jueves, 31 de enero de 2008

Usoak, ushbetiak

Usorik ez, usorik ez. Usoak eta ushbetiak. Usorik ez eta ushbetiekin pentsatu behar. Ushbetiak eta heriotza. Hor nonbait liteke, magnolioaren atzetik haize izoztuz mozorroturik. Hotza, neumonia... akabo dena! Oxala holaxe izan balitz berarekin eta ez hainbeste sufrimendu jasan behar. Bi urtez ia minek bere gorputz ahula pixkanaka akabatzen. Deusik ere kexatu gabe, maite koitaua. Ushbeti dozena pare bat merezi zuen haren ondoan, hilkutxan, beste bizitzan ahalik eta gutxien egiteko, bere zeruko mezedorean puntua egiten patxada betean aritzeko. Ushbetiak... uso beti, uso beteak. Plaza bete uso. Ogi puxkek bete ere. Argiak dira asko, usoak. Ogirik ez, usorik ez. Noiz arte bakardade hau? Zatoz haize hotza, zatoz! eraman nazazu berarekin, eta eraman, bide batez, uso pare bat, gustokoak zituen. Eraman gaitzazu, haizea! ni izango naiz bere ushbeti txit obedientea...

El pintor (enlace)

Si no todos, casi todos los veranos me acerco alguna tarde al maravilloso mirador que es el castillo de La Puebla de Alcocer. Se alza éste en un cerro desde donde hay, en agosto cuando menos, unos atardeceres harto difíciles de describir con palabras. De un lado, los ojos se pierden detrás de los meandros del Guadiana y el Zújar que se persiguen hasta besarse cerca de Villanueva, en Entrerríos. En los espejos de los múltiples embalses que jalonan La Serena que se extiende delante, el sol se multiplica mientras muere tras el pico de Magacela. Del otro lado, la vista se aleja en las dehesas infinitas de La Siberia, hasta más allá de Herrera del Duque, con un fondo de cárdenos y naranjas tostados que arrebatan.
Fue allí, comentando entre nosotros el precioso cuadro que se podría pintar en esa hora final del día cuando empezó a fraguarse en mi cabeza la idea de este cuento que os dejo. Ayudaron también otros azares que se encadenaron como una predestinación. No los desvelaré porque tienen incidencia en la trama del cuento. Citaré, si acaso, uno de ellos: la conmovedora e inquietante contemplación de una luna enorme perfilando la torre del homenaje de la magnífica fortaleza extremeña de donde no nos fuimos hasta bien entrada la noche.
Volví con la idea y muchas notitas anotadas en mis mal cuidados cuadernillos pero, tardaría aún varios meses en terminar, aún no sé si lo está del todo, «El pintor»

Llénate de manos

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Fuiste alguna vez dentro de una cólera,
extinguiendo la cómplice naturaleza
de un beso al azar o una rodilla,
era cuando las cosas
existían al tomarlas en tu mano:
como los alfileres
o el filamento de alguna nube
cuando sonreías distraída.
Ellos no podían entender
mi afición a no explicar
el súbito arrepentimiento
de la noche partida en dos.
He anotado, dos veces, en el diario
que ya, casi nunca, nos enojamos a la vez.


¿Cuando solicitas información
de mis sueños, cuando
me auscultas la mirada perdida...
ves al hombre que viaja al fervor,
al encuentro de alguna fe?
Podríamos conformarnos con alinearnos
con los cómicos de algún puente,
podríamos ser necesarios
en el final de algún relato corto.
Podríamos resornarnos mutuamente,
pero nunca en las conciencias abatidas.
¿Cuándo atiendes en silencio
la perpleja convicción con que te hablo,
cuando sales de mi mano
con otra piel, dejándome otra piel...
escuchas mi voz para escucharla después
como una cebra tibia
capaz de dibujarla como la luna
sus persianas?
Sé que si en el siguiente minuto
acierto a decir
que la soledad está siempre
tapizada de pequeños gozos, de alegrías,
de retales de felicidad,
de beso...
entonces, tu noche estará plagada de aves
que le acechan el lomo lunar
a los mares de una cierta maravilla...

Procura llenarte de manos
en el preludio de un beso,
llénate de labios,
después de una caricia.
No tengas prisa por ser minuciosa,
no alborotes
más estrellas de las necesarias,
no apagues más que algún gris
de los que asombran el silencio.
Enciéndete cuando termines
de llenarte de agujeros encarnados.
Vuelve a olvidarte
las ganas de obedecer,
pero recuerda conminarme
a seguir leyéndote
los rastros de la luna,
cuando amaneces
turbia y enroscada,
como pitón residente,
como un primer boceto,
o como alondra de mago
entre las sábanas...


Consigo abandonarte a duras penas
pero sin esa soledad donde claudican
ciudades de odio.
Me llevo los pájaros
que tiritan en el agua de tus lágrimas,
me vendo a tu olvido cocinándote
pobres poemas de amor,
ajenos a la sal de los besos
de aquel entonces
cuando reposabas toda
en la leve realidad
de dos leves comisuras...
Y en su eco de corchetes.

miércoles, 30 de enero de 2008

Arreba Kattalinen papera

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Jakin nuen, bere hiletetara joan nintzen egun berean, ohizkoa zuen amantala grisaren (moja adeitsu hark zeuzkan begi maitagarriekin bat egiten zuena) poltsikoetan denborak eta eskuek zimurtu eta erdi izorraturiko papertxo bat aurkitu zutela. Kostatu zitzaidan bertan iskribatutakoa ulertzea, ezen hitz batzuk idazlumaren tintaren kolore urdin urtua guztiz galduta baitzuten. Emango dizuedan poeman ez nintzateke zerbait nik asmatua ez denik zin egitera ausartuko. Bizpairu minututan bakarrik eduki nuen eskuetan, nobizia galego lirain (oso lirain, ere) batek erakutsi zidan unetik bere nagusia azaldu zen arte. Egun jagoleen arduraduna daukaten arreba gizen eta serioaren izaerak ez dauka hain ondo hartzen ninduen nire sor Kattalin kuttunaren jokaera delikatuarekin batere antzik eta ez zidan paper hura eramaten utzi. Berehala, hurbilen neukan paperezko edozeinetan traskribituz saiatu arren, ezin dut, lehen esan moduan, testuari traiziorik egin diodan ala ez ziurtatu. Hala balitz, barkatuko didazuelakoan:

Memoriaren opilari zuk sua eman,
urrrunekoa, Cuenca baino harantzagokoa,
bazara ere,
eta berriz joandako kea etorri,
ezten eztitsua,
ezen zu beti lehenengo bihotzeko erlea
izango baitzara, maitea.

La misma barca: orden, caos...

Si escaparas del caos que toma mi mesa,
si salieses un momento de papeles,
y de gomas, y de tintas y pasteles,
si huyeras de la locura que me apresa,
.
si aflojaras en el lápiz que se espesa,
si dejaras que mis líneas fueran fieles,
si te fueras de mis botes y anaqueles
y de la obsesión que mi arte te profesa,
.
si me dejaras pintar un solo trazo,
si no fueras el programa en mis esquemas,
si no me guiaras, ni abarcaras mi abrazo,
.
si no fueras el recurso de mis temas,
ni existieras por soñarme en tu regazo:
no habría tintas, ni papeles, ni poemas.

Acto único

Desmenuzar
las pócimas de tu mirada,
salvando tus ojos,
titubear,
manchar
mi reputada ignorancia.
Todo en el mismo acto,
en interminable segundo.
Clavar
ocho dedos descuidados
en tu gelatina
donde la piel
es un desliz de nardo
sin el ritmo esperado
de una debilidad...

martes, 29 de enero de 2008

Fuego

Imanol Amestoi firma algunos de los textos más sensibles quizá que se llegaron a publicar en 'El asno en globo' durante la década de los 80; a principios de la misma, sobre todo. Supe, por medio de sor Catalina, una hermosa toledana casi octogenaria, que el citado Imanol abandonó el sanatorio hacia 1995 para ser trasladado a una residencia en el valle de La Orotava. Parece ser, siempre según la entrañable madre salesa a quien tanto tengo que agradecer, que a su supuesta maltrecha mente acompañaba una salud física peor aún.
Investigué lo suficiente para saber que en 1998 había ganado un prestigioso premio de Literatura Erótica (ésta es una denominación que nunca ha dejado de sorprenderme, quizá porque nunca he creído que exista algo que se pueda llamar «Literatura Erótica»). Me llamó la atención este hecho, más que nada porque el tono y el contenido de los breves relatos editados en la revista del centro psiquiátrico de nuestro húmedo y nebuloso norte, no auspiciaban en absoluto la capacidad de creación de relatos del estilo de 'El armario'.
Cuando ganó el certamen, Imanol Amestoi contaba 78 años. Cualquier día tendré que coger un avión para tratar de entender por qué ese hombre «silencioso, alto y guapetón» que conoció sor Catalina dejó de escribir cosas como este Fuego que les dejo a continuación, para no sólo crear cuentos tan diferentes sino para también acceder a concursos con tan avanzada edad. Tengo la impresión de que, si algún día me atrevo a embarcar en algo que vuela, no dejaré de ir de sorpresa en sorpresa, como hasta ahora. Sólo sé que sigue vivo, que apenas habla y que siempre escribe, con caligrafía de monje del Císter, usando una estilográfica que le dura desde 1941, regalo de su padre, maestro republicano de Zi...

