo
desde la mano
que no destiende...

martes, 8 de febrero de 2011

Paulette sorte



Ven a tumbar tu soledad
cerca de los sacos de trigo
mientras los trenes roban
silencios a la estepa...
Entra en el poema
con ese sigilo
de hija única pecadora.
Sal, Paulette,
de tu canción,
de tus pecas, tus batracios
y tus mariposas
y déjame tomar resuello
por una tarde.
Déjame saborear
esta victoria inalcanzable...

(E.L.Kasher-«À côté de la radio»)

viernes, 4 de febrero de 2011

Cotorreos...

Una prima de la mejor amiga de la madre de una chica que va al colegio de una de mis alumnas le comentó al frutero del supermercado donde compra la sobrina de la señora que me cose remiendos y me coge dobladillos en los vaqueros que necesitaba un poema para su hija de catorce años a la que le habían encargado hacer una composición que ilustrara un trabajo de Lengua sobre no sé qué época dorada de la literatura española. Ni que decir tiene que, cual reguero de pólvora, la noticia ha ido del frutero a la peluquera de la calle Infanzones, de ésta a una clienta que peina todos los sábados y que trabaja en el Banco de Santander, de ésta a la mujer que le lleva los trámites de la hipoteca a la sobrina de Concha, de la sobrina a la propia Concha, mi modistilla, quien, el lunes, cuando me entregaba los viejos jeans que acaba de repuntearme no dudó en dejarme caer que...

No pude negarme, claro está; es proverbial la flojera de mi ánimo ante esas situaciones y, así, le regalé el vetusto y justamente olvidado soneto que adjunto. Espero, con todo, que la prima susodicha arda en el peor de los infiernos, pues hoy, cuando estaba comprando unas pechuguitas de pollo para albardar, Aurelio, el carnicero, me ha hecho saber que una clienta que es compañera de brisca en el Hogar del Jubilado de una paisana de la abuela de la niña del demonio que a ésta le han cascado un cero en un trabajo del cole «y eso que había puesto un poema de un profesor que se las da de mu...»

Lo peor, aparte de la vergüenza escondida, es que me he venido con el kilo de pechuga sin filetear, no podía esperar ni un segundo más en ese mostrador repleto de gente lanzando dardos contra esos malvados seres que «... es que hoy no les enseñan nada...». Tendré que olvidarme de albardarla y conformarme con aliñarle una salsita a los desiguales tacos que soy capaz de cortar...

No digas besos, di palomas rojas,

puedes decir granadas entreabiertas

di también corazón que abre sus puertas

o mariposas mancas, ciegas, cojas.


Por decir, di la lluvia en que me mojas,

di azucenas que brotan en las huertas,

di yertos lirios en las bocas muertas,

di del bosque secreto alfombra de hojas.


No digas besos, dulces desagravios

que golpean en óvalos que ilesos

tornarán de otros óvalos, más sabios.


Besos no digas; mas descorre, gruesos,

los telones de sueños de tus labios;

no los nombres, mejor dame tus besos...

Todo está escrito


Vuelvo a afanarme hasta el sudor,

más allá de los propios dedos,

en mil caligrafías,

acusándole al amor

ese carácter de intruso sucesivo:

en la lluvia, en la sangre,

en aquella cosquilla...

Entonces te he llevado sin un orden

concreto

hasta el viejo mirador del acantilado,

hasta la esquina menos asediada

por el viento,

hasta el rumor de olas de mi mano

en la lupa de tu pecho,

hasta la luna insultándote en el iris,

hasta la mediavoz...

No puedo ignorar que Benedetti,

que Neruda,

que el propio Borges

ya no te sorprenden,

no tenemos nada ya

que no sea el viejo Salinas

y un único verso detrás de cada noche.

Te escribo en la inconsciencia

de que soy granate

y sigues muriéndote de frío

jugando, muda,

con tus gorriones

por las nieves de mi piel...


(E.L.Kasher- «El hombre que fuma abrazó a Alejandra»)

jueves, 3 de febrero de 2011

Nubes... (E.L.Kasher - de «El asno en globo»)

Es extraño que sólo siete años más tarde admitiera Kasher que el poema primigenio era un disparate de ritmo repleto de sobresaltos y eufonías forzadas. Y, por otra parte, llama la atención el hecho de que el único poema editado dos veces (el mismo pero diferente, obvio es) en la maravillosa revista «El asno en globo», del sanatorio donde el poeta debió de pasar cuando menos un par de lustros, sea un soneto.

