viernes, 29 de febrero de 2008

Ojos

Creo que había un acantilado a la derecha, es posible que algún hermoso mar repitiera su llanto enfrente y no puedo negar que no anduviera el sol haciéndole esas cosquillas con que lo derrota en mil espejitos inexplicables. Tú mirabas todo eso, certificando su hermosura. Yo, miraba tu mirada y sé que no podía escapar. No podía escapar. No sé si he podido escapar. Nunca sabré si he escapado. Luego, hubo seguramente algún papel, alguna pluma y un rastro de poesía; pero no puedo asegurar que sea tan importante.


Si se rasgan, son como promesas,
son hermosos amagos de mirada,
aún cerrados son siempre más que nada:
los abanicos con que los regresas.

Si están abiertos, por ellos ingresas
en esa especial condición de Hada,
la vara es tu pupila desplegada,
con que más que mirar, si miras, besas.

Con un color que aturde a los pintores,
que no atinan con azules ni rojos
los brillos que del sol hacen mejores,

son, ya más que dos globos, dos antojos
que si lloran, arcoiris posteriores,
encumbran más allá de puros ojos.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Nota primaveral (De 'El asno en globo')

Llego al sanatorio después de la hora de la merienda. Saco los ejemplares de la revista. Algunos son viejísimos. Señala un «Asno en globo» de hace más de 20 años, en el que la portada es el dibujo de un elefante azul. Lo examino y recorto otro artículo delante de su autor. Nunca habla con la boca, pero sus ojos le están diciendo a las tijeras por dónde deben ir, con cuidado, con cuidado, así...:

«Por la mañana, entre los libros siempre mal apilados, una fotografía parecía pedir auxilio, mostrando una mano que se agitaba en una playa. Me conmovió ver que era ella que volvía desde un pasado imperfecto. Esa mañana hacía mucho calor.
Sé que algunas horas más tarde, en el metro de las cinco y cincuenta y dos, una muchacha sangraba coccinellas por unos zapatos perfectamente lustrados. De un rojo demoledor. Leía algo sobre la cinética en la mecánica. Y sé que me pareció extrañamente tierno. Era alta y muy delgada, deliberadamente guapa, con el ombligo con restos de primavera. Y leía física sin rubor. Me conmovió.
Por eso escribo esta nota.»

martes, 26 de febrero de 2008

Los cuentos del señor Ludovic: «El harishari»

En la ingente biblioteca que legó el señor Ludovic hay diferentes y bien señalados espacios. Él, que fue notario de tres reinos, viajero de todos los mares , amigo íntimo del gran Obispo y más que seguro asesor del Gran Rey, tuvo la paciencia de la piedra para escribir, también, las leyendas que escuchó en su larga vida. Con todas ellas tapizó los hermosos anaqueles de diferentes maderas que hay en el lado del ubérrimo jardín de los panteones.
Muchas de las historias provienen de los remotos territorios que holló en compañía del escrupuloso y fiel oyango de estirpe regia, Sylvian Ronsardic. Otras, como la que aquí se recoge, se la contó un navegante cuya lengua madre era un idioma que no tenía origen conocido en nuestro mundo. El marinero aseguró que el relato era tan cierto como que por Bargilöe fluye Aibi, corriendo al revés, desde el mar Ürinkhata hasta la montaña de cristal rosado. Pero el señor Ludovic constata que se lo refirió en un tono que era el de un cuento infantil y escribe, también, que por eso le creyó desde el primer momento.
La avanzada edad y algunos acontecimientos de suma gravedad en el reino, donde ofreció sabia y recatada voz, impidieron que el señor Ludovic marchara en pos de conocer aquel prodigio:

lunes, 25 de febrero de 2008

Acerca de Ana (de ...ntos suspen...)

Un capítulo más de esa novela que se escribe y desescribe en mis archivos como nueva labor de Penélope, pero con menos visos de hallar un final.
Patricia escucha a su madre, acostumbrada a escucharla a ella.
El manido tema del aquí, el allí, del ayer que vuelve, del hoy que se va, en fin, ¿qué puedo contarles que ya no sepan? Es un capítulo enteramente enlazado con otro que es un cuento en sí mismo y que ya ha sido colocado en estas páginas con el no sé si apropiado título de «Números».


...ammaaáá!!!-. Se le abrieron los ojos como platos soperos de porcelana Santa Clara, con sus hermosas y ligeramente azules pinceladas. No estaba acostumbrada a escuchar a su madre diciendo palabrotas, aunque no fueran en realidad más que exabruptos mínimos como aquél. Tampoco estaba acostumbrada a sentir a su madre sintiendo, a verla sintiendo, a oírla sintiendo esa insondable soledad de sus palabras, de sus empañados ojos, que se propulsaba a la superficie como si fuera una burbuja enorme desde el fondo abisal de las Marianas.
-¡Bien jodidas, hija!-. La madre de Patricia que, por fin lo sabemos, se llama Ana, estaba a punto de entregar una fortaleza con más de doscientos años de historia. Notaba cómo la edad que ya empezaba a asomarle en esta época de despropósito de mundo en el que todo puede ya pasar desapercibido, incluidas esas palomas que ya no son más que ratas voladoras sin ramita de olivo en el pico, esa edad que se ha multiplicado por dos gracias al arcano factorial de una callada pena, esa edad que no le impide parecer hermosa porque lo hermoso ni claudica ni caduca nunca, mamá, notaba que esa edad era una enorme fatiga que la dejaba sin fuerzas para soportar el embate de otra ola, por mínima que fuera.
Ana vivía en una especie de vida provisional, instalada en una espera tan secreta como estéril. Era un hálito que se había creado para alentar y reconfortar soledades. Eran sueños de color arrugado para poder ir pasando, pasando. Eran aspirinas de tiempo, vanos jarabes para la mentira. Porque, ciertamente, todo era tan patente que sólo una enorme autosugestión podía haberla mantenido en aquel embuste de décadas. Ana había sacrificado su memoria en pro de un teatrillo de apariencias que, en teoría, debería favorecer la felicidad de su hija.
Pero aquellos años son de otra historia que no deja de formar parte de esta misma aunque no de ahora, porque ahora Ana tenía delante de ella un sobre blanco con el membrete dorado de un conocido hotel, rasgado con cuidado por su borde superior. El sobre que había traído la carta también blanca que atravesaban unas pocas líneas de palabras de tinta negra y verde voz, o quizá también blanca, o negra voz, qué sabía ella. No podía saberlo porque estaba inmersa en la zarabanda de los ecos disparatados, atronadores ecos con que esas palabras se repetían, rebotando fieramente en las paredes internas de su, disimuladamente ya, canosa cabeci...

Doble lluvia

boomp3.com

viernes, 22 de febrero de 2008

Mañana es, mañana

Ya, ya sé que es mañana. Ya sé que mañana es cuando se cumple. Es una fecha que me resulta imposible de olvidar pues, casualmente mañana, también, por ejemplo, serán 27 años que juré bandera una infausta mañana en Ferrol. Ya sé que es mañana, no se apuren. Pero mañana voy a estar ocupado con una buena reata de gastronómicos amigos, con los que llevo unos 20 años comiendo alubias en febrero, en un paraje de inmensurable belleza: La Arboleda.
Constituyen las alubiadas una tradición de, más o menos, enjundia por estos lares (bueno, en realidad, cualquiera cosa que se realice en torno a una mesa donde haya cucharas, cuchillos, tenedores, vasos, pan, vino, chulet...). Nosotros solíamos acudir a comerlas a un local de abolengo, 'La Sabina', pero, luego de muchas citas, este año estrenamos restaurante. ¿Por qué? Pues, a parte de que después de la muerte de la auténtica Sabina (San Melitón la tenga en su gloria), la calidad había ido en descenso paulatino, hace dos años, para remate, las herederas de la egregia Sabina entregaron las llaves del negocio a una cohorte de muchachotes tan animosos como negados para las marmitas. ¿Dónde fueron aquella cremosidad y tacto? ¿Dó aquella tersura y entereza en la legumbre? ¿Dónde la profusión de sacramentos y las piparras abundantes y de brillante piel? Al recién denostado limbo, quizá, a los platos que se sirven ahora en tan afamado lugar, puedo asegurar que no. ¡Ay, si la anciana fundadora levantara su cucharón! Volvería a dejarlo caer, abatida, seguro.
Subiremos a la Arboleda y comeremos alubias en el bar del minero, al lado mismo, que casi todo el mundo pondera hoy tanto como a aquélla. Y claro, no creo que mañana (ya, ya sé que es mañana el aniversario, ya) llegue en condiciones medianamente aceptables para publicar una entrada tan señalada como la del primer cumpleaños de este su blog de todos ustedes.
La Arboleda está a casi 1000 metros de altura, en medio de un bonito paraje con algunas lagunas recicladas, pero dudo que haya nieve. Sería bonito, porque los hermosísimos cerezos que crecen en los montes de los alrededores vienen adelantados, engañados por esta falsa primavera que nos envuelve, y han empezado a florecer ya.
Pero, si se obrase el milagro y, de súbito, comenzaran a caer inesperados copos sobre los montes, les prometo que tomaría las pertinentes fotos del entorno y, montando en el histórico funicular de la Reineta, que sube desde el Valle, bajaría hasta casa para ofrecerles a todos cuantos me leen el mejor de los homenajes:
¡¡Cerezos en la nieve!!

jueves, 21 de febrero de 2008

El reto de Errata no derrota a Errota

Mi entrañable Errata, sabedora de todas y cada una de mis debilidades, me reta en una carta a lo siguiente:
"Querido y cortazariano Errota, apostaría que no eres capaz, antes del viernes a las 3, de escribir un texto medianamente aceptable en el que vayan apareciendo las vocales de cinco en cinco, es decir: hasta que no hayas escrito las cinco, bien en una palabra, bien separadas, no podrás volver a escribirlas. Y todo esto, diez veces" No he querido defraudarla pero, no sé...

«Lo haré si tú lo pides, tú, amiga. Uso recursos hábiles, o surrealistas o, sin fe, ubico ocurrencias: 'Aurelio y Eufrasio son musicales murciélagos, licuadores y republicanos'. ¡Oh, escucha mi entusiasmo! ¡¡Publícamelo!!»


«Lo haré si tú/ lo pides, tú, am/iga. Uso, rec/ursos hábiles,/ o surrealist/as o, sin fe, u/bico temas u/ ocurrencias/: 'Aurelio/y Eufrasio/ son musicales/ murciélagos,/ licuadores/ y republicanos./¡Oh, escucha mi/ entusiasmo!/ ¡¡Publícamelo!!»

