jueves, 10 de enero de 2008

El asesino es buena gente

EL ASESINO ES BUENA GENTE
A P.A.L. Sebastián,
por tanto ánimo


El asesino toma un café con leche y doble azucarillo en el bar que está en la plaza del centro de la pequeña ciudad en la que vive tranquilamente. Es un tipo normal, más que normal, un tipo en el que apenas nada llama la atención, si acaso su pose melancólica cuando les echa comida a las palomas apestadas que andan por el centro. Se podría hasta decir que el asesino es un tipo tímido y, si alguien le recrimina el pan que les echa a las palomas junto a la fuente del fondo de la plaza y le dice que mejor sería acabar con ellas, matarlas a todas, hace un estúpido gesto de condescendencia, casi cobarde, se disculpa y se aleja azarado. El asesino toma su café‚ muy dulce, en ese pequeño bar que tanto le gusta, observando el trajín de la gente que se detiene en los escaparates, de los estudiantes que suben y bajan del autobús que va a la capital, de las madres con sus pequeños en la sucia plaza principal.
El asesino es un tipo concienzudo en muchos aspectos y, como es lógico, tiene unos esquemas de conducta muy distintos a los del resto de la gente. Claro que no habla de los temas de su secreta profesión absolutamente con nadie, pero caso de poder, contaría que después de realizar un trabajo, a él no le quedan remordimientos, ésa es la base de su éxito y de su, hay que reconocerlo, cotización al alza. El asesino mata a sus víctimas y no siente ni frío ni calor, pero eso no quiere decir que, por ejemplo, no sea capaz de admirar la pintura de Cezanne o la de Van Gogh, no, aunque lo cierto es que de pintura, lo que se dice de pintura no entiende mucho y no se atreve a confesar que le gustan esos cuadros de bosques con perros, cazadores, ciervos y caballos que ha visto en algunas casas yendo de visita. El asesino no es tonto, esto no tiene necesidad de demostrarlo, y si no hubiera sido porque encontró este trabajo que tanto le satisface, seguramente hubiera ido a la universidad a estudiar Ciencias Biológicas o Veterinaria. Antes de tomar la decisión, grave decisión, de comenzar su carrera de criminal, el asesino se tomó una especie de año sabático, haraganeando y planificando al dedillo lo que habría de ser su vida en el futuro. Antes, había pasado otro año en el servicio militar, donde realmente descubrió que tenía cualidades para el empleo. Hasta ese momento, el asesino había llevado muy bien los estudios. Andaba en esa especie de término medio en el que navegan muchos estudiantes toda la vida, como si evitaran ser los primeros en algo, consiguiendo no ser los últimos en nada. El asesino era un hacha en Ciencias y en Física. Ahí se volcaba con entusiasmo; hacía vuelos rasantes en Lengua, en Geografía, en Matemáticas y también en Historia y, sin embargo, malvivía en Gimnasia debido a un profesor ex-policía de cabeza cuadrada y acento tropical. Aquella mala relación con el severo instructor de Educación Física parecía una premonición.
El asesino siempre se había relacionado con normalidad en la escuela, no vayamos a pensar. Es cierto que nunca había sido el gracioso de la clase y que tampoco los compañeros se habían peleado por disfrutar su compañía, pero nunca se habían metido con él más de lo necesario ni lo habían arrinconado ni nada por el estilo. Hasta que llegó la mili, el asesino no había matado ni una mosca en su vida; las ranas del laboratorio del colegio ya estaban muertas para cuando él se entretenía diseccionándolas.
El asesino, que no sentía ni frío ni calor al realizar un trabajo, seguramente habría sentido bastante de lo último si hubiera podido matar a su padre. Le había odiado, si no desde que tenía uso de razón, sí al menos desde dónde le alcanzaba la memoria. El asesino todavía hoy, en alguna ocasión, piensa que tal vez ése había sido su primer trabajo. Había deseado tanto que su padre se muriera cuando cayó enfermo, que llegó a creer un poco en la fantasía de que había sido aquel deseo tan fuerte lo que aceleró el mal que se lo había llevado a la tumba en apenas unos días. Pero, mucho antes de quedarse huérfano a los doce años, el asesino se había jurado a sí mismo más de mil veces que un día tenía que acabar con su detestado padre; la enfermedad se le adelantó, qué le vamos a hacer. Lo pensaba con la misma frialdad con la que, años más tarde, mataría a aquel compañero de brigada al que casi no conocía, cuando le faltaban dos meses para licenciarse.
El asesino es un hombre, más o menos, solitario. Tiene algunos conocidos con los que alterna ocasionalmente y, también en ocasiones, echa alguna partidita de mus. Pero éstos, en realidad, no son más que actos dentro de una estrategia. El asesino ha ido asimilando su soledad, pero no quiere aparecer como un tipo taciturno y enigmático, ni tan triste como esos asesinos desalmados del cine francés que tanto le gusta. Está seguro de que si lleva quince años en la profesión y casi cuarenta trabajos, se debe a una estrategia sin fisuras, mantenida a rajatabla, y a que es más listo que el hambre. Por eso, entre otras cosas, el asesino echa pan a las palomas de la plaza del centro que están todas enfermas, con ese aire melancólico que no se le va ni a tiros. Por eso, también, toma dulcísimos cafés en tanto se distrae maravillado con el trajín de la pequeña ciudad en la que vive. El asesino se divierte enormemente viendo el paso de la gente y reparando en las bolsas que cargan, donde se ven los dibujos y diseños de los diferentes comercios. El asesino dispone de un montón de tiempo libre, esa suerte tiene. Tiene suerte de poder tomarse los cafés con doble sobre de azúcar que le apetezca, como ahora, y, a través de los cristales del pequeño bar de los soportales de la plaza del centro observar ese ir y venir que tanto le gusta y conocer la vida de esa plaza mejor que nadie.
