viernes, 1 de febrero de 2008

El Harishari

Para Isabella,
a quien salvó
el hárguix.

La abuela de Davianna tejía cuentos. Era justo lo que Yeiriam estaba escuchando contar a su madre mientras jugueteaba con Liine, su gatita, tirada en el suelo. Davianna tejía una bufanda multicolor mientras le hablaba a la niña.
-¿Tejía cuentos? –preguntó-. ¿Tu abuela?
-Exactamente, Yeiriam. Allí en la aldea donde vivíamos, sobre todo en invierno. Teníamos una hermosa chimenea y ella se pasaba las horas en la vieja mecedora tejiendo y tejiendo. ¿Sabías que tu bisabuela era famosa en la región por su excelente mano con las agujas?
-¿Sí?
-Sí. Dominaba todos los tipos de punto. Del derecho y del revés, holgados y prietos, inglés y holandés, cadenetas, cruzado y doble marsellés. Tenía un ojo casi mágico para las medidas, las sisas y los remates. Y además, cuando tejía, inventaba unas historias maravillosas.
-¿Se sabía muchos cuentos, mamá?
-Muchos. Se sabía muchos que había aprendido desde niña y, además, muchos más que se inventaba sobre la marcha. Nunca repetía la misma historia a no ser que se lo pidiésemos y aún así, se las apañaba para introducir un toque aquí, otro toque allá, para que el cuento mantuviese el interés de un cuento nuevo. Y nunca paraba de darle a las agujas, tipi tapa, tipi tapa, tejiendo y hablando como si fuera el poncho o el jersey o el gorro que iba creando el que estuviese contando la historia.
-Como tú casi. Tú también tejes muy rápido.
-¡Uy, esto no es nada, cariño! A su lado soy una aprendiza de tejedora, Yeiriam. Yo me quedaba absorta en aquellos eternos inviernos mirándola hacer punto, meciéndose incansablemente junto a las llamas y encadenando cuentos con consejos, cosiendo refranes con dulces reprimendas, tramando recuerdos con recetas de dulces...
Davianna se detuvo un instante con la mirada perdida en algún momento del ayer. Hacía casi veinte años que su abuela Luzyd le había contado el último cuento. Más tarde había intentado recopilar aquellas narraciones en sus diarios, hasta que se dio cuenta de que no lo necesitaba. Fue un día en que su sobrina Lycerne cayó enferma estando en la casa de Davianna, cuando ésta aún vivía con sus padres. Entonces, se acomodó junto a la cama donde Lycernne se estremecía de fiebre, tomó su punto y pasó toda la tarde junto a ella, cuidándola, tejiendo y... contándole un cuento tras otro, casi sin darse cuenta.
Eran más de las doce cuando su sobrina cayó rendida por el sueño, la fiebre había remitido y a ella le dolían terriblemente los ojos y el cuello. Ese día cayó en la cuenta de que no necesitaba registrar por escrito el legado de su abuela Luzyd. De alguna manera, aquella fabulosa mujer a la que tanto había amado se había quedado en ella para siempre. Supo que hacer aquello que acababa de hacer esa tarde era mantenerla viva eternamente.
-¿También hacía pasteles tu abuela? –preguntó Yeiriam, sacándola de su abstracción.
-¡Riquísimos! En la aldea teníamos un horno enorme junto a las cuadras. Allí era muy necesario, hija. Sobre todo porque en el invierno nunca sabíamos si iba a poder venir Lisser, el panadero, cuando las nevadas empezaban y no se sabía cuándo iban a terminar. Allí hacía ella sus galletas de pasas, sus almendrados, los bollos de miel, las cazuelitas de espuma y los piriñaques. Para la fiesta siempre montaba dos tartas enormes. Una de chocolate con piñones y otra de bizcocho confitado de escarchas.
-¡Ummmm, piriñaques! Me encantan los piriñaques. ¿Ella te enseñó?
-Sí. También eran mis favoritos –volvió a quedarse pensativa, absorta, de nuevo, en alguna nube del pasado-. Y de Yoshbaz el Molhey también.
-¿De quién?
