jueves, 24 de enero de 2008

El armario

Hace tres días regresé al caserío donde nací y crecí. Nada más leer la carta de Bego me apresuré en cancelar mis compromisos, no muchos, por otra parte. En el estado en que me encontraba era, seguramente, mi última esperanza. Ella lo ignoraba, creo. Yo tenía que aprovechar la circunstancia de esa carta, pienso que no había otro remedio. Yo tenía razón, ya se verá.
Bego y yo nos hemos mantenido en contacto, obviando la inmediatez del teléfono, por medio de cartas, más o menos frecuentes, en una especie de reivindicación romántica que, sinceramente, me ha sentado fenomenal estos últimos años.
Antes de acercarnos hasta el caserío hemos pasado unos días en la capital, en la que, desde hace más de cuatro años, mi prima vive sola. Ese es el tiempo que llevaba sin verla, pues desde los trámites de su divorcio he andado errante con la frágil disculpa que la documentación de mis libros le ofrece a mi desidia.
En esos días Bego me explicó, entre otras cosas, el motivo de su carta. Una institución había hecho una jugosa oferta por el caserío de nuestros abuelos con el fin de reciclarlo para un nuevo plan de agroturismo. Precisaba mi firma. En principio no me opuse, pero le exigí, a cambio, una última visita conjunta que, creo sinceramente, deseaba más que yo.
Desde la casa que su desastroso matrimonio le dejó hasta el caserío en que nos criamos no hay hoy en día tres cuartos de hora. Con Bego al volante puedo asegurar que bastan veinte minutos. La edad, abandonó los cuarenta hace algún tiempo, nadie lo diría, no ha amortiguado la vehemencia juvenil que me es tan familiar y es apenas un débil reflejo en su todavía tersa piel, en su sonrisa provocativa, en sus ojos enormes como su belleza. Yo soy casi nueve años más joven, más parece lo contrario, mi torpeza indumentaria, los arañazos del tiempo en mi rostro y en el escaso cabello, unidos a mi invariable tristeza me dan un aire decrépito que no me esfuerzo en disimular.
Casi hasta estar delante de ella no se divisa la casa de mis antepasados; la carretera que lleva hasta allí es ardua y empinada y, además, una hondonada entre montes la refugia de algunos vientos. Bajamos del coche en el altozano que está en la entrada. El tiempo, lo mismo que en la cara de mi prima, no había hecho mella en la fachada. Llevaba casi ocho años sin venir pero no lloré, Bego tampoco. Nos miramos y eran dos miradas iguales.
Había pasado tanto tiempo sin venir en un vano intento por olvidar que todo lo que soy, este carácter taciturno con que viajo, se lo debo de algún modo a este lugar, en especial al enorme armario que siempre ha estado en la que era la habitación de Bego, la hija única de mi tía Eulali, la viuda.
El interior no estaba en tal mal estado como cabía esperar pero la cerrazón lo había impregnado de un olor mohoso, un fuerte aroma a madera húmeda que picaba en la nariz. Algunas telarañas vestían el entorno de amable melancolía, por eso, ahora sí, sentí la punzada acuosa que acarrean la nostalgia, la vida perdida y el amor anestesiado.
Dejé a mi prima vagar por el piso bajo y, alarmado por la ausencia de algunos enseres que recordaba, subí las escaleras apresuradamente temiendo que también se lo hubieran llevado. No me detuve hasta alcanzar la puerta del fondo del pasillo.
Sólo fue una falsa alarma. Todo permanecía del modo en que lo recordaba: la cama de hierro, sin ajuar pero con el viejo colchón de lana, la mesita de noche, las sillas, la jofaina herrumbrosa y, en la pared de la izquierda tapándola por completo, tapizado de polvo, el armario. Abrí el ventanuco de enfrente y el sol acarició su centro con ternura, en el aire flotaban millones de partículas de polvo sorprendidas en el haz de luz. Era el ámbito perfecto, me sumí en el túnel del tiempo sin remedio.