El asesino dispone de todo el tiempo que le plazca para trabajar en el estanco que les dejó su difunto padre a él y a su madre. Ella es lo que más quiere el asesino en este mundo y si algo teme sobremanera es poder disgustarla. Por eso, entre otras cosas, se puede decir que el asesino es un hijo modélico. Bien es cierto que, hace tiempo, su madre le recriminaba a menudo el hecho de permanecer soltero y que, un día, asustada debido a que nunca le veía con mujeres, temerosa de lo que para ella era lo peor, había llegado a preguntarle, llena de vergüenza, por sus inclinaciones. Él tuvo que tranquilizarla, asegurándole que "no, mamá, que no me gustan los hombres, qué disparates se te ocurren, mamá". El asesino se vio obligado, con todo el dolor de su corazón, a mentirle entonces. Tuvo que decirle que andaba con mujeres pero que no había encontrado "la que... tú ya me entiendes, mamá, alguna que merezca la pena, alguien mejor que tú, mamá, pero ya ando, ya". Esto le dolía, mentirle. No en lo que se refería a los hombres, que no le gustaban en absoluto, sino en lo de andar; porque lo cierto es que andar, lo que se dice andar, no andaba con mujeres. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que una novia o una esposa hubiera sido una barbaridad, un error impensable. Esta renuncia no implicaba vanidad; o sea, no es que el asesino fuera un galán irresistible, ni que tuviera que andar todo el día sacudiéndose las mujeres de encima, no. Pero tampoco era feo, en absoluto. Menos aún en la época en que empezó a actuar, tan joven y con todo su pelo en la cabeza, entre rubio y castaño, según los días. Creía, de todos modos, que lo mismo que su profesión, todo precisaba una mecánica, una estrategia; estaba seguro de que dando los pasos adecuados se llegaba a la pareja, cuando no al amor. De todas formas, fuera o no un ejercicio de soberbia, lo cierto es que el asesino se había autoimpuesto esa restricción casi desde el primer día.
El asesino podría no sentir ni frío ni calor cuando mataba a una persona, de hecho no lo había sentido en casi cuarenta ocasiones, pero para muchas otras cosas tenía probados sentimientos, eso ni dudarlo, y había asuntos que le apasionaban y temas que le disgustaban, como a todo el mundo. Por eso, cuando mató a aquel hombre gordo y bien vestido en el que había sido su quinto o sexto trabajo, estuvo a punto de cometer un error definitivo porque, sin querer, había herido a un perro vagabundo en aquel oscuro callejón. El asesino no soporta ver animales sufriendo y no tuvo más remedio que entretenerse rematando al pobre animal. Se trataba de un perro de raza desconocida que pudo evacuar metiéndolo en una bolsa de basura ya que, por fortuna, no era muy grande. En aquella ocasión tuvo la suerte por aliada, pero el asesino no era partidario de fiar el éxito de su trabajo al azar y, sobre todo, le cabreaba que sucedieran cosas que no había tenido el acierto de prever ni por asomo El asesino era así, un tanto paradójico, como tanta gente, con su peculiaridad, eso es todo.
El asesino mantiene con sus amigos un trato muy peregrino. Se deja caer muy de tarde en tarde por la taberna, habla de fútbol, de la vida y un poco de política, lo justo para que no se fijen en él más de la cuenta. Bebe cuando está con los amigos del bar, pero nunca llega al punto peligroso en el que la lengua se desata. La falta de práctica hace que el asesino pierda al mus en más ocasiones de las que debiera, dada su calidad contrastada; hace jugadas que desafían cierta lógica impuesta y levanta polémicas que mueren enseguida. Pero esto es, en el fondo, el juego del mus. El asesino es un buen jugador. Le falta, si acaso, como dicen los jugadores más escarmentados “algo de callo”. Aparte de esos ratos y de algún que otro recorrido tomando vinos por los bares de la zona, el asesino no frecuenta a los amigos de la taberna. Sólo en una ocasión fue un poco más allá y, rompiendo su costumbre, se permitió el lujo de asistir a la despedida de soltero del más joven de ellos. Insistieron tanto que no pudo negarse. Reconoció, además, que en su interior le apetecía mucho ir. El asesino pensó que acudir era lo más lógico y que, por qué no, seguro que se divertiría con los muchachos. Por supuesto, su madre estuvo encantada de verle salir y hacer las cosas que se supone que debe hacer la gente joven y, claro, en su fuero interno albergaba la ilusión de que terminaran alternando con chicas como siempre sucede en estos casos y, a lo mejor su hijo, pues eso. El asesino fue con la esperanza de que en el menú hubiese percebes. Los percebes eran una debilidad que el asesino tenía desde siempre, un apetito escondido al que se entregaba en ocasiones. Lo hacía en un destartalado local de las afueras de su pequeña ciudad, donde siempre había una barra repleta de nécoras, cangrejos, magurios, quisquillas y percebes frescos; había también una clientela ambigua, desigual, con un aspecto de gente de otra época que le encanta observar. Allí, el asesino pedía siempre sólo percebes. Únicamente la primera vez tuvo la osadía de pedir el que, sin lugar a dudas, había sido el peor café que había tomado en su vida.
En la despedida del más joven de la cuadrilla no hubo percebes, pero pusieron otras cosas muy sabrosas y, además, el restaurante era grande y bonito y estaba lleno de gente, lo que le daba un aspecto agradable, inmejorable. Por entonces, el asesino estaba enfrascado en el que habría de ser su decimoséptimo trabajo. En aquella despedida de soltero no hubo percebes, pero cuando el asesino estaba tomando plácidamente el café con leche, sabrosísimo, con tres azucarillos, después de comer como un príncipe, pudo ver cómo, a sólo cuatro mesas de ellos, quien sí estaba allí era el hombre de gafas gruesas y bigote fino que tenía que ser su próxima víctima. Por supuesto, el asesino siguió tomando su café, que estaba delicioso, sin mayor problema. Además, cuando el que sería su decimoséptimo trabajo, con sus gruesas gafas y su fino bigote, se levantó, se acercó a su mesa y saludó afablemente al joven de la despedida, continuó bebiendo su dulcísimo café como el que ve llover, casi con la misma cara con la que, unos pocos días después, le partiría la cabeza con una barra de hierro que posteriormente arrojaría a la sucia ría que atravesaba su pequeña ciudad. Porque el asesino es un tipo concienzudo y no trabaja sólo con pistola para que nadie relacione sus trabajos ni se le adjudique un modus operandi concreto, y así le va al asesino.