Cuesta imaginarse al artista peleándose con quien quiera que fuera el director de la publicación por aquella época (sospecho que se trataba de Ramón H...) para que incluyera el poema en cuestión y la diatriba contra el original que lo precede y que obviaré aquí, del mismo modo que obviaré el soneto que mi adorado autor tanto odió, como odió, en general, la figura poética de los catorce versos rimados tan ponderada por otras voces. No me arrogaré sino la puntualización de que, una vez más, distancia y olvido asolan su pluma...


Es tan temprano todavía, apenas

las nubes de algodón pintan erizos

sobre el dormido mar pleno de hechizos,

inmenso crisol de coral y arenas.

Tan temprano y mis manos van ya llenas

con ecos de sirenas, primerizos

síntomas de ti, pero ya enfermizos

recuerdos hechos de aire, ¡esas cadenas!

Nubes por cielo y mar y yo aquí, quieto,

amanezco sin ti, lejano encanto.

Tendré que abandonar este soneto

pues sólo despertar te añoro tanto

que iré con esas nubes, te prometo

que lloverá a las tres. Será mi llanto.

viernes, 28 de enero de 2011

Todo bien


A medio hacer

en mitad del ingrato sueño

tenías que venir.

Es posible que subieras aquella empinada cuesta,

que arrastraras noche

y luna

y retales de mar en las rodillas

en el pelo

en los ojos...

Es posible que

con la mitad del recuerdo,

con el esbozo

de una posibilidad

los brazos

me sigan creciendo

hasta los labios llenos de esponjas,

de caracoles,

de sangre...

Pero todo está bien,

no recuerdo nada

ni creo posible

que ninguna esperanza

resucite la media noche

donde, desnuda,

empezaste a desaparecer

dentro de un poema,

una y otra vez...

miércoles, 26 de enero de 2011

Silencio 29

En aquellos besos había noche,
muchas cartas,
seda arrugada
y una pizca de muerte,
pero ni callada angustia,
ni gozo prisionero.
El poeta se puso
en la espalda
todo el silencio
para distraer su ingenuidad
en otro olvido
que pintaba
absurdos colores
cerca de tu boca...

martes, 25 de enero de 2011

El olvido 27


El tiempo se derrumba

por los rincones señalados.

Quizá resuciten los cajones

su frugal misterio de estrellas,

aquel aromado halo donde

un dedo quizá

se sobrecogió en tus cabellos...

quizá sea sólo la voz azul

de cierta tinta cuidadosa

a lo largo de un cielo blanco,

veinte o treinta líneas

sin olvido posible,

o, en fin,

quizá todo esté fuera

de ese tiempo

que se deja caer, inevitable,

por los rincones señalados...


(El olvido crece bicicletas... -E.L.Kasher)

lunes, 24 de enero de 2011

Arroyoren perbertsio ederra

Lagun batek, Khaserren aurreko poemak hunkituta, hurrengo perbertsio polita bidali dit bere hizkuntz minoritarioan, gaztelera pasatzeko erregutuz. Nik omenalditzat hartu dut bere lana eta, jakina, tardantzarik gabe bloggeatzeari ekin diot; jarraian duzue. Mila esker Arroyo jauna...
A, testutxo hau ulertzen ez baduzue esan eta gauza bera egingo dut, lagunok... jejeje...

Quizás sea más triste
cesar al ámbito de la palabra.
Quizás la rosa, en sigilo,
te escuche por detrás
de los pétalos
cerrados ya.
Quizás te dé las buenas noches...

jueves, 20 de enero de 2011

Detrás


He cerrado los párpados.

Ya reposa el corazón cansado

su pálpito.

Tienes licencia para morir

a su lado, ¿en sigilo?

No.

Cesar el ámbito

de la palabra,

como una rosa

perdida en un convento

cesa su color a oscuras

es demasiado triste.

Dime buenas noches,

te escucho por detrás

de los párpados

cerrados ya.

(«El olvido crece bicicletas», E.L. Kasher)