-Yoshbaz el Molhey –repitió Davianna, casi deletreándole el nombre.
-¿Y quién es ese Yobasel Moel? –preguntó graciosamente la niña.
-¿Nunca te he contado la historia de Yoshbaz? –miró a su hija y ésta negó expresiva con la cabeza, los ojos abiertos de par en par -. Pues en realidad no es una historia, porque Yoshbaz existió, vaya si existió... Acércame el ovillo morado, cariño, por favor.
Yeiriam soltó a Liine y se acercó a la antigua alacena donde su madre guardaba las cosas de costura, los retratos de su familia, la hermosa mantelería de las grandes ocasiones y algunos trastos que a la niña le parecían antiguallas. Abrió la puerta de abajo y sacó el ovillo que su madre le había pedido.
-Gracias, preciosa.
-Sigue, mamá.
-Bueno... Mucho antes de nacer yo, no recuerdo bien el año, hubo un invierno terrible. Ya a finales de octubre empezaron a caer las primeras nevadas. El arroyo que pasa cerca de la aldea se heló en pleno otoño. Y para antes de la semana de Navidad ya no había un solo día en que el termómetro subiese de los cero grados.
‘Tú ya sabes cómo son las noches en la aldea. Pues aquello no tenía ni punto de comparación con lo que conoces. En casa de mi abuela se habían encargado de aprovisionarse bien de leña pero, con la pinta que tenía aquello, temían quedarse sin fuego antes de que remitiera y, por otro lado, el campo estaba de una manera en que era imposible salir a por más madera.
Justo diez días antes de Nochebuena, en el cumpleaños de mi abuelo, poco antes de la cena, escucharon unos golpes en la puerta. Mi madre y su hermana se afanaban, terminando de poner la mesa y mi abuelo y su hermano Beñat fumaban junto al fuego, charlando preocupados por la cosecha y el temporal que arreciaba fuera.
-¿Quién será a estas horas y con esta ventisca? –preguntó Beñat.
-Habrá sido el aire, los goznes están viejos –replicó mi abuelo, pero los golpes tronaron de nuevo, más fuertes y seguidos que la vez anterior.
Total, que al final decidieron acercarse a la puerta y mirar a qué obedecía aquel estruendo. Fuera el aire silbaba con una fuerza terrible y a través del ventanuco empañado se podían ver miles de copos de nieve zarandeados por el vendaval. Abrió el abuelo y la puerta, empujada por el viento, casi le derriba. Entonces fue cuando la causa de los golpes en la puerta apareció ante sus ojos, desplomándose en la entrada y desparramando el contenido del enorme saco que traía.
Entre todos lo arrastraron al comedor, la abuela recogió el saco y fue metiendo en él, como buenamente pudo, las curiosas cosas que de allí habían salido. Mi madre preparó una copita de coñac mientras el abuelo y tío Beñat lo levantaban hasta la mecedora de la abuela, junto a la chimenea. El calor de la misma hizo que enseguida empezase a reaccionar.
Era un hombre de unos cuarenta años, su piel era muy oscura y lucía un impresionante bigote negro, muy tupido. Cuando abrió los ojos por completo, mi madre se quedó fascinada. Nunca había visto unos ojos tan hermosos ni tan negros. Se quedó medio atontada con la copa en la mano, sin atinar a acercársela. Mi abuela se la quitó, con una mirada de reprobación, y la mandó ir a vigilar el asado.
-Tenga usted, esto le reanimará –le dijo, ofreciéndole el coñac. Pero el extraño hizo un gesto negativo con la cara apenas le llegó el olor de la copa.
-Lo siento, señora, no puedo beber alcohol, prohibe Corán... –dijo con un acento extranjero que sonaba suave y agradable.
-Supongo que el Corán sabrá hacer una excepción cuando el coñac se toma como... medicina, digamos. Venga, no refunfuñe y déle un buen trago.
