martes, 29 de abril de 2008

Hiriaberria

G. Arroyori, maitekiroz

Zure semeek

ez zaituzte konprenitzen,
Oi, inoiz otzan izan ez den
hiri eternelle, garbia!
Abesti madarikatua jotzen diharduzu
gauaren bazterretan,
krisantemoz eta krabelinez
eta erramuz
eta goratutako larrosez
janzten zaitugula ahantziz.
Ai, larrosak...
zure oroimena
Jo ta ke lurrinduz
jo ta ke xehatuz!
Ez zaitut aipatuko,
hiri erraldoia,
Titanen gizasemeen moduan
bere mendien bihotzetik
itsasora iraultzen den herria!
Ez, ez dut zure izena aipatuko,
baina musua ematen dizut,
bere baitan hartzen zaituen
itsasoak musukatzen dizun
era berean...

jueves, 24 de abril de 2008

Liana del dulce sueño



Tu pelo allí se durmió
y yo me dormí en tu pelo.

Sucios de amor y de besos,
la luna por tu regazo,
cicatrizaban los huesos
y la piel en un abrazo.

Tu pelo allí se durmió
y yo me dormí en tu pelo.

El deseo por la alfombra
tendía sus galgos fieles,
tu sombra sobre mi sombra,
mis lenguas sobre tus mieles.

Tu pelo allí se durmió
y yo me dormí en tu pelo.

Cuando tus ojos cayeron
muertos de amor en mis ojos,
los astros blancos quisieron
tornarse, de pronto, rojos.
Ya sólo un labio quedó
iluminando aquel cielo.

Tu pelo allí se durmió
y yo me dormí en tu pelo.

miércoles, 23 de abril de 2008

Ganbararenak (V)



¿A quién ladran los perros que ladran a la luna?

¿Qué palabra escondes en la mano tras un susto?

¿Es cierto que sabe a sal el agua de un disgusto?

¿Es más real el cielo que refleja la laguna?


No sé de mucha felicidad, apenas una

especie de pasajera paz, y si soy justo

alcanza como mucho a aclarar mi gesto adusto

y los años que he vivido: mi mayor fortuna.


No tengo respuestas y siempre pensé que el viento

No guarda más que brisa agradable sobre un puente.

No busco nidos en esta selva de cemento.


¿Cuál es la muerte que tiene el borracho que miente?

¿Belleza? No la hallarás aquí, en este momento.

Sólo una duda infame que arrasará tu mente...

(Shenen K. Minozz - Antología de poetas ladinos)

viernes, 18 de abril de 2008

Zoriona



VAMOS A HACER EL AMOR EN AQUEL PRADO QUE ME SEÑALASTE LA TARDE EN QUE TE MENTÍ DICIENDO QUE ME GUSTABAN GUSTAV KLIMT Y FRANZ KAFKA Y DONDE LLEVABAS AQUEL VESTIDO LILA ABIERTO QUE DABA GLORIA Y BLABLABLA

Mete el alma entera en el calambuco
con que riegas geranios y jazmines,
yo esperaré fumando a que termines
haciendo con el humo cualquier truco.

¡Vivir en el reloj de un mudo cuco
sin entender del tiempo sus confines!
Quiero apenas que, lenta, tú te inclines,
cojas conchas y no odies a Nabucco.

¿Te he dicho que Dalí muere en tu falda,
geométrico enojo que en el talle
acurruca los rizos de Mafalda?

¿Cómo hacer que la vida no se calle
cuando araño la línea de tu espalda?
Sólo quiero amarte... y que todo falle.

jueves, 17 de abril de 2008

Todos los bailes


Si hubo una tibieza
procuróse en el imprevisto.
Las cabezas se tornan,
los cuerpos, un sutil tirabuzón
cual la majestad de ella
posando el cuello
en el hombro.
Él, ya adusto.
Otro giro y el vapor,
nada es más disturbio
que la periferia
entre las golondrinas
del centro de la pista.
Quizá sea batalla
y estamos muriendo
desde este lado, pura envidia.
Mientras ellos, ajenos,
bailan y bailan
y sólo bailan...
No hay más beso
que la perfección de ese clavel.
Afuera, escapamos
pero de uno en uno
y en un efluvio aniquilado,
casi sin alma,
expulsados de ellos.
Porque siempre bailan solos.

miércoles, 16 de abril de 2008

Dentro de las cosas

Dentro de las cosas estamos
como flor que espera,
como polvo que forjará
nuevas murallas.
De la nieve al trigo
es la vida de ese río
que contemplas a tus pies
y, si es tu consuelo,
dile anhelo,
esperanza dile.
Dentro de las cosas estamos
como trazo disuelto en lienzos,
como estrellas en tu frente
después del beso.
Estás respirando
la montaña que arrastró un glaciar.
Salimos y entramos
en todas las cosas.
No podemos decirle felicidad
pero quizá haya una melodía
en la piedra de un molino viejo
dando vueltas para
alegrar esta canción.

viernes, 11 de abril de 2008

Para Kizkur, grávida...