FUEGO

Sabía que su destino era el de acabar perdiendo la cabeza irrevocablemente. Era sólo cuestión de tiempo. Perder la cabeza, arder apasionadamente. Él podía sencillamente haber elegido a la otra pero no, no había sido así y ahora ardía presa en sus manos. Jugaba con ella, con la sutil habilidad que forjan los años... Sentía que, por momentos, no le llegaría el oxígeno y se consumía dócilmente, olvidándose de todo, enajenando su pasado, su nacimiento y sus primeros años cerca de las altas montañas del norte, sus azarosos viajes, el incierto peregrinaje hasta el dulce momento, el soñado instante en que llegó hasta él, irremediable romántico con dedos de prestidigitador amable. Sabía que acabaría perdiendo la cabeza y sabía, lo intuyó en el momento mismo de conocerle, apenas rozó el tacto tierno de sus yemas, sabía que terminaría por acercarla al entorno de sus labios para ofrendarle un suave aliento que la extinguiría en un destino arrebatador. Tendría una vida infinitamente más larga que la de sus hermanas y sería, no le cabía la menor duda, la envidia y la comidilla en el claroscuro y tibio cielo de las cerillas de madera, con su historia del venerable anciano fumador que odiaba los mecheros.

lunes, 28 de enero de 2008

Después

Antiguo amor

1. HOMBRE QUE VA A CORREOS Y SE CRUZA CON ANTIGUO AMOR CASI OLVIDADO.

Ajeno al aleteo de las alas de las mariposas en Texas y a sus consecuencias camina ese hombre feliz, remanso de paz, pensando en recorrer los dieciséis minutos de trayecto que debe haber desde su casa al despacho central de Correos. Va con su paquetito en la mano primero porque, aunque feliz, tiene un pasado adolescente en Cuenca y, después, porque le apetece hacer ese paseo que calcula en poco más del cuarto de hora y que empieza en la calle Pescadores. Por allí nada que reseñar, como mucho las palomas que se pelean cerca de un charco sucio de barro por las obras interminables del supermercado López y Bargondia, próxima inauguración. Dobla la esquina y hay un callejón sin nombre y sin números de una soledad como de filmoteca húngara. En ese incierto y ceniciento peaje de sombra y colgadores dobla, inadvertido, otra esquina que le pone en la calle Leñadores, a media altura digamos. Cruza la carretera, no hay gente y tampoco hay coches por esta vía por donde sigue, con su paquetito bien forrado y perfectamente liado dentro de donde debería ir un libro ejemplar antiguo o un dietario con estampas y frases lapidarias para memorizar, pero donde sólo se esconde una documentación que ha preparado con cuidado para no se sabe qué trámite peregrino referente a las colonias de verano de su juventud y que franqueará enseguida para ese misterio geográfico para tanta gente: Cuenca. Caer desde Leñadores en la calle Castaños casi lo desanima al tipo del paquete porque es recta y larga y porque viene un viento del fondo directamente desde Junneau, Alaska, que le hiela las mejillas antes de escapar por la plaza de la Fuente Vieja, perdiéndose sin hacer ruido en las hojas de los árboles que parecen de hierro en esta tarde de febrero. Este hombre se divierte con el vaho que exhala su boca y sueña que fuma puros habanos puros o que es un barco que a la Habana fue. Castaños es silenciosa como un nicho porque apenas hay tabernas y los comercios duermen sus últimos momentos de siesta. Sólo alguien viene a lo lejos, una chica o una señora o algo a medio camino entre ambas y, aunque todavía está lejos, le parece que va a ser bonita. Este hombre tan inocente y descuidado y soñador a veces tiene una vista de águila gigante de Australia y pese a la distancia ya empieza a ver que la mujer lleva gafas y que no se recoge el pelo porque se ve linda y porque así, con algunas betas de rubio platino, se lo dejaron en la peluquería . Va olvidándose de las jaulas en las ventanas, de los árboles tiritones y de los avatares cotidianos de la calle Castaños por donde, hay que reconocer, limpian muy bien los servicios municipales y no se ven periódicos tirados ni bolsas volando en la heladera del viento. Esa mujer del hermoso cabello suelto luce una cara detrás de las gafas y a este señor que va a Correos esa cara le trae un pasmo de corazón y casi se le cae el paquetito sin dietario ni ejemplar antiguo. Dispone sólo de veintiocho o veintinueve segundos para reaccionar porque viene por ahí, envuelto en chupa de cuero negro, un amor muerto de muerte natural y luego asesinado que, pero qué guapa es, Dios mío, quince años sin verla. Son nada más quince segundos, pero puede ser que le sobren doce para recordarse más enamorado que nunca sin apenas barba y sin paquetito que tirar al Correo. Le queda la esperanza de esas gafas y que no le reconozca y se alza la bufanda un poco como bandolero asustado pero qué haces mentecato, salúdala, párala para preguntarle de su vida y rememora un tiempo perdido porque, sin querer, ese hombre que creía ir a Correos a mandar un paquete no muy grande ha deshecho su vida para siempre y no será ya tan feliz como antes y puede ser también que tarde hasta veintitrés minutos en alcanzar la calle Próceres en donde está el despacho de Correos. A seis segundos de ella no sabe aún qué hará y sus ojos buscan sus ojos, se baja la bufanda y va a sacar la mano del gabán pero ella se distrae con algo que le cuelga de la chamarra y pasa sin fijarse y sin decirle cuánto le recuerda y sin volver la vista atrás y sin sonreír. Cuando en la rotonda del estanco gira a la izquierda, antes de tomar Próceres, se vuelve desolado para verla perderse camino del olvido del que apareció como momia y entonces ve, le parece ver, que ella también se vuelve un instante y que sonríe a más, mucho más de treinta y dos segundos. El paquetito cuadrado y marrón que hacía un instante pesaba como una losa se vuelve liviano como una transparencia y acelera el paso al llegar al quiosco desde donde ya se divisa el ladrillo rojo y las banderas de la estafeta, allí arriba, en el 36 de la calle Próceres...

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2. MUJER MIOPE QUE VIENE DE LA CAPITAL Y VE UN TIPO CON UN PAQUETITO.