El recién llegado no tuvo más remedio que obedecer las órdenes de la abuela. ¡Menuda era cuando se empeñaba en algo! Fue poco a poco recobrando el aliento y la normalidad. Más aún con el caldo hirviendo que le ofreció tía Dina. Pudieron ver que llevaba un abrigo de astracán que le llegaba casi hasta las inadecuadas babuchas rojas. De su cabeza había caído, al entrar, un gorro como el que habían visto alguna vez en las películas de cosacos. Su pelo era de un negro intensísimo, como el de su bigote y el de sus ojos. Aceptó sentarse a la mesa, pero durante la cena apenas probó bocado.
Les contó que se dedicaba a vender sus objetos de pueblo en pueblo y que había tenido la mala idea de aventurarse desde la población más cercana, con la intención de llegar a nuestra aldea antes de que se hiciera de noche. Pero la tormenta le había retrasado y, sólo el milagro de ver las luces que el abuelo había tenido a bien colgar en la entrada, lo había salvado de morir enterrado en la nieve.
Contó también que no era moro, como el abuelo y el tío Beñat habían supuesto en un principio, sino que provenía de un país que estaba dentro de otro país y que su raza era una raza que vivía en unas montañas mucho más frías que el páramo en el que estaba nuestra aldea.
-Mi nombre es Yoshbaz el Molhey y soy hijo de Molhey bin Yuanned, doctor de la aldea de Wad Baraq. Salí de allí, huyendo del exterminio que el sha acababa de proclamar contra nuestro pueblo y me convertí en viajero y buhonero. Alá ha querido que recorra medio mundo para caer en la misericordia de unos buenos cristianos. Que Él bendiga con una larga vida a todos ellos y, sobre todo, a aquél que hoy cumple años.
Al abuelo Gahix, que era tan bruto como buena persona, no acababa de hacerle mucha gracia que un hereje tuviera que pasar algunos días en su casa. Y menos después de observar la especie de sugestión que el extranjero ejercía sobre las mujeres, embobadas ante la novedad de su tez, su acento y las curiosas y magníficas ropas que vestía.
Con la abuela es con quien mejores migas hizo al instante. Y, sobre todo, porque resultó ser un tejedor formidable. Después de cenar, se sentaron cerca del fuego a tomar los licores y la deliciosa tarta de arándanos y queso que habían preparado, para que el abuelo soplara una única vela como hacía desde ya algunos años. La abuela se instaló en su invariable mecedora y, sin desatender la conversación, tomó sus agujas y siguió con cualquiera de las tareas que tenía en su cesto de labores que, como ya sabes, es este mismo que tenemos aquí y que también perteneció a su abuela, mi tatarabuela Mayrian."
-¡Mi tata tatarabuela Mayrian! – intervino Yeiriam, divertida.
-Exactamente, cariño –corroboró la madre-. El caso es que a Yoshbaz parecía interesarle mucho el punto que tejía la abuela. Enseguida se creó entre ellos una corriente de simpatía que terminó de enojar al abuelo.
"Acabó la noche y todos se retiraron. Yoshbaz sólo aceptó como lecho una esterilla cerca del fuego de la chimenea. Sacó una preciosa manta, no demasiado gruesa, y es cuanto necesitó para abrigarse en la noche. La abuela se obstinaba en que aceptase un par de mantas más pero Yoshbaz las rechazó.
-Ya han hecho demasiado por mí esta noche, señora. Créame que con esta manta tendré más que suficiente. Esta hecha de un tejido muy especial y siempre me ofrece el calor que necesito. Vayan tranquilos a descansar, aquí estaré perfectamente –dijo el extranjero inclinándose en un gesto que era, a la vez, saludo y agradecimiento.
En los días siguientes el temporal no amainó un ápice. La nieve se agolpaba en la entrada y las ventoleras de las noches amenazaban levantar el tejado de la antigua, pero robusta, casa. Como no se podía salir al campo y a las vacas sólo se les podía atender en los establos, los hombres tenían tiempo para realizar trabajos menos urgentes dentro de la casa. Ahí Yoshbaz no se mostró como una gran ayuda. Bastante más lo era para las mujeres, para mal de mi abuelo y del tío Beñat.