Todo debió comenzar como un juego, no lo recuerdo. Lo cierto es que cada vez que me reñían, cuando me enfadaba por cualquier chiquillada o cuando estaba simplemente aburrido o triste corría a buscar cobijo en aquel recio armatoste que, mi prima se encargaba, siempre olía a campo milagrosamente: a romero unas veces, otras a brezo o retama, a perfumada lavanda la mayoría de ellas. Tendido en las sábanas o acurrucado entre manteles y toallas pasaba las horas muertas en una placentera soledad mientras, en ocasiones, mi madre o tía Eulali me buscaban infructuosamente por los alrededores.
Era inevitable; tarde o temprano tenía que suceder que mi prima entrara sin aviso en la habitación estando yo todavía dentro del armario. Entonces descubrí que podía observarla a través de los ojos de las enormes cerraduras que tenían sus cinco puertas; siempre he creído que no conocía mi secreto, pasaron años así, ella nunca me recriminó nada. Pronto desarrollé una especial habilidad para moverme dentro del largo mueble. Así, si era sorprendido dentro y veía que entraba con camisas o jertseis, rápidamente me colocaba en el extremo de los abrigos y las chaquetas, y viceversa. La espiaba en silencio, tanto cuando venía con la ropa recién planchada como cuando entraba para echarse y descansar un rato o cuando se refrescaba, y también cuando se desnudaba y buscaba un placer solitario con una destreza increíble la espiaba en silencio: con una inocencia pícara los primeros años; extasiado expectante, lujurioso, a medida que iba creciendo en el interior de aquel mueble finamente torneado.
Tendría nueve o diez años, no puedo asegurarlo sin error, el día asfixiante en que todo empezó a cambiar. Creo que la culpa de la reprimenda la tuvo mi habitual falta de apetito, huía de las verduras como alma que lleva el diablo y acabé en mi fortaleza secreta. Media hora más tarde apareció mi prima, sudorosa después de recoger la mesa y barrer la gran cocina. El armario parecía un horno, en cierto modo deseaba que no se demorase. Ella fue directamente a la palangana donde escanció cierta cantidad del agua que siempre había en la jarra, al pie de su cama. Se anudó en una coleta el suave y bastante largo, por entonces, pelo castaño y comenzó a desabrocharse la blusa. Sus movimientos eran lentos, casi parsimoniosos. Puso con cuidado la blusa en una silla y enseguida soltó la trabilla del sujetador que tiró, ahora sin cuidado, sobre la colcha blanca. Sus pechos, hermosos sin ser exuberantes, aparecieron como agradeciendo la repentina liberación, Bego los masajeó con deleite, comprobando su tersura y su dura voluptuosidad. Se acercó a la jofaina y empapó la esponja. La escurrió un poco y luego la apretó por su cuello. Numerosas culebritas de agua resbalaron por pecho y espalda, buscando la cintura. El agua fresca erizó la piel de Bego, sus pezones se pusieron tiesos y cambiaron el matiz rosado por uno más encarnado. Bego cerró los ojos placenteramente, yo notaba sensaciones inéditas aunque no fuese la primera vez que sorprendía su desnudez.
Estaba tan duro que casi me dolía, preocupado de que el agüilla que expulsaba desde hacía un tiempo se escapara sin control y me empapara el calzoncillo. La saqué e instintivamente presioné la punta pellejuda tratando de impedir que la sangre llegara al capullito. Puse de nuevo mi ojo en la cerradura enorme y vi que Bego yacía ya en la cama, completamente desnuda. Su mano derecha manipulaba sin cesar el rizado sexo mientras la otra, empapada constantemente de saliva, jugaba con los pezones enhiestos, parecía estar haciendo bolitas de pan con ellos.