Dejar marchar un par de autobuses para regresar sin apreturas una hora más tarde era una idea que apenas había puesto en práctica en cuatro o cinco ocasiones. El ansia por destrozar el sofá, malcomiendo cualquier cosa a punto de fecha de caducidad, tragándose lo que fuera de la televisión era, por lo general, de una fuerza de tifón. Tomó, no obstante, un café en un plácido establecimiento cerca de la parada de autobuses, dejando morir el tiempo en una ociosidad pecaminosa. No sabía calcular el tiempo que emplearía en regresar a casa porque no se sujetaba a itinerarios y porque se enredaba y se desasosegaba con los números. Sabía que tomando por la cuesta del cine Fraguas y por Constitución venía a darle tiempo para escuchar la cara A de la cinta de música finlandesa en el walkman, ubicado siempre en el bolsillo interior de la chamarra negra, que apenas abandonaba en todo el invierno. Si la detenía el azar de los escaparates de moda o el olor del pan caliente, caliente, recién hecho de la croissanterie-brocherie, podía entonces darle la vuelta y oír un poco de la cara B, que le gustaba menos, bien es cierto. Tomar, en cambio por Azorín y abocarse al tubo helador de Castaños, le ahorraba el último tema y le proporcionaba el placer de distraer algunos minutos viendo las carteleras de los cines en el expositor de la plaza de la Fuente Vieja, donde todavía ponían esos fotogramas de cartón que le deleitaban como una concupiscencia añeja, los pequeños croissants rellenos de chocolate o las sortijas baratas de falsos rubíes como granadas. Ya en el autobús, quiere entretenerse con los letreros de los comercios, haciendo anagramas, para no pensar demasiado en su soledad de media tarde fresca con tibio sol. Se da cuenta enseguida de que la cita con su oculista debe ser pronto, porque sólo el apagado luminoso de tres pisos, letras negras, fondo amarillo de los grandes almacenes El Sevillano le permiten elaborar un flojo Villa Leones que no le agrada mucho. Así, el Bazar Mendieta y el precioso letrero ovoidal con fondo azul magenta de Novedades Regalado S. A. quedan atrás sin que pueda jugar con sus posibilidades. Está este último en la curva que custodia el viejo cuartel y que es donde la capital empieza a decir adiós. Por ahí el solecillo se agarra a los cristales y te duerme, te duerme, te va durmiendo como un hipnotizador de ojos rasgados, negrísima perilla y sofocante acento argentino. Ve lo suficiente para no perderse el marrón sinuoso de la ría allá abajo, entre las factorías de aquí y los edificios deshuesados de la otra orilla, en uno de los cuales casi llega a leer Repuestos OFSTAR; únicamente la modorrilla del sol y la tripleta consonante le chafan ese esporádico triunfo. En esa incertidumbre somnolienta, decide que Castaños es una buena elección para hoy, pararse en los carteles y decidir una película y perder la tarde en el cine. Por eso sube por Azorín, coloca su cinta, protege las manos en los bolsillos de su chupa negra y camina encogida con un paso de frecuencia media. El sol, que no calienta, aparece en lo alto de la cuesta como si un niño se lo mandase con un espejito a los ojos desde un cielo más limpio que el jaspe. Tiene que andar contando adoquines hasta la plaza del estanco en donde toma a la izquierda, para entrar en el chupón de la calle Castaños. Por ahí, el viento le alborota los cabellos peinados hace menos de tres días en peluquería de acentos franceses y, además, se le cuela tras las gafas y le hace llorar dos lágrimas densas como suero fisiológico. Los cascos que lleva en las orejas no le impiden sospechar un silencio imponente por ahí, pues, excepto un tipo bien abrigado que acaba de caer de una calle de la izquierda, nada se mueve alrededor. La mujer con gafas se quita los cascos un momento para confirmar el silencio funerario de la calle Castaños, en la cual, posiblemente, antaño hubo una hilera de estos cupulíferos de madera y fruto muy estimados, pero en la que hoy crecían más de un centenar de helados magnolios. El tipo que le va a venir de frente lleva algo bajo la axila que puede ser un libro o una cajita, pero que no parece un bocadillo, por lo ancho, ni una revista de cine, por lo corto. Sólo puede sospecharlo, porque si a su miopía han escapado las enormes letras del Bazar Mendieta ¿cómo reparar en unos ojos, boca, nariz, barba, que son a esa distancia una borrosa mancha de un cuadro de Soutine, por ejemplo?. Ahora se alza la bufanda, vaya por Dios, ¿no será..., no tiene pinta, un atracador? más bien la tiene de cajero despistado, tal vez. Cuando llega un silencio en su música finlandesa y ya ha perdido ese miedo absurdo, puede apreciar que se baja la bufanda de nuevo. Ese nerviosismo que intuye le llama la atención y, al compás de una nueva melodía lapona, quiere atreverse a verle la cara. Se esfuerza con su rabillo miope y qué veo, cielos, qué veo, y no se atreve a mirarle a los ojos y parece que... La sangre se le duerme cerca del walkman en el bolsillo interior de su chupa negra y, esta mujer, solitaria empedernida desde hace quince años o más, sale de su particular invierno unos instantes. En el momento en que su sangre recobra la frecuencia y el calor de antes y empieza a bombear de nuevo, está ya caminando como una idiota y sonriendo como una boba. Se vuelve para ver perderse por la esquina que lleva hasta la plaza del estanco la sombra de su gabán y no estaba mal con perilla, qué será de su vida, estará casado, no, no creo que lo esté, espero. Antes de llegar a la Fuente Vieja con las orejas tiesas y la nariz roja, ya ha decidido que perderá definitivamente la tarde en el cine y que la calle Castaños en primavera se ofrece como inexcusable itinerario para los regresos del trabajo. Después de la plaza, en la esquina de la derecha empieza su calle, no merece la pena darle la vuelta a la cinta...

Verdad

El filósofo me mostró el beguitóculo, donde toda la verdad se anticipaba, y me vi rompiendo un espejo mágico con furia inmensurable. Entonces creí que mentía pues me hallaba feliz. Me equivocaba, estaba viendo mi muerte mientras escribía un relato cor...

viernes, 25 de enero de 2008

Sueño

Esta noche, en uno de esos sueños guiados que me procuro, había un ciego que me decía que era astrónomo. Por supuesto que intuyó mi mirada perpleja, después de todo era también un sabio, y entonces se llevó una mano al pecho. «Sí, observo todos estos soles, y estas lunas, y estas estrellas».

Hoy he llegado tarde a trabajar, sin afeitar, sin cepillarme, sin abalorios, con una sonrisa estúpida....



Después de ti, antes del café



Buscando el pangrama
que en tu piel
tatuaron las palabras
en la noche encendida,
topé el espejo de tu ojo despertando leve.
Había una súbita estación
de luceros obcecados
y allí me repetí en la parsimonia
de ver morir las mariposas
ingentes, innúmeras,
incesantes
nacen
cada minuto que me rozas...
Podría morirme en esa revolución
de ser, contigo, cotidiano...

Destruye el bello corazón
que apuntillas en tus pechos,
sé turgente con el solo artificio
de la noche que despunta
en la doble comisura de la impaciencia,
claudica...
Olvida el defecto de mi ropa perfecta,
la mentira de mis joyas,
cierra nuevamente los ojos
al sudor que certifica tu presencia,
tu vida cerca de mi piel,
anúnciate...
Desoye la vanidad de estos consejos
después de ponerme perdido de labios,
de ensuciarme de caricias para siempre,
de dejarme amanecer con esta pluma,
con esta tinta,
con este papel
que habrás de romper
antes de vestirte de eclipses
o de ecolalias, o de algalias
o de mujer que cumple sus promesas
y ser el eco de un deseo
infatigable.
Resurge, amor, resurge...

Lo sé, me he instalado en tu pelo,
es una minucia desde ayer.
En tu pelo hay bodegones
y una intemperie de adjetivos
donde te llueve un soneto a las siete.
Me he instalado en tu pelo
para dejar de perseguir
ningún pasado,
para pasear futuro
y adecuar la mirada
a esta altura de gaviotas,
sobrevolando dos verdes mares, dos,
en las nubes de tu pelo,
más allá de la poesía y del ardor de dedos.


EN LALLA FATMA DESALOJASTE UN RÍO

¡Tus ojos eran tan pequeños
corrigiendo la tarde clandestina!
Eras agosto y la mujer del río
delante de la luna de tinta
que puse en tu habitación.
Eras agosto, eres agosto.
Federico en tu boca
apagaba farolas, encendía grillos,
yo quería dibujarte en Marruecos
como si mis dedos adelgazaran
las tibias arenas donde te desplomas...
¡Tus ojos encogiéndose
con mis caracoles
agitando lenguas en tu vientre!
Eres agosto sin silencios
en las alcobas remotas.
Puedes mentirme sin pecado, mujer,
puedes creer que sólo había
inmenso amor
en tanto deseo amordazado...
Eres agosto. Y la mujer del río...

jueves, 24 de enero de 2008

Aidan blue

Ez, jakina, egun guztiak ez dira berdinak. Ezin da egunero batek ohizkoa duen alaitasuna erakutsi. Auskalo zergatik, agian burutzeko zuen bidaia horren asmo guztiak pikutara joan direlako, edo, beharbada gaur goizean irakurri berri dituen Paveseren bertso hunkigarri horiek direla eta, edo baliteke Nadiak Erromako ikastaro horretan gehiegi diharduelako izatea baina, gaur ezagutzen dugun Aidan kementsu eta zoriontsua erabat, berak maiz esaten duen moduan, «blue» daukagu. Mari Darinek, Aidan eta bion aspaldiko lagun jatorrak, atzo kontatu zidanez beste egunean Arrantzaleen hondartzan eta euripean txakurtxoarekin paseatzen ikusi zuen. Eguraldi zatarra zegoen baina Marik ez zion ezer esan, ongi daki holan dabilenean hobe dela bere baitan lagatzea. Dena den, Aidanekin ez dago inoiz arazorik, ezagutzen ditugunok egun batetik bestera beltz-beltzenetik txuririk txuririenera igarotzeko gai badela badakigu ere.

Senén Camino, poeta (de 'El asno en globo')

Al cabo siempre es un placer perder el tiempo hojeando la torre de antiguos números de 'El asno en globo' que entesoro en el desván. No hay día que no me sorprenda alguna perla nueva (he llegado a pensar en cambiarle el título a la bitácora... 'Las perlas de Remorino' es una posibilidad más que plausible...). Y, para muestra de perlas, un botón. El poema final no es gran cosa, pero toda la reseña que precede es un encanto, a mi juicio. El autor firmaba como Senén Camino y la cita es del nº 55 de la revista.