Toda la poca maña que aquel curioso hombre no poseía para los martillos y los clavos, la poseía de sobra para la cocina. Y, sobre todo, para los hilos y las agujas. Quiso enseñarle a la abuela el secreto de las alfombras de Isfahán pero faltaba espacio y medios. Apuntaba, curioso, las recetas y escudriñaba el punto que hacía la abuela para los jerseys y las bufandas. Y se hacían reír mutuamente en el tedio de las tardes, encerrados por la nieve.
Para mi abuelo aquella situación era muy incómoda. Primero, porque se sentía un poco celoso; Yoshbaz, después de todo, era un hombre guapo. Segundo, porque, a fin de cuentas, se trataba de alguien que creía en otro Dios distinto y eso le convertía en lo que a él le habían enseñado que era un hereje. Y encima, el tío Beñat estaba todo el rato malmetiendo contra él.
Así estaban las cosas cuando llegó la noche anterior al día de Reyes. Llevaban muchos días encerrados, las provisiones y, sobre todo, la leña empezaban a escasear. El abuelo se retiró a su dormitorio con la idea de decirle a la abuela que, al día siguiente, el huésped extranjero debía abandonar la casa. Se metió en la cama y esperó a que mi abuela terminara de recoger abajo y subiera a acostarse. Pero la abuela Luzyd tardó mucho, pero mucho, en subir.
Después que todos se retiraran, ella había tomado sus agujas, sentándose a tejer un rato con la sola compañía de Yoshbaz que descansaba en su estera, como había hecho desde el día que llegó.
-¿Seguro que no tiene frío? Esa fina tela con que se cubre me parece tan escasa...
-Parece escasa pero da más calor que diez mantas. Está tejida con harishari, señora.
Y entonces, viendo la cara de sorpresa que ponía mi abuela, le explicó qué era el Harishari. Le explicó que se trataba del hilo mágico que sólo se podía elaborar con la lana de las ovejas eternas que pastan en los valles de Mentbitaï, la montaña viajera.”
-¿La montaña viajera? –exclamó Yeiriam, que iba de sorpresa en sorpresa -¿Existe de verdad... dónde está, mamá?
-¡Por supuesto que existe! Pero eso es otro cuento y primero tendremos que acabar con el del harishari, ¿no?... ¿o prefieres que lo deje para otro día, so impaciente?
-¡Nooo! Sigue, mamá.
-Pues, como te decía, el harishari se hila con la lana de esas ovejas. Pero no creas que son unas ovejas normales como las que crían en nuestra aldea, no. Aquellas ovejas, explicó Yoshbaz, se alimentaban de las flores de cristal del valle del río Beirum, a donde muy pocos elegidos podían llegar.
“Aquel fantástico viajero no le reveló a mi abuela cómo él había sido uno de aquellos elegidos, pero sí cuál era la magia de aquel tejido.
-El harishari es el más fuerte de todos hilos, con él tejerás las prendas más resistentes al frío y, sin embargo, las más livianas –le contó a mi atónita abuela -. Pero, no todo el mundo puede usarlo, señora, pues el harishari cobra su fuerza y su magia del corazón que lo teje y del corazón que lo viste. Así, lo mismo que es liviano puede tornarse pesado como una gran roca si quien lo porta actúa con vileza. Puede, también, sencillamente desaparecer, si estima que su poseedor no es merecedor de este tesoro. El harishari sólo se puede regalar y nunca se puede usar con ánimo de... de...
-De lucro –le ayudó mi abuela.
Yo te lo cuento como si aquel hombre hablase bien nuestra lengua, para que me entiendas, Yeiriam, pero mi abuela decía que, aunque se le entendía bien, tenía muchas dificultades con algunas palabras y además su acento era muy especial. «Dulcísimo», repetía ella.
-Eso es –confirmó él –, jamás se debe aceptar nada en pago de algo que haya sido tejido con harishari. Se puede decir que su magia es fuerte si tu corazón es sano, sino, es un hilo vulgar o, incluso, cruel.
La abuela miraba la especie de mantel que le cubría. Tenía un brillo fabuloso. Daba la impresión de tratarse de miles de cristales que se entramaban para conformar la tela que se adosaba al cuerpo del extranjero. Pero, al tiempo, daba también impresión de levedad. Era como si utilizara un hermoso y brillante papel como cobertor.