Aidan Parisen

boomp3.com

Gaur Nadiaren etxean egon naiz. Kontatu dit Aidan Patagonian galduta omen dituen bere leinu eskoziarraren senide batzuen bila joan egin dela. Duela aste batzuk amonaren etxeko ganbaran sartu eta paper ahaztu, argazki zahar eta kanbalatxe ugarien artean gutun batekin egin zuela topo. Nadiak dio ez ziola zehazki adierazi nora demontre joango zen; «Argentinako hegoaldeko lautadetako hori eta urdin eta berde koloreko etxeak eta more koloreko egurrezko eliza dituen herrixka batera» edo halako bizarreriaren bat esan ziola. Eta Aidanek aurkitutako paperak erakusten zizkidan bitartean, duela hamar bat urte edo gehiago berari utzi nion «Pailazo baten aitorpenak» nobelaren ale gastatu batetik irrist egin du elkarrekin Parisera egin genuen aspaldiko bidaia hartan ateratako argazki honek. Berehala begiratu diogu elkarri Nadiak eta biok, ezen autobus ziztrin hartan Aidanek Nadia ezagutu baitzuen eta, era berean, neuk Nadiaren lagun mina zen Melina. Polita litzateke honen ondoan niri ere monsieur Moulinek egin zidana kokatzea (horiek horretan neuzkan ile luze eta nahasiak!!) baina, tamalez, Melinak eraman zuen betirako, alde egin zuenean, beste hainbat gauza ederrekin batera...

150 vocales

Me solicita, de improviso, que escriba, usando cinco minutos, un único cuento que tenga treinta veces cada una de las cinco vocales y le digo que es lícito, mas que sólo lo haré (algo que me surge muy fácil: utilizo trucos metalinguísticos que acumulo), si luego las enumera y da color una por una. Pica rápido y, tras escribir «cuenta», grito ufano: ¡hurra! ¡Si viérais su rostro rubicundo, mientras cuenta...!

martes, 19 de febrero de 2008

El mundial

Eran poco más de las siete cuando Ricardo apareció con las maletas. Patricia le ayudó a vaciarlas y a colocar la ropa que no había que lavar, mientras le preguntaba por la estancia en Alemania y, a la vez, ambos se lamentaban del mal papel que, de nuevo, había cumplido el equipo nacional.
-No hay que buscar culpables. Simplemente somos peores. Francia, con cuatro jubilados nos dio una lección –aseguró él.
Ella fumaba observándole las idas y venidas por la casa, escuchándole el relato de su periplo mundialista mientras preparaba las cosas para un rápido aseo. Le hacía gracia el ardor que ponía en las explicaciones de los partidos que había presenciado y la profusión de detalles con que adornaba el cuento de su estancia en las diferentes ciudades en que había disputado España sus partidos.
-¿Lástima que les hayan eliminado, no? –terció ella cuando él, desnudo ya, estaba a punto de meterse a la ducha- Te han fastidiado tus vacaciones futboleras, Ricardo...
Le oyó desde detrás de la mampara responderle que era igual, que total si no era Francia, hubiera sido Brasil en la siguiente ronda y que ya tenía ganas de llegar y de estar en casita con ella y que la había echado de menos y bla, bla, bla...
- Te prepararé algo de cenar y te enseñaré algo que te he grabado, de la tele, creo que te va a gustar...
Aprovechó las sobras de la sopa que había tomado al mediodía y, mientras ésta se calentaba, le preparó una suave tortilla de queso sin materia grasa. Abrió una botella de Ribera de Duero, que era el vino predilecto de Ricardo, no entendía por qué, pues ella era una incondicional de los caldos riojanos.
-Ya tienes la cena preparada, Ricardo –le llamó -. Te la he puesto en la sala, para que puedas ver el vídeo que te he comentado. Date prisa, la sopa se te va a enfriar.
Ricardo llegó con el rubio, casi albino, cabello aún húmedo, peinado hacia atrás. Patricia le miró, era ciertamente guapo, con esa pinta de sueco aniñado, pese a sus ya casi treinta y cinco años. Venía ataviado con la vieja camiseta que siempre llevaba para andar por casa y que daba el justo relevo y contrapunto a la inexcusable obligación del traje y la corbata de la oficina. Sobre todo desde que le habían nombrado jefe de zona en la multinacional holandesa, donde trabajaba desde que se licenciara en Derecho, hacía ya casi diez años. Llevaba desde enero como encargado de la empresa en seis provincias y quería aprovechar el mundial, le había comentado a Patricia, para liberar un poco del estrés del nuevo cargo; pero, le había prometido a modo de desagravio, les esperaba un crucero de lujo a finales de agosto, por las Cícladas.
Patricia se había ido acostumbrando sin problemas a la desmedida afición de Ricardo por casi todos los deportes. Cuando eran novios le había, incluso, acompañado a algún que otro partido de fútbol de los que disputaba el Sporting, el club de su marido de toda la vida, en sus desplazamientos, y habían aprovechado para hacer turismo el resto del fin de semana en que se celebraban aquellos encuentros. Pero ella, a quien lo más que le atraía, y no demasiado, eran el patinaje artístico y esa gimnasia donde las niñas utilizan mazas, lazos y aritos, acabó harta de fútbol, baloncesto, motociclismo y reuniones atléticas y, simplemente, le dejaba hacer y vivir esa afición.
Lo cierto es que siempre había sido feliz con Ricardo y no había consentido que ni los deportes ni su fanatismo por alguno de ellos supusiera un problema. Como, por otra parte, más que molestarla, le hacía gracia cómo aquella pasión le transformaba en otro ser muy distinto de aquél del terno de Armani o de Castellfi, pues todo transcurría sin conflictos entre la rutina casera de ella y el imparable medrar empresarial de su marido. Él tampoco ponía impedimentos a las eternas veladas en las temporadas de ópera y zarzuela, a las que Patricia era asidua, desde antes incluso de su época como contralto en el coro de la Sociedad Cantábrica de Amigos de la Ópera. Formaban, a ojos vista, una pareja justamente envidiada en el ámbito en que se movían.
-Bueno, cariño, dime... ¿qué es eso tan interesante que me has grabado? –inquirió él, sentado ya en la mesa y empezando a saborear la sopa.
Ella introdujo la cinta de vídeo en el reproductor y, mientras iba preparando los canales y los telemandos, empezó a explicarle.
-Lo que vas a ver lo grabé anteayer en el telediario de la noche aunque, en realidad, yo lo vi por primera vez en el del mediodía, poco antes de las noticias metereológicas –dijo ella. Encendió un pitillo y se sentó en el sofá cercano a la mesa, situándose justo a la espalda de Ricardo, con el mando del vídeo. Le dio a rebobinar y continuó hablando –Habían ocurrido varios fenómenos atmosféricos en diferentes puntos de España y, mientras ofrecían la noticia de uno de ellos, en particular, fue cuando lo vi. Me quedé tan sorprendida que casi se me cae el bocado de sandía de la boca. Como sé, por experiencia, que en esta cadena de televisión repiten en la noche, si no todas, la mayoría de las noticias del mediodía, pues preparé una cinta durante mi cena para poder enseñártelo a tu regreso. Claro que no esperaba que regresaras tan pronto, todos confiábamos en que la selección llegara algo más lejos.
-Fenómenos atmosféricos... mmmm... –musitó el marido, que ya estaba empezando la deliciosa tortilla de queso, mirándola de reojo y frunciendo el ceño graciosamente –esto me huele a broma de mi querida y aburrida esposa. Pero, bueno, veamos qué hay en esa cinta...
La reproducción de lo que su esposa había grabado ya eastaba en marcha. Patricia había empezado a grabar desde el final de los deportes, justo unos segundos antes de que la guapa presentadora anunciara la serie de fenómenos que Patricia había mencionado. Se miraron, ella sonrió, pícara. Ricardo hizo un gesto socarrón, como diciendo «¿va ser verdad que me has grabado el tiempo?».
-‘Hoy, por diversos puntos de la geografía peninsular se han producido diversos fenómenos metereológicos. A las abundantes lluvias que llevan sufriendo toda la semana en Málaga, se han sumado los fuertes granizos de la provincia de Segovia y los vientos de más de ciento veinte kilómetros por hora en el litoral gallego. Pero, quizá lo más curioso del día se ha producido en las islas Canarias y, más concretamente, en la isla de Fuerteventura. Un potentísimo chaparrón de características tropicales sorprendió a las numerosos turistas que disfrutaban de un precioso día soleado –la presentadora hizo una breve pausa antes de dar paso al reportaje –. Fue cuestión de minutos, vean...’
En la pantalla aparecieron las imágenes anunciadas: un aguacero torrencial impresionante, más digno de zonas como Bangkok o Hanoi, formando una cortina de agua que apenas dejaba entrever las figuras de los bañistas, huyendo a duras penas del arenal, tratando de encontrar refugio en los bares y restaurantes del paseo cercano. Después de la visión de la tremenda lluvia, el reportaje seguía con un corte donde enfocaban al periodista canario que informaba desde la misma playa, ya seca, a la hora del informativo del mediodía.
-‘Gracias a Dios, el torrente atlántico que sobrevino esta mañana duró escasamente diez minutos pues, según informaciones del Centro Metereológico Canario, caso de haberse prolongado apenas media hora más, las consecuencias podían haber sido catastróficas. Sin embargo, como pueden ustedes ver a mis espaldas, ahora, apenas unas horas después, parece como si nada hubiera sucedido aquí.’
La cámara fue enfocando, paulatinamente, el paseo marítimo con sus viandantes, la playa, ya poblada de gente y, finalmente, las terrazas de los bares que flanqueaban todo el paseo hasta detenerse y hacer zoom ampliando una de ellas. Entonces, Ricardo también lo vió. Y también estuvo a punto de dejar escapar el bocado de tortilla que masticaba. Volvió la vista para mirar a su esposa, pero ella ya no estaba en el sofá. Oyó su voz desde la puerta del salón que daba a las habitaciones y al pasillo.
- Sí, creo que esa misma cara que has puesto tú debí de poner yo el otro día –dijo mientras pulsaba el botón de la pausa en el mando. Después, lo depositó en la mesa, junto al plato vacío de sopa –. Puedes quedarte la cinta, he hecho otra copia que tiene Belén, mi abogada, claro. Supongo que pronto sabremos también desde qué playas viste la final de Roland Garros del año pasado o la final de Copa de hace dos. No será difícil para los detectives, querido.
Patricia se giró y cargó la bolsa de viaje que había preparado en la mañana. Miró a Ricardo con la misma sonrisa pícara con que había empezado a ver el vídeo.
- Me voy dos días donde mi madre, Ricardo. Belén va a pedir que abandones el ‘hogar’ hasta que haya una sentencia. Espero que seas lo suficientemente civilizado como para que no estés aquí cuando regrese –encendió otro cigarrillo, tomó un libro y una revista que había en la repisa del pasillo y, desde allí, le escupió las últimas palabras –. Ah, no temas, la cena no está ni envenenada ni nada por el estilo, querido, tienes que mantenerme a cuerpo de rey durante una larga, larga, larga temporada.
Ricardo no acabó de salir del estupor pese al fuerte portazo con que Patricia acababa de salir, suponía, de su vida. O quizá, mejor, sacarlo. Sólo fue capaz de, como un autómata imbécil, pulsar el botón PLAY en el mando que ella había posado al lado. El zoom de la cámara, hasta que Patricia detuvo la imagen, había acercado la enorme terraza del Café ‘La Palmera de Oro’. Lo había hecho hasta el punto de llenar la pantalla con los rostros de una pareja: él tan rubio que parecía sueco, ella morena mediterránea. Se besaban sin pudor, reían con descaro y bebían, tonteando, los exóticos combinados que tenían en la mesa con sombrilla que les cobijaba. Y a Ricardo, en ese momento, Yolanda, su secretaria, se le antojó, sin lugar a dudas, la mujer más fea del mundo.