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«Este lindo poema lo escribí cuando tenía quince o dieciséis años, era guapo a rabiar y todavía no sabía que Guadalupe estaba colada por mí. Y mirá vos que Guadalupe Magnolia era una mina bárbara; un agosto fue miss Pileta Vacacional y a todos los pibes nos traía babeando a bocha. Yo hacía el viaje hasta el lejano pueblo de los veranos en un ómnibus zarrapastroso que empleaba más de un día en un trayecto que hoy no quita más de seis horas. Y lo hacía con ella al lado, porque éramos emigrantes en el mismo norte y sus padres se vinieron del mismo olvidado punto del sur adonde, en el agosto, todos me envidiaban por esta misma amistad de viajeros que teníamos. ¡Ah, Guadalupe Magnolia! con aquellos ojos redondos como guijarros de río y esa sonrisa a la criolla que le agrandaba los dos lunares...
El poema sufre mal de traslación y de décadas,abichocado quizá, pero lo mismo va dedicado a cuantas de ustedes hayan sonreído hoy o piensen hacerlo en los próximos veinte segundos. ¿Qué, que no?...»


Nunca busques
aquello que te ha de encontrar
como yo te encontré
en la definitiva tiranía
de tus ojos,
más allá del pájaro efímero
de su hermosura.
Si he sido tu hombre,
si he de ser tu sombra,
dime si alguna brizna
de este pelo azulando
se ha mecido en tu viento,
si todo es verdad
cuando, cara a cara,
llovíamos felices
para abundancia
de arcoiris olvidados
entre las sábanas
que coronaron tu piel.
Ya sólo puedo saber
que el más allá
es una cierta caricia,
un, un mencionado beso,
un menoscabado temblor
dos veces multiplicado,
dos. Dos veces dos.

Números (de '...ntos suspen...')

De ese inédito caos que nunca será el antes aquí citado '...ntos suspen...', traslado lo que empezó siendo un inofensivo ejercicio literario para acabar convirtiéndose en un capítulo que es una simpática historia de amor que lleva diez años esperando un final; diez años que hay que sumar a los veinticin...


NÚMEROS boomp3.com

Hay una historia que comienza hace veinticinco años o veinticinco minutos o dentro de veinticinco días, según se desee. Tenemos sobre todo a una mujer y a un hombre como bases poco originales pero válidas y es especialmente este hombre el auténtico catalítico y de quien, a fin de cuentas, dependemos. Si queremos, hace veinticinco años tenemos a un hombre que se va y a una mujer que se queda. Hace tanto tiempo las cosas, a menudo, sucedían así. Un hombre todavía algo alegre, una alegría a la que hay que frotar un poco para que aflore, también una alegría que perderá pronto, demasiado rápido, aunque más tarde que esa mujer que alberga, entre otras cosas, un nombre sencillo. Ana es perfecto. Ana tiene una tristeza de veinticinco años y pico y no creemos (ahí puede haber un buen nudo) no creemos que recupere su alegría así, por mero contacto, dentro de veinticinco días. Hace veinticinco años se juraron una promesa que alguno piensa no cumplir aunque tampoco la rompa. Viene a ser una de esas promesas-esperanza, un ‘volveré’ con el acento muy flojito, muy tímido, muy con la boca pequeña, en la última «e». El hombre, que no se concreta en un nombre, posee una inagotable capacidad para acumular dinero y amargura. El dinero, hasta hace casi veinticinco minutos, apenas le sirve y la amargura, la amargura tampoco, no vamos a pecar de excesivamente naturalistas. Hace veinticinco años se tuvo que producir una despedida, subrepticia, apurada. Y Anadenombreperfecto permanece en un colapsado adiós en esta parte de aquí con su promesa-esperanza, un amor tan tibio como el calor de una nueva vida en la marsupia y un pañuelo que es una paloma presa en un muelle cualquiera.
En esta historia que comienza hace veinticinco años la promesa es de una simpleza de auténtico folletín real como la vida misma, no nos engañemos. Una especie de promesa que es una cárcel con barrotes de tiempo. «Cada año el ocho de marzo a las siete y media en la fila veinte, asientos trece y quince del Cine Larra». Da la impresión que para el hombre, anónimo todavía, todo es como un juego y que nada más se ausenta veinticinco años y pico a dejarse crecer, poblar, recortar, encanecer, entintar, encanecer, entintar un bigote inexistente aún.
La historia no tiene un año determinado para el comienzo, nunca sabremos a ciencia cierta cuándo estamos. El tiempo, con todo, afecta a cuantos transitan esta bonita anécdota, pero se desarrolla en una era de veinticinco años y lo que venga, tampoco estamos en disposición de saber cuánto futuro espera.
Empiezan las citas azarosas a las que Ana, excelso nombre capicúa, acude sin desmayo. Acaso debido a una equivocada determinación no va al cine más que en el día indicado, prodigándose en disgustos como el de no ver más que la segunda parte, o a veces sólo la primera, de películas como ‘Novecento’ o ‘Érase una vez en América’. Y sueña con principios y finales ignorando siempre que más allá del mar estará ese hombre, más, mucho más triste que la mirada condensada de doscientos diecinueve mil cuatrocientos treinta y tantos borregos australianos a punto de ser aniquilados. Cuando han pasado diecisiete años y la desesperanza tiene ya más consistencia que la propia promesa, de la que no queda sino una absurda ilusión; cuando ya la tapicería del Cine Larra ha cambiado del rojo cardenal de la inauguración a una especie de azul turquesa o casi; cuando ya el olor peculiar del Cine Larra ha cambiado tanto como la tapicería, como el color de las butacas, como las butacas mismas... entonces surge una amenaza.
Después de diecisiete películas de vida en media soledad, de diecisiete asistencias indiscriminadas diecisiete ochosdemarzo a las sieteymedia diecisiete veces, de sentarse diecisiete veces en el asiento trece de la fila veinte y de poner diecisiete veces su Abrigo, Chaqueta, Rebeca en la butaca número quince, entonces escucha (una sóla vez) que próximamente se procederá al derribo del Cine Larra con su cortinón polvoriento y que van a edificar uno nuevo, convirtiéndolo en una especie de multicentro cinematográfico con no se sabe cuántas salas diminutas, más dotadas, más modernas. Se le hiela de un golpe el espinazo considerando que, tal vez, que es posible, que puede suceder que ninguno de esos futuros «cinitos Larra» llegue a la fila veinte, o que no tengan anchura como para llegar a la localidad quince, no importa el olor de las paredes o el color de los nuevos asientos que habrá.