El asesino ha aprendido los horarios de los autobuses que llegan de la capital. La línea arranca de la parada que hay justo enfrente del pequeño bar de la plaza principal. Va tan a menudo allí, donde ahora termina un café que deja una costra marrón claro en el fondo de la taza que, aparte de los horarios del autobús, el asesino sabe también cuándo se abren tanto el kiosco anaranjado de golosinas como el despacho de los bonos de autobús, sabe a qué hora llega la anciana con su tartanilla de juguetes viejos y pipas rancias, sabe cuándo se encienden las farolas de la plaza y algunas cosas más, tan sorprendentes como fútiles, sabe el asesino. Al revés, también es capaz de conocer la hora a medida que todas esas cosas van sucediendo. Pero, a decir verdad, para eso le basta con mirar el precioso reloj que le regaló su madre por su treinta y un cumpleaños y que ahora le dice, coincidiendo casi con el feo y cuadrado reloj de la pared del Ayuntamiento, que faltan cinco minutos para las seis. El asesino ve desde su mesa de mármol blanco cómo la plaza está repleta de niños, de madres que hablan en pequeños corros y de ancianos que persiguen las esquinas soleadas con obstinación. Presume que dentro de unos minutos aparecerá, desde detrás del kiosco de revistas, la diminuta figura de la anciana con su carrito lleno de mercancía de otra época, juguetes de ayer, cromos retirados de la circulación, cacahuetes caducados. El asesino piensa, ya lo ha pensado otras veces, que es imposible que esa mujer pueda subsistir exclusivamente con la venta de esos artículos y se atribula, sintiendo la misma pena de aquel día en que hirió al perro vagabundo mientras realizaba su quinto o sexto trabajo en aquel callejón. Esa anciana, cada día más diminuta, es para el asesino como una visión de lo que puede ser el futuro de su madre. Por eso no puede evitar conmiserarse en ocasiones; entonces, se acerca al carrito y le compra una bolsa de cualquier cosa que más tarde echará a las palomas enfermas que se agolpan junto a la fuente, a espaldas de la vieja vendedora a quien el asesino siempre entrega una moneda de la que nunca reclama las vueltas.
El asesino, que había pensado irse del pequeño bar, ha decidido quedarse un poco más; aunque tiene motivos para estar algo nervioso, hoy, como casi siempre, el asesino está tranquilo. En el fondo, lo que le pasa es que está aburrido. Piensa que esperar, sentado en su mirador, a que llegue el autobús de la capital, el de las seis y diez, mientras decide si se va en él para luego allí ver una película es una buena idea. Ha visto la cartelera y ha comprobado que hay algunas novedades, pero la mayoría son carísimas producciones americanas de acción a mansalva que, aunque parezca mentira, no le gustan mucho al asesino; suele verlas por curiosidad profesional, por decirlo de algún modo. Al asesino le gustan una barbaridad las películas policíacas francesas de hace veinte o treinta años y su actor favorito es Alain Delon y luego, Lino Ventura. No sabría explicar el asesino por qué a Belmondo le tiene algo de ojeriza. El asesino siempre ha pensado que el cine tiene que ser un buen sitio para terminar un trabajo; en alguna ocasión ya lo ha planeado, ya, pero por hache o por be le ha sido imposible. De todas maneras, no sabe bien por qué razón, la verdad es que la mayoría de sus víctimas se habían mostrado como todo lo contrario a buenos cinéfilos. A veces, el asesino reflexiona acerca de estas cosas y, aunque está de acuerdo en que ello no es razón para matar a nadie, le daba rabia que la gente dejara morir costumbres tan hermosas como ese hábito antiguo de ir al cine, más tarde a cenar para rematar el día tomándose unas copas; está claro que, en muchos aspectos, el asesino es un romántico empedernido.
El asesino es consciente de que en todos estos años había cambiado y, sobre todo, de que seguía cambiando. No en lo concerniente a su profesión, ni que decir tiene. Pero sentía cómo en su interior cambiaban algunas cosas: el color de los sueños, el carácter de los pensamientos, la búsqueda de la soledad. Claro está que no a todo el mundo le suceden las cosas que al asesino le habían ido ocurriendo en la vida. Tampoco es que el asesino sea de la opinión de que la sociedad le había empujado a ser lo que era, nada de eso. Él había elegido esta profesión libremente y, por otro lado, tenía muy claro que si algún día lo atrapaban, asumiría toda su culpabilidad, sin alegar ningún tipo de trastorno, ni total, ni parcial, ni transitorio. Notaba que iba cambiando porque, aunque seguía sin sentir ni frío ni calor, empezaba a darle vueltas a la idea de que la vida tiene que ser algo más que estar elaborando continuamente un perfecto plan y ser más que llevar siempre una incertidumbre en el bolsillo, en lugar de puros habanos. El asesino pensaba también, en ocasiones, que si no era capaz de parar, entonces es que a lo mejor sí que sentía algo y ese algo era, probablemente, más calor, probablemente. El asesino, que antes no era muy dado a los dilemas, acaba en estos casos siempre con el recuerdo amargo de su padre. Termina llegando a la conclusión irrefutable de que si lo hubiera matado con sus propias manos y no con su mente, como a veces pensaba, quizá todo hubiera sido diferente. Quizá así no habría tenido valor para matar a aquel soldado de su brigada, ni se empeñaría en echar tanto azúcar en el café. El padre del asesino era la peor persona que había conocido en su vida. No se explicaba cómo podía haber llevado durante tantos años puesto en la muñeca el reloj que aquel ser despreciable le había regalado cuando era todavía un niño. Lo había portado justo hasta el día en que cumplió treinta y un años y su madre le regaló el que tenía ahora. Que él recordase, aquella era la única ocasión en la que su padre se había mostrado, hasta cierto punto, humano. El asesino tenía diez años pero todavía hoy recuerda el estupor de su cara, reflejado en el magnífico espejo de la sala de estar, en el momento en que su padre le ataba la correa del estupendo reloj en su fina muñeca. No supo cómo reaccionar y no recuerda si al final fue capaz de articular palabra; pero todavía recuerda las de su padre recomendándole "cuidarlo con la propia vida", después de todo, se trataba de un artículo "que había pertenecido a la familia desde siempre". Aunque era un reloj precioso, la advertencia de su padre sonó tan grave, tan pesada, que le pareció que el regalo se convertía en una condena tan enorme como el reloj mismo, demasiado grande aún para su mano. El asesino siguió odiando a su padre de la misma manera en que lo hacía antes de aquello, pero jamás tuvo valor, no ya para destruir el reloj, ni siquiera para dejar simplemente de lucirlo. No lo hizo hasta que su madre lo liberó veintiún años más tarde, cuando, de una manera o de otra, ya había matado a casi treinta personas.