lunes, 18 de febrero de 2008

Poem

Tengo una novia que no me conoce. Me matan los celos y ese rizo que le tapa el ojo como un parche de serpiente. Es muy alta mi novia que no me conoce, muy alta esa novia que me piratea los besos, que los conduce como ese pelo de tela desgastada que le sienta tan propio. No sabemos si somos vírgenes, no nos conocemos tanto. No nos importa: no coleccionamos sellos, ni soldaditos de plomo. Pero es capaz de quedarse embobada viendo catedrales varias veces como si la piedra tuviera algo que ver
con sus orígenes.
Mi novia no tiene nada en común con los árboles pero te trae a la memoria algunos pájaros, siempre que no sean
el colibrí
o las palomas
porque se cagan mucho se cagan en plazas como la de San Marcos que no deberían alzarse sólo en Venecia. Huelga informarle que lo colibríes no, los colibríes no. No. Mi novia no sabe que tengo novia, lo ignora porque
su paz
posa reposa descansa en la tristeza, como un bucle-parche-tela en pecas claras de nariz y, entonces, se inhibe pulcramente. Y sabed que casi nunca lee poemas de desconocidos ni ariméticas pardas, porque ella es azul y es solitaria motu proprio

BEGIUGE (De monstruos II)

Siguiendo con la serie prometida de cuentos monstruosos elaborados por los peques del citado colegio salmantino, aquí les dejo la historia del simpático Begiuge (léase: Beguiugue) creada por la maravillosa Natalia, autora también del 2º dibujo. Una pocholada, sin duda.
BEGIUGE


Por: Natalia y Joseba

Érase una vez una vez un monstruo llamado Begiuge(*). Su nombre significaba “Salto mucho mucho”. Parecía una serpiente saltarina.

Tenía sólo un ojo y una ceja. Tenía el cuerpo rosa y amarillo y su queja era que carecía de orejas. Era muy calva. No tenía piernas. Era muy chica, delgada y con forma de espagueti. Era muy presumida.

La hacía especial que saltaba. Y no le hacía especial que tenía un ojo. Aunque con el ojo veía mejor a sus amigos. Sus mejores amigos eran Maytt y Joseba. Su profesora se llamaba Raquel.


¡Aquí empieza el cuento!

Begiuge vivía en Serpentrópolis.

Tenía un amigo que se llamaba Maytt. Ellos iban a todas partes juntos, pero luego se pelearon porque Begiuge quería ver a Cuore y Maytt quería ver a sus amigas Eva y Selena, que vivían en Monstruópolis.

Al final Maytt se fue a verlas con su amigo Yani. Y Begiuge, sola.

Begiuge llegó a la ciudad a ver a su amigo Cuore. Y, al tiempo, ya le dio pena de Maytt y a Maytt de Begiuge y entonces se vieron en la calle “Salta que salta”. Begiuge y Maytt se perdonaron.

Y colorín, colorado, este monstruo se ha acabado.



(*) Begiuge: Juego de palabras
en euskera: Begi, ojo, Suge, culebra, serpiente.


viernes, 15 de febrero de 2008

¡Tan temprano...!

¡Es tan temprano todavía! Apenas
los algodones dibujan erizos
sobre el dormido mar pleno de hechizos
¡oh, terso, inmenso tejedor de arenas!

¡Tan temprano! Y mis manos van ya llenas
de cantos de sirena primerizos,
signos de ti que pulsan, enfermizos,
recuerdos de puro aire, ¡esas cadenas!

Por mi ventana están, yo en ella quieto,
miro nacer el mar, y en ese encanto
las nubes pintarán este soneto.

¡Es tan temprano y ya te añoro tanto!
De un salto iré a las nubes, te prometo
que si llueve a las tres, será mi llanto.

Aire vería

Ella habitaba las estaciones como palabras de asombro. Primero primavera en Pravia. Vería el verano en Verona. Otearía otro otoño en Ostrava o en Otaño. Investiría de invierno su iris en Iverness y en Innsbruck. Y todos los trenes como palíndromos, yendo y viniendo, yendo y viniendo...

jueves, 14 de febrero de 2008

tximeleta haiek...

Colores

Apunté con mi bolígrafo rojo que ella estaba allí como siempre y que, aunque yo no pasaba a diario por esa calle, acababa de reparar en el hecho de que siempre que lo hacía, la encontraba en el balcón, mirando hacia la esquina de la rivera. Escrutaba el fin de la calle con nerviosa inquietud, se colocaba el blanco cabello sin cesar, vestía un único vestido verde. Era una anciana muy hermosa.
- Se esperaba a ella misma- me dijo, sin preguntarle, una voz a mi espalda. Me giré, vi un hombre que había sido alto, de larga cabellera gris y mirada lenta. Vi también su sonrisa amarga y la ajada chamarra de ante de otra época. Se volvió y empezó a alejarse por la avenida del parque, a la derecha.
Miré de nuevo al balcón justo en el momento en que ella entraba en la casa. Creo que lloraba. El cielo se vistió con un amarillo de asombro. Por unos segundos me vi solo en la calle. Era como si se hubiese vaciado el mundo.
Fue apenas un instante. Enseguida surgió de la esquina del río, a mi izquierda, una pareja. Ella, hermosísima, de riguroso verde, caminaba colgada del brazo del hombre como si fuera la palabra mariposa sobre la palabra terciopelo. Él, alto, lucía anacrónico ante de estreno, despejaba al viento una larga cabellera castaña y miraba tan despacio como su sonrisa despachaba gozo.

No me atrevería a anotar que en aquella casa había vivido yo, pero saqué mi libreta verde y apunté con mi bolígrafo rojo que ella estaba allí como siempre y que, aunque yo no pasaba a diario por esa calle, acababa de repa...

miércoles, 13 de febrero de 2008

El increíble caso del desconocido que fue conocido como «La hiena» por los encargados de solucionar una serie de asesinatos en Saffron Park y blabla..

-En el caso del asesino en serie que hemos dado en llamar «La Hiena», capitán, podemos asegurar que el asesino tiene costumbres insólitas: le gusta matarse a sí mismo, por eso asesina suicidas. En lógica consecuencia, creo que nunca sabremos quién es, señor.
-Caso resuelto, entonces. Le felicito, sargento Ruiseau.
☼ ☼ ☼ ☼ ☼

Sonetos con patas

Estos dos sonetos, que son el mismo, duermen inéditos entre las sábanas lilas de ‘El olvido crea bicicletas, Alejandra’, uno de los pocos poemarios mutantes que existen en el mundo. Creo que soy, también, el autor de los otros dos de las mismas características que se conocen (...). No puedo obviar que me daría mucha pena que algún día se lleguen a publicar; ello, con seguridad, acarrearía la muerte de su pintoresca capacidad de mutación.
Aparte de ello, estos dos sonetos, que no son el mismo, fueron, antes de ser dejes en ese collar poético, posible final abierto en algún peregrino cuento, inédito también, donde alguien debería, si no acabar sus días cerca de cualquier salvaje playa norteña, sí preso de una añeja melancolía en el mismo arenal.
Es fácil, tenemos el final, podemos conseguir los nombres, somos capaces de imaginar el paisaje... apenas nos queda saber ¿con qué comienzo lo acabarías tú, por ejemplo?


A

En cada labio te dejaste una muerte,
por cada labio dos paisajes de bruma,
como una playa al fondo, alzando espuma
la lengua de olas, náufraga a tu suerte.

En cada caricia olvidaste una esperanza inerte
que como grama para el ojo esfuma
su tesón de hierro, su dulzor de pluma
y esa condición tan dolorosa como fuerte.

En cada olvido tuyo muero de mí, te reanudo
maldiciendo como siempre mi cordura
en cada estrella de este cielo hermoso, mudo

donde escribo y te persigo a la ventura
de ser de nuevo el caracol desnudo
que se besa de aire y se besa en su locura.



B

La lengua de olas, náufraga a tu suerte,
donde de mar y peces la perfumas,
suerte de caracolas y de espumas,
y de olvidos y de recreos, muerte.

La lengua en la caricia amada, inerte
grama que de la piel nunca te esfumas
como halo de recuerdos y de brumas:
débil de olvidos, de recuerdos, fuerte.

En un beso te mato y te reanudo,
enorme maldición de mi cordura:
eco de una voz sola, al final, mudo.

Te beso el mismo beso que me apura
el labio en lento caracol desnudo
que arrastra hacia la nada su locura.





martes, 12 de febrero de 2008

El secreto de su hermosa voz

Su voz era un prodigio que envolvía la mentira, la desarmaba. Por eso no mentía cuando mentía. Yo vivía el embauco de su voz en hechizo permanente.
-¿Cuál es el secreto de tu voz?-alcancé a preguntarle un día.
-El secreto está aquí- afirmó, señalándose en la izquierda del pecho.
Era mentira, allí no había más que sangre y carne latente, pero para cuando quise darme cuenta, ya lo había puesto todo perdido: ropa, sábanas, paredes, cuadr...