El armario

Hace tres días regresé al caserío donde nací y crecí. Nada más leer la carta de Bego me apresuré en cancelar mis compromisos, no muchos, por otra parte. En el estado en que me encontraba era, seguramente, mi última esperanza. Ella lo ignoraba, creo. Yo tenía que aprovechar la circunstancia de esa carta, pienso que no había otro remedio. Yo tenía razón, ya se verá.
Bego y yo nos hemos mantenido en contacto, obviando la inmediatez del teléfono, por medio de cartas, más o menos frecuentes, en una especie de reivindicación romántica que, sinceramente, me ha sentado fenomenal estos últimos años.
Antes de acercarnos hasta el caserío hemos pasado unos días en la capital, en la que, desde hace más de cuatro años, mi prima vive sola. Ese es el tiempo que llevaba sin verla, pues desde los trámites de su divorcio he andado errante con la frágil disculpa que la documentación de mis libros le ofrece a mi desidia.
En esos días Bego me explicó, entre otras cosas, el motivo de su carta. Una institución había hecho una jugosa oferta por el caserío de nuestros abuelos con el fin de reciclarlo para un nuevo plan de agroturismo. Precisaba mi firma. En principio no me opuse, pero le exigí, a cambio, una última visita conjunta que, creo sinceramente, deseaba más que yo.
Desde la casa que su desastroso matrimonio le dejó hasta el caserío en que nos criamos no hay hoy en día tres cuartos de hora. Con Bego al volante puedo asegurar que bastan veinte minutos. La edad, abandonó los cuarenta hace algún tiempo, nadie lo diría, no ha amortiguado la vehemencia juvenil que me es tan familiar y es apenas un débil reflejo en su todavía tersa piel, en su sonrisa provocativa, en sus ojos enormes como su belleza. Yo soy casi nueve años más joven, más parece lo contrario, mi torpeza indumentaria, los arañazos del tiempo en mi rostro y en el escaso cabello, unidos a mi invariable tristeza me dan un aire decrépito que no me esfuerzo en disimular.
Casi hasta estar delante de ella no se divisa la casa de mis antepasados; la carretera que lleva hasta allí es ardua y empinada y, además, una hondonada entre montes la refugia de algunos vientos. Bajamos del coche en el altozano que está en la entrada. El tiempo, lo mismo que en la cara de mi prima, no había hecho mella en la fachada. Llevaba casi ocho años sin venir pero no lloré, Bego tampoco. Nos miramos y eran dos miradas iguales.
Había pasado tanto tiempo sin venir en un vano intento por olvidar que todo lo que soy, este carácter taciturno con que viajo, se lo debo de algún modo a este lugar, en especial al enorme armario que siempre ha estado en la que era la habitación de Bego, la hija única de mi tía Eulali, la viuda.
El interior no estaba en tal mal estado como cabía esperar pero la cerrazón lo había impregnado de un olor mohoso, un fuerte aroma a madera húmeda que picaba en la nariz. Algunas telarañas vestían el entorno de amable melancolía, por eso, ahora sí, sentí la punzada acuosa que acarrean la nostalgia, la vida perdida y el amor anestesiado.
Dejé a mi prima vagar por el piso bajo y, alarmado por la ausencia de algunos enseres que recordaba, subí las escaleras apresuradamente temiendo que también se lo hubieran llevado. No me detuve hasta alcanzar la puerta del fondo del pasillo.
Sólo fue una falsa alarma. Todo permanecía del modo en que lo recordaba: la cama de hierro, sin ajuar pero con el viejo colchón de lana, la mesita de noche, las sillas, la jofaina herrumbrosa y, en la pared de la izquierda tapándola por completo, tapizado de polvo, el armario. Abrí el ventanuco de enfrente y el sol acarició su centro con ternura, en el aire flotaban millones de partículas de polvo sorprendidas en el haz de luz. Era el ámbito perfecto, me sumí en el túnel del tiempo sin remedio.
Todo debió comenzar como un juego, no lo recuerdo. Lo cierto es que cada vez que me reñían, cuando me enfadaba por cualquier chiquillada o cuando estaba simplemente aburrido o triste corría a buscar cobijo en aquel recio armatoste que, mi prima se encargaba, siempre olía a campo milagrosamente: a romero unas veces, otras a brezo o retama, a perfumada lavanda la mayoría de ellas. Tendido en las sábanas o acurrucado entre manteles y toallas pasaba las horas muertas en una placentera soledad mientras, en ocasiones, mi madre o tía Eulali me buscaban infructuosamente por los alrededores.
Era inevitable; tarde o temprano tenía que suceder que mi prima entrara sin aviso en la habitación estando yo todavía dentro del armario. Entonces descubrí que podía observarla a través de los ojos de las enormes cerraduras que tenían sus cinco puertas; siempre he creído que no conocía mi secreto, pasaron años así, ella nunca me recriminó nada. Pronto desarrollé una especial habilidad para moverme dentro del largo mueble. Así, si era sorprendido dentro y veía que entraba con camisas o jertseis, rápidamente me colocaba en el extremo de los abrigos y las chaquetas, y viceversa. La espiaba en silencio, tanto cuando venía con la ropa recién planchada como cuando entraba para echarse y descansar un rato o cuando se refrescaba, y también cuando se desnudaba y buscaba un placer solitario con una destreza increíble la espiaba en silencio: con una inocencia pícara los primeros años; extasiado expectante, lujurioso, a medida que iba creciendo en el interior de aquel mueble finamente torneado.
Tendría nueve o diez años, no puedo asegurarlo sin error, el día asfixiante en que todo empezó a cambiar. Creo que la culpa de la reprimenda la tuvo mi habitual falta de apetito, huía de las verduras como alma que lleva el diablo y acabé en mi fortaleza secreta. Media hora más tarde apareció mi prima, sudorosa después de recoger la mesa y barrer la gran cocina. El armario parecía un horno, en cierto modo deseaba que no se demorase. Ella fue directamente a la palangana donde escanció cierta cantidad del agua que siempre había en la jarra, al pie de su cama. Se anudó en una coleta el suave y bastante largo, por entonces, pelo castaño y comenzó a desabrocharse la blusa. Sus movimientos eran lentos, casi parsimoniosos. Puso con cuidado la blusa en una silla y enseguida soltó la trabilla del sujetador que tiró, ahora sin cuidado, sobre la colcha blanca. Sus pechos, hermosos sin ser exuberantes, aparecieron como agradeciendo la repentina liberación, Bego los masajeó con deleite, comprobando su tersura y su dura voluptuosidad. Se acercó a la jofaina y empapó la esponja. La escurrió un poco y luego la apretó por su cuello. Numerosas culebritas de agua resbalaron por pecho y espalda, buscando la cintura. El agua fresca erizó la piel de Bego, sus pezones se pusieron tiesos y cambiaron el matiz rosado por uno más encarnado. Bego cerró los ojos placenteramente, yo notaba sensaciones inéditas aunque no fuese la primera vez que sorprendía su desnudez.
Estaba tan duro que casi me dolía, preocupado de que el agüilla que expulsaba desde hacía un tiempo se escapara sin control y me empapara el calzoncillo. La saqué e instintivamente presioné la punta pellejuda tratando de impedir que la sangre llegara al capullito. Puse de nuevo mi ojo en la cerradura enorme y vi que Bego yacía ya en la cama, completamente desnuda. Su mano derecha manipulaba sin cesar el rizado sexo mientras la otra, empapada constantemente de saliva, jugaba con los pezones enhiestos, parecía estar haciendo bolitas de pan con ellos.
Cuando Bego empezó a soplar yo ya no entendía nada, no entendía por qué hacía aquello y no entendía por qué la sangre golpeaba con tanta fuerza en mis sienes. Bego empezó a moverse, buscando nuevas posiciones. Sin dejar de frotarse se arqueó, elevando su pubis peludo todo lo que pudo. Se mojaba los dedos con la lengua y seguía. Mientras su respiración tornó en fatiga, la mía amenazaba con cesar repentinamente. Sudaba como un pollo dentro del armario y dudaba entre mirar a mi prima o a la palangana con su agua fresca allí, tan cerca... Entonces, Bego se giró, dándome la espalda. Boca abajo, a gatas sobre la cama, culo alzado, cabeza echada, piernas ligeramente abiertas, pude, por primera vez, ver toda su vulva, roja, húmeda, dilatada. Aquella proximidad abultada acabó conmigo, no pude controlar más tiempo la dolorosa erección. Fue un instante, apenas, de placer; para mí ésa es la primera vez.
Tras recobrarme comprobé que ella continuaba en la misma posición. Entonces mi asombro fue compobrar que Bego no se limitaba a roces superficiales sino que, frenética ya, sus dedos índice y corazón entraban y salían en aquella carne enrojecida cada vez más veloces hasta que se desplomó, con las fuerzas justas para comprimir su júbilo, enmudeciendo el ansia irrefrenable de chillar. Segundos más tarde me llegó mi segunda oleada, algo más duradera ahora, y también me desplomé en el calor de las prendas, mudos testigos de mi traicionera iniciación al sexo. Tenía dormidos los dos pies, la garganta seca, la cara ardiendo y un montón de cosas que no podía contarle a nadie, maldita sea.
La importancia enorme que yo le había concedido esa última vez a todo lo que había visto y lo que en mí se había producido fraguó en forma de vergüenza. Un pudor nuevo en mí hacía crecer el miedo a ser descubierto. Ya no se trataba de un juego en el que ser atrapado acarrearía una dulce reprimenda de mi amada prima. No, aquéllas eran cosas que seguramente Bego no deseaba compartir con nadie. Ser descubierto y perder el cariño y la confianza de Bego era una posibilidad horrible. Pero por otro lado, todo lo que aquella visión me había ofrecido, el prurito de lo prohibido, la morbosidad infantil por el peligro, mal discernido, habrían de poder más que paciencia, prudencia y todas esas cualidades aburridas que tenemos los adultos.
Pasaron algunos meses antes de que el recuerdo de aquella tarde calurosa me llevara de nuevo a mis estancias clandestinas. Pero si antes eran refugios de niño enfadado, eventuales búsquedas de paz, inocentes permanencias en la oscuridad, ahora sólo me guiaba la esperanza de repetir aquella experiencia increíble llena de sensaciones y secreta complicidad.
No siempre aparecía y entonces me desesperaba en el fragante silencio de aquel orden primoroso. Otras veces la traía algún quehacer cotidiano o venía a leer plácidamente o a dormir una tranquila siesta mientras yo esperaba con vana impaciencia sorprender alguna desnudez, por efímera que fuese.
Mi deseo se cumplió en las menos veces y pude saciarme de su piel clara, de sus zonas hirsutas, pude aprender su cuerpo durante sus solitarias visitas al placer, en sus contorsiones y espasmos, en sus ojos entornados por el gusto y en sus labios apretados de lujuria. A través de aquellas delicias clandestinas fui labrando mi carácter, perfilando mi futuro sin saberlo, en tanto mejoraba el deleite de unos orgasmos cada vez mejores, en un alarde de técnica que me sorprende recordar después de tanto tiempo.
Todo el pudor que me cubría frente a mi prima se convertía en un desparpajo precoz con Ainhoa. Ella era la depositaria de mi sabiduría de espía de alcoba. Lo fue hasta que se cansó de jugar a las caricias didácticas y huyó en busca de algo más que placer en los brazos de Andoni. Puede que sospechase siempre que aquellas caricias frías, aquellas experimentaciones, juegos prohibidos a fin de cuentas, no los hacía con ella; de algún modo siempre supo que todo eso, los besos también, era dirigido a Bego. Éramos jovencísimos, pero Ainhoa y yo atravesamos algunas barreras impensables para nuestra edad. Con todo, esos devaneos, casi cotidianos en una época, forjaron una amistad más allá del tiempo y las personas que nos ofreció algunos gestos y algunas palabras que no nos dimos nunca antes de abandonar aquel absurdo juego.