Antes del deseado fin de semana, un poema dedicado a una amiga en estado de buena esperanza. Y, claro, para cuantas en ello estéis.
Nos vemos... sed malos, siquiera un poco, y disfrutad, disfrutad...

Ah, la vida que nunca se detiene

se renueva en ti con toda dulzura,
dibuja en tu perfil su curvatura
y alturas de tu vientre, se entretiene.

La vida, ese capricho que va y viene,
unas veces sonriente, otras tan dura,
es hoy hiedra que por tu sangre apura
la cosa más linda que tripa llene.

Sabes que desde hoy todo es distinto,
que quizá tu humor se desmejore
y lo veas todo de color corinto.

Mas olvidarás todo cuando aflore,
bien fuerte rosa, bien terso jacinto
y ya fuera de ti, en tus brazos llore.

jueves, 10 de abril de 2008

Entre páginas*

Les dejo aquí el enlace al cuento que me han pedido algunos. Lo he colocado en una página anterior del blog para que no oculte las entradas actuales. Sólo tienen que picar en el título, que está debajo de este simpático parrafillo. Es una historia que escribí hace unos seis años, hora arriba, hora abajo. Espero que les guste y, si no, ahí está el apartado de comentarios. Sin piedad...

Ganbararenak (IV)

Bai ederra
zure begietan
nire muxuak
errepikatuta
ikustearena.
Geldi, egon hor,
ez, ez esan ezer,
ezer,
ezer ere ez
bestela
harrapatuko dinat, bai,
harrapatuko bestela,
bazeukanat, bai
bazeukanat,
ixo, darling,
majia bueltan dela,
bazetorren...

ixo...
bai ederra
begira ditudan,
ditudan, begira
ditudan
ezpainen hegaldi,
hegaldi xamurra.

Ixo, carissima.
Eguzkia apal-apal,
xume,
ibaian
hiltzen...
Ixo, chèrie,
bazeukanat,
harrapatuta,
bazeukanat, bai...

Del desván (III)

«Tengo besos que se mueren como cachorros de nube. Besos que se confunden en los garabatos de una niña de seis años. Besos como tormentas en los trigales de más allá del brezal, de más acá de las colinas del heno. Besos como saltamontes bizcos, como canción en el agua. Llevo besos como azogue plateado en las charcas de la primavera, como perfume de juncos agitados por un viento de amapolas. Besos como topacios en los ojos, como granadas tropicales, como siestas de gato, como ondas en el río.
Y tengo un beso que pasea tu nombre en una cometa china que explota como extraño confetti para que la vida te sepa a tahona y a pueblo que despierta y para que me pidas, sin demora, todos esos besos que tengo y que si no, morirán como cachorros de nube...»

( Héctor Federico Kichmann - 'Antología de poetas judíos yerrantes, 1908-1988')

miércoles, 9 de abril de 2008

El sueño del caracol

Acordándose quizá de un cuento mío que había leído tiempo atrás ('Entre páginas'; creo que aún no lo he colgado aquí, habrá que remirar bien) Ana Maja me pasó hace un par de meses el enlace a este cortometraje que les dejo hoy. Hay algunos parecidos curiosos entre las dos historias, cosa que me sorprendió en un principio. Luego, me fui dando cuenta de que era absolutamente azaroso.
De mi cuento nada diré; de la película, les aseguro que es un gusto que no les empleará más allá de un cuarto de hora de su precioso tiempo. Disfruten.

