jueves, 3 de mayo de 2007

Asuntos pendientes

La ciudad no había cambiado tanto en los últimos dieciséis años como para que se le hiciera extraña. Seguía manteniendo ese profundo desencanto de las ciudades industriales venidas a menos. No añoraba sino la silueta de algunas fábricas y quizá le desconcertó la nueva distribución del tráfico en el centro. En su barrio, por contra, todo se aferraba al mismo olvido en el que había estado sumido los treinta años anteriores a su entrada en la cárcel.
Encontrarse las mismas caras, los mismos bares, el estanco de Cristóbal y
a Tina en la panadería, le propusieron un cierto desahogo a su ánimo carcelario. Por otra parte, llegaba con la consideración del héroe injuriado y los primeros días anduvo de agasajo en agasajo, eludiendo invitaciones y ferias exageradas hasta que todo volvió a la normalidad que tanto deseaba.
Nadie le hablaba de su mujer ni del asunto que le proporcionó una estancia tan larga en la galería 3 de la remota penitenciaria del sur donde, dicho sea de paso, las visitas de los aduladores de hoy habían sido inexistentes. Su mujer ya no vivía en el barrio, pero tampoco había abandonado la ciudad; otro barrio, menos modesto, en el paseo del río, albergaba su nuevo matrimon
io con el director de la sucursal bancaria donde, hasta la separación, habían gestionado todos los asuntos desde que se casaron. No habían tenido hijos. Mejor.
Cuando ingresó, con un
a condena de treinta años, en la trena, era un hombre que apenas manejaba las letras y los números precisos para hacerse valer en su trabajo de encargado en las obras de cimentación que lo llevaban por el país, de norte a sur y de este a oeste, las tres cuartas partes del año. No recordaba haber leído un libro entero en su vida. Pero era hombre de aplomo y manos fáciles. Su ignorancia no le había impedido medrar en la empresa donde don Ernesto se fiaba más de sus indicaciones que de las de los niñatos que tenía que contratar a la fuerza, sólo porque un papel oficial les avalaba como geólogos.
En al cárcel había trabajo y lo pagaban, bastante bien para lo que había que gastar. Trabajó con gusto durante dieciséis años y al
salir casi sintió vergüenza de lo que había ahorrado. Pensó en gastarlo todo en regalos para sus sobrinos, pero como no los conocía más que en fotografía, tuvo que conformarse con la tristeza de darle un montón de dinero a su hermano para que se encargara. Calculó lo necesario para unas semanas y el resto lo dilapidó en la poca familia que le quedaba: su hermano Salvador, su cuñada Leo y los dos chiquillos. Sus padres se habían muerto, uno detrás del otro, de la pena de ver cómo su hijo, un cacho de pan, se consumía en la cárcel. ‘De puro tonto’, se lamentaba su padre.
Sólo él y yo sabíamos que su libertad era un azar efímero. Porque aunque fui de los pocos que no le agasajó en el regreso, sí el único que, con una frecuencia que menguó con los años, le visitaba en el refectorio de la prisión. Los dos somos de pocas palabras, pero nuestra amistad viene de años de tapete y baraja y de miradas que son señas más falsas que cualquiera compinchada. Manuel, así se llama, olvidar
é el apellido, me lo confesó sin que hiciera falta. No fui capaz de recriminarle nada, aunque comprendí que la venganza no era culpa en ese crimen que pasaría como pasó. Yo todavía no era consciente de que podía haberlo evitado.
- Voy a salir antes de lo que la gente se cree y la voy a matar, a ella y a su marido de ahora. –me había asegurado un día, con una convicción que debió haberme asustado.
Dieciséis años dan para muchas cosas, para otras no bastan ni dos mil. Manuel había querido a aquella víbora con una pasión que no dejaba otra salida. Yo sé que sólo era una paradoja del tenaz destino. Él acababa de cumplir dieciséis años por un crimen que todavía no había cometido. También sé que los veint
e o más, quién sabe, que está redimiendo ahora, los cumple con un agrado que a mí, por lo menos, me desespera.