Cuando Bego empezó a soplar yo ya no entendía nada, no entendía por qué hacía aquello y no entendía por qué la sangre golpeaba con tanta fuerza en mis sienes. Bego empezó a moverse, buscando nuevas posiciones. Sin dejar de frotarse se arqueó, elevando su pubis peludo todo lo que pudo. Se mojaba los dedos con la lengua y seguía. Mientras su respiración tornó en fatiga, la mía amenazaba con cesar repentinamente. Sudaba como un pollo dentro del armario y dudaba entre mirar a mi prima o a la palangana con su agua fresca allí, tan cerca... Entonces, Bego se giró, dándome la espalda. Boca abajo, a gatas sobre la cama, culo alzado, cabeza echada, piernas ligeramente abiertas, pude, por primera vez, ver toda su vulva, roja, húmeda, dilatada. Aquella proximidad abultada acabó conmigo, no pude controlar más tiempo la dolorosa erección. Fue un instante, apenas, de placer; para mí ésa es la primera vez.
Tras recobrarme comprobé que ella continuaba en la misma posición. Entonces mi asombro fue compobrar que Bego no se limitaba a roces superficiales sino que, frenética ya, sus dedos índice y corazón entraban y salían en aquella carne enrojecida cada vez más veloces hasta que se desplomó, con las fuerzas justas para comprimir su júbilo, enmudeciendo el ansia irrefrenable de chillar. Segundos más tarde me llegó mi segunda oleada, algo más duradera ahora, y también me desplomé en el calor de las prendas, mudos testigos de mi traicionera iniciación al sexo. Tenía dormidos los dos pies, la garganta seca, la cara ardiendo y un montón de cosas que no podía contarle a nadie, maldita sea.
La importancia enorme que yo le había concedido esa última vez a todo lo que había visto y lo que en mí se había producido fraguó en forma de vergüenza. Un pudor nuevo en mí hacía crecer el miedo a ser descubierto. Ya no se trataba de un juego en el que ser atrapado acarrearía una dulce reprimenda de mi amada prima. No, aquéllas eran cosas que seguramente Bego no deseaba compartir con nadie. Ser descubierto y perder el cariño y la confianza de Bego era una posibilidad horrible. Pero por otro lado, todo lo que aquella visión me había ofrecido, el prurito de lo prohibido, la morbosidad infantil por el peligro, mal discernido, habrían de poder más que paciencia, prudencia y todas esas cualidades aburridas que tenemos los adultos.
Pasaron algunos meses antes de que el recuerdo de aquella tarde calurosa me llevara de nuevo a mis estancias clandestinas. Pero si antes eran refugios de niño enfadado, eventuales búsquedas de paz, inocentes permanencias en la oscuridad, ahora sólo me guiaba la esperanza de repetir aquella experiencia increíble llena de sensaciones y secreta complicidad.
No siempre aparecía y entonces me desesperaba en el fragante silencio de aquel orden primoroso. Otras veces la traía algún quehacer cotidiano o venía a leer plácidamente o a dormir una tranquila siesta mientras yo esperaba con vana impaciencia sorprender alguna desnudez, por efímera que fuese.
Mi deseo se cumplió en las menos veces y pude saciarme de su piel clara, de sus zonas hirsutas, pude aprender su cuerpo durante sus solitarias visitas al placer, en sus contorsiones y espasmos, en sus ojos entornados por el gusto y en sus labios apretados de lujuria. A través de aquellas delicias clandestinas fui labrando mi carácter, perfilando mi futuro sin saberlo, en tanto mejoraba el deleite de unos orgasmos cada vez mejores, en un alarde de técnica que me sorprende recordar después de tanto tiempo.
Todo el pudor que me cubría frente a mi prima se convertía en un desparpajo precoz con Ainhoa. Ella era la depositaria de mi sabiduría de espía de alcoba. Lo fue hasta que se cansó de jugar a las caricias didácticas y huyó en busca de algo más que placer en los brazos de Andoni. Puede que sospechase siempre que aquellas caricias frías, aquellas experimentaciones, juegos prohibidos a fin de cuentas, no los hacía con ella; de algún modo siempre supo que todo eso, los besos también, era dirigido a Bego. Éramos jovencísimos, pero Ainhoa y yo atravesamos algunas barreras impensables para nuestra edad. Con todo, esos devaneos, casi cotidianos en una época, forjaron una amistad más allá del tiempo y las personas que nos ofreció algunos gestos y algunas palabras que no nos dimos nunca antes de abandonar aquel absurdo juego.