«El sueño del caracol»



Desde el desván (II)

La producción artística de los últimos días del invierno fraguó en una papelera repleta de pelotitas de papel que atraen mi mirada casi tanto como el espléndido camuflaje de los campos de enfrente. La incipiente primavera me regala la placidez justa para poder despreciar este vacío creativo que en otras circunstancias quizá me depredaría el alma.
Entretengo la mañana en juegos diversos, en lecturas que van al juego, en escribir que las lecturas son el juego para jugar con la lectura y lo que escribo.
Leo:

«... arte del puzzle comienza con los puzzles de madera cortados a mano, cuando el que los fabrica intenta plantearse todos los interrogantes que habrá de resolver el jugador; cuando, en vez de dejar confundir todas las piezas al azar, pretende sustituirlo por la astucia, las trampas, la ilusión: premeditadamente todos los elementos que figuran en la imagen que hay que reconstruir-ese sillón de brocado de oro, ese tricornio adornado con una pluma negra algo ajada, esa librea amarilla toda recamada de plata- servirán de punto de de partida para una información engañosa: el espacio organizado, coherente, estructurado, significante de cuadro quedará dividido no sólo en elementos inertes, amorfos, pobres en significado e información, (curiosa y paradójicamente, leer este párrafo me lleva a recordar aquel otro juego que se proponía en otro libro y que consistía en sustituir las palabras de un texto por su definición en el diccionario. Así, se producían curiosidades como ésta:"La mujer esperaba en el andén la llegada del tren ---> La persona adulta de sexo femenino atendía en el lugar de las estaciones que es una acera a lo largo de la vía el momento de la venida del vehículo que consta de una serie de vagones y de la locomotora que los arrastra", pudiéndose, por supuesto hacer el juego interminable, sustituyendo posteriormente las palabras 'sexo', 'femenino', 'estación', etc...) sino también en elementos falsificados, portadores de informaciones erróneas; dos fragmentos de cornisa que encajan exactamente, cuando en realidad pertenecen a dos porciones muy alejadas del techo; la hebilla de un cinturón de unif... ... ...rias piezas cortadas de modo casi idéntico y que pertenecen unas a un naranjo enano colocado en la repisa de una chimenea, y las demás a su imagen apenas empañada en el espejo, son ejemplos de las trampas clásicas que encuentran los aficionados.»


La conclusión es una verdad preciosa: el puzzle no es juego solitario, cada movimiento del jugador ha sido, seguramente, realizado antes por el creador del mismo; cada pieza que toma y vuelve a ubicar, que examina con deleite o con odio indisimulado, que acaricia del mismo modo, cada combinación que ensaya, cada tanteo, cada esperanza, cada fracaso pasajero, han sido decididos, calculados, estudiados por el otro...
No sé si soy capaz de trasplantar lo leído de forma correcta al hecho de vivir; no sé si puede ser válido dentro de algún tipo de instrucciones de uso de lo que es esa casa que construimos en lo que es la vida. Quizá la vida sea un puzzle hecho de un millón de puzzles diarios. Entonces sé que la preciosa verdad es, además, incuestionable y se adapta al día de hoy, donde el puzzle que resuelvo lo han creado ya un tibio, casi veraniego amanecer, los buenos días de Ana Maja, el egunon de Lucía, la música que no sé distinguir en un ejercicio propuesto por Freia, un texto sobre la amistad en un foro, un poema de un primo, cierta burocracia aplazada, el soneto que no he decidido aún si publicar o no, el sol reflejándose en la fachada de enfrente, el juego que juego y que es donde habito y escribo y manoseo la siguiente pieza de este subyugante rompecabezas que entre todos, la primavera en los balcones también, me vais creando... al tiempo que yo, sabedlo, creo el vuestro.

Desde el desván (I)

Cada vez que me acerco a las verjas herrumbrosas del cementerio me asalta la inquietud inexpresable de Castelao en su Ojo de cristal. Pienso en aquella angustia del padre quien, enterrado junto a un cojo, manifestaba su temor infinito a que le robara el peroné, o la tibia, o ambos... Pienso también si yo, como él, tendré que ir algún día a san Andrés de Teixido a cumplir alguna cosa que dejé sin hacer en vida. Y pienso que, en tal caso, tendré que abandonar mi esqueleto y que no sé quién reposará encima mío en la hilera superior de nichos, ni a mis flancos.
Lo tengo claro. Pediré a mis hijos que me entierren sin nadie alrededor, aunque les cueste una fortuna...

martes, 8 de abril de 2008

La ley de Murphy

Un inocuo relato que guardo desde hace años. Está, como es obvio, basado en hechos reales. Y como es divertidísimo, no me duelen prendas proclamarlo, se lo voy a dedicar a la apasionada admiradora de Chesterton y Wodehouse y sin par bloguera Donna Angelicatta