Gabeziarekin beteta


Loreak ez dira esistitzen.
Horibeltz horiek, batez ere, ezinezkoak dira.
Ez, ez dira inoiz esistitu.
Pintorerik gabeko loreak dituzu hauek.
Lorerik gabeko pintura.
Kolorerik gabeko loreak. Gabeziarik gabeko gauak poemarik gabeko loreak pintatzen ditu eta pintorerik gabeko loreak gauarik gabeko koadroak idazten ditu.
Kolorea? Bai, loreen kolorea bai,
hori da esistitzen den bakarra.
Gainontzeko guztia asmatu behar... ahal baduzu, beharrik, asmatu gabe baitzaude


Orellana




lunes, 11 de febrero de 2008

S de «soneto» (Diccionario de olvidos)

En aquella página del recuerdo
que en la ‘o’ de ojos sea tal vez olvido,
en ese azul aparte entretenido,
donde dejé de ser un hombre cuerdo.

Como un pez allí estiras la mirada
hasta la ‘p’ de pérdida y pimienta
y poder, protestar, también placenta.
así, entre nada y todo a la vez nada.

¡Oh, caricia sin patria verdadera,
cuánto beso desterrado, errante
se define en la ‘q’ de la quimera!

¡Y cuánto sueño inútil, delirante
se resume en la ‘r’ reportera
de recuerdos y de rencor restante!

Edurne





Del baúl del desván recupero esta joyita más que olvidada, gran desconocida, incluso para gran número de incondicionales del «noi». Se titula 'Edurne' (Nieves, en euskera) que es nombre que siempre me ha gustado y que hoy, ya se sabe, se ha visto relegado por cienes de Oianes, Leires, Amagoias, Maialenes y Onintzas que, no digo que sean despreciables, pero...
La Edurne de la canción ha perdido a su novio, convierte la casa en albergue clandestino para el paso de la frontera para los que huyen del régimen, etc... Llegó a convertirse en un pequeño himno en algunas cárceles y no sólo por parte de los presos de ETA. Política aparte (si es que es posible apartarla en este caso) creo que es una hermosa canción, aunque con la parte en euskera se han perpetrado unas traducciones durante años que son irrisorias barbaridades.
Se la vamos a dedicar al amigo Arroyo, de quien me consta la poca afinidad (por no decir otra cosa) que le une al cantante barcelonés. Sin embargo, un pálpito me dice que este tema le va a gustar, aunque sea una miaja.
La canción fue edita en 1974 en un single cuya cara B tenía la más conocida 'Decir amigo'.

Amapolas para Freia

viernes, 8 de febrero de 2008

Sebas

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Hace dos semanas, hora arriba, hora abajo, tuve la peregrina ocurrencia de asistir a un espectáculo de exaltación regionalista (extremeña, claro, de por ahí venimos y a mucha h...). El plato fuerte era, nada menos, Pepe Extremadura, un tipo peculiar a quien en aquellos tiempos gloriosos pos dictadura (últimos 70, comienzo de los 80... para este burro que habla probablemente el espacio de tiempo de mayor jolgorio libertario que va a vivir este país en su historia) yo solía escuchar en cuantos conciertos ofrecía por las plazas de Bizkaia. No era Manuel Gerena ni Luis Pastor, ni mi admirado Pablo Guerrero pero tenía su aquél. Como artista invitado, en letra pequeña, aparecía Manolo Tena.
Nos preguntábamos todos si el tal Manolo sería el mismol que hace unos años cantaba lo de 'Sangre española', 'Tocar madera', etc... Y sí, lo era. La cosa es que, un poco por rememorar festivales populares ochenteros, un poco por ver en qué andaba el Tena, nos aventuramos. Me sabe mal decirlo pero... fue una pena, penita, pena.
Del Pepe rebelde y protestario de entonces ha quedado un hombre asentado en no sé que ruboroso poeta ripioso que ha musicado a Gabriel y Galán (decentemente) y que anda escribiendo un himno para acompañar la campaña de «Cáceres, capital cultural» del cual ofreció un adelanto. Después de oírlo, convinimos todos en que Córdoba puede ir tranquilamente preparándose para los fastos a poco que Sabina (contratado por la Califal) se ponga con ganas. Una lástima, adoro Cáceres y, sabiendo que la publicidad es tan importante en estas vainas creo que se merecía oto esfuerzo, pero... Y, como remate, acabó su actuación con una oda al bacalao en el más puro estilo bilbainada-Karaoke-'Los Chimberos'. Inenarrable...
Y entonces, salió Manolo Tena. Era, en teoría una colaboración al recital del ínclito Extremadura, pero decidió que no. Lo decidó la cerveza, claro, porque salió con una albarda que no era de las de aparear bestias, pero bestial. Sin voz (algo que sospechábamos), sin medida, sin sentido del ridículo, pero... entre tanto miasma, de súbito, se sentó en el suelo y cantó la canción que enlazo arriba. Un oasis en el desierto.
Y, ayer, Sebas (¡siempre Sebas en mi amparo!) va y me manda un correo con esta canción para que me anime en el catarrazo que me ha asolado esta semana. ¿Un azar? Quizá. pero me sirve para darle vueltas a esto de las casualidades casuales, el destino y blablabla y, también, para despedirme hasta el lunes, como poco, creo que últimamente les llevo saturados de cerezas y, como saben, no estamos siquiera en temporada....

De Pedro (...ntos suspen...)

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...l día siguiente, muy temprano, Pedro abandonó la casa con la intención de hacerlo para siempre. Había pasado la noche en la sala, abandonado a la nada, entregado a un vacío que lo tenía saltando desde la prodigiosa lámpara hasta el cuadro de Antoine Rigaudeau que colgaba de la pared sobre la carísima chimenea de Aachenbrau y, desde allí hasta las fotos de la mesa de raíz de roble que estaba frente a la enorme librería que se alargaba más de siete metros, desde el amplio ventanal que daba al jardín hasta la puerta de doble hoja labrada en filigrana que se abría al hall profusamente decorado con tapices desde donde una escalera de tipo de mansión californiana con pasamano de alabastro ascendía en suave curva hasta el piso superior donde se ubicaban cinco dormitorios y dos cuatros de baño. La enorme casa se encontraba vacía. Sólo él, quieto como un gato en la gran sala, permanecía en ella, debatiéndose entre tratar de encontrar una solución valiente a la situación en que se encontraba su vida o, como era probable, seguir perpetuando su cobardía aplastándose en aquel silencio. Hamlet comparado con él, pensó, era pura animación. Pero no, esta vez no. Lo tenía ciertamente decidido. Tenía que marcharse. Para nunca. Para siempre.
En esos instantes por su cabeza giraba la idea de pegarle fuego a la hermosa mansión. Miraba la prodigiosa lámpara sobre su cabeza e imaginaba lo sencillo que sería colgar de ella una sábana empapada en gasolina y alargarla hasta la carísima chimenea donde tomaría el fuego que habría de derretir y remezclar los colores del original cuadro del artista francés, el fuego que tomaría la alfombra finamente trenzada en lejanos talleres orientales, el fuego que treparía por la raíz del roble, sonrojándola, que estallaría en los cristales de las fotografías, el acelerado fuego que iría devorando, uno por uno, a Cervantes, a Nabokov, a Martín Santos, a Ágata Christie, a Ferlosio y a Salinas, la llama violenta que crecería como una pira egipcia, como una inmolación arapahoe, como una walhalla liberadora en las cortinas del ventanal y en las filigranas de la puerta que se abría al hall, el fuego que subiría al piso de arriba alimentándose de tapices para acabar tomando dormitorios, para reducir a cenizas el cadáver del amor que ella había matado unas pocas horas antes...
La venganza, se dijo sonriéndose para sí, sería, en este caso, un plato caliente. Podría haberlo sido, porque Pedro se levantó del sofá, le dio un último vistazo a todo aquel lujo desmedido y decidió que la mejor venganza era la de no vengarse, la de desaparecer, sin más, la de romper todos los hilos invisibles, TODOS LOS HILOS, que le movían en aquel guiñol. Tomó su mochila de siempre y la llenó con las cuatro cosas que, en un primer impulso inexplicable, le parecieron importantes. No tenía al alcance ningún manual para comienzo de nuevas vidas, primeros pasos, material necesario, esos temas... así que con dos o tres viejos libros de poetas de siempre, una novela que había empezado hacía un par de días, una tableta de chocolate Lindt, sus zapatos de explorador urbano, unos cuadernos, algo de ropa y su cartera tendría que acertar, lo tenía claro. Adiós.
Encendió un pitillo y permaneció unos segundos con el fósforo prendido en la mano y una mirada adornada con una sonrisa de loco. Dejó perderse esa mirada en el fondo de la casa y necesitó, tuvo que hacer acopio de toda la voluntad cuerda que aún le quedaba para no dejar caer la cerilla en la revista entreabierta que estaba en el aparador de la derecha y salir sin dar portazo, suavemente, para no apagar la llama con el aire... Se le consumió en la mano. Todo lo que posó fue su esqueletillo negro y sin cabeza. No había podido hacerlo. Algo de él debería haber quedado vagando por aquel enorme edificio de la colina, restos de fantasma torturador, formas ectoplasmáticas o algo por el estilo, seguro. Le agradaba pensar que algo por el estilo pudiera suceder. Todo esto sucedía al día siguiente, muy temprano, Pedro abandonó la cas...

La fiesta de ipuijale (De monstruos, I)

La primavera pasada, una buena amiga que se encontraba trabajando en un colegio en los confines de Salamanca, me comentó que estaba preparando una actividad con los pequeños. Algo que se iba a titular 'Monstruos a la carta' o 'Te cuento mi mundo' o los dos a la vez, no recuerdo bien cómo me lo presentó. Me pidió permiso para usar alguno de los monstruos que yo había dibujado y, después, apenas tuvo que insistir para que le dibujara alguno más, siento debilidad por esas cosas. Ella se los mostraría a los niños, unos monstruos deliciosos de 7 u 8 años, y ellos crearían las historias y nuevos dibujos, según el modelo que yo había perpetrado.
Ni que decir tiene (por más que me duela) que lo que los maravillosos enanos realizaron dejó mi colaboración en algo puramente testimonial. En los próximos días podrán ustedes comprobarlo, intentaré ir colgándoselos, no sin olvidar agradecerle a la seño R. todo lo que de ella hay en las historias, que no es poco.
El primer cuento que les regalo es éste: «La fiesta de Ipuiijale». Cambien los ojos de ver y pónganse los otros y disfruten con lo que escribe Eva. Una delicia.

La fiesta de Ipuijale

Por: Eva Gonzalez


Te voy a presentar a Ipuijale, que significa “el que tiene dos ojos y dientes grandes porque muerde las cuerdas”. Su cuello es pequeño, tiene mucho, como el de las jirafas. Sus orejas son puntiagudas y por ellas se mete la cola. Tiene los brazos muy flacos. Siempre va descalzo. Sus dedos son gordos. Sus ojos son azules, y siempre respira por la boca porque no tiene nariz. Mastica papel. Ipuijale tiene unos colmillos de dentadura.