El asesino no se lo decía, pero agradecía a su madre que se obstinara en seguir acudiendo todavía al estanco, a pesar de la edad y de los ruegos que él le hacía. De este modo, al compartir el trabajo de expendeduría, el asesino gozaba de un tiempo que distribuía a su antojo, permitiéndole planear con minuciosidad los encargos que iba recibiendo. A decir verdad, el asesino se tomaba un tiempo a todas luces exagerado en pensar, pulir, repensar, replantear y repulir sus crímenes. Pero cierto también es que no era el suyo un trabajo, digamos, ordinario y que no tenía punto de comparación con otros oficios. Tampoco le llovían los encargos a diario, ni semanalmente, ni siquiera una vez al mes. En los años buenos podía encargarse de despachar a cuatro personas. Y contento. En su año de más trabajo, el asesino había liquidado a seis hombres; esto había sucedido hacía ya cinco años y, ciertamente, nunca se había preocupado en averiguar qué propició tal auge. Se conformó pensando que se debía de tratar de una guerra secreta entre bandas o que, tal vez, la política anduviese por medio, nunca se sabe. A fin de cuentas, el asesino había comprobado que algunas de sus víctimas de aquel tiempo frecuentaban locales de mucha categoría y, en justicia, su desaforado celo en la elaboración de planes había estado más que justificado en más de una de aquellas ocasiones. Por entonces, el asesino también se vio obligado a viajar a sitios inéditos. Y, si bien le habían encantado los nuevos paisajes, la conciencia de tan extrema lejanía le había hecho perder, durante esas estancias, un poco de la seguridad pasmosa y de la flema que le caracterizaban.
El asesino mira el espacio de cielo visible desde la perspectiva que le ofrece su asiento en el pequeño bar que tanto le agrada. Hace una tarde maravillosa, por eso la sucia plaza del centro hierve de gente, de niños que juegan en el escaso recinto lúdico, que patinan o que montan en bicicleta, que corren o que juegan al balón entre la muchedumbre, molestando a los ancianos del lado del sol que les recriminan la falta de cuidado. El asesino, parece mentira, ha visto crecer a alguno de esos niños. Utiliza a sus madres como punto de referencia y de algunos sabe hasta los nombres porque, en ocasiones, se mezcla entre la gente de la plaza abarrotada y les oye llamar a los niños, o chillarles o darles mimos. Como el asesino no tiene hijos ni sobrinos, a veces se sorprende escuchando unos nombres nuevos que le recuerdan que ya va siendo de otra época.
El asesino no tiene un argumento claro para explicar por qué es lo que es, pero lo cierto es que nunca ha tenido remordimientos hasta la fecha ni tampoco ha sentido nunca placer, ni normal, ni especial ni de ningún tipo mientras apretaba el gatillo, machacaba un cráneo o rebanaba un pescuezo. Hasta el momento sólo ha sido una profesión, poco común, pero una profesión. El asesino, como todo el mundo, tiene pensado retirarse y ha hecho planes al respecto; no le cabe la menor duda de que el día que decida dejarlo, lo dejará y punto. Sabe que él no será como esos toreros que se pasan la vida retirándose, regresando, volviendo a retirarse y otra vez regresando, alegando que les tira el gusanillo y esas cosas. El asesino ha intentado tener las cosas muy claras desde un principio y no engañarse a sí mismo con patrañas. Le consta que su trabajo no es como el de pastelero, un suponer, o como el de fontanero o, si cabe, como el de abogado laboralista. Pero es un trabajo. Eso sí, el asesino tiene fácil conformar y con decirse a sí mismo simplemente "si no soy yo, otro habrá" enseguida se le pasa, cuando llega a entrarle, el titubeo moral.
De todas formas, no es que el tiempo haya ido ablandando al asesino, que a lo mejor sí, pero últimamente es diferente. Empieza a estar un poco cansado de la monotonía o, tal, vez de la clandestinidad de su oficio. Aunque lo más seguro es que algo tengan que ver las historias que le ha ido contando el tipo delgado que conoció en el gimnasio. Hace algo más de un año que el asesino acude a un gimnasio, un poco por quemar lo que no quema en su vida sedentaria, un poco por mantener la figura que empezaba a redondearse. Allí conoció al hombre fibroso y finísimo de la coletita y el arete en la oreja izquierda que practica esos deportes tan apasionantes y tan desconocidos que le describe, por las cuatro esquinas del mundo. Es el mismo tipo que le anima tanto al asesino, que ya ha empezado a darle vueltas a la idea de perderse en un futuro por ahí, haciendo cosas como puenting, rafting, trecking o rallye-safari. Al asesino le encanta oírle narrar sus peripecias con esa pasión que pone, refiriendo cómo le sucedió esto en el Macchu Picchu o cómo ocurrió lo de más allá subiendo el Aconcagua en bicicleta. A fuerza de escuchar y de imaginarse las cosas que cuenta el tipo de la coleta, al asesino se le ha abierto una grieta en su perfecto engranaje. Tiene, por otro lado, mucho dinero almacenado y no entiende cómo ahora le asalta esta prisa por empezar a gastarlo y cómo le asaltan estas ideas que antes nunca se postulaba ni de pasada; por esto, a decir verdad, el asesino no sabe muy bien si alegrarse o no de haber conocido al aventurero del pendiente. Nunca antes el asesino había oído a nadie hablar con tanto entusiasmo, ni siquiera al tipo que hacía guardia con él la noche lejana en que disparó al soldado de su brigada que regresaba tarde y borracho. Aquel despreciable compañero de guardia se quedó de una pieza viendo cómo el asesino le había matado así, como el que ve llover. Más tarde aquel tipo, que era un malhechor, había alabado exageradamente la frialdad con la que el asesino había cumplido un reglamento que tampoco es que le importara mucho. Pero la cosa es que tuvo una puntería de mil demonios y, además, a punto estuvo de ser condecorado, promovido por un coronel de la vieja guardia que hablaba y actuaba de manera muy similar a como lo hacía su difunto y abominado padre. El compañero de garita del asesino de aquella noche fue quien había de ponerle en el camino de su futuro; cosas y azares del destino, sin duda.