El plan era perfecto. Su mujer tenía hora en la peluquería después de comer, con lo que podría disfrutar del sofá y de la carrera ciclista a sus anchas. Ese día se corría la etapa reina y quería gozar de toda la retransmisión, sin que Adela le marease con sus impertinentes deseos de zapeo y su quejumbrosa verborrea contra el deporte.
Acabó de recoger la mesa cuando ella salía por la puerta, se sirvió una taza de café recién hecho, se preparó una copita de orujo de hierbas en el vaso que si siempre guardaba en el congelador y se repatingó en el sofá como un cavernícola exultante. Encendió la televisión. Ya habían conectado con el Tour y la imagen mostraba un grupito de escapados, entre los que se encontraba uno de sus ciclistas favoritos. La cosa prometía. Apuró el café y dio un sorbito de la helada copa que aún mostraba restos de escarcha.
Había comido como un príncipe. Su mujer, sinceramente, tenía una mano con las alubias que hacía olvidar cualquier otro defecto, tampoco demasiados por otro lado. No había perdonado nada de la deliciosa cuchipanda: ni, por su puesto, el plato de alubias a rebosar, ni la morcilla de Burgos, ni la costilla y papada ligeramente adobadas, ni el choricito de Orozko, ni su buena ración de ensalada. Media botella de crianza, regalo de su buen amigo Ángel, había pontificado la comida. Café, copa, ciclismo y Adela en la peluquería: el plan, qué duda cabía, era perfecto.
Los escapados pedaleaban con más de cuatro minutos de ventaja y, a no tardar, empezarían a ascender uno de esos puertos míticos de los Pirineos. Se quitó las pantuflas y se estiró cuan largo era. Fue en ese justo momento cuando le sobrevino el primer apretón. Dejó escapar un par de largas ventosidades, pues no estaba dispuesto a ir al baño hasta que acabase la etapa. Le vino bien, sintió que cedía la presión. Otro sorbito de licor y ¡a seguir viendo la carrera!
Cuando anunciaron el primer corte para la publicidad sopesó la posibilidad de levantarse y, entretanto, hacer de vientre pero, mientras se decidía y no se decidía, terminaron los pocos anuncios y se olvidó del tema. Aguantaría, pensó, aunque lo cierto es que el peso de su estómago era cada vez mayor. Decidió soltarse el cinturón y el botón superior de los vaqueros. Resistiría. ¿O no?
El segundo arreón estuvo a punto de producir una catástrofe.
- ¡Mierda! -gritó como asistido por una súbita iluminación oratoria.
Maldiciendo por dentro, y por fuera, se encaminó al váter, no sin antes subir el volumen de la televisión para poder seguir las viscisitudes de la etapa como si la escuchase por la radio. Presumía, por el tamaño del dolor que se había ubicado en sus tripas, que no iba a ser una faena de aliño. No sabía hasta qué punto acertaba.
Se sentó en la taza y trató de apurarse, pero la faena se presentó lenta desde el principio. El esfuerzo evacuatorio era tal que por sus enrojecidas mejillas resbalaban, con parsimonia de brontosaurio, dos lágrimas espesas como gotas de pegamento industrial. «Habrá que tener paciencia», se resignó. Desde la sala llegaban los ecos del ataque de un corredor belga que le era desconocido; no había que preocuparse, su ciclista favorito aguantaba sin problemas, decía el locutor.
- ¡Cagüenla...! -exclamó sin pararse, de nuevo, a pensar en sus palabras.
Optó por utilizar la táctica de los botes. Una táctica que utilizaba a menudo cuando intuía que la cosa iría para largo en sus visitas al baño: leer lo que ponía en botes, frascos y demás recipientes alrededor. Empezó con el bote de champú que usaba Adela y leyó su composición química de cabo a rabo. Después, el modo de empleo y la dirección del fabricante. Se fijó en el código de barras, llevaba el 8 delante: made in Spain. Tomó, a continuación, el bote que usaba él, un anticaspa que no sólo no se la había quitado sino que, por contra, le había acarreado una grasa que nunca había tenido antes. Se le ocurrió comparar los componentes de los dos productos. No eran tan diferentes. Salvo un par de cosas raras, zincpiritiatos o algo así, el resto era lo mismo. La táctica había surtido efecto, se relajó algo. Pero iba despacio, muy despacio. Recordó, tomando un tercer bote, que llevaba casi tres días sin hacer. ¡Él, que era más regular que Indurain! Miró el reloj: a lo tonto, a lo tonto, llevaba más de diez minutos en el servicio. En el pie izquierdo empezó a notar un ligero cosquilleo.
