martes, 22 de enero de 2008

Hormigu...

La gracia está precisamente en que jamás la voy a acabar. Existe una novela en proyecto perenne que nunca se va a terminar de titular '...ntos suspen...' y dentro de ella existe, éste sí perfectamente terminado, el corto relato que viene a continuación. Tiene dos claros protagonistas que existieron, con otros nombres creo recordar; quiero imaginar que la anécdota podría ser tan real como ellos. De aquel Antonio ya no sé nada; de Ángela sé que pasea la misma belleza no muy lejos de aquí y, por si leyera el cuento y se reconociera, a ella va dedicado.

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“Cuando parece que tienes una sola pasión, un anhelo más fuerte que el viento que pela las colinas de Cabo Verde, una convicción absoluta, un sueño único uno... entonces, lo más seguro es que todo sea mentira. Claro que tampoco se debe resumir todo en un posibilista: APASIONADO SOÑADOR QUE EN UN SOLO APARTE CAMUFLA SU ATORMENTADA ALMA. Y así se crean historias nuevas. Y así surgen nuevos medios amores...
Tomamos una fecha, nos hacemos con unos individuos, un pueblo cerca del mar, varios pueblos quizá. El primero de los individuos adolece de ensoñación, es hombre, es joven y tiene un sueño sin deterioro: navegar. Navegar y tratar de hallar una libertad que sólo él entiende, una de esas libertades que suelen encarcelar a cuantos te rodean. Lleva años preparando esta presunta liberación, esta fuga hasta los hielos del norte... y más allá. Le embarga una boba emoción y ya nada parece capaz de retener su ansia: quince días apenas y partirá para ese polo donde ni siquiera hay papagayos que comprar y amaestrar para poder llevar en el hombro, ofreciéndole cacahuetes indios de tinglado en tinglado.
En muchos aspectos, es un espécimen clásico de homo sapiens adorable clásico, con esa clásica capacidad para irse a celebrar su pronta marcha unos cinco días antes. Con esa capacidad para querer hacerlo, marcharse, lejos de ese segundo individuo también joven, mujer y con otros sueños, menos peregrinos, y con las mismas pasiones, que la abrasan. ¿Son Antonio y Ángela? Son Antonio y Ángela.
Ella rodea la noche con miradas y una especulación inerme. Le gusta soñar cosas tontas que no cuenta a casi nadie porque las sueña despierta, con esos ojos que te van metiendo dentro de ella sin que tengas necesidad de tocarla, ni de saberla, a veces... Y aunque ella y el marinero Antonio apenas se conocen, ya le lleva medio desconcertado por los bares de la madrugada. Antonio prueba esas cosas que cree que no le van a comprometer. Alza en derredor una muralla de años y años de cemento, arenisca, capas de hormigón protegiendo esa ansia para la que sólo faltan ciento veinte horas, hora arriba, hora abajo.
Ángela es alta, bien alimentada y no tiene casi nada de Julia Roberts ni de Demi Moore, pero puede que Jacqueline Biss... De Ángela se podrían decir muchas cosas: que no tiene el pelo muy largo, que no es rubia, que no es morena, que adora llenarse de arena en las playas vacías, que se ducha a menudo, que su sonrisa es de la amplitud de su boca y que, en ocasiones, cuando es más franca, se ríe con una voz mutante y se le redondea la barbilla. Ángela no tiene acné desde hace una eternidad, ha visto pasar muchos barcos delante de su vida, barcos con hombres que casi nunca eran marineros y que le han ido fabricando esa mirada de lluvia prehistórica como perla en un helecho gigante. La mirada que nos hace trapo sin compasión.
A Ángela, ¡oh, destino! le gusta ese marinero, sin barco todavía, que va a prometerle esta misma noche que le escribirá alguna carta justo mientras transita enfrente de las costas de Jutlandia o, quizá, al pasar cerca de Bremen. La besará a casi cuatro días de su marcha, por algún desierto paseo marítimo, unos besos sin compromiso para sus capas de hormigón, unos besos crepusculares, besos esporádicos al principio, cada dos o cada tres bancos; pero no hay peligro, no hay peligro, cree... Entre beso y beso inicuos, habla y habla, cada vez menos, y besa y besa, cada vez más. Porque de Ángela, se puede también asegurar, que escucha como nadie, que besa como entregando un ultimátum y que mira como un entramado de malla, como un trasmallo casi inexpugnable para los peces. Antes de darle tiempo al sol, ya tenemos un medio amor. Lo he pasado muy bien, tal vez (tal vez) te escriba, cuídate, y abrígate y vigila los icebergs...
Antonio es guapo y ahora, cuando se va tan lejos y para tanto tiempo, más guapo todavía. En realidad, ella piensa que se trata de un barco más, porque no es consciente, pobre, de que en ese no ponerse ataduras, ni límites, en ese respetar sus enormes ansias de libertad, en ese evitarle los corchetes, ahí, ahí mismo es donde lo ha amarrado en una cárcel de viento, en una trampa de miradas Jacqueline o Vanessa Redgrave o, ¿por qué no? Charlotte Rampling... Se acaban los bancos verdes del paseo y se acaban los besos en los que se han depositado las larvas de hormiga común que se multiplicarán sin piedad cavando su hormiguero, devorando el hormigón, comiéndose el armazón que pensaba inexpugnable. Hormiga, hormiguero, hormigón... Y así, un día, cuando estará sentada en el último banco del mismo paseo cerca de un hermoso puente de hierro, tirando su mirada por la baranda, una mano derecha de un cuerpo que ha venido en tren vía Copenhague–Bruselas–París–Irún le tocará en el hombro y le vendrá la voz mutante y se le redondeará la barbilla y le asaltará un hormigueo, hormiga, hormiguero, hormigón, hormigueo, hormig...”

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonito cuento. Suerte tiene Angela de haber sido descrita con esa ternura.

Joseba M. dijo...

Gracias, A. Nónimo. Es una tierna descripción, es cierto. También fue una suerte conocer a Ángela. Y eso que no soy Antonio...
Gracias.