miércoles, 25 de abril de 2007

El asno en globo (Algo sobre Lucas...)

No sé qué le habrán dicho o recomendado, pero Lucas me espera, envarado en exceso, sentado en el banco verde del gran círculo central del jardín, donde está la fuente con peces naranjas que se descaman terriblemente, produciendo esa extraña sensación que lo impregna todo. Sé que no fuma y que habla constantemente, contestándose a una preguntas que no se formula. Por eso me cuesta hacerle esperar hasta que ponga el aparato grabador en marcha. Para él, que lleva dos vidas ingresado, el invento japonés de bolsillo donde inserto la pequeña cinta de audio es un misterio que se redondea en los pequeños ojos marrones. Otro niño más, empiezo a pensar. ¿O es al revés? Este lugar me hace caer en mis propias trampas una y otra vez. No consigo que se calle ni un instante. Mi idea de una especie de entrevista más o menos conducida se irá al garete, presumo. Que sea lo que dios quiera, pues...
«...nte. Eso irá con una pila, seguramente, sí. Pero ha de ser bien chica, ¿no? Ella entendía de esas cosas. Una vez vino a verme con un trasto que tenía unos auriculares diminutos, probablemente emplearía el mismo tipo de pila que este utensilio. Ella lo alborotaba todo. Era como si llevara el estruendo en la piel y a mí me decía Lucky, como el tabaco. Decía que el Lucky era el tabaco de las grandes películas pero que el Lucky de aquí no era el mismo que el de allí. Pero nunca he podido corroborarlo pues jamás he fumado. Y eso que aquí parece como si se antojara apetecible, ¿a que sí? Tanta hora blanca, como decía Leo. Mi madre la apartó de mí... Ella cree que no lo sé pero como estoy loco... No hay peor locura que la consciente. Nada peor que los fogonazos de lucidez cuando piensas que qué haces aquí, que tú estás bien y que razonas y que eres capaz de retar a cualquiera en cualquiera de los temas que se te propongan. Pero no son nada más que trampas que te pone tu propia insania. ¿Ves? Es como esta frase, es impropia de un loco, saber que tu locura te hace pensar que estás cuerdo. ¿Cómo decir que estás enamorado? ¿Tú has estado enamorado? Claro, qué preguntas hago. Lo habrás estado, lo estarás... Y estar enamorado de una imagen... Alonso Bárcenas, uno del pabellón D estaba loco por la chica que salía en el bote de Cola-Cao. Loco, jijiji... Claro, qué si no. Todos se reían de él. Todos menos yo. Porque yo, hasta que apareció ella, estuve enamorado hasta las cachas de Marilyn. Sí, de Marilyn Monroe. Y no tendría ni diez años cuando me quedé colgado de ella. Sería una especie de premonición, o de aviso, quién sabe... En la calle Brigadas de Navarra, en mi pueblo, había una librería chiquita, la Librería Boston. Nosotros le decíamos Bostón, ya sabes. Ahí encargábamos todo lo del colegio: lápices, gomas, pinturas, cartulinas y demás. Pero aquel año, Salvat sacó una colección del cine y, jamás podré olvidarlo, “el affiche” anunciador llevaba una foto de la cara de Marilyn, ésa en la que está riéndose maravillosamente, ¿la conoces? Claro, seguro que sí, todo el mundo ha visto esa foto, forma parte de la iconografía del siglo XX. La iconografía del siglo XX... , otra señora frase... Cuando digo que me enamoré, entiéndelo con todas las de la ley. Lo dejaba todo, los juegos en la plazoleta con los amigos, las incursiones en la intrincada selva del monte que estaba más arriba del barrio, las peleas con los del barrio de los andaluces, las excursiones a robar pijadas en Simago, todo. Y me pasaba las horas muertas mirando el cartel. Y le daba una tabarra indecente a mi madre para que me dejara hacer la colección Salvat del Cine y lloré un río y pataleé hasta que me dejaron ir a casa del tío Constan, el único que tenía tele en la familia, a ver las cinco películas que pasaron aquel año en el UHF dentro de un ciclo dedicado a ella... Ella no ha vuel...»
Mi Aiwa no ha podido abarcar tanta incontinencia. No ha podido guardar la cuita de su abandono. Tendréis que confiar en mi memoria que os cuenta cómo supo poco después que Marilyn había muerto de ese crimen vestido de suicidio que conocemos y que entonces él siguió amándola pero como el mito que es, o sea, como todos los que amamos a Marilyn la amamos, sin amarla.

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