En la televisión estaban pasando un nuevo corte de anuncios. «A ver si ahora duran un poquito más», deseó. Pero sus intestinos no estaban por la labor. Los primeros minutos de dura evacuación, con la consiguiente dilatación anal extra, estaban dando paso a una extraña fase de descomposición. Algo le había sentado mal. «La morcilla, seguro». Lo que faltaba.
El caso es que se había pasado al derecho el hormigueo del pie izquierdo, que ya estaba dormido. Por otra parte, la diarrea final le había acarreado un prurito inaguantable a la altura del esfínter. Resoplaba resignado. Llevaba más de un cuarto de hora allí sentado y la situación era patética. Su plan perfecto se estaba convirtiendo en el colmo del esperpento: la carrera en el clímax y él en ese cubículo diminuto, con diarrea, picor en el culo y los dos pies dormidos. ¿Qué más le podía pasar?
Se giró para coger papel higiénico y paliar un poco la picazón, aunque sabía que aún no había acabado de evacuar. ¡Vaya por Dios! Lo único que encontró fue el cilindro de cartón marrón del que pendía una miseria de tira de papel que no servía ni de apósito. Abrió el armarito que había debajo del lavabo, donde solía haber uno de repuesto para este tipo de eventualidades. Por más revolvió entre neceseres, frascos y cremas, no encontró nada parecido a papel, ni la sombra de un despreciable pañuelito extraviado.
En medio de su media desesperación escuchó cómo el belga y su corredor habían coronado ya el Tourmalet, con más de dos minutos de ventaja respecto de los primeros perseguidores. Recordó que Adela guardaba el paquete de veintitantos rollos que acostumbraba a comprar en el hueco que estaba encima de la nevera, en la cocina. Se levantó para dirigirse allí pero sus pies dormidos no le permitieron dar un solo paso.
Entre los pantalones bajados, la poca firmeza de sus piernas entumecidas y acalambradas y su prisa denodada, se hizo un nudo y se desplomó. Intentó asirse al lavabo pero sólo consiguió golpear el bote de gel que, tras su champú, había estado leyendo también y que, por increíble que parezca, estaba mal cerrado. Un buen chorrete de líquido viscoso le resbalaba por la oreja izquierda, goteando hasta encharcar el suelo de baldosa negra. Por lo menos, olía que daba gloria, pensó con nueva resignación. Por poco tiempo. Pues al incorporarse resbaló con el gel derramado y flexionó de tal modo la zona abdominal que no pudo retener un coletazo nauseabundo, semilíquido, parduzco.
- ¡Cagüen la mierda! -fue su paradójica, y acertada de nuevo, descarga de adrenalina.
¡Ya estaba bien! No se lo podía creer. Estaba a punto de perder la dignidad; la paciencia la había perdido con la falta de papel higiénico. Cerró los ojos. ¡Ommm! Los abrió. Estaba de rodillas, mirando la puerta de la cocina, allí, a no más de seis o siete pasos, estaba la alacenilla con el papel. Se ofreció unos segundos de respiro. Le dolía la rodilla derecha, le escocía el ano, le martilleaban los tobillos, el gel le hacía cosquillas por el cuello. Se incorporó lentamente, se alzó pulcramente los pantalones y se encaminó a la cocina.
- Ya sólo falta que aparezca Adela - dijo en voz alta.
Al fondo del pasillo sonaron llaves. Alguien estaba abriendo la puerta. «¡Cómo no me meteré la lengua en culo!», pensó, redondeando una tarde de pensamientos sin parangón.
- Pasa, Luchi, Octavio estará viendo el Tour -oyó que decía Adela. Se sobresaltó, acelerando sus acciones de manera que, al intentar coger el paquete de los rollos de papel, golpeó el paquete de harina, ¡empezado, cómo no! haciendo que se precipitara sobre su caspa, sobre su grasa, sobre el gel de su oreja izquierda, sobre el incontenido vertido de su vientre y sobre su orgullo.
- ¡Octavio! - gritó su esposa, furiosa.
- ¡Octavio! - musitó Luchi, divertida.
- ¡Chicas…!, -sonrió él, detrás de su grumosa máscara-. ¿Un cafecito?...está recién hecho...