En el tiempo en que mi relación con Ainhoa dejó de ser un tonteo yo ya había cumplido trece años y mi prima había pasado por los brazos de unos cuantos chicos, la mayoría desconocidos para mí; en el pueblo la oferta era pírrica. La mayoría de ellos no llegaron a entrar en casa y, que yo sepa, sólo uno alcanzó a franquear la puerta de su dormitorio. No pude aumentar mi repertorio visual dado que la torpe prepotencia de aquel idiota en forma de apresurado atosigamiento acabó por cabrear a Bego que, al fin, se negó en redondo a tener ningún tipo de relación con aquel muchacho. El pobre tipo intentó remediarlo demasiado tarde y a su ansia descuidada por penetrar a mi prima sustituyó un mimoso y suplicante regateo de besos y miraditas que no acabaron de convencerla.
Se fueron rápidamente y, cuando yo rumiaba esa pequeña frustración cada vez con menos sitio en el armario, mi prima regresó de improviso. Faltó poco para que me sorprendiera abandonando la alcoba con su súbita aparición. Mi prisa en adecuarme de nuevo dentro de mi escondrijo me dejó una incómoda sensación. Temí que hubiera notado algo. Si fue así nunca me lo dijo, pero ese día volvió a masturbarse como aquella tarde remota y ardua de iniciación y había algo en su mirada, una extraña chispa de complacencia mordaz en la que tuve que haber intuido que estaba actuando, que me ofrecía el espectáculo de su placer, que estrujaba la roja granada con alevosía como si supiese con certeza que alguien poblaba su intimidad detrás de aquella filigrana de puertas suavemente coloradas.
La relación con Ainhoa cada vez me interesaba menos y, creo recordar, me empezaba a molestar nuestra desinhibición. Rehuía nuestros contactos, espaciándolos, ella tampoco ponía impedimentos. Era el nuestro un compromiso más cómplice que amoroso y aunque nos masturbábamos todavía el uno al otro, cada vez más esporádicamente, con cierta avidez, la audacia ignorante de los primeros días iba cediendo ante una vergüenza incongruente, ante el temor a algunas consecuencias que empezábamos a conocer y ante el hecho de que yo amaba a Bego, que a Ainhoa le gustaba Andoni cada vez más y, parecía ser, que a él también le gustaba ella por el modo en que se interesaba por lo que pudiese haber entre nosotros. Entre tanto, ya casi teníamos catorce años y Bego parecía ir en serio con Jon, el de la serrería.
La edad de Bego, su noviazgo, los estudios en la capital y mis cada vez más numerosos quehaceres habían reducido la frecuencia de mis visitas al armario. Por otra parte, mi recién adquirida pasión por la lectura me había procurado un nuevo refugio, menos secreto pero más asiduo: el cuarto de baño. Con todo, pese a la falta de expectativas, no acababa de renunciar al armario que era, más que otra cosa, depósito de sueños ya.
Mis huesos se estiraban irremediablemente a la par que el ajuar de Bego iba aumentando. La antigua comodidad con la que me instalaba era una quimera, así que tenía que ingeniármelas para alargarme en aquella profusión perfumada de sábanas, manteles y mullidas toallas. Mi impunidad corría ya un serio peligro; por eso, generalmente sólo acudía a pensar y a soñar conociendo la ausencia de mi prima, quien por entonces paseaba una belleza inconmensurable, con el pelo corto, esos ojos amenazando con salirse del rostro y un cuerpo que se abultaba apretadamente, con una perfección redonda de consumado imaginero.
En todas esos años nunca le había contado a nadie mi secreto. Multitud de veces, en el colegio, oyendo los alardeos de Pablo o las fanfarronadas de Iker, había deseado callarlos a todos, contándoles cómo es realmente una mujer desnuda, de qué forma tienen el sexo, cómo deben usarlo para tener placer y todas esas cosas que sabía pero callé siempre. Ya pensaba que mi fantástico secreto se mustiaría con el paso de los años hasta que el día de la boda de Iñaki Landa, un primo lejano, tuve la audacia de llevar allí a Ainhoa. Tal vez fue un error, así lo pensé entonces, ahora no estoy tan seguro.
No recuerdo muy bien qué intenciones me impulsaron a llevarla allí, pero puedo asegurar que el sexo no estaba en mi ánimo. Puede ser que quisiera hablar con ella todo lo que hasta entonces no habíamos hablado, volcar definitivamente lo nuestro. El oloroso y recoleto lugar me inspiraría. Huimos del aburrimiento de la boda y antes de media hora estábamos dentro del mueble, aspirando el gratificante silencio y la bondad de su ambiente. Quizá fue una temeridad, hoy ya no me importa. Confío en la discreción de Ainhoa. La cosa es que yo había empezado a participarle toda la historia cuando escuchamos un estrépito de pasos y yo sentí la risa suave de mi prima. Ainhoa se asustó pero conseguí calmarla antes de que Bego entrara con Jon en la habitación. Lo que no pude impedir es que, igual que yo, se dispusiera a espiar a través de uno de los ojos de las cerraduras del armario en el que la había metido sin medir las consecuencias.
Jon era un tipo grande y fornido al que su trabajo en la serrería le impregnaba de un amable olor a aserrín y le procuraba un picor continuo en la nariz que ya había degenerado en un gracioso tic nervioso. Me caía simpático porque era un hombre simple que trataba bien a Bego y que me tallaba algunas cosillas en sus ocios de manos prodigiosas.
Enseguida empezaron a besarse con unos besos que yo no conocía. Diferentes del choque de labios ritual que Ainhoa y yo considerábamos como tal. Sus lenguas chocaban como serpientes rivales, se mordían los labios, se chupaban y se aspiraban mutuamente. Luego, ella comenzó a quitarle la camisa en tanto Jon amenazaba su tímpano con una inquieta lengua de anfibio. Bego se detuvo mordisqueando sus tetillas mientras hacia caer sus pantalones y él le aflojaba el sujetador torpemente. Bego descendía dejando un rastro de saliva por el abdomen del muchacho, arrastró el calzoncillo con ambas manos y se demoró sin piedad en aquella enormidad palpitante. Lancé una mirada de vergüenza a Ainhoa en la penumbra, pensando en el agravio comparativo que, sin duda, la joven estaría haciendo después de observar aquel miembro bestial. Creo que intuí su asombro.
Mi prima se afanaba en su labor cuando fue apartada violentamente por Jon, que la echó sobre la cama. El objeto de mi vergüenza apareció en toda su plenitud, noté a mi lado el leve columpiarse de la ropa colgada. Una mano cálida trepaba por mi pierna y hurgaba en los botones de la bragueta. Le ayudé en la penumbra sin dejar de escrutar el movimiento que se producía en el exterior. Jon y Bego estaban acoplados ya y se amaban con una lentitud exasperante y curiosa dado el prolegómeno frenético con que habían aparecido. El hombre, encima, golpeaba suave pero incesantemente el sexo de mi prima que le tenía sujeto mediante un acrobático cruce de piernas por encima de la espalda. Esta acrobacia ofrecía al hombre toda la plenitud de Bego, le daba una amplitud total, sedosa, lubricada, en la que Jon se empeñaba sin avaricia, expectante ante su demora, más dulce de lo que su robusto aspecto hacía suponer.
Ainhoa liberó de repente mi pene hinchado y sentí que se movía a mi lado aparatosamente. Antes de que pudiera solicitarle quietud, se había avalanzado ágilmente sobre mí y me regaló una sensación tan agradable como nunca había sentido. Imitaba a mi prima y jugaba conmigo con un desparpajo de sus labios que yo desconocía. Conocí, por fin, su lengua, después de tantos besos anodinos. Terminó por derrotarme sin que pudiera hacer nada por evitar el éxtasis de aquella delicia nueva. Mi semen había espesado con el paso del tiempo y noté su arcada contenida.
Había olvidado, aturdido, el carácter clandestino de nuestra situación, descuidando el celo, hasta que los gemidos que llegaban desde la cama me pusieron en guardia. Volví a la cerradura pero Ainhoa me golpeaba insistentemente con el pie, tendida entre las toallas. Me costó entender que solicitaba de mí lo mismo que hacía unos instantes me había ofrecido. Acepté franquear esta nueva barrera en mi, sin duda, prematuro aprendizaje. Estaba blanda y húmeda y olía un olor cálido que no conocía pero que me agradó. Me ceñí con saña al botoncillo protuberante que en múltiples ocasiones había masajeado en nuestro rincón de la chopera del río. Le costaba mantener las piernas abiertas, me estrujaba las orejas con ellas. Las sujeté con mis manos y aspiré su sexo joven con todas mis ganas, en una especie de furibunda contrición por la basca que mi egoísmo al no avisarle a tiempo le había producido. Se retorcía sin control y dejó escapar un tímido gemido. Aminoré el ritmo de mis lametones, besé con lentitud aquella pulpa gelatinosa mientras amordazaba con la mano, a duras penas, el delirio absoluto que la galvanizó un instante entre la ropa a oscuras.
En el preciso instante en que mi compañera era puro espasmo y casi me arranca la mano, reparé en el movimiento que se producía en la alcoba. Dejé a Ainhoa en las postrimerías del placer y vi que Bego instaba a Jon para que se vistiera rápidamente. El hombre parecía extrañado pero ella no le daba tregua. Temí que se tratara de la llegada de alguien nuevo. Ahora, tantos años después, comprendo que lo hizo por mí y comprendo también aquella sonrisa irónica que lanzó al armario mientras cerraba la puerta tras de sí. Mi inocencia de entonces no me hizo entender que lo sabía todo, que siempre lo había sabido.
No volví a verla nunca desnuda desde el armario. Ainhoa y yo sellamos allí nuestros contactos de la infancia, pero amasamos una amistad más fuerte que todo y que nos llevaría a amarnos ocasionalmente años más tarde, cuando ya éramos dos personajes derrotados. La vida tiraba de nosotros con rumbos diferentes. Bego acabó por irse a la capital, la desgracia no quiso que se casara con Jon. Así le fue.
Hace tres días llegamos al caserío. Todavía seguimos en él. Muchas cosas permanecen intactas. He descubierto cosas impensables, removiendo el polvo y las telarañas de las estancias vacías. Es el caso de estos cuadernos que remato con esta historia que siempre guardé. Es casi lo único que he sabido hacer toda la vida: contar cosas con mayor o menor fortuna.
El colofón de esta historia debería ponerlo mi prima porque hace tres días, cuando me sorprendió mirando absorto el mueble vacío con una nube de tiempo en los ojos abiertos, me contó lo que en alguna ocasión tenía que haber sospechado. Me contó con esa suavidad de arrullo que me hace polvo cómo no sólo sabía de mis incógnitas visitas sino que con el tiempo las deseó y, más tarde, las convirtió en pasajes de placer compartido de aquel modo peculiar.
Yo que estaba dispuesto a confesar el pecado de la violación de su intimidad me encontré con que, hasta cierto punto, había sido gratamente utilizado para algo que no podía recriminarle. Me contó el placer que le producía la sensación de saberme espiando, compartir la presencia escondida, el ojo indiscreto. Había llegado a acostumbrarse de tal forma a presentirme que me había convertido en una necesidad imposible. Se dio cuenta el día de la boda de Josu Landa, cuando nos siguió al caserío. Sabía que estábamos dentro y forzó la escena, pero un impulso repentino le hizo ver que aquello era una necedad y le dio fin para siempre.
Llevamos tres días enredados en una prisa sin sentido, empeñados en recuperar tantos años de llamarnos a base de alejamientos y acercamientos pueriles. Es posible que muramos de inanición, apenas recuperamos el aliento volvemos a perderlo comiéndonos a besos. Me he refugiado en el viejo cuarto de baño, mi otra pasión es la escritura. Pronto anochecerá, la luz escasea en este cuarto diminuto; tendré que dejarlo, oigo pasos, los pies desnudos de mi prima desnuda vuelven a por mí...