El asesino mira la hora y se decide a salir del pequeño bar y colocarse en la cola de gente que tomará el próximo autobús para la capital. Sabe que en poco tiempo tiene que aparecer por el fondo de la plaza. Echa un vistazo al gentío y, cuando la ve, decide entretenerse observando a una hermosa mujer que, si el tiempo no lo impide, nunca falla a la cita con la plaza del centro. El asesino sabe que esa mujer tiene un niño rubio, como ella, y que es un verdadero trasto. Esta mujer le cae bien porque es muy raro sorprenderla distraída en la vigilancia de su pequeño. No es como esa otra señora del pelo exageradamente teñido que se pasa la tarde hablando sin parar con otras mujeres parecidas para, a menudo, tener que acudir chillando a socorrer a su niña que se ha dado algún trompazo, se ha caído del triciclo, ha sido empujada por otro niño o que, simplemente se ha orinado encima porque su madre no atendía su ruego. Al asesino le gusta la mujer rubia por esas cosas, porque es muy hermosa y porque está seguro de que es una mujer inteligente.
El reloj cuadrado del Ayuntamiento está a punto de marcar las seis y diez y el autobús ya no ha de tardar. El asesino mira la gente que tiene delante de él en la cola y calcula que, sin duda, conseguirá asiento en el lugar que más le gusta. Ya ha decidido, entre tanto, que irá a ese sitio en el que han puesto doce salas de cine juntas y que allí, viendo las carteleras, elegirá qué película ver. Tiene un par de títulos en mente, pero se conoce bien y sabe que empleará una buena media hora en decidirse definitivamente. El asesino va bastante al cine y aunque donde vive hay unas salas nuevas, dotadas de todos los adelantos de la técnica, prefiere, por lo general, ir a la capital. Obedece, sin duda, a una vieja costumbre adquirida cuando aquí, en su pequeña ciudad, no ponían cosas de interés. El asesino conoce los cines de la capital, que son más de treinta, uno por uno. Tiene sus preferidos, como todo el mundo, y a ellos va con más frecuencia, pero los conoce todos por mera cuestión profesional. Lo cierto es que, quitando dos, el resto de las salas las eliminó hace tiempo como posibles escenas de un crimen; por unas cosas o por otras no le ofrecían garantías y el asesino, ya se sabe, es un tipo concienzudo. Pero había visto, precisamente, en algunos filmes cometer crímenes impunes que tenían como marco salas de cine de lo más normal y esta tontería le suscitaba una sana envidia, era como un pequeño reto, nada más. Por eso, cada vez que entraba a ver una película empezaba a cavilar, fantaseando con posibilidades y analizando pros y contras con tanta intensidad que le costaba al asesino prestar toda su atención a la cinta hasta pasado un buen rato.
El asesino es muy reflexivo y aunque últimamente tendría motivos para estar nervioso, no lo está. Con el paso del tiempo ha desarrollado una flema de tres pares de narices. Es muy raro que el asesino se desasosiegue. Si acaso cuando su madre, a quien teme sobremanera disgustar, le cuenta cosas del pasado que él preferiría no escuchar. El asesino se desasosiega cuando su madre le relata cómo su padre la engañó. Le cuenta una y otra vez cómo ella era una clienta habitual del estanco que regentaba su padre y cómo era casi quince años más joven que él. La madre del asesino era entonces una mujer hermosa y joven a quien su reciente y súbita viudez hacía dejado con innumerables problemas, especialmente económicos. Ella aceptó los requiebros del estanquero y, sobre todo, su oferta de futuro confortable. La madre del asesino, en aquella época, era de las pocas mujeres que fumaba y pese a estar mal visto, él, siempre amable, le regalaba paquetes de rubio americano frecuentemente y, en una ocasión, incluso le obsequió un mechero recargable que era una auténtica novedad. ¿Qué podía hacer? Sin embargo, lo que desasosegaba al asesino era volver a oír que luego, al poco de estar casados, su padre le obligara a dejar de fumar porque, según decía, "eso sólo lo hacen las perdidas". Y aunque la madre del asesino dejó de fumar, aquel bastardo hijo de militares siguió tratándola del modo en que la gente como él suponía que se debe tratar a una perdida, cuando todo el mundo sabía que ella era más buena que el pan. Cuando su madre le cuenta estas cosas y otras parecidas, el asesino no querría oírlas. Si deja que le suelte las mismas historias mil veces es porque no quiere disgustarla y porque, en el fondo, no dejar que se desahogue a gusto es, opina él, un crimen. El asesino piensa a veces que posiblemente su padre había merecido una muerte más lenta de la que tuvo, pero no se arrepiente de habérsela deseado con tanta fuerza. Aunque también piensa que esta cosa de no sentir ni frío ni calor quizá se deba a no haberlo matado él mismo y, cree a veces también que, a años vista, realmente había sido una pena enorme matar al pobre y desconocido soldado de su brigada con ese pasmo helado. Aquel día estaba haciendo guardia con un muchacho de un pueblo cercano a su pequeña ciudad. Cuando el asesino no vaciló a la hora de disparar, a aquel paisano, que siempre había sido un malhechor, se le cayó el alma a las botas primero. Después, cuando en el rostro del asesino no encontró expresión alguna, ni de dolor, ni de alegría, ni de rabia, ni siquiera un chasquido de contrariedad, sintió como si toda el agua de una enorme barra de hielo le resbalase de improviso por el espinazo. El asesino no intentó justificación alguna, dejó al soldado desconocido de bruces en el suelo, dejó a su petrificado compañero de guardia al lado del cadáver y se fue, en tanto la gente comenzaba a acudir al reclamo del disparo, dispuesto a realizar las gestiones reglamentarias y a seguir los pasos que la lógica y un aplomo macabro le aconsejaban.
