viernes, 8 de junio de 2007

Habigaitzu



No, no todos los monstruos son temibles seres que nos provocan el susto en cuanto pueden. No, no, y tampoco todos, todos son feos como los Biribilozkis o los Achaparquis. Algunos son, todo lo mucho, raros. Claro que, vistos nosotros, «los normales» desde sus impresionantes ojos, como los de los habigatzus, seguramente que pensarán, si no lo mismo, algo peor. ¿Quién sabe? Lo cierto es que, piensen lo que piensen, ellos son unos monstruos deliciosos, delicados y casi hasta repateantemente dulces que, por desgracia, escasean cada vez más. Y eso que, nos consta, las medidas a tomar para detener su extinción son tan sencillas, tan sencillas que, a lo mejor hasta es por eso...
Éste que pasea su petirrojo soñador por los últimos campos de la primavera está sonriendo ahora mismo «Porque sí, porque tiene la suerte de haberte conocido...»

5 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Nosotros sí que somos afortunados de conocer seres tan extraordinarimente extraordinarios! Me comprometo a conservarlo (a él y a sus magníficos congéneres) en un montón de emotivos sueños infantiles.

Anónimo dijo...

En la casa de mis abuelos había un tímido y pequeño Habigaitzu. Mi abuela empezó a preocuparse seriamente por él cuando ni el riego, ni las margaritas naranjas que plantaba justo a su lado, ni los cuidados que diariamente le dedicaba lograban hacerle brotar tan siquiera una hojita de sus escuálidas ramas. El Habigaitzu, consciente de no aportar belleza ni sombra alguna, vivía retirado en sus raíces. La historia de este introvertido ser es mucho más extensa y este no es lugar para contarla pero, como le ocurre al tuyo, un día le anidó en hermoso petirrojo entre sus ramas más secas y, aunque hace muchos que no lo veo, me han contado que desde entonces le nacen nuevas hojas con tonos desconocidos y brillantes. Sólo es cuestión de darle tiempo.

Anónimo dijo...

Una vez me contaron la historia de un árbol solitario. Tan abandonado estaba a su suerte, que ni los tímidos rayos de sol le llegaban a sus débiles ramas. Pero un día de tormenta, llegó a él una paloma a guarecerse del agua. Revoloteó a su alrededor buscando cobijo y, no se sabe como, el arbol, enternecido e ilusionado, haciendo ímprobos esfuerzos y aguantando el dolor, se abrió un hueco en su tronco para que su nueva amiga tuviera un lugar seco donde posarse.
Desde aquel día, árbol y paloma son inseparables.

Anónimo dijo...

igual era un baobab

Anónimo dijo...

qué lindo