-En esta casa han sido más amables de lo que estaban obligados. Lo han sido con alguien que quizá se ha tomado demasiadas libertades, con un extranjero que, además, es un infiel. Sé que la paciencia de quien manda esta casa llega al límite. Mucha gente de mi pueblo no hubiese aguantado tanto, puede creerme. Por eso mi agradecimiento es doble, señora Luzyd. Espero poder pagarle alguna vez todo lo que han hecho por mí.
-Usted no tiene que pagar nada, señor Yoshbaz. Y, no se preocupe por mi marido, créame, aunque no lo parezca, es más bueno que el pan. Pero no corren los mejores tiempos, y no lo digo por estas nevadas sólo. Hay muchos recelos para con los extranjeros y más, usted me perdonará, si tienen la piel más oscura que la nuestra y si, encima, adoran a Alá...
Guardaron un triste silencio durante un buen rato. La abuela guardó sus agujas y se levantó de su mecedora.
-Es muy tarde. En pocas horas amanecerá y esta noche vienen los Reyes Magos. Voy a colocar cuatro cositas que tengo en el árbol del salón, por poco que sea, siempre hace ilusión...
-Buenas noches, señora. Que descanse y que esos Reyes sean más magos que nunca y se porten con usted como merece.
Allí lo dejó, en su estera, cubierto con su maravilloso manto de harishari, y se dirigió a la alcoba. El abuelo esperaba, pese a la hora, despierto. Ella lo sabía y no dudó en preguntarle.
-¿Qué temes, Gahix?
-Te mentiría si te dijera que no he tenido turbios pensamientos -confesó el abuelo -. Pero son tantos los años que llevo contigo, tanto lo vivido, te he visto tejer tantos cuentos en los crudos inviernos, te he observado repartiendo tanta felicidad, y no sólo con tus dulces, que sólo puedo avergonzarme, no ya de haber considerado estar celoso, sino de haber pensado expulsar a ese pobre hombre de la casa, Luzyd. Puede quedarse cuanto quiera.
-No te avergüences, sabía que no lo harías. Además, tus celos me halagan. Pero, no sé, tengo el presentimiento de que no se va a quedar demasiado.
-La verdad, mujer, empiezo a preocuparme. Mañana propondré racionar los víveres que nos quedan. Y... –la voz del abuelo sonaba muy grave- ... tenemos un problema con la leña, Luzyd. Apenas hay para unos días y, si no remite este terrible frío... el hambre podremos aguantarla, pero el frío... tendremos que empezar a quemar cosas.
-Duerme, Gahix, no le des más vueltas y confía en la providencia.
El día siguiente llegó cuando apenas el abuelo había conseguido juntar los ojos de tan preocupado como estaba. Por eso apuró el descanso, no había ninguna prisa por levantarse, estaban encerrados y lo poco que había de faena podría esperar una hora más.
Cuando mis abuelos bajaron a la cocina se encontraron a toda la familia reunida desayunando en silencio. Parecían tristes.
-¿Qué os pasa, esto parece un velatorio? Deberíais estar contentos, hoy es el día de Reyes –les dijo la abuela.
-Se ha ido –anunció la tía Dina.
-¿Yoshbad? –preguntó la abuela, la tía Dina asintió.
-¿Pero... cómo, cuándo? ¿Le habéis dicho algo? ¿Qué ha pasado? –preguntó el abuelo –. ¡Morirá ahí fuera, tenemos que ir a buscarle!
-No, esposo –le calmó la abuela –. Nada podemos hacer y, creedme, tengo la sospecha de que nada tenemos que temer, Yoshbaz no es de este mundo. No sé de cuál viene verdaderamente, pero de éste no es.
El tío Beñat explicó que nada sabían, que para cuando él había ido a reavivar el fuego, apenas amanecido, ya no estaban ni el extranjero ni su saco. La tía Agnessa añadió que había dejado algo: un regalo.
-¿Un regalo?
-Para ti, madre. Está en el árbol. No parece gran cosa: un carrete de hilo. Ah, y un sobre para padre.