El asesino va ahora en el autobús que gira en la plaza del centro para perderse por donde ha venido. Son las seis y veintidós y el tibio sol de esta hora se agradece desde ese asiento en la última fila, junto a la ventana, que tanto le gusta. Al pasar junto al quiosco del fondo repara en la revista de ciencia que suele adquirir cada mes desde hace años y se lamenta de no haberla comprado para entretenerse durante el viaje y antes del cine. Esto le hace recordar que hace años degolló a un hombre muy atractivo, impecablemente vestido con chamarra de ante, pantalones de pana con pinza y zapatos náuticos, que llevaba bajo el brazo el ejemplar de esa revista correspondiente a aquel mes. Pero la curiosa coincidencia de gustos en ropa y en lecturas no conmovió al asesino, ni le hizo sentir ni frío ni calor. Y aunque estuvo a punto de quedarse con el ejemplar que llevaba aquel hombre del cuello sangrante porque todavía no lo había comprado, no lo hizo; estaba convencido de que errores de menor calibre habían dado al traste con más de un crimen a priori perfecto y optó por dejarlo allí tirado, a la derecha del muerto.
El asesino sabe mejor que nadie que ese conocido dicho de que no existe el crimen perfecto es una pamplina, una mentira como un templo, a él se lo van a decir. Podía asegurar, además, que casi cuanto menos escrupulosa fuera la elaboración, más perfecto venía a resultar el crimen en cuestión. El asesino empleaba meses en la elaboración por puro lujo. Bien es cierto que tampoco es que los liquidase así, a lo bestia, de cualquier modo, en cualquier sitio, sin consideración para con los posibles testigos ni para con la víctima, pero poco le faltaba. El asesino, se podría decir, era variado en cuanto a modos de ejecución. Alternaba tanto las armas como las maneras, por aquello de la posible relación entre los asesinatos y esas cosas que veía en el cine y leía en las novelas y porque, en el fondo, el paso del tiempo le iba volviendo un pelín paranoico con el tema de las huellas, los detalles y esas puntillas. Después de todo, para acercarse a un tipo y darle un tiro a dos metros de distancia, abrirle la cabeza a estacazos o clavarle un cuchillo seis veces, no hace falta ser tan quisquilloso. El asesino lo es, qué le vamos a hacer. De todas maneras, últimamente tenía motivos para estar nervioso; su último trabajo no sólo no había salido todo lo bien que cabía esperar sino que, en realidad, había sido un fracaso en toda regla.
Al asesino le gustan los transportes públicos y, especialmente, le gusta este trayecto para ir a la capital. Le gusta tomar este autobús aunque no desconoce que hay otro que llega, tomando por la autopista, en un santiamén. Le gusta ver siempre esas mismas cosas, constatar que siguen ahí o lamentar que hayan sido derribadas o transformadas o que las hayan movido un poco de su lugar de costumbre. Le gusta perderse en la tristeza del paisaje que hay entre su pequeña ciudad y la capital; ver los montones de escoria de mineral, el enorme puente sobre la ría, las grúas azules y amarillas, los charcos de agua negra y la maleza que trepa por las tapias, desbordándolas.
Al asesino le ataca el sueño cuando los últimos rayos del sol acarician su mejilla mientras está con la vista extraviada en la popa de un viejo carguero, atracado en el astillero. Piensa que si hubiera menos gente en el autobús se dejaría vencer por la tardía y apacible modorra y daría una cabezada en lo que resta de recorrido hasta la capital. Le gustaría dormirse y siente que es tan fácil, tan fácil... cerrar así los ojos y disfrutar esa cosquillita, ese escalofrío de placer que precede al sueño y, claro, se queda dormido sin remedio, acunado por el runrún del autobús.
En su breve sueño, el asesino recuerda la cara de aquel tipo que estaba de guardia con él ese día ya lejano, y recuerda cómo le propuso ser lo que es ahora, lo que ha sido durante estos años. Aquel hombre había sido un malhechor sin escrúpulos desde pequeño, criado entre gente de la peor calaña, trabajando para personajes nada recomendables; pero, con toda su experiencia, se quedó helado aquel día, cuando se dio cuenta de que el asesino había disparado a aquel desdichado así, como el que ve llover. Por eso, poco más tarde le ofreció este trabajo que el asesino apenas tardó una semana en aceptar. Con todo, habría de pasar más de un año antes de que el asesino realizara su primer encargo. El asesino, de una manera o de otra, recordaba todos sus trabajos, pero el primero era el que más grabado tenía porque, opinaba, aquello tenía que ser algo semejante al primer beso, la primera comunión o el primer regalo que te hace tu padre en la vida. Su primera víctima había sido un tipo casi tan joven como él lo era por entonces. Tenía aquel hombre la mirada dura de los asesinos de las películas de la mafia y se movía por barriadas tan marginales que, a la postre, facilitarían sobremanera aquel inicio de su carrera. En aquel lúgubre entorno no fue complicado cumplir el cometido planeado de pegarle un tiro en la nuca, abandonarlo huyendo tranquilamente, sin correr, doblando una esquina, perdiéndose en las sombras.
El asesino se despierta ante los primeros edificios de la capital, sobresaltado por un brusco giro que ha dado el autobús. Despierta con la imagen del sueño de su primer encargo centelleando todavía en sus ojos. Despierta con el recuerdo de los nervios que había pasado antes y del miedo que había pasado después de perpetrarlo. Porque, cuando se es novato, siempre queda ese poso de duda, esa cosa terrible y angustiosa de que algo ha fallado. Con el paso del tiempo el asesino iría amortiguando ese nerviosismo previo; pero, al mismo tiempo, esa duda fastidiosa, ese temor invencible a ser descubierto no sólo no se había mitigado sino que, se podía decir, había dado en una suerte de intermitente manía persecutoria. El asesino, por lo general, vive despreocupadamente, pero en ocasiones le asalta la sensación asfixiante de que ‘aquel señor de la gabardina me sigue’ o, ‘¿aquella mujer rubia que llama desde la cabina no estaba antes en la calle del mercado?’, o, ‘vaya, hombre, ahí está otra vez el calvo del traje azul’. Cuando se encuentra en estas situaciones, el asesino se detiene, espera a que sea lo que dios quiera y se va calmando lentamente. Lo hace comprobando cómo el tipo de la gabardina desaparece con unos amigos, cómo la señora rubia es recogida por un taxi o cómo el caballero calvo del traje azul es agasajado por dos pequeños que, sin duda, se le parecen y a los que, acto seguido, compra unos helados. El asesino vive tranquilamente aunque, de todas formas, desde el último encargo tiene motivos para estar algo nervioso.