lunes, 7 de abril de 2008

Súbito,el amor

Lucía despierta con ese pálpito de las cosas buenas en el pecho. Despacio. Despierta palpando el hueco que la desespera a su izquierda; entonces, la felicidad se le borra desde la yema de los dedos que no le encuentran a su lado hasta los ojos que no quieren abrirse aún.
Lucía se ducha lamentando que el agua pueda diluir ese rastro estremecido de la noche entre sus brazos. Se seca con la mirada perdida todavía en el sueño. Desayuna mirando el día que perfila las azoteas de enfrente, pero sin ver el sol que se promete. Sin ver. Le habla al café de esta repentina soledad, le platica con cierta mansedumbre resignada su desencanto de hoy.
Lucía se viste el uniforme diario y el espejo le dibuja, a su espalda, la cama deshecha, arrugada de caricias nuevas. Piensa en la vida de él. Tan cerca, tan lejos de la suya. Imagina, abrochando la blusa, su clandestino despertar, su huida silenciosa y se maldice por haberse ofrecido el lujo de dormirse acariciando estrellas en su frente y no retenerle. Maldice haberse rendido al placer de sumirse en su último beso, de repetirlo como si sus labios fueran los mil espejos de un laberinto. «¿Por qué esperabas que se quedase si apenas le conoces?» le pregunta a la mujer que se arregla un lazo frente a ella. «Porque no sé cuántas citas necesita el amor».
Lucía toma los abalorios del día y baja a la calle temiendo no volver a verlo, temiendo que la ciudad devore para siempre su sombra escapando a medio vestir en la alta madrugada, cerrando sin ruido la puerta, sin el mísero regalo de un susurrado adiós. Sin la oportunidad de un adiós. Sin la oportunidad de atar un amor que sólo ella siente que siente.
Lucía avanza en el tránsito diario de las aceras que bullen. La mañana le arrebata una lágrima helada parada en el semáforo de la Gran Avenida. Se pliega en un escalofrío, mete las manos en los bolsillos de la chaqueta roja de perfecta secretaria y sus dedos chocan con el paquete de tabaco. Es pronto para fumarse el primer cigarrillo. Pero el calor de la gente que se agolpa esperando el cambio de disco le anima a sacar la cajetilla.
Lucía no va a fumar tan pronto porque en el paquete hay escrita una esperanza perfectamente plegada en un trozo de papel de notas de su cocina. Hay un número de teléfono que rematan unos versos que redondean una sonrisa tan grande, tan enorme, que no la podrán borrar ni el estruendo de cláxones, ni la lluvia de improperios de los conductores que la ven cruzar los cinco carriles de paso de cebra de la avenida, despacio, muy despacio, absolutamente desprevenida y feliz, leyendo, releyendo, leyendo, releyendo.

Duermes en algún ignoto cielo,
se fugan las ráfagas de la noche
por tu lento aliento.
Pareces una ventana.
Quisiera robarte
las palabras que sueñas
pero tengo que irme sin dedos
y sin labios.
Detrás de estas líneas
queda la maravilla
de espiarte el sueño
con devoción de niño.
Escribo esta nota con los ojos,
me marcho sin labios,
sin los dedos
que dejé en tu espalda
dibujando lirios.
Y mis ojos dicen
que, también de día,
quisieran ser, contigo, cotidianos...

viernes, 4 de abril de 2008

Debaser

boomp3.com

Una canción antigua y un poema viejo. La canción es una excitante chistera de donde algún recuerdo recurrente... El poema no es más que un poema, con siete retoques que no le rejuvenecen. ¿Para qué? Se lo dedicaremos a Mega, agradeciéndole esos bocaditos sabrosos berlineses de su memoria talla S y todo el ánimo que me procuran sus comentarios. Gracias.
Tengan todos un idílico fin de semana, folks!




Cada muerte a su tiempo.
Soy un suicidio continuo
y entre vicio y vicio,
resucito.

He visto tu rostro en aquella nube

que descarga su aliento en otro mar.
Cada muerte a su tiempo.

Ayer cerré dos esquinas,

en ninguna tejía primavera
palios de acacias ni hacaneas.
De nuevo nace todo en la boca.
Me has dado la mano.
Una mirada contuvo gotas de lluvia
como perlas en una telaraña.
El otoño me visitó la nuca.
El autobús durmió mi novela.
El...
Cada muerte a su tiempo.

Hacia el ocaso iremos.
Sé que entonces era muy guapo.
Ahora te espero
en esta mecedora,
y ni viejo soy, ni sabio,
sigo siendo guapo, mucho,
pero no, ni mucho menos, poeta.

Una editorial (De 'El asno en globo'...)