miércoles, 23 de enero de 2008

«Grand Prix» (De 'El asno en globo')

En el nº 47 de 'El asno en globo' encuentro y recorto una perla maravillosa que, hace más de dos décadas, firmó alguien con un anagrama tan sutil y maravilloso como el de Elbira Garrota. Sin embargo, no fue hasta hace unos pocos meses, al conseguir acceso al prodigioso sótano del sanatorio, que descubrí la que creo pista definitiva de la identidad del autor. Es, como quedaba claro en la firma, alguien de una noble y leal villa del Bajo Deba. Es hombre, no mujer como miente la firma; y, curiosa y extraordinariamente, no se trata de ningún interno, sino de uno de los pedagogos eventuales que se encargaron por aquella época de coordinar la edición de la revista.
No voy a desvelar la identidad de 'Elbira Garrota', por supuesto, pero diré que, por lo que he llegado a hablar con él, no desmerece en absoluto formar parte del elenco de maravillosos locos que alguna vez escribieron en El Asno. Su colaboración fue la que sigue:


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«Renato es un loco de mi planta que tiene la suerte de ser catatónico. Por esa razón, le fue adjudicada una preciosa silla de ruedas, nueva a estrenar. Los lunes y los miércoles me acerco a él y le pido amablemente que me la preste. Jamás he escuchado de su boca el más mínimo impedimento,¡grande, Renato!. En pago a su amabilidad, le coloco un auténtico rubio americano en los apretados labios, se lo enciendo y, entonces, una chispita de dicha en sus ojos me persuade de que, en ese instante, se siente el hombre más feliz de este mundo blanco y mullido. Con la silla de Renato realizo verdaderas diabluras. Me lanzo por los corredores como si fuera un bólido monoplaza mientras Toribio, ¡oh, genial esquizofrénico! me cronometra las idas y las venidas. Por regla general, suelo ir hasta el vestíbulo que separa nuestra galería del de las ninfómanas; éstas me aplauden con ojos extraviados, apretándose contra la puerta de cristal cuando, sin detenerme, trazo un impresionante giro de ciento ochenta y pico grados rozando el imponente macetero de flores de plástico. Regateo por los pasillos, fintando, esquivando y sorteando todo tipo de obstáculos: sorteo a Tito, que a esas horas, más o menos, reedita su memorable triunfo en la Concha a bordo de la Libia; sorteo a Rogelio, aquel temible e histórico ariete, que sigue rematando una y mil veces el gol que nos proporcionó la Copa de hace veintidós años; sorteo a Luciano, su impotente e infatigable defensa marcador, una y mil veces burlado y también sorteo a otros internos con menos nombre. Es fenomenal. Algunos días consigo terminar la carrera antes de que a Renato se le haga una nueva llaga en los silenciosos labios.»

Viejos sonetos con viejos temas: amor, cine, besos

Persistes en el vívido empedrado,
y en los álamos que el invierno atere,
y en el sol dormido que aún no quiere
asomar su bostezo ensangrentado.

Y también en lo apenas reparado:
en este mar que tan cercano muere,
en los versos que mi eco te refiere
por que, ¡mago! me sientas a tu lado.

Y cada imperfección te perfecciona,
y cada perfección te redondea,
te pule, para ser mejor persona;

te alza hasta un altar de ámbar y jalea
donde un ojo, más miel, no te abandona
inmóvil en la suerte que te crea.

Para doña Sebas, desde cuando
lo de su aita...

Pulsa el sueño adherido en el respaldo
de ajado terciopelo en las plateas,
fluyan arduos Espartacos, brujas feas,
¡muera el hampón! ¡viva Teobaldo!

Es lo mismo Manhattan, Barakaldo,
la misma Meca, seas de donde seas,
la verdad es mentira y cuanto veas
es tu verdad, aún a precio de saldo.

Ábrete de orejas, hombre tranquilo
antes que rubia tentación se incline
alzando así tu corazón en vilo.

Grita y susurra y deja que se hacine
tu mente con Poirot, surcando el Nilo
aunque estés en tu pueblo, en un mal cine.