El asesino lleva ya un rato viajando entre los altos edificios de la larga avenida que lleva hasta lo que viene a ser el centro de la capital. Aquí y a esta hora, el ajetreo es monumental. Observa atentamente el hormigueo incesante de la avenida, porque en la capital se ven tipos estrafalarios y personajes curiosos que sólo se ven en la capital. En la gran urbe, piensa el asesino, nadie es como él, que en el ir y venir, en el subir y bajar de los transeúntes, encuentra un placer de gente humilde como es el propio asesino. Le gusta el bullicio porque le entretiene y porque en él se siente más seguro; aunque, por otra parte, el escrupuloso plan general de seguridad que ideó en el año mediosabático que se tomó antes de iniciar su carrera ha demostrado ser fenomenal. Sólo hay que fijarse en que lleva quince años y casi cuarenta trabajos y ahí está, llegando sin demasiadas preocupaciones a la capital, con la sana intención de ver una película.
El asesino nunca ha tenido más problemas que los que le acarrean sus propias neurosis pasajeras. Nadie le conoce en el mundo del hampa, ni siquiera el tipo que le pasa los sobres con los detalles de los trabajos. Al revés igual, él tampoco conoce a nadie de esos círculos. Además, aquel tipo de la mili que coincidió con él en la guardia de aquella noche funesta, la noche que el asesino mató al pobre soldado desconocido que regresaba tarde y bebido, el malhechor que se quedó de piedra y que le ofreció el trabajo, aquél con el que ajustó las condiciones de este empleo tan peculiar, aquél, en fin, a quien dejó bien claro que cuando se acabara, se acabó y punto, aquel tipo que tanto le desagradó desde el principio había aparecido hacía más de cuatro años muerto junto a la ría. Ejecutado por alguien que no había sido el asesino. Se enteró leyéndolo en el diario y llegó a conmocionarse, no porque sintiese pena por el individuo, sino porque llegó a creer que en ese punto concluía su vida como asesino a sueldo. De algún modo, siempre había pensado que seguramente era aquel hombre que tan poco le gustó quien le proporcionaba los encargos. Pronto pudo comprobar que no era así.
El asesino va todos los días 3 y 19 de cada mes a un patio medio abandonado de las afueras de la capital. Se trata de un espacio entre edificios antiguos por donde apenas pululan unos cuantos galopines o alguna que otra pareja poco recatada. En la pared mal encalada de una lonja en desuso que se encuentra en aquel patio, el asesino debe observar si está, pintada con tiza, la señal que quince años atrás convino con su difunto compañero de garita. No se trata de nada del otro mundo, simplemente tiene que aparecer pintado un asterisco. Si el asesino ve un asterisco pintado en la pared sin rasear, sólo tiene que esperar el momento oportuno para, sin ser visto, inscribirlo en un círculo, también de tiza. El asesino sabe que no se trata de ningún prodigio del diseño, pero en esa justa sencillez se halla el mejor refugio, piensa él. De todas formas, le costó carros y carretas convencer al maleante cómplice de que tanta pamplina era una necesidad ineludible. Después de circundar el asterisco, sabe que dos días más tarde encontrará en un buzón secreto, también concertado hace años, un sobre con todos los datos necesarios acerca de la siguiente víctima, el pago del trabajo anterior y un adelanto a cuenta del que tendrá que realizar. Lo del adelanto siempre arrancaba una sonrisa al asesino, porque tanto él como sus planes son de una austeridad franciscana, con unos gastos de logística y material auténticamente irrisorios. Y es que, el asesino tiene planes para el dinero en un futuro cada vez menos lejano. En fin, esto hace el asesino dos veces al mes. Por eso, después de ver la muerte de aquel individuo en el diario, pudo comprobar que a él no le afectaba porque, en efecto, en la pared mal raseada del patio de las afueras encontró un asterisco el día 19 de ese mes en el que, si no recordaba mal, llovía que era un verdadero asco.
El asesino es un tipo muy reflexivo, bueno, más que reflexivo, es un pensador recalcitrante, un observador de tomo y lomo, un soñador en pequeña escala. El asesino aplica a las cosas más insignificantes el cuento de la lechera. Disfruta con grandeza zampando percebes en el destartalado local tan apartado del centro, tomando cafés con leche dulces como el almíbar, paseando su cada vez menos querida soledad y recordando muchas cosas que recuerda, inventando su vida de otras maneras e imaginando, no sabe con certeza hasta qué punto, un mundo diferente. El asesino va y viene con la mente por su vida, como si con tanta moviola del recuerdo estuviera buscando ese punto de inflexión que lo llevó a ser un tipo tan peculiar, con ese pálpito lento, con ese gesto de ensoñación y esa tendencia tenebrosa a sentir las cosas un poco a contratiempo.
El asesino, con todo, es un tipo normal. Prueba de ello es que, lo mismo que en su inventario de la memoria guarda un montón de malos recuerdos, también almacena numerosos momentos gratos que evoca a menudo. Si se mira con cariño, se ve que el asesino es buena gente y que, además, últimamente está más triste que de costumbre. Piensa continuamente en el tipo del gimnasio, ése tan delgado que parece un suspiro. El mismo que pronto desaparecerá para internarse en alguna selva del África Occidental, en una especie de rallye aventurero donde, según le ha asegurado, algunos días se encontrará a la buena de Dios, perdido en la jungla procelosa. Al asesino le ha parecido entender que, de alguna manera, de eso se trataba, de perderse en una inmensidad llena de peligros ocultos. Cuando oye esto, al asesino le dan ganas de liarse la manta a la cabeza y marcharse al África Occidental y dejarse una coleta y ponerse un arete en la oreja izquierda. Pero el aventurero del gimnasio le ha dejado bien claro que, aparte de las ganas, es preciso superar unas exigentes pruebas de selección sólo para poder tomar parte y, en fin, que otra vez será y que no desespere.