Su mujer, Victoria, que lo había engañado desde antes de su matrimonio, no esperaba nada parecido de su carácter menoscabado. Por eso cometió el error de no desaparecer. Manuel le regaló los dos tiros que dijeron en el juicio que le había dado hacía dieciséis años a su otro amante, guardó otros dos para el bancario que la ayudó en el plan; no pudo evitar cierta pena mientras apretaba el gatillo. Antes, había gastado otras dos balas por el camino, en una ciudad en la que había trabajado hacía años en la cimentación de una autovía. Sólo conocía al tipo por las concisas referencias que le había suministrado su compañero de celda durante años. Esperaba volver a verlo pronto pero no fue así, la nueva condena no la cumple en el penal del sur.
Ahora le visito en una penitenciaria del norte, cercana al mar. Para los presos es una tortura ese rumor de ola incansable, el perfume picante del salitre en las celdas, la presunción perturbadora de la playa, la algarabía irrefrenable de las gaviotas. Manuel es, puedo asegurarlo, feliz.
Hace dos semanas estuve con él, le llevé el libro de Faulkner que me había solicitado, mi estupor al entregárselo le hizo sonreí
r. Le llevaba también, no sin vanidad, un ejemplar de mi último libro de relatos.
- Ya lo he leído. -me dijo, repitiendo la sonrisa- Cuando estaba en la otra prisión, llevaría unos siete años, me trajeron un compañero nuevo de celda. Un tipo cojonudo. Es abogado y su socio le había sirlado la mujer y medio negocio. Les pegó cuatro tiros pero los dejó vivos. La mujer anda en silla de ruedas. Al socio lo maté yo antes de volver al pueblo...
Ese día habló por toda su vida. Me contó cómo su amistad con el leguleyo burlado fue creciendo hasta una intimidad que sólo se entiende en términos carcelarios. Fue aquél quien le inició en el hábito de la lectura. Mark Twain está en las bibliotecas de todas las penitenciarias, se cruzó en su camino hasta hacer de Manuel un lector compulsivo. La exigua relación de títulos que alberga la biblioteca de la nueva prisión se le quedará corta, estoy seguro. La lectura le procura una paz que libre se le hace imposible. Ahí dentro a los asesinos se les respeta, a un cuádruple asesino se le venera. Aunque en realidad sólo haya matado a tres.
- Ella me engañaba, me tiranizaba, me urdió un plan increíble para hacerme desaparecer con la ayuda de otro pobre ingenuo. Tenía algo de mujer fatal. ¿Has leído ‘Retrato hecho de humo’? -asentí mintiendo vergonzosamente-. Pero no la maté por venganza, era un asunto pendiente con el próximo incauto, con los próximos bobos. Al marido lo liberé de una futura desesperación. El otro tipo fue un favor personal para mi amigo de la celda 26. Pronto saldrá, esto no es para él, se mete en líos que le alargan la pena. Yo sé que nada más salir iba a ir a por él. Esta vez no iba a fallar y he querido ahorrarle otros veinte años que no sería capaz de cumplir.
Hablamos y hablamos. Yo sabía que no iba a regresar a visitarlo. Cogería un tren y desaparecería. Me despedí dándole unas gracias excesivas que no pudo entender porque no reuní el valor necesario para contarle que me había salvado, que yo era la próxima víctima de Victoria y que ya planeábamos deshacernos de Aníbal Aldama, el occiso bancario. Nunca le avisé a Victoria que Manuel le iba a cumplir el destino, yo no soy menos asesino. Mi propia miseria me impide el reproche moral. Le prometí un relato sobre su historia aunque en toda la charla nunca me confesó que mi libro le hubiera gustado. Le dejé sonriendo y manoseando los libros plácidamente.
En nuestro barrio no se extrañaron demasiado de lo que le hizo a su ex mujer, pero nunca entendieron que se declarara culpable de aquel otro crimen sucedido tan lejos. Circulan varias leyendas, este cuento no mejorará algunas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Algo que se te dé mal? : )