viernes, 8 de febrero de 2008

De Pedro (...ntos suspen...)

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...l día siguiente, muy temprano, Pedro abandonó la casa con la intención de hacerlo para siempre. Había pasado la noche en la sala, abandonado a la nada, entregado a un vacío que lo tenía saltando desde la prodigiosa lámpara hasta el cuadro de Antoine Rigaudeau que colgaba de la pared sobre la carísima chimenea de Aachenbrau y, desde allí hasta las fotos de la mesa de raíz de roble que estaba frente a la enorme librería que se alargaba más de siete metros, desde el amplio ventanal que daba al jardín hasta la puerta de doble hoja labrada en filigrana que se abría al hall profusamente decorado con tapices desde donde una escalera de tipo de mansión californiana con pasamano de alabastro ascendía en suave curva hasta el piso superior donde se ubicaban cinco dormitorios y dos cuatros de baño. La enorme casa se encontraba vacía. Sólo él, quieto como un gato en la gran sala, permanecía en ella, debatiéndose entre tratar de encontrar una solución valiente a la situación en que se encontraba su vida o, como era probable, seguir perpetuando su cobardía aplastándose en aquel silencio. Hamlet comparado con él, pensó, era pura animación. Pero no, esta vez no. Lo tenía ciertamente decidido. Tenía que marcharse. Para nunca. Para siempre.
En esos instantes por su cabeza giraba la idea de pegarle fuego a la hermosa mansión. Miraba la prodigiosa lámpara sobre su cabeza e imaginaba lo sencillo que sería colgar de ella una sábana empapada en gasolina y alargarla hasta la carísima chimenea donde tomaría el fuego que habría de derretir y remezclar los colores del original cuadro del artista francés, el fuego que tomaría la alfombra finamente trenzada en lejanos talleres orientales, el fuego que treparía por la raíz del roble, sonrojándola, que estallaría en los cristales de las fotografías, el acelerado fuego que iría devorando, uno por uno, a Cervantes, a Nabokov, a Martín Santos, a Ágata Christie, a Ferlosio y a Salinas, la llama violenta que crecería como una pira egipcia, como una inmolación arapahoe, como una walhalla liberadora en las cortinas del ventanal y en las filigranas de la puerta que se abría al hall, el fuego que subiría al piso de arriba alimentándose de tapices para acabar tomando dormitorios, para reducir a cenizas el cadáver del amor que ella había matado unas pocas horas antes...
La venganza, se dijo sonriéndose para sí, sería, en este caso, un plato caliente. Podría haberlo sido, porque Pedro se levantó del sofá, le dio un último vistazo a todo aquel lujo desmedido y decidió que la mejor venganza era la de no vengarse, la de desaparecer, sin más, la de romper todos los hilos invisibles, TODOS LOS HILOS, que le movían en aquel guiñol. Tomó su mochila de siempre y la llenó con las cuatro cosas que, en un primer impulso inexplicable, le parecieron importantes. No tenía al alcance ningún manual para comienzo de nuevas vidas, primeros pasos, material necesario, esos temas... así que con dos o tres viejos libros de poetas de siempre, una novela que había empezado hacía un par de días, una tableta de chocolate Lindt, sus zapatos de explorador urbano, unos cuadernos, algo de ropa y su cartera tendría que acertar, lo tenía claro. Adiós.
Encendió un pitillo y permaneció unos segundos con el fósforo prendido en la mano y una mirada adornada con una sonrisa de loco. Dejó perderse esa mirada en el fondo de la casa y necesitó, tuvo que hacer acopio de toda la voluntad cuerda que aún le quedaba para no dejar caer la cerilla en la revista entreabierta que estaba en el aparador de la derecha y salir sin dar portazo, suavemente, para no apagar la llama con el aire... Se le consumió en la mano. Todo lo que posó fue su esqueletillo negro y sin cabeza. No había podido hacerlo. Algo de él debería haber quedado vagando por aquel enorme edificio de la colina, restos de fantasma torturador, formas ectoplasmáticas o algo por el estilo, seguro. Le agradaba pensar que algo por el estilo pudiera suceder. Todo esto sucedía al día siguiente, muy temprano, Pedro abandonó la cas...

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