En el tiempo en que mi relación con Ainhoa dejó de ser un tonteo yo ya había cumplido trece años y mi prima había pasado por los brazos de unos cuantos chicos, la mayoría desconocidos para mí; en el pueblo la oferta era pírrica. La mayoría de ellos no llegaron a entrar en casa y, que yo sepa, sólo uno alcanzó a franquear la puerta de su dormitorio. No pude aumentar mi repertorio visual dado que la torpe prepotencia de aquel idiota en forma de apresurado atosigamiento acabó por cabrear a Bego que, al fin, se negó en redondo a tener ningún tipo de relación con aquel muchacho. El pobre tipo intentó remediarlo demasiado tarde y a su ansia descuidada por penetrar a mi prima sustituyó un mimoso y suplicante regateo de besos y miraditas que no acabaron de convencerla.
Se fueron rápidamente y, cuando yo rumiaba esa pequeña frustración cada vez con menos sitio en el armario, mi prima regresó de improviso. Faltó poco para que me sorprendiera abandonando la alcoba con su súbita aparición. Mi prisa en adecuarme de nuevo dentro de mi escondrijo me dejó una incómoda sensación. Temí que hubiera notado algo. Si fue así nunca me lo dijo, pero ese día volvió a masturbarse como aquella tarde remota y ardua de iniciación y había algo en su mirada, una extraña chispa de complacencia mordaz en la que tuve que haber intuido que estaba actuando, que me ofrecía el espectáculo de su placer, que estrujaba la roja granada con alevosía como si supiese con certeza que alguien poblaba su intimidad detrás de aquella filigrana de puertas suavemente coloradas.
La relación con Ainhoa cada vez me interesaba menos y, creo recordar, me empezaba a molestar nuestra desinhibición. Rehuía nuestros contactos, espaciándolos, ella tampoco ponía impedimentos. Era el nuestro un compromiso más cómplice que amoroso y aunque nos masturbábamos todavía el uno al otro, cada vez más esporádicamente, con cierta avidez, la audacia ignorante de los primeros días iba cediendo ante una vergüenza incongruente, ante el temor a algunas consecuencias que empezábamos a conocer y ante el hecho de que yo amaba a Bego, que a Ainhoa le gustaba Andoni cada vez más y, parecía ser, que a él también le gustaba ella por el modo en que se interesaba por lo que pudiese haber entre nosotros. Entre tanto, ya casi teníamos catorce años y Bego parecía ir en serio con Jon, el de la serrería.
La edad de Bego, su noviazgo, los estudios en la capital y mis cada vez más numerosos quehaceres habían reducido la frecuencia de mis visitas al armario. Por otra parte, mi recién adquirida pasión por la lectura me había procurado un nuevo refugio, menos secreto pero más asiduo: el cuarto de baño. Con todo, pese a la falta de expectativas, no acababa de renunciar al armario que era, más que otra cosa, depósito de sueños ya.
Mis huesos se estiraban irremediablemente a la par que el ajuar de Bego iba aumentando. La antigua comodidad con la que me instalaba era una quimera, así que tenía que ingeniármelas para alargarme en aquella profusión perfumada de sábanas, manteles y mullidas toallas. Mi impunidad corría ya un serio peligro; por eso, generalmente sólo acudía a pensar y a soñar conociendo la ausencia de mi prima, quien por entonces paseaba una belleza inconmensurable, con el pelo corto, esos ojos amenazando con salirse del rostro y un cuerpo que se abultaba apretadamente, con una perfección redonda de consumado imaginero.
En todas esos años nunca le había contado a nadie mi secreto. Multitud de veces, en el colegio, oyendo los alardeos de Pablo o las fanfarronadas de Iker, había deseado callarlos a todos, contándoles cómo es realmente una mujer desnuda, de qué forma tienen el sexo, cómo deben usarlo para tener placer y todas esas cosas que sabía pero callé siempre. Ya pensaba que mi fantástico secreto se mustiaría con el paso de los años hasta que el día de la boda de Iñaki Landa, un primo lejano, tuve la audacia de llevar allí a Ainhoa. Tal vez fue un error, así lo pensé entonces, ahora no estoy tan seguro.