Vive en Ipluxe. Allí hay unos chalés que es donde vive Ipuijale. Sus vecinos son monstruos como él.

Éste es especialmente malvado. Ahí, sin ir más lejos, le pillaron devorándose el ejemplar de 'El principito' que acababa de recibir Jorge por su cumple... Tendríamos que hacer algo, como sacarle la cola de las orejas, por ejemplo, me han comentado que si se le hace eso, se queda ciego..

Una mañana de invierno se levantó temprano para quitar la nieve de s
u puerta, para poder pasar con el coche porque se iba a ir a una fiesta. Él tenía prisa porque pronto iba a empezar. Cuando quitó la nieve se fue a la fiesta.
Había un montón de monstruos. Ipuijale se asomó al balcón y se cayó del balcón, y su cuello ya no era como el de las jirafas, porque se le hizo pequeño. Los demás monstruos lo llevaron al Hospital Monstrils, lo curaron y se le volvió a poner el cuello como el de las jirafas.
Al salir del Hospital Monstrils se llevó un aparato del hospital, que era lo que se pone ahora él en la nariz, y lo dejó por el suelo.

Y así se acaba este cuento de Ipuijale.

jueves, 7 de febrero de 2008

M...

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Un día a María se le cayó una letra. Se rió, no pasó nada, la cogió y no la colocó hasta después de haber pasado muchas horas siendo Mari, divertida. Al día siguiente no se le cayó, se le calló. No se preocupó tampoco, hasta que una semana después Mari se fue al Mar...

miércoles, 6 de febrero de 2008

Zoriona

Siwan zoriontsua izan nintzen. Abereak Orakulutik gertu etzandu genituen. Hareak oraindik erretzen zuen Samarkandako belusen laztanduetan murgildurik besarkatuta geundela, izarrek dendako kupulako zirrikitutik idazten ziguten mezu berria ulertzen saiatzen ginen bitartean. Zorion hark ez zuen ipuintxo honek baino askoz ere gehiago iraun, horrexegatik egunero idatzi ohi dut: errepika dadin.

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Traducción en 'comentarios'

martes, 5 de febrero de 2008

La luz importa, sí

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Si la vida fuera

como tiene que ser
yo acabaría mis días
en un pulcro hotel
cerca quizá de Aberdeen,
de las estatuas del estuario Cabot
o, si mi ventura gozara de un último deseo,
mejor en Skägerlust:
hay allí una luz a últimos de agosto
con que suicidarse mejor.
Podría así legar el hermoso cuadro
de un poema vital
desparramado por la estancia.
Tendrá que haber una ventana
y un muelle cercano.
Llegará una mujer de lejos
e irá encontrando la peripecia de mi vida
en entrañable inventario:
en unos versos
que ahora no recuerdo
y que hace años escribí
en una servilleta de papel
en un bar todo alzado en madera de roble,
y en la cajita de fósforos
con dos teléfonos apuntados
detrás del anagrama de aquel hotel
recóndito, mediterráneo,
beige...
y en una postal arrugada y manuscrita
donde quizá aún se vea Valparaíso
o Bocas del Toro
o una noche en Baltimore (Maryland),
y me encontrará en alguna carta húmeda
con doscientas lecturas
dentro de un viejo libro de Uxué
leído trescientas,
y en el rastro de una pulsera robada,
y en la sal engastada
en los pliegues
de la vieja gorra de marino impenitente
que habrá sobre la silla,
perfectamente abandonada.
La mujer,
si la vida fuera como es debido,
deberá acercarse a la ventana
apretando mi muerte
en cualquiera de mis papeles
y podrá ver volar el testamento
de algunos besos perdidos
sobre el océano en cuestión.
Sé que es muy triste,
pero no deja de ser hermoso
porque
podrán ser las once de la noche
y ser, todavía, puro día...

lunes, 4 de febrero de 2008

Aquí estoy

Aquí estoy, me has limpiado
unas arrugas, aquí estoy,
en esta ciudad, en la ciudad
que ya no nombro.
El sol se apaga, enciendo
un poema,
un cigarrillo,
una sonrisa enciendo.
El resto lo enciendes tú,
pero apaga los preludios,
quiero arrugarme en tus dedos,
en esta ciudad,
sin el sol,
con la sonrisa borrada
de besos marrones,
sin preludios,
arrugarme
fuera de este poema
que apago. Ya.
Aquí estoy.

viernes, 1 de febrero de 2008

Alicia y la felicidad

La felicidad de Alicia tenía, en esta ocasión, una consistencia que no era habitual. Había que reconocer que Alejandro superaba de largo el nivel medio de sus últimas relaciones. Era, quizá, excesivamente sobrio vistiendo para lo que su mente alocada, soñadora podría esperar. Pero ello no influyó en su decisión cuando se encontró en la diatriba de aceptar una invitación como la que le había hecho el martes anterior. ¿Qué mejor manera de conocerlo que pasar el fin de semana en la casita de campo que él tenía cerca de Laredo?
El viernes pasó a recogerla con su magnífico coche italiano. De las pocas cosas que sabía de él, se había quedado con que era arquitecto y que estaba involucrado en un proyecto descomunal en la capital.
-Sí, vamos a desecar diez hectáreas de pantano para transformarlas en navas de frutales. En el centro de la propiedad construiremos un centro industrial modernísimo.
Alicia escuchaba su maravillosa voz y la colocaba en las miles de palabras que, antes de llegar a verse, le había escrito en el chat en que coincidieron. Se habían ido enredando poco a poco en horas de insomnio y veladas de amor tecleado. Hasta que llegaron a la primera cita nerviosa donde se palparon en el silencio de las miradas que daban la conformidad a un futuro interesante, pensó Alicia.
Y allí estaba, viernes noche, en una preciosa casa solariega, en medio del campo más verde que jamás había visto. La estancia estaba decorada con gusto exquisito y en el comedor, enorme, la mesa estaba preparada para una cena romántica.
-Subiré tu maleta a la habitación, pónte cómoda en el salón. Tienes, si te apetece, música al fondo, sobre el equipo –le dijo mientras se alejaba camino de la escalera que, supuso Alicia, llevaba a las habitaciones.
Le analizó mientras subía. Era alto y mucho más guapo que en aquellas fotos que le envió al principio por correo. El carísimo traje que llevaba le quedaba impecable, con aquella preciosa camisa rosa y la fina corbata que remataba un anacrónico alfiler de oro.
Ella fue al salón pero optó por la televisión. Puso las noticias y se aflojó el sujetador , un poco por comodidad, un poco por prevención. Él apareció al rato y se situó detrás del sofá donde ella miraba la tele.
-¿Qué ves?
-El telediario. Mira, ha aparecido otra víctima del asesino de la A.
-¿El asesino de la A?
-Sí, así le llaman porque todas las mujeres que ha matado tenían un nombre que empezaba por A. Ana, Azucena, Antonia, Alina...
-Ya –atajó él mientras se soltaba la corbata.
-¿Cómo las matará? –preguntó la chica, absorta en las imágenes del noticiero.
-Muy fácil. Les clava un alfiler de oro en la nuca... ¡Alicia!
Pero la muchacha no tuvo tiempo de escuchar su nombre.

Zerua, zurea


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De Andrés (de ...ntos suspen...)

A la altura de lo que podría ser el capítulo 26 en ese zaquizamí que es '...ntos suspen...' hay un tipo abandonado en la delicia de una abulia solitaria, hay una mujer que quizá salga de otra desidia, menos deleitosa y, claro, hay un encuentro en un tono poco serio, nada sentencioso y menos dramático. No sé que música le vendría bien a la escena, quizá Freia llegue para ayudarnos con alguna pieza que le vaya como anillo, no de Nibelungo, al dedo. La esperaremos...