Habían pasado décadas desde que se editó, pero cuando el emérito director me lo regaló hace ya más de un lustro, conservaba un aspecto aún inmaculado. Era el único que había guardado y, según me confesaría, lo había hecho porque era el único en que él había tomado parte activa con unos pocos dibujos a plumilla que mostraban una técnica tan aceptable que, sinceramente, no iban en absoluto con el aire de la publicación. Se trataba de un ejemplar del nº 0 de la revista que tantos momentos de gozo y de desasosiego (más o menos aceptado o deseado) me ha procurado desde que, aquella remota tarde de diciembre, acompañé a mi amigo Patxi al sanatorio para recoger a su tía y llevarla a casa por Navidad.
Como piloto de una experiencia que, a Dios gracias, se sostuvo durante años, este primer ejemplar era bastante menos grueso que los que le siguieron. Algunos de ellos, como el especial del décimo aniversario, donde el ínclito E.L. Kasher dejó su impronta con una pequeña joya escrita en prosa y que tituló «Sofía sufre filias», alcanzaron las 200 páginas.
Pero, aunque más magro, este primer avance ya albergaba delicias como las doce diferentes editoriales de saluta que habían escrito doce diferentes internos. Aquí les regalo una que firmaba Klaus Kalo, quien, según pude averiguar, pudo ser el responsable creador del título de la publicación. Título que mantuvo desde ese primer fascículo hasta su lamentable desaparición no hace mucho: ‘El asno en globo’.

Nos hemos puesto guantes en los cascos. Nos hemos puesto cascos en las cabezas. Nos hemos puesto las cabezas en las manos y nos hemos puesto manos a la obra. Algunos se creen que han volado porque creen que su imaginación ha volado. Pero, claro, están bastante algimétridos (no han prohibido escribir "tarados, orates o locos"). Yo, que no me tengo por menos algimetreado, en mi soledad interminable de ruedo de aguas y canjilones, he soplado la azarosa flauta de un soneto que entrego a los encargados del Algimetriátrico a modo de saludo editorial. Es, ya verán, una hermosa burrada:


Haya razón mayor entendimiento
que esta gran sinrazón que me procura
verdad irracional que no me cura
y miento de verdad si no te miento.

Y toda la razón en un momento
se torna por mis sesos en locura
cuando sólo soy loco en la cordura:
el sueño es real, lo real invento.

No prestéis atención en demasía
a cuanto en estos versos os discurro
ni tengáis esto por filosofía.

¿Loco, cuerdo? perdonad si os aburro;
no se hizo miel para la boca mía,
para quien sólo es vuestro humilde burro...

jueves, 3 de abril de 2008

malagueña

boomp3.com

Admitiendo que, como diría Javier Krahe, «todos son dignos de admiración», a la hora hora de declarar alguna predilección entre los palos flamencos declararía mi debilidad, en dura pugna con la granaína y la serrana, por la malagueña.
Tiene la malagueña ese punto de engranaje entre dureza y dulzura, quizá por su cuna fandanguera, que me arrebata. Más cuando uno la escucha como yo tuve la suerte de hacerlo hace ya unos cuantos meses en la voz, entrañable y entregada, de alguien como Diego Clavel, cantaor donde, en mi humilde y profano entender, se aúnan arte y magisterio. Sus conciertos, a más de habituales bocados de placer musical, son impagables sesiones de sabiduría flamenca, tanto histórica como musicóloga. Lo mismo te cuenta la procedencia de una seguiriya que te explica los diferentes tonos de las 47 malagueñas que ha recogido en su fenomenal antología (descatalogada, aviso). ¡47 tipos de malagueña!
Y mañana actúa aquí, en Barakaldo, ni más ni menos. Volveremos a verle. Y a escucharle.
Me consta que la mayoría de cuantos me honran con sus visitas no son aficionados al cante jondo pero sé que son capaces todos de entenderlo como un arte y de respetarlo como tal. Pero no les llevará mucho trabajo detenerse a escuchar este par de cortes que les regalo (el 2º son uno fandangos de las minas, cosa suave...) y, por si hubiere que aliviar el esfuerzo, les dejo una hermosa imagen floral de Barakaldo donde, como comprobarán, también se asoma la primavera. Hoy, además, con más ganas que en los últimos días. ¡Y olé!