No digas besos, di palomas rojas,
puedes decir granadas entreabiertas
di también corazón que abre sus puertas
o mariposas mancas, ciegas, cojas.

Por decir, di la lluvia en que me mojas,
di azucenas que brotan en las huertas,
di yertos lirios en las bocas muertas,
di del bosque secreto alfombra de hojas.

No digas besos, dulces desagravios
que golpean en óvalos que ilesos
tornarán de otros óvalos, más sabios.

Besos no digas; mas descorre, gruesos,
el telón de sueños que son tus labios;
no los nombres, mejor dame tus besos...


Onceavo poema de amor definitivo

Me preguntabas por qué bajo tu cabello
nunca dudo
y ceso una mirada en la medrosa yema.
No tengo la vida por herida
y mi madre va en mi frente, arrugándose
con cada beso que cae en la hierba.
Me han amado para enseñarme a hacerlo
y yo te devuelvo la mano vacía
como un tesoro incalculable
por lo menos hoy, con este rubor.
Tú sabes que esas dudas son dobles diamantes
y cada dolor,
un cielo amanecido en la memoria...
Mañana quizá, en la misma mano
encuentres las mariposas
que he criado con los gusanos
de tu precioso olvido...

martes, 22 de enero de 2008

Txinaurria lotzen da...

Goiza bukatzeko lagun batek nire txinaurriekiko grina aipatu dit. Normala denez ezdakit nork estralurtarrak beraiek direla esan zuela esan diot. Gero konturatu naiz lagun hauxe izan zela aspaldi bitxikeri hura komentatu zidana. Eta kontatu ere, kontatu zidan nola ematen zituen udak Salamancako herrixka batean (¿Pedrosillo el Ralon?) txinaurrien harat-honatak, lanak eta ilada izugarriak aztertzen, gehienetan aho bete hortz insektu txiki arruntek liruraturik eta eguzkiak bertan burua erretzeko arriskuz. Berak ere ohartarazi zidan garai batean nola txinaurriaren fabula alderantziz ere begiratu ahal zen, Laboaren abesti ederra aipatuz.
Eta gero esaten dit neurea «grina» dela. Ezdakit ba hain laguna den nire lagun hau...

«Carpe Diem» o «¿Hermosos cadáveres nunca fuimos?»

Es ridículo porfiar con los sentidos,
darse del mundanal ruido ruidosa fuga,
avanzar a la quietud de la oruga,
el ánimo y la vida contenidos.
Es bárbaro apartarse
del pelotón, buscar olvido,
aún a tenor de lo sabido
equivocarse.
Es inútil tratar de eludir la muerte
que, como sabes, nace cuando naces,
camuflado en aburridas paces,
que no trocaran, ay ilusión, certera suerte.
Date al vino y al sudor de cualquier lecho,
y a las altas horas de las vivas madrugadas
y a las incertidumbres más indeseadas,
date, si así quieres, hasta ser puro deshecho.
Busca el cielo que pasa, limpia lentitud,
sobre los altos edificios,
que nadie te demande beneficios
ni lo que hicieres con tu vieja juventud.

Hormigu...

La gracia está precisamente en que jamás la voy a acabar. Existe una novela en proyecto perenne que nunca se va a terminar de titular '...ntos suspen...' y dentro de ella existe, éste sí perfectamente terminado, el corto relato que viene a continuación. Tiene dos claros protagonistas que existieron, con otros nombres creo recordar; quiero imaginar que la anécdota podría ser tan real como ellos. De aquel Antonio ya no sé nada; de Ángela sé que pasea la misma belleza no muy lejos de aquí y, por si leyera el cuento y se reconociera, a ella va dedicado.

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“Cuando parece que tienes una sola pasión, un anhelo más fuerte que el viento que pela las colinas de Cabo Verde, una convicción absoluta, un sueño único uno... entonces, lo más seguro es que todo sea mentira. Claro que tampoco se debe resumir todo en un posibilista: APASIONADO SOÑADOR QUE EN UN SOLO APARTE CAMUFLA SU ATORMENTADA ALMA. Y así se crean historias nuevas. Y así surgen nuevos medios amores...
Tomamos una fecha, nos hacemos con unos individuos, un pueblo cerca del mar, varios pueblos quizá. El primero de los individuos adolece de ensoñación, es hombre, es joven y tiene un sueño sin deterioro: navegar. Navegar y tratar de hallar una libertad que sólo él entiende, una de esas libertades que suelen encarcelar a cuantos te rodean. Lleva años preparando esta presunta liberación, esta fuga hasta los hielos del norte... y más allá. Le embarga una boba emoción y ya nada parece capaz de retener su ansia: quince días apenas y partirá para ese polo donde ni siquiera hay papagayos que comprar y amaestrar para poder llevar en el hombro, ofreciéndole cacahuetes indios de tinglado en tinglado.
En muchos aspectos, es un espécimen clásico de homo sapiens adorable clásico, con esa clásica capacidad para irse a celebrar su pronta marcha unos cinco días antes. Con esa capacidad para querer hacerlo, marcharse, lejos de ese segundo individuo también joven, mujer y con otros sueños, menos peregrinos, y con las mismas pasiones, que la abrasan. ¿Son Antonio y Ángela? Son Antonio y Ángela.
Ella rodea la noche con miradas y una especulación inerme. Le gusta soñar cosas tontas que no cuenta a casi nadie porque las sueña despierta, con esos ojos que te van metiendo dentro de ella sin que tengas necesidad de tocarla, ni de saberla, a veces... Y aunque ella y el marinero Antonio apenas se conocen, ya le lleva medio desconcertado por los bares de la madrugada. Antonio prueba esas cosas que cree que no le van a comprometer. Alza en derredor una muralla de años y años de cemento, arenisca, capas de hormigón protegiendo esa ansia para la que sólo faltan ciento veinte horas, hora arriba, hora abajo.
Ángela es alta, bien alimentada y no tiene casi nada de Julia Roberts ni de Demi Moore, pero puede que Jacqueline Biss... De Ángela se podrían decir muchas cosas: que no tiene el pelo muy largo, que no es rubia, que no es morena, que adora llenarse de arena en las playas vacías, que se ducha a menudo, que su sonrisa es de la amplitud de su boca y que, en ocasiones, cuando es más franca, se ríe con una voz mutante y se le redondea la barbilla. Ángela no tiene acné desde hace una eternidad, ha visto pasar muchos barcos delante de su vida, barcos con hombres que casi nunca eran marineros y que le han ido fabricando esa mirada de lluvia prehistórica como perla en un helecho gigante. La mirada que nos hace trapo sin compasión.
A Ángela, ¡oh, destino! le gusta ese marinero, sin barco todavía, que va a prometerle esta misma noche que le escribirá alguna carta justo mientras transita enfrente de las costas de Jutlandia o, quizá, al pasar cerca de Bremen. La besará a casi cuatro días de su marcha, por algún desierto paseo marítimo, unos besos sin compromiso para sus capas de hormigón, unos besos crepusculares, besos esporádicos al principio, cada dos o cada tres bancos; pero no hay peligro, no hay peligro, cree... Entre beso y beso inicuos, habla y habla, cada vez menos, y besa y besa, cada vez más. Porque de Ángela, se puede también asegurar, que escucha como nadie, que besa como entregando un ultimátum y que mira como un entramado de malla, como un trasmallo casi inexpugnable para los peces. Antes de darle tiempo al sol, ya tenemos un medio amor. Lo he pasado muy bien, tal vez (tal vez) te escriba, cuídate, y abrígate y vigila los icebergs...
Antonio es guapo y ahora, cuando se va tan lejos y para tanto tiempo, más guapo todavía. En realidad, ella piensa que se trata de un barco más, porque no es consciente, pobre, de que en ese no ponerse ataduras, ni límites, en ese respetar sus enormes ansias de libertad, en ese evitarle los corchetes, ahí, ahí mismo es donde lo ha amarrado en una cárcel de viento, en una trampa de miradas Jacqueline o Vanessa Redgrave o, ¿por qué no? Charlotte Rampling... Se acaban los bancos verdes del paseo y se acaban los besos en los que se han depositado las larvas de hormiga común que se multiplicarán sin piedad cavando su hormiguero, devorando el hormigón, comiéndose el armazón que pensaba inexpugnable. Hormiga, hormiguero, hormigón... Y así, un día, cuando estará sentada en el último banco del mismo paseo cerca de un hermoso puente de hierro, tirando su mirada por la baranda, una mano derecha de un cuerpo que ha venido en tren vía Copenhague–Bruselas–París–Irún le tocará en el hombro y le vendrá la voz mutante y se le redondeará la barbilla y le asaltará un hormigueo, hormiga, hormiguero, hormigón, hormigueo, hormig...”