-¿Qué no parece gran cosa? –dijo la abuela, que había corrido a ver qué había dejado – ¡El Harishari! Es el regalo más importante que jamás haya recibido. Y fijaros que digo “importante”. ¿Qué te dice en la carta, Gahix?
El abuelo leyó la breve carta que había dejado. En ella repetía el agradecimiento que le había expuesto a la abuela en la noche y le decía al abuelo que siguiera confiando en ella y en las cosas maravillosas que pronto les propondría, pues de esa fe podrían depender sus vidas.
Y así habría de ser, en efecto. La ola de frío no sólo no remitió, se recrudeció en los días siguientes. Las predicciones más pesimistas del abuelo empezaban a cumplirse. Impuso un racionamiento estricto pero las reservas de madera bajaban sin remedio.
-Beñat, Baldir, hijo, vamos a tener que salir. O conseguimos leña o moriremos de frío en un par de semanas.
-¿Salir? Aunque consiguiéramos llegar al bosque del piélago no podríamos acarrear nada, padre. Tendríamos que ir atiborrados de ropa, ahí fuera hace no menos de veinte grados bajo cero. Y ese viento es matador.
-Lo sé, hijo. Pero no tenemos otro remedio. Tenemos que intentarlo.
El tío Beñat y Baldir asintieron compungidos. El abuelo tenía razón, no tenían elección aunque, la perspectiva de salir ahí fuera no era muy halagüeña. Entonces, habló la abuela.
-¿Para cuántos días calculas que nos quedará leña, Beñat?
-Racionando cuanto podamos y durmiendo todos juntos en la cocina, puede que cuatro o cinco días calientes, quizá seis, pero los animales...
-Sacrificad a los que veáis que no van a aguantar y dadme esos días para tejeros algo muy especial. Y tened fe, si no, nada podremos hacer.
Todos la miraron con la lógica sorpresa. Pero la respetaban demasiado como para tomarse a broma sus palabras. Por si acaso, el abuelo las refrendó.
-Haremos lo que dice Luzyd. Sólo la fe que ella nos pide y nos pedía Yoshbaz y... un milagro nos salvarán.
La abuela tomó el carrete de harishari que le había dejado Yoshbaz, sacó sus agujas y se sentó en su vieja mecedora. Desde ese momento, y durante tres días y tres noches, estuvo teje que te teje, sin parar de contar historias, como hacía siempre, a todos la familia, sentada en derredor de ella para aprovechar el calor.
Todos acabaron maravillados, no sólo de las fabulosas historias de mi abuela, sino de aquel pequeño carrete de donde el precioso hilo había ido saliendo sin parecer tener fin, posibilitando que, al cabo de los tres días de agotadora labor hubiese, sobre la mesa de la cocina, tres maravillosos trajes de harishari. Parecían, a simple vista, tres trajes de guerrero. Eran semejantes a esas mallas que los caballeros de los torneos medievales llevaban debajo de las armaduras.
-¡Ponéoslos! –les ordenó la abuela con voz fatigada – y no receléis de su escaso peso. Ponéoslos y salid en busca de leña. El que no crea que le va a proteger del frío que ni lo intente, no sería capaz ni de moverlo, concluyó. Y se quedó dormida, exhausta, en la mecedora.
El abuelo no dudó ni un segundo, tomó uno de los trajes y se lo enfundó sin problemas. Su hijo Baldir le secundó rápidamente.
-Es suave y liviano como una hoja, qué maravillosa sensación –dijo éste, el tío Beñat les miraba, indeciso.
-Vamos, Beñat, te necesitaremos, manejas el hacha mejor que nadie.
Beñat se acercó a la mesa a regañadientes. Le parecía increíble que algo tan fino les protegiera de aquel terrible frío pero no quería discutir a su hermano mayor. Sin embargo, cuando trató de levantar la tela, le resultó imposible. Pesaba como si fuese de hierro fundido. Beñat se cubrió de vergüenza y abandonó la estancia, maldiciendo en voz baja.
-Está bien, iremos los dos –anunció el abuelo, cabizbajo por su hermano-. Cubrid a Luzyd con el traje sobrante y estad atentos a nuestro regreso, quizá tengamos que dar varios viajes.