...l sonido del timbre le llegaba como un lejano eco, desde algún rincón del confortable sueño en que se había hundido sin querer. Sobresaltado, abrió los ojos y sin tener conciencia absoluta de dónde se hallaba, salió disparado hacia la puerta. La abrió y la vio y fue despertando en tanto escuchaba sus reproches porque llevo tres minutos llamando y bueno, me vas a dejar pasar o qué... y, entonces, oh, cielos, tierra empieza a tragarme despac... Seguía desnudo. Muy desnudo. Desnudísimo. Abre la boca, cierra los ojos y cuenta hasta cinco. Salió corriendo como alma que lleva el diablo, despierto, desnudo, dirección dormitorio y ella, desobediente, apenas cerraba un ojo e iba contando y repasando... tres... cuatro... el pequeño desorden casero y, gracias, gracias a Dios, se moría de la risa y le bromeaba, porque me alegro de no verte demasiado vestido para la ocasión... cuatro y media... La mujer se adentraba, se adentraba y, a la voz de ¡cinco! abrió el otro ojo y ¡hop! Él apareció con un pantalón de deporte, blanco, y con la cara sonriente, roja. Al haberse quedado dormido con el pelo aún húmedo, éste se le había abultado al mejor estilo Tina Turner o glorioso Rod Stewart y estaba muy gracioso. En ese bochorno de sangre que no bajaba más allá de las cejas ni a la de tres, no acertaba con las palabras ni a la de diez, así que tuvo que venir ella a salvarle con una risa de chicle de hierbabuena o clorofila con mucho azúcar, mucho, mucho azúcar.
Ella sí venía vestida para la ocasión, aunque sin aparatosidad ni aspaviento. Estaba guapísima. Entre risas habían alcanzado la cocina y Andrés logró rescatar una silla de aquel desbarajuste a medias. Se la ofreció y ella dio comienzo al acto, a primera vista inocuo, de despojarse de su preciada chupa, de su chupa roja para ocasiones explosivas y, la verdad, para las que no lo eran tanto. Lo cierto es que se la ponía prácticamente a diario. Debajo llevaba una escueta camiseta blanca, ajustada como una piel extra de algodón cien por cien que insinuaba, con claridad malévola, sus pezones. Ese deshacerse de la chamarra con aquella lentitud, con aquel reposo como de pasmo de Triana, el ir constatando los picos tersos de sus pechos con aquella parsimonia endemoniada adornada con aquella perfección de Tiziano, acabaron con la poca seguridad que su risa de menta le había procurado en el pasillo. La misma magnitud con que Andrés, en otras ocasiones, había cosechado tantas alabanzas, se disparaba irremisiblemente, amenazando la pulcra estrechez de su pantaloncillo de tenis. Sus movimientos devinieron cómicos, su rostro recuperó de nuevo el aspecto de una granada madura. Patricia, ni que decir tiene, se había percatado al instante de lo que le sucedía y lanzaba furtivas miradas, ojeadas sesgadas hacia aquel nada despreciable bulto que él, con agravante torpeza, trataba de disimular.
Tienes un problema o es que te alegras de verme, pensó ella, recordando el diálogo de no sabía qué película. Memoria selectiva la suya. Pero en lugar de eso, le dijo que bueno, algo de beber no vendría mal, si es que te queda algo por ahí. Algo quedará, no te muevas. Dos vasos, veamos, oh, gracias a Dios, limpios y... hielo que, cómo no, se le escurrió y de nuevo risas... y no te preocupes... más risas... no soy escrupulosa... Ya no podían más y a Andrés le agarró una risa sin control, paranoica y contaminante que se repetía en las quijadas de Patricia y ambos se desternillaban, hasta el llanto. Rodaba él por los suelos con una carcajada que le inundaba los ojos y le hacía retorcerse, al diablo la impresión... ¿todo ha salido mal? Acabó boca arriba tratando infructuosamente de ahogar con las manos una risa que le llegaba desde el estómago como minúsculos terremotos de aire. Hacía calor. Patricia, con el rimmel ligeramente corrido, se le acercó para tratar de decirle algo e intentar sacarle de aquel caos de hilaridad. Él daba la impresión de irse calmando, respirando acompasado, en un heroico intento por recobrar un mínimo de compostura, buscando en los restos de su cerebro algo para salir con holgura de aquella desconcertante situación. Sea como fuere, la actitud de Patricia le había resultado sumamente agradable y empezaba a tener la sospecha de que el desastre irreparable, inconmensurable, insufrible, inenarrable que él había pensado que era aquello desde la llegada de la chica, realmente no lo era tanto y que ella se estaba divirtiendo de verdad. A su costa, estaba claro.
En efecto, ella se le acercó para decirle algo en el momento exacto en que él decidió que era hora de incorporarse. Jerry Lewis y Stella Stevens. Frentes chocando con violencia, primer momento de terrible dolor, chica con ajustadísima camiseta de algodón blanco que se incorpora a la legión de los tendidos, valga la paradoja. Yacían apretando las manos en las respectivas frentes como queriendo aplacar los dolores del topetazo. Apenas pasó la oleada del golpe, les sobrevino un segundo ataque de risa que puso a Patricia, prona, pataleando en el piso como podía por ver de liberar un aire que se le comprimía peligrosamente en el vientre perfectamente modelado por el aerobic. Amenazaban con quedar exhaustos. Andrés se le acercó, entre convulsión y convulsión. Era ella ahora quien se esforzaba en recobrar compostura y habla, secándose las lágrimas de unos ojos que, a estas alturas, eran ya un completo borrón de rimmel. Él le depositó un cariñoso beso en la mejilla y empezó a incorporarse con fatiga pero, antes que siquiera alcanzara a separar el culo del suelo, ella lo atrajo hacia sí y le regaló unos labios envenenados de placer, untados de deseo almacenado durante tantos días de rumiante ahogo, de introspectivas dolorosas, de angustias color alfalfa o trébol o simple hierba, de color amor, en resumidas cuentas. Su lengua de vaca que reía le maltrataba las encías, los caninos, los premolares, los alvéolos dentales y el cielo sin nubes de la boca; le cosquilleaba en los carrillos carnosos, en el frenillo de su propia lengua como cuernos de caracol que reconoce el camino, de animal sabroso que iba reposando su delicia húmeda, mojando una libertad meramente táctil. Ella se había adueñado de la situación y no estaba dispuesta a ceder esa ventaja de momento; él no era ya más que un entusiasmo en sus manos: la izquierda atacaba el breve pantalón, pugnando por encontrar lo que al llegar la había saludado inesperadamente. Casi chilla después, al palpar el enorme latido y, bueno, realmente se alegra de verme y quien tiene el problema, el verdadero, el apetitoso problema, soy yo... Pensaba, y se regocijaba, pero para entonces no había quién la detuviera, ni quien detuviera la mano de quien empezaba a resucitar y le desabrocha los tejanos con una pericia que a ella no le pasaba inadvertida. Decidieron amarse, ya que habían sido incapaces de entablar una conversación mínimamente dec...

El Harishari

Para Isabella,
a quien salvó
el hárguix.