El asesino, como suponía, ha tardado lo suyo en decidirse por una película de vanguardia, una de esas películas con muy buenas críticas y muy poco público: "Las aventuras secretas de Tom Thumb". Se ha formado una pequeña cola para sacar las entradas porque sólo han instalado una taquilla para los doce cines. Mientras avanza lentamente en la fila, el asesino rememora el desastre que había resultado ser el último trabajo.
Había estudiado el asunto durante tres semanas, siendo como siempre prolijo en unos detalles que no debían ser extremadamente importantes porque, a fin de cuentas, había decidido descerrajar tres tiros a aquel hombre alto, delgado, muy calvo y con una perilla un tanto canosa que conducía un fabuloso deportivo de fabricación japonesa. El asesino había esperado tres semanas para colarse de rondón en el aparcamiento subterráneo donde la futura víctima guardaba el coche, esperarle celado y despacharle los tres tiros que había planeado, así, como el que ve llover. Claro que, quién iba a suponer que aquel tipo tenía un hermano gemelo con la misma calvicie enorme y la misma perilla canosa. Y, claro que, quién iba a suponer que ese día conduciría el fabuloso deportivo japonés de su hermano que, por alguna maldita razón, se lo había dejado, cuando el asesino había oído miles de veces que el coche y la mujer no se prestan nunca.
Al asesino, como persona humana que era, le dio mucha pena enterarse en el periódico de que se había cargado, por decirlo así, a un inocente. Pero lo que más había sentido era la contrariedad de haber fallado por primera vez en quince años y el fastidio de pensar que, claro, el encargo estaba sin realizar y que ahora matar al auténtico sujeto iba a resultar extremadamente difícil. El asesino es un profesional como una casa y, aunque ya han pasado quince días desde que mató a aquel gemelo que, se podía jurar, era más que idéntico, está totalmente dispuesto a terminar el trabajo encomendado. También está decidido a retirarse después de ello. Iría al solitario patio de las afueras de la capital y en la pared sin rasear de la lonja abandonada dibujaría dos asteriscos con una tiza. Así de simple era la señal convenida para anunciar su cese.
El asesino tiene motivos para estar nervioso. Pero, la verdad, no está más de la cuenta a pesar de que en estos quince días ha ido sabiendo, entre otras cosas, que el gemelo que queda vivo es un empresario con asuntos turbios y con, parecía ser, cierta mano dentro del mundo del hampa. En realidad, más que nervios lo que tiene es impaciencia. Por eso no ha dado la importancia de otras veces a esos dos tipos que juraría haber visto antes, en la plaza del centro de su pequeña ciudad, uno echando pan a las palomas, el otro en el kiosco de golosinas. Los mismos dos tipos que ahora, separados también, puede ver desde la cola del cine, uno mirando las carteleras distraídamente, el otro entrando en un bar cercano. La pinta de gángster que tienen los dos es tan exagerada, que el asesino cree que su imaginación vuelve a desbordarse como tantas y tantas veces y termina por olvidarse de ellos. El asesino piensa, dentro del cine ya, que hay que rematar pronto el trabajo que tiene pendiente para empezar a poner otro estampado en el color de su vida y poder gastar alegremente todo ese dinero que sólo el asesino sabe dónde está guardado. Poder gastarlo en el emocionante mundo que le ha ido inculcando el aventurero de la coleta.
El asesino come unas sabrosas palomitas de maíz, lamentando que la que será, está decidido, su última víctima no acuda al cine a ver películas como ésta. Películas a las que sólo va gente como el asesino. O como una pareja de novios que busca el refugio de la pared derecha del cine, a la altura de la fila cuatro o cinco. ‘Demasiado cerca de la pantalla’, piensa el asesino ingenuamente.
Puede que esa misma ingenuidad sea lo que le impida saber definitivamente que una sala de cine es el escenario perfecto para cometer un asesinato. Lo sabrá demasiado tarde, porque mientras come palomitas y mira, sin atender mucho, los avances de las próximas películas, piensa en las muchas cosas que podrá hacer dentro de poco. Piensa en ese futuro por un mundo exuberante. Piensa en las mujeres que no tendrá que pagar ya, como aquella mulata del club de la que casi se enamora el asesino hace unos años. Piensa en su madre y en lo feliz que sería, la pobre, si supiera su historia de asesino a sueldo y su decisión, recién cocida como pan nuevo, de abandonar definitivamente ese oscuro mundo. Piensa en muchas cosas, come palomitas y piensa, piensa y disfruta pensando.
El asesino está absorto, no es raro en él. Por eso, cuando la extraña película que ha elegido está a punto de empezar, no repara en los dos tipos que han entrado, separados, en la sala. Los mismos dos hombres con aparatosa pinta de matón que juraría haber visto en la plaza del centro de su pequeña ciudad, antes de encontrarlos de nuevo cerca del cine. El asesino está metido ya completamente en la fantasía visual que ha resultado ser esta película, cuando uno de los dos hombres se sienta justo a su espalda. El otro, entre tanto, toma la butaca más cercana a la entrada y parece vigilar. Encantado con el arranque del film, el asesino no se percata del brillo plateado que, a la velocidad del rayo, cruza delante de sus ojos para dejar de ser un brillo y convertirse en un finísimo sedal en su garganta; finísimo como el aventurero del África Occidental donde no irá nunca; igual que nunca más verá su pequeña ciudad con sus niños corriendo en la plaza llena de palomas enfermas y de madres que platican en corros; igual que no verá el pequeño bar que tanto le gusta en donde toma esos deliciosos cafés tan dulces, ni verá a la mujer rubia, madre perfecta, ni volverá a ver a su perfecta madre que se disgustará sin remedio, la pobre; igual que ni siquiera terminará de ver esta película que le empezaba a gustar. Al asesino le queda un eterno minuto de agonía para comprobar que, en efecto, los suyos no eran más que remilgos y que el cine es un sitio ideal para cometer el crimen perfecto. Dispone de un inacabable minuto sin aire para comprobar también cómo estrangula un asesino profesional y, en definitiva, para saber que la muerte, al menos la suya, no sabe a nada especial y mucho menos a percebes.

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