Y así lo hicieron. Pero, la magia de la ropa que portaban sólo servía para protegerles del frío, no para acercarles el bosque. Caminar por la nieve hasta allí, esquivar los fuertes vientos, cortar la madera y cargarla era tarea más ardua de lo que el abuelo había previsto. Por supuesto, mucho más para sólo dos personas y, además, Baldir era demasiado joven. Las horas pasaban y el trabajo no cundía lo necesario.
La tía Dina se dio cuenta de ello.
-Tardan en volver. Creo que necesitan ayuda. Yo me pondré ese traje sobrante –dijo, dirigiéndose hacia la mecedora donde seguía la abuela descansando.
-¡No! –tronó el tío - ya he hecho demasiado el tonto desde que empezó este interminable temporal. No dejaré que mi cerrazón acabe con esta familia. Ve a buscar mi mejor hacha, la de las ferias, Agnessa. Tú ayúdame a ponerme ese traje, Dina –ordenó el tío Beñat. Y, sorprendentemente, la misma prenda que antes no pudo ni mover, ahora se acoplaba a su cuerpo como un guante de seda.
El tío Beñat era, según aseguraba el abuelo Gahix, el mejor leñador de la región. Y, con la rabia que tenía aquel día a causa de su propia tozudez y fanatismo, contó mi abuelo que, si no le llegan a parar, hubiese talado todo el bosque del piélago en dos días.
El caso es que, gracias al regalo de Yoshbaz el Molhey, al tesón de la abuela Luzyd y a la fe de todos, consiguieron salvar aquel terrible invierno que aún en la aldea recuerdan los más ancianos. Ese mismo año, Beñat dejó la casa para hacerse marinero. Antes de embarcarse por primera vez, le regaló a la abuela la cajita de moregur que él mismo talló con sus prodigiosas manos. Allí guardó mi abuela, desde entonces, el harishari”
-¿Moregur? –inquirió Yeiriam, un poco triste porque intuía que el cuento se acercaba al fin.
-Sí, cariño. El moregur es un árbol rarísimo, su madera es de color violáceo. Es absolutamente impermeable y muy dócil al punzón, al formón y a las herramientas del ebanista. El tío Beñat le talló a la abuela, en esa cajita, el hermoso sol lunado que simboliza nuestro apellido por arriba y dos hachas cruzadas, en recuerdo de los hechos de aquel invierno, en la parte de abajo.
-¿Y dónde crece ese moregur, mamá?
-Lejos, lejísimos, Yeiriam. El tío le compró un tronco a un mercader gabonés en una de sus muchas visitas al gran puerto de... pero, bueno, bueno, eso es otra historia, brujilla. ¿Te ha gustado el cuento? –la hija asintió, sonriente - Anda, guarda las madejas y las agujas en la alacena, voy a preparar la comida, tu padre llegará de un momento a otro.
La niña recogió los utensilios de punto de Davianna y se dispuso a colocarlos según le había ido enseñando. Las madejas, por colores, en la parte de abajo; el delantal con tres bolsillos, en la balda de los manteles; las agujas, en el cajón que separaba los cuerpos de la alacena; el cestito con los hilos de colores, tijeras y dedales en la balda central junto al bote de parches y la caja de madera violeta tallada que siempre estaba ahí y que nun...


* * * *

2 comentarios:

Freia dijo...

Ay Joseba. ¡Qué hermoso! No podía dejar de leer. Tenía la sensación de que alguien me estaba contando el cuento. Tiene todos los elementos que un cuento debe tener: magia, nombres exóticos, sorpresa, una historia sencilla y con un capacidad enorme de prender en el ánimo de los que la escuchan...
Seguramente te rías, pero como no me lee nadie... me ha recordado a la niña que leía cuentos de pequeña continuamente porque su madre no sabía contárselos.
Me he sentido muy bien.
Eskerrik asko

Freia dijo...

¿Estás seguro de que tu historia no se ha tejido con un hilo especial, ligero, brillante...?
¿Tienes algún antepasado persa en la familia?