La abuela de Davianna tejía cuentos. Era justo lo que Yeiriam estaba escuchando contar a su madre mientras jugueteaba con Liine, su gatita, tirada en el suelo. Davianna tejía una bufanda multicolor mientras le hablaba a la niña.
-¿Tejía cuentos? –preguntó-. ¿Tu abuela?
-Exactamente, Yeiriam. Allí en la aldea donde vivíamos, sobre todo en invierno. Teníamos una hermosa chimenea y ella se pasaba las horas en la vieja mecedora tejiendo y tejiendo. ¿Sabías que tu bisabuela era famosa en la región por su excelente mano con las agujas?
-¿Sí?
-Sí. Dominaba todos los tipos de punto. Del derecho y del revés, holgados y prietos, inglés y holandés, cadenetas, cruzado y doble marsellés. Tenía un ojo casi mágico para las medidas, las sisas y los remates. Y además, cuando tejía, inventaba unas historias maravillosas.
-¿Se sabía muchos cuentos, mamá?
-Muchos. Se sabía muchos que había aprendido desde niña y, además, muchos más que se inventaba sobre la marcha. Nunca repetía la misma historia a no ser que se lo pidiésemos y aún así, se las apañaba para introducir un toque aquí, otro toque allá, para que el cuento mantuviese el interés de un cuento nuevo. Y nunca paraba de darle a las agujas, tipi tapa, tipi tapa, tejiendo y hablando como si fuera el poncho o el jersey o el gorro que iba creando el que estuviese contando la historia.
-Como tú casi. Tú también tejes muy rápido.
-¡Uy, esto no es nada, cariño! A su lado soy una aprendiza de tejedora, Yeiriam. Yo me quedaba absorta en aquellos eternos inviernos mirándola hacer punto, meciéndose incansablemente junto a las llamas y encadenando cuentos con consejos, cosiendo refranes con dulces reprimendas, tramando recuerdos con recetas de dulces...
Davianna se detuvo un instante con la mirada perdida en algún momento del ayer. Hacía casi veinte años que su abuela Luzyd le había contado el último cuento. Más tarde había intentado recopilar aquellas narraciones en sus diarios, hasta que se dio cuenta de que no lo necesitaba. Fue un día en que su sobrina Lycerne cayó enferma estando en la casa de Davianna, cuando ésta aún vivía con sus padres. Entonces, se acomodó junto a la cama donde Lycernne se estremecía de fiebre, tomó su punto y pasó toda la tarde junto a ella, cuidándola, tejiendo y... contándole un cuento tras otro, casi sin darse cuenta.
Eran más de las doce cuando su sobrina cayó rendida por el sueño, la fiebre había remitido y a ella le dolían terriblemente los ojos y el cuello. Ese día cayó en la cuenta de que no necesitaba registrar por escrito el legado de su abuela Luzyd. De alguna manera, aquella fabulosa mujer a la que tanto había amado se había quedado en ella para siempre. Supo que hacer aquello que acababa de hacer esa tarde era mantenerla viva eternamente.
-¿También hacía pasteles tu abuela? –preguntó Yeiriam, sacándola de su abstracción.
-¡Riquísimos! En la aldea teníamos un horno enorme junto a las cuadras. Allí era muy necesario, hija. Sobre todo porque en el invierno nunca sabíamos si iba a poder venir Lisser, el panadero, cuando las nevadas empezaban y no se sabía cuándo iban a terminar. Allí hacía ella sus galletas de pasas, sus almendrados, los bollos de miel, las cazuelitas de espuma y los piriñaques. Para la fiesta siempre montaba dos tartas enormes. Una de chocolate con piñones y otra de bizcocho confitado de escarchas.
-¡Ummmm, piriñaques! Me encantan los piriñaques. ¿Ella te enseñó?
-Sí. También eran mis favoritos –volvió a quedarse pensativa, absorta, de nuevo, en alguna nube del pasado-. Y de Yoshbaz el Molhey también.
-¿De quién?
-Yoshbaz el Molhey –repitió Davianna, casi deletreándole el nombre.
-¿Y quién es ese Yobasel Moel? –preguntó graciosamente la niña.
-¿Nunca te he contado la historia de Yoshbaz? –miró a su hija y ésta negó expresiva con la cabeza, los ojos abiertos de par en par -. Pues en realidad no es una historia, porque Yoshbaz existió, vaya si existió... Acércame el ovillo morado, cariño, por favor.
Yeiriam soltó a Liine y se acercó a la antigua alacena donde su madre guardaba las cosas de costura, los retratos de su familia, la hermosa mantelería de las grandes ocasiones y algunos trastos que a la niña le parecían antiguallas. Abrió la puerta de abajo y sacó el ovillo que su madre le había pedido.
-Gracias, preciosa.
-Sigue, mamá.
-Bueno... Mucho antes de nacer yo, no recuerdo bien el año, hubo un invierno terrible. Ya a finales de octubre empezaron a caer las primeras nevadas. El arroyo que pasa cerca de la aldea se heló en pleno otoño. Y para antes de la semana de Navidad ya no había un solo día en que el termómetro subiese de los cero grados.
‘Tú ya sabes cómo son las noches en la aldea. Pues aquello no tenía ni punto de comparación con lo que conoces. En casa de mi abuela se habían encargado de aprovisionarse bien de leña pero, con la pinta que tenía aquello, temían quedarse sin fuego antes de que remitiera y, por otro lado, el campo estaba de una manera en que era imposible salir a por más madera.
Justo diez días antes de Nochebuena, en el cumpleaños de mi abuelo, poco antes de la cena, escucharon unos golpes en la puerta. Mi madre y su hermana se afanaban, terminando de poner la mesa y mi abuelo y su hermano Beñat fumaban junto al fuego, charlando preocupados por la cosecha y el temporal que arreciaba fuera.
-¿Quién será a estas horas y con esta ventisca? –preguntó Beñat.
-Habrá sido el aire, los goznes están viejos –replicó mi abuelo, pero los golpes tronaron de nuevo, más fuertes y seguidos que la vez anterior.
Total, que al final decidieron acercarse a la puerta y mirar a qué obedecía aquel estruendo. Fuera el aire silbaba con una fuerza terrible y a través del ventanuco empañado se podían ver miles de copos de nieve zarandeados por el vendaval. Abrió el abuelo y la puerta, empujada por el viento, casi le derriba. Entonces fue cuando la causa de los golpes en la puerta apareció ante sus ojos, desplomándose en la entrada y desparramando el contenido del enorme saco que traía.
Entre todos lo arrastraron al comedor, la abuela recogió el saco y fue metiendo en él, como buenamente pudo, las curiosas cosas que de allí habían salido. Mi madre preparó una copita de coñac mientras el abuelo y tío Beñat lo levantaban hasta la mecedora de la abuela, junto a la chimenea. El calor de la misma hizo que enseguida empezase a reaccionar.
Era un hombre de unos cuarenta años, su piel era muy oscura y lucía un impresionante bigote negro, muy tupido. Cuando abrió los ojos por completo, mi madre se quedó fascinada. Nunca había visto unos ojos tan hermosos ni tan negros. Se quedó medio atontada con la copa en la mano, sin atinar a acercársela. Mi abuela se la quitó, con una mirada de reprobación, y la mandó ir a vigilar el asado.
-Tenga usted, esto le reanimará –le dijo, ofreciéndole el coñac. Pero el extraño hizo un gesto negativo con la cara apenas le llegó el olor de la copa.
-Lo siento, señora, no puedo beber alcohol, prohibe Corán... –dijo con un acento extranjero que sonaba suave y agradable.
-Supongo que el Corán sabrá hacer una excepción cuando el coñac se toma como... medicina, digamos. Venga, no refunfuñe y déle un buen trago.
El recién llegado no tuvo más remedio que obedecer las órdenes de la abuela. ¡Menuda era cuando se empeñaba en algo! Fue poco a poco recobrando el aliento y la normalidad. Más aún con el caldo hirviendo que le ofreció tía Dina. Pudieron ver que llevaba un abrigo de astracán que le llegaba casi hasta las inadecuadas babuchas rojas. De su cabeza había caído, al entrar, un gorro como el que habían visto alguna vez en las películas de cosacos. Su pelo era de un negro intensísimo, como el de su bigote y el de sus ojos. Aceptó sentarse a la mesa, pero durante la cena apenas probó bocado.
Les contó que se dedicaba a vender sus objetos de pueblo en pueblo y que había tenido la mala idea de aventurarse desde la población más cercana, con la intención de llegar a nuestra aldea antes de que se hiciera de noche. Pero la tormenta le había retrasado y, sólo el milagro de ver las luces que el abuelo había tenido a bien colgar en la entrada, lo había salvado de morir enterrado en la nieve.
Contó también que no era moro, como el abuelo y el tío Beñat habían supuesto en un principio, sino que provenía de un país que estaba dentro de otro país y que su raza era una raza que vivía en unas montañas mucho más frías que el páramo en el que estaba nuestra aldea.
-Mi nombre es Yoshbaz el Molhey y soy hijo de Molhey bin Yuanned, doctor de la aldea de Wad Baraq. Salí de allí, huyendo del exterminio que el sha acababa de proclamar contra nuestro pueblo y me convertí en viajero y buhonero. Alá ha querido que recorra medio mundo para caer en la misericordia de unos buenos cristianos. Que Él bendiga con una larga vida a todos ellos y, sobre todo, a aquél que hoy cumple años.
Al abuelo Gahix, que era tan bruto como buena persona, no acababa de hacerle mucha gracia que un hereje tuviera que pasar algunos días en su casa. Y menos después de observar la especie de sugestión que el extranjero ejercía sobre las mujeres, embobadas ante la novedad de su tez, su acento y las curiosas y magníficas ropas que vestía.
Con la abuela es con quien mejores migas hizo al instante. Y, sobre todo, porque resultó ser un tejedor formidable. Después de cenar, se sentaron cerca del fuego a tomar los licores y la deliciosa tarta de arándanos y queso que habían preparado, para que el abuelo soplara una única vela como hacía desde ya algunos años. La abuela se instaló en su invariable mecedora y, sin desatender la conversación, tomó sus agujas y siguió con cualquiera de las tareas que tenía en su cesto de labores que, como ya sabes, es este mismo que tenemos aquí y que también perteneció a su abuela, mi tatarabuela Mayrian."
-¡Mi tata tatarabuela Mayrian! – intervino Yeiriam, divertida.
-Exactamente, cariño –corroboró la madre-. El caso es que a Yoshbaz parecía interesarle mucho el punto que tejía la abuela. Enseguida se creó entre ellos una corriente de simpatía que terminó de enojar al abuelo.
"Acabó la noche y todos se retiraron. Yoshbaz sólo aceptó como lecho una esterilla cerca del fuego de la chimenea. Sacó una preciosa manta, no demasiado gruesa, y es cuanto necesitó para abrigarse en la noche. La abuela se obstinaba en que aceptase un par de mantas más pero Yoshbaz las rechazó.
-Ya han hecho demasiado por mí esta noche, señora. Créame que con esta manta tendré más que suficiente. Esta hecha de un tejido muy especial y siempre me ofrece el calor que necesito. Vayan tranquilos a descansar, aquí estaré perfectamente –dijo el extranjero inclinándose en un gesto que era, a la vez, saludo y agradecimiento.
En los días siguientes el temporal no amainó un ápice. La nieve se agolpaba en la entrada y las ventoleras de las noches amenazaban levantar el tejado de la antigua, pero robusta, casa. Como no se podía salir al campo y a las vacas sólo se les podía atender en los establos, los hombres tenían tiempo para realizar trabajos menos urgentes dentro de la casa. Ahí Yoshbaz no se mostró como una gran ayuda. Bastante más lo era para las mujeres, para mal de mi abuelo y del tío Beñat.
Toda la poca maña que aquel curioso hombre no poseía para los martillos y los clavos, la poseía de sobra para la cocina. Y, sobre todo, para los hilos y las agujas. Quiso enseñarle a la abuela el secreto de las alfombras de Isfahán pero faltaba espacio y medios. Apuntaba, curioso, las recetas y escudriñaba el punto que hacía la abuela para los jerseys y las bufandas. Y se hacían reír mutuamente en el tedio de las tardes, encerrados por la nieve.
Para mi abuelo aquella situación era muy incómoda. Primero, porque se sentía un poco celoso; Yoshbaz, después de todo, era un hombre guapo. Segundo, porque, a fin de cuentas, se trataba de alguien que creía en otro Dios distinto y eso le convertía en lo que a él le habían enseñado que era un hereje. Y encima, el tío Beñat estaba todo el rato malmetiendo contra él.
Así estaban las cosas cuando llegó la noche anterior al día de Reyes. Llevaban muchos días encerrados, las provisiones y, sobre todo, la leña empezaban a escasear. El abuelo se retiró a su dormitorio con la idea de decirle a la abuela que, al día siguiente, el huésped extranjero debía abandonar la casa. Se metió en la cama y esperó a que mi abuela terminara de recoger abajo y subiera a acostarse. Pero la abuela Luzyd tardó mucho, pero mucho, en subir.
Después que todos se retiraran, ella había tomado sus agujas, sentándose a tejer un rato con la sola compañía de Yoshbaz que descansaba en su estera, como había hecho desde el día que llegó.
-¿Seguro que no tiene frío? Esa fina tela con que se cubre me parece tan escasa...
-Parece escasa pero da más calor que diez mantas. Está tejida con harishari, señora.