No recuerdo muy bien qué intenciones me impulsaron a llevarla allí, pero puedo asegurar que el sexo no estaba en mi ánimo. Puede ser que quisiera hablar con ella todo lo que hasta entonces no habíamos hablado, volcar definitivamente lo nuestro. El oloroso y recoleto lugar me inspiraría. Huimos del aburrimiento de la boda y antes de media hora estábamos dentro del mueble, aspirando el gratificante silencio y la bondad de su ambiente. Quizá fue una temeridad, hoy ya no me importa. Confío en la discreción de Ainhoa. La cosa es que yo había empezado a participarle toda la historia cuando escuchamos un estrépito de pasos y yo sentí la risa suave de mi prima. Ainhoa se asustó pero conseguí calmarla antes de que Bego entrara con Jon en la habitación. Lo que no pude impedir es que, igual que yo, se dispusiera a espiar a través de uno de los ojos de las cerraduras del armario en el que la había metido sin medir las consecuencias.
Jon era un tipo grande y fornido al que su trabajo en la serrería le impregnaba de un amable olor a aserrín y le procuraba un picor continuo en la nariz que ya había degenerado en un gracioso tic nervioso. Me caía simpático porque era un hombre simple que trataba bien a Bego y que me tallaba algunas cosillas en sus ocios de manos prodigiosas.
Enseguida empezaron a besarse con unos besos que yo no conocía. Diferentes del choque de labios ritual que Ainhoa y yo considerábamos como tal. Sus lenguas chocaban como serpientes rivales, se mordían los labios, se chupaban y se aspiraban mutuamente. Luego, ella comenzó a quitarle la camisa en tanto Jon amenazaba su tímpano con una inquieta lengua de anfibio. Bego se detuvo mordisqueando sus tetillas mientras hacia caer sus pantalones y él le aflojaba el sujetador torpemente. Bego descendía dejando un rastro de saliva por el abdomen del muchacho, arrastró el calzoncillo con ambas manos y se demoró sin piedad en aquella enormidad palpitante. Lancé una mirada de vergüenza a Ainhoa en la penumbra, pensando en el agravio comparativo que, sin duda, la joven estaría haciendo después de observar aquel miembro bestial. Creo que intuí su asombro.
Mi prima se afanaba en su labor cuando fue apartada violentamente por Jon, que la echó sobre la cama. El objeto de mi vergüenza apareció en toda su plenitud, noté a mi lado el leve columpiarse de la ropa colgada. Una mano cálida trepaba por mi pierna y hurgaba en los botones de la bragueta. Le ayudé en la penumbra sin dejar de escrutar el movimiento que se producía en el exterior. Jon y Bego estaban acoplados ya y se amaban con una lentitud exasperante y curiosa dado el prolegómeno frenético con que habían aparecido. El hombre, encima, golpeaba suave pero incesantemente el sexo de mi prima que le tenía sujeto mediante un acrobático cruce de piernas por encima de la espalda. Esta acrobacia ofrecía al hombre toda la plenitud de Bego, le daba una amplitud total, sedosa, lubricada, en la que Jon se empeñaba sin avaricia, expectante ante su demora, más dulce de lo que su robusto aspecto hacía suponer.
Ainhoa liberó de repente mi pene hinchado y sentí que se movía a mi lado aparatosamente. Antes de que pudiera solicitarle quietud, se había avalanzado ágilmente sobre mí y me regaló una sensación tan agradable como nunca había sentido. Imitaba a mi prima y jugaba conmigo con un desparpajo de sus labios que yo desconocía. Conocí, por fin, su lengua, después de tantos besos anodinos. Terminó por derrotarme sin que pudiera hacer nada por evitar el éxtasis de aquella delicia nueva. Mi semen había espesado con el paso del tiempo y noté su arcada contenida.