Y entonces, viendo la cara de sorpresa que ponía mi abuela, le explicó qué era el Harishari. Le explicó que se trataba del hilo mágico que sólo se podía elaborar con la lana de las ovejas eternas que pastan en los valles de Mentbitaï, la montaña viajera.”
-¿La montaña viajera? –exclamó Yeiriam, que iba de sorpresa en sorpresa -¿Existe de verdad... dónde está, mamá?
-¡Por supuesto que existe! Pero eso es otro cuento y primero tendremos que acabar con el del harishari, ¿no?... ¿o prefieres que lo deje para otro día, so impaciente?
-¡Nooo! Sigue, mamá.
-Pues, como te decía, el harishari se hila con la lana de esas ovejas. Pero no creas que son unas ovejas normales como las que crían en nuestra aldea, no. Aquellas ovejas, explicó Yoshbaz, se alimentaban de las flores de cristal del valle del río Beirum, a donde muy pocos elegidos podían llegar.
“Aquel fantástico viajero no le reveló a mi abuela cómo él había sido uno de aquellos elegidos, pero sí cuál era la magia de aquel tejido.
-El harishari es el más fuerte de todos hilos, con él tejerás las prendas más resistentes al frío y, sin embargo, las más livianas –le contó a mi atónita abuela -. Pero, no todo el mundo puede usarlo, señora, pues el harishari cobra su fuerza y su magia del corazón que lo teje y del corazón que lo viste. Así, lo mismo que es liviano puede tornarse pesado como una gran roca si quien lo porta actúa con vileza. Puede, también, sencillamente desaparecer, si estima que su poseedor no es merecedor de este tesoro. El harishari sólo se puede regalar y nunca se puede usar con ánimo de... de...
-De lucro –le ayudó mi abuela.
Yo te lo cuento como si aquel hombre hablase bien nuestra lengua, para que me entiendas, Yeiriam, pero mi abuela decía que, aunque se le entendía bien, tenía muchas dificultades con algunas palabras y además su acento era muy especial. «Dulcísimo», repetía ella.
-Eso es –confirmó él –, jamás se debe aceptar nada en pago de algo que haya sido tejido con harishari. Se puede decir que su magia es fuerte si tu corazón es sano, sino, es un hilo vulgar o, incluso, cruel.
La abuela miraba la especie de mantel que le cubría. Tenía un brillo fabuloso. Daba la impresión de tratarse de miles de cristales que se entramaban para conformar la tela que se adosaba al cuerpo del extranjero. Pero, al tiempo, daba también impresión de levedad. Era como si utilizara un hermoso y brillante papel como cobertor.
-En esta casa han sido más amables de lo que estaban obligados. Lo han sido con alguien que quizá se ha tomado demasiadas libertades, con un extranjero que, además, es un infiel. Sé que la paciencia de quien manda esta casa llega al límite. Mucha gente de mi pueblo no hubiese aguantado tanto, puede creerme. Por eso mi agradecimiento es doble, señora Luzyd. Espero poder pagarle alguna vez todo lo que han hecho por mí.
-Usted no tiene que pagar nada, señor Yoshbaz. Y, no se preocupe por mi marido, créame, aunque no lo parezca, es más bueno que el pan. Pero no corren los mejores tiempos, y no lo digo por estas nevadas sólo. Hay muchos recelos para con los extranjeros y más, usted me perdonará, si tienen la piel más oscura que la nuestra y si, encima, adoran a Alá...
Guardaron un triste silencio durante un buen rato. La abuela guardó sus agujas y se levantó de su mecedora.
-Es muy tarde. En pocas horas amanecerá y esta noche vienen los Reyes Magos. Voy a colocar cuatro cositas que tengo en el árbol del salón, por poco que sea, siempre hace ilusión...
-Buenas noches, señora. Que descanse y que esos Reyes sean más magos que nunca y se porten con usted como merece.
Allí lo dejó, en su estera, cubierto con su maravilloso manto de harishari, y se dirigió a la alcoba. El abuelo esperaba, pese a la hora, despierto. Ella lo sabía y no dudó en preguntarle.
-¿Qué temes, Gahix?
-Te mentiría si te dijera que no he tenido turbios pensamientos -confesó el abuelo -. Pero son tantos los años que llevo contigo, tanto lo vivido, te he visto tejer tantos cuentos en los crudos inviernos, te he observado repartiendo tanta felicidad, y no sólo con tus dulces, que sólo puedo avergonzarme, no ya de haber considerado estar celoso, sino de haber pensado expulsar a ese pobre hombre de la casa, Luzyd. Puede quedarse cuanto quiera.
-No te avergüences, sabía que no lo harías. Además, tus celos me halagan. Pero, no sé, tengo el presentimiento de que no se va a quedar demasiado.
-La verdad, mujer, empiezo a preocuparme. Mañana propondré racionar los víveres que nos quedan. Y... –la voz del abuelo sonaba muy grave- ... tenemos un problema con la leña, Luzyd. Apenas hay para unos días y, si no remite este terrible frío... el hambre podremos aguantarla, pero el frío... tendremos que empezar a quemar cosas.
-Duerme, Gahix, no le des más vueltas y confía en la providencia.
El día siguiente llegó cuando apenas el abuelo había conseguido juntar los ojos de tan preocupado como estaba. Por eso apuró el descanso, no había ninguna prisa por levantarse, estaban encerrados y lo poco que había de faena podría esperar una hora más.
Cuando mis abuelos bajaron a la cocina se encontraron a toda la familia reunida desayunando en silencio. Parecían tristes.
-¿Qué os pasa, esto parece un velatorio? Deberíais estar contentos, hoy es el día de Reyes –les dijo la abuela.
-Se ha ido –anunció la tía Dina.
-¿Yoshbad? –preguntó la abuela, la tía Dina asintió.
-¿Pero... cómo, cuándo? ¿Le habéis dicho algo? ¿Qué ha pasado? –preguntó el abuelo –. ¡Morirá ahí fuera, tenemos que ir a buscarle!
-No, esposo –le calmó la abuela –. Nada podemos hacer y, creedme, tengo la sospecha de que nada tenemos que temer, Yoshbaz no es de este mundo. No sé de cuál viene verdaderamente, pero de éste no es.
El tío Beñat explicó que nada sabían, que para cuando él había ido a reavivar el fuego, apenas amanecido, ya no estaban ni el extranjero ni su saco. La tía Agnessa añadió que había dejado algo: un regalo.
-¿Un regalo?
-Para ti, madre. Está en el árbol. No parece gran cosa: un carrete de hilo. Ah, y un sobre para padre.
-¿Qué no parece gran cosa? –dijo la abuela, que había corrido a ver qué había dejado – ¡El Harishari! Es el regalo más importante que jamás haya recibido. Y fijaros que digo “importante”. ¿Qué te dice en la carta, Gahix?
El abuelo leyó la breve carta que había dejado. En ella repetía el agradecimiento que le había expuesto a la abuela en la noche y le decía al abuelo que siguiera confiando en ella y en las cosas maravillosas que pronto les propondría, pues de esa fe podrían depender sus vidas.
Y así habría de ser, en efecto. La ola de frío no sólo no remitió, se recrudeció en los días siguientes. Las predicciones más pesimistas del abuelo empezaban a cumplirse. Impuso un racionamiento estricto pero las reservas de madera bajaban sin remedio.
-Beñat, Baldir, hijo, vamos a tener que salir. O conseguimos leña o moriremos de frío en un par de semanas.
-¿Salir? Aunque consiguiéramos llegar al bosque del piélago no podríamos acarrear nada, padre. Tendríamos que ir atiborrados de ropa, ahí fuera hace no menos de veinte grados bajo cero. Y ese viento es matador.
-Lo sé, hijo. Pero no tenemos otro remedio. Tenemos que intentarlo.
El tío Beñat y Baldir asintieron compungidos. El abuelo tenía razón, no tenían elección aunque, la perspectiva de salir ahí fuera no era muy halagüeña. Entonces, habló la abuela.
-¿Para cuántos días calculas que nos quedará leña, Beñat?
-Racionando cuanto podamos y durmiendo todos juntos en la cocina, puede que cuatro o cinco días calientes, quizá seis, pero los animales...
-Sacrificad a los que veáis que no van a aguantar y dadme esos días para tejeros algo muy especial. Y tened fe, si no, nada podremos hacer.
Todos la miraron con la lógica sorpresa. Pero la respetaban demasiado como para tomarse a broma sus palabras. Por si acaso, el abuelo las refrendó.
-Haremos lo que dice Luzyd. Sólo la fe que ella nos pide y nos pedía Yoshbaz y... un milagro nos salvarán.
La abuela tomó el carrete de harishari que le había dejado Yoshbaz, sacó sus agujas y se sentó en su vieja mecedora. Desde ese momento, y durante tres días y tres noches, estuvo teje que te teje, sin parar de contar historias, como hacía siempre, a todos la familia, sentada en derredor de ella para aprovechar el calor.
Todos acabaron maravillados, no sólo de las fabulosas historias de mi abuela, sino de aquel pequeño carrete de donde el precioso hilo había ido saliendo sin parecer tener fin, posibilitando que, al cabo de los tres días de agotadora labor hubiese, sobre la mesa de la cocina, tres maravillosos trajes de harishari. Parecían, a simple vista, tres trajes de guerrero. Eran semejantes a esas mallas que los caballeros de los torneos medievales llevaban debajo de las armaduras.
-¡Ponéoslos! –les ordenó la abuela con voz fatigada – y no receléis de su escaso peso. Ponéoslos y salid en busca de leña. El que no crea que le va a proteger del frío que ni lo intente, no sería capaz ni de moverlo, concluyó. Y se quedó dormida, exhausta, en la mecedora.
El abuelo no dudó ni un segundo, tomó uno de los trajes y se lo enfundó sin problemas. Su hijo Baldir le secundó rápidamente.
-Es suave y liviano como una hoja, qué maravillosa sensación –dijo éste, el tío Beñat les miraba, indeciso.
-Vamos, Beñat, te necesitaremos, manejas el hacha mejor que nadie.
Beñat se acercó a la mesa a regañadientes. Le parecía increíble que algo tan fino les protegiera de aquel terrible frío pero no quería discutir a su hermano mayor. Sin embargo, cuando trató de levantar la tela, le resultó imposible. Pesaba como si fuese de hierro fundido. Beñat se cubrió de vergüenza y abandonó la estancia, maldiciendo en voz baja.
-Está bien, iremos los dos –anunció el abuelo, cabizbajo por su hermano-. Cubrid a Luzyd con el traje sobrante y estad atentos a nuestro regreso, quizá tengamos que dar varios viajes.
Y así lo hicieron. Pero, la magia de la ropa que portaban sólo servía para protegerles del frío, no para acercarles el bosque. Caminar por la nieve hasta allí, esquivar los fuertes vientos, cortar la madera y cargarla era tarea más ardua de lo que el abuelo había previsto. Por supuesto, mucho más para sólo dos personas y, además, Baldir era demasiado joven. Las horas pasaban y el trabajo no cundía lo necesario.
La tía Dina se dio cuenta de ello.
-Tardan en volver. Creo que necesitan ayuda. Yo me pondré ese traje sobrante –dijo, dirigiéndose hacia la mecedora donde seguía la abuela descansando.
-¡No! –tronó el tío - ya he hecho demasiado el tonto desde que empezó este interminable temporal. No dejaré que mi cerrazón acabe con esta familia. Ve a buscar mi mejor hacha, la de las ferias, Agnessa. Tú ayúdame a ponerme ese traje, Dina –ordenó el tío Beñat. Y, sorprendentemente, la misma prenda que antes no pudo ni mover, ahora se acoplaba a su cuerpo como un guante de seda.
El tío Beñat era, según aseguraba el abuelo Gahix, el mejor leñador de la región. Y, con la rabia que tenía aquel día a causa de su propia tozudez y fanatismo, contó mi abuelo que, si no le llegan a parar, hubiese talado todo el bosque del piélago en dos días.
El caso es que, gracias al regalo de Yoshbaz el Molhey, al tesón de la abuela Luzyd y a la fe de todos, consiguieron salvar aquel terrible invierno que aún en la aldea recuerdan los más ancianos. Ese mismo año, Beñat dejó la casa para hacerse marinero. Antes de embarcarse por primera vez, le regaló a la abuela la cajita de moregur que él mismo talló con sus prodigiosas manos. Allí guardó mi abuela, desde entonces, el harishari”
-¿Moregur? –inquirió Yeiriam, un poco triste porque intuía que el cuento se acercaba al fin.
-Sí, cariño. El moregur es un árbol rarísimo, su madera es de color violáceo. Es absolutamente impermeable y muy dócil al punzón, al formón y a las herramientas del ebanista. El tío Beñat le talló a la abuela, en esa cajita, el hermoso sol lunado que simboliza nuestro apellido por arriba y dos hachas cruzadas, en recuerdo de los hechos de aquel invierno, en la parte de abajo.
-¿Y dónde crece ese moregur, mamá?
-Lejos, lejísimos, Yeiriam. El tío le compró un tronco a un mercader gabonés en una de sus muchas visitas al gran puerto de... pero, bueno, bueno, eso es otra historia, brujilla. ¿Te ha gustado el cuento? –la hija asintió, sonriente - Anda, guarda las madejas y las agujas en la alacena, voy a preparar la comida, tu padre llegará de un momento a otro.
La niña recogió los utensilios de punto de Davianna y se dispuso a colocarlos según le había ido enseñando. Las madejas, por colores, en la parte de abajo; el delantal con tres bolsillos, en la balda de los manteles; las agujas, en el cajón que separaba los cuerpos de la alacena; el cestito con los hilos de colores, tijeras y dedales en la balda central junto al bote de parches y la caja de madera violeta tallada que siempre estaba ahí y que nun...


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