Había olvidado, aturdido, el carácter clandestino de nuestra situación, descuidando el celo, hasta que los gemidos que llegaban desde la cama me pusieron en guardia. Volví a la cerradura pero Ainhoa me golpeaba insistentemente con el pie, tendida entre las toallas. Me costó entender que solicitaba de mí lo mismo que hacía unos instantes me había ofrecido. Acepté franquear esta nueva barrera en mi, sin duda, prematuro aprendizaje. Estaba blanda y húmeda y olía un olor cálido que no conocía pero que me agradó. Me ceñí con saña al botoncillo protuberante que en múltiples ocasiones había masajeado en nuestro rincón de la chopera del río. Le costaba mantener las piernas abiertas, me estrujaba las orejas con ellas. Las sujeté con mis manos y aspiré su sexo joven con todas mis ganas, en una especie de furibunda contrición por la basca que mi egoísmo al no avisarle a tiempo le había producido. Se retorcía sin control y dejó escapar un tímido gemido. Aminoré el ritmo de mis lametones, besé con lentitud aquella pulpa gelatinosa mientras amordazaba con la mano, a duras penas, el delirio absoluto que la galvanizó un instante entre la ropa a oscuras.
En el preciso instante en que mi compañera era puro espasmo y casi me arranca la mano, reparé en el movimiento que se producía en la alcoba. Dejé a Ainhoa en las postrimerías del placer y vi que Bego instaba a Jon para que se vistiera rápidamente. El hombre parecía extrañado pero ella no le daba tregua. Temí que se tratara de la llegada de alguien nuevo. Ahora, tantos años después, comprendo que lo hizo por mí y comprendo también aquella sonrisa irónica que lanzó al armario mientras cerraba la puerta tras de sí. Mi inocencia de entonces no me hizo entender que lo sabía todo, que siempre lo había sabido.
No volví a verla nunca desnuda desde el armario. Ainhoa y yo sellamos allí nuestros contactos de la infancia, pero amasamos una amistad más fuerte que todo y que nos llevaría a amarnos ocasionalmente años más tarde, cuando ya éramos dos personajes derrotados. La vida tiraba de nosotros con rumbos diferentes. Bego acabó por irse a la capital, la desgracia no quiso que se casara con Jon. Así le fue.
Hace tres días llegamos al caserío. Todavía seguimos en él. Muchas cosas permanecen intactas. He descubierto cosas impensables, removiendo el polvo y las telarañas de las estancias vacías. Es el caso de estos cuadernos que remato con esta historia que siempre guardé. Es casi lo único que he sabido hacer toda la vida: contar cosas con mayor o menor fortuna.
El colofón de esta historia debería ponerlo mi prima porque hace tres días, cuando me sorprendió mirando absorto el mueble vacío con una nube de tiempo en los ojos abiertos, me contó lo que en alguna ocasión tenía que haber sospechado. Me contó con esa suavidad de arrullo que me hace polvo cómo no sólo sabía de mis incógnitas visitas sino que con el tiempo las deseó y, más tarde, las convirtió en pasajes de placer compartido de aquel modo peculiar.
Yo que estaba dispuesto a confesar el pecado de la violación de su intimidad me encontré con que, hasta cierto punto, había sido gratamente utilizado para algo que no podía recriminarle. Me contó el placer que le producía la sensación de saberme espiando, compartir la presencia escondida, el ojo indiscreto. Había llegado a acostumbrarse de tal forma a presentirme que me había convertido en una necesidad imposible. Se dio cuenta el día de la boda de Josu Landa, cuando nos siguió al caserío. Sabía que estábamos dentro y forzó la escena, pero un impulso repentino le hizo ver que aquello era una necedad y le dio fin para siempre.
Llevamos tres días enredados en una prisa sin sentido, empeñados en recuperar tantos años de llamarnos a base de alejamientos y acercamientos pueriles. Es posible que muramos de inanición, apenas recuperamos el aliento volvemos a perderlo comiéndonos a besos. Me he refugiado en el viejo cuarto de baño, mi otra pasión es la escritura. Pronto anochecerá, la luz escasea en este cuarto diminuto; tendré que dejarlo, oigo pasos, los pies desnudos de mi prima desnuda vuelven a por mí...

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