boomp3.com

miércoles, 2 de abril de 2008

El olivo

No puedo asegurar que fuera la prima Rosalía quien me lo dijera hace ya algunos años. No puedo, del mismo modo, ignorar que es seguramente, de entre la gente que conozco, la persona a quien mejor le va una frase tal: «Mi árbol favorito es el olivo».
Sé que no sentí ningún rubor al reconocer que yo no tenía ningún árbol favorito. Como sé que sentí una rabia no reconocida al callar que me hubiese gustado tenerlo. Desde entonces, como es lógico, no he parado de buscar mi árbol y, si se me pregunta, a día de hoy, respondería, sin dudar un ápice: «el platanero gigante».
Del mismo modo, hace unos meses no hubiese titubeado asegurando a quien me preguntara que «el más hermoso de los árboles es el castaño y, concretamente, más si lo es formando parte de un tupido bosque desnudándose en otoño cerca de la presa vieja del Regato». Pero no hará ni cuatro primaveras que hubiese matado defendiendo la tersura casi metálica de los enormes magnolios de la plaza del centro. Y, en mi última ascensión romera a Santa Águeda (o tempora, o mores!) discutía con un buen amigo que «no existe árbol como esa delicia amenazada que es el acebo».
Sé que acabaré traicionando el amor hacia los robustos y nada mimosos platanos; lo será, quizá, por ese precioso roble bicentenario que me saluda cada domingo en las mañanas deportivas de Leioa, si no lo es por el histórico y cada día más hermoso tejo de la calle Henao (cada vez que paso por allí, tengo que detenerme a contemplarlo como si él fuese el druida). Sea como fuere, lo mismo que en un ancestral primer beso hubo un ciclópeo eucalipto; del mismo modo que cierto álamo guardaba unas ingenuas iniciales y un pino de Lazkao me hizo aprobar una asignatura en la prehistoria salesiana, así hubo también, en una noche de un cierto invierno, un olivo inolvidable en una carretera, como una señal, como una mano que llevaba a un puerto...
Desde entonces, hay olivos siempre. Pero, aprovechándome de la frase, apócrifa tal vez, de la prima, aseguro: «Mi olivo favorito es ese árbol».


*Dejad que goce de la voz templada
el olivo que el tiempo arruga y mece,
nervio que por el sol nunca perece,
plácida red de la luna arrinconada.


En su humilde sombra un recuerdo nada

como otra sombra, no le desmerece

y por más que otro invierno recrudece

sueño es, calla su pena enrevesada.

¡Árbol!, mano que asomas a la tierra
gigante colosal que está cautivo

y que pugna por relatar su guerra.


Corazón verde, ahogado pero vivo,
porque tanta vida la muerte encierra
como gozos tu penar,amado olivo.




*Ha sufrido, desde su génesis, tantas transformaciones este soneto como podas el olivo, si no más. Es posible que haya aparecido ya en alguna perdida entrada de hace tiempo, si así fuere, espero que la poda le haya hecho bien. Al soneto, digo.



martes, 1 de abril de 2008

El poeta selecciona poemas con ciencia infinita

El poeta está lleno de posibilidades y de argucias. De puertitas y de trampas. Como Daniela, como el señor López. Como los sanatorios de la posguerra. Como el desván secreto. Sube unas escaleras el poeta. Hoy son gradas lastimosas que encogen el tranco y se alzan hasta un doblado angustioso. El suelo es de terracota sostenido sobre viejas cañas sostenidas sobre vigas que fueron fuertes. Quizá fue el mismo poeta quien una tarde de primavera con el ventanuco abierto al campo dibujó una circunferencia panzuda de tiza azul. Quizá entonces sólo era un niño que vivía una aventura en los territorios del cielo del desván. Quizá ese círculo de inmunidad sólo se pinte con el gres, también azul, de su mirada añeja.
Pero el poeta entra en él. Y deja caer sus poemas. Son los mismos poemas siempre. Los únicos. Todos. Los mismos versos pero diferentes. Hoy, la argucia propone que todos los versos son cuatro o cinco nada más. Los que se han deslizado fuera de la línea del cielo. Los que han volado lejos de sus pies. Y todos hablan del recuerdo. O del olvido. Que, quizá, de un modo no tan arcano, siguen siendo la misma cosa. ¿Acaso no está la vida alrededor siempre? ¿Acaso no se aleja de súbito? ¿Qué polvo puede ocultar aquel beso en ese desván? ¿Qué paño puede limpiar el que oculta para siempre dos miradas allí mismo?
Sí. Pero el poeta tiene desvanes y argucias. Y poemas dentro y fuera. Hoy, cuatro o cinco. O seis.



1.
Crece en el mar
la luna más grande,
en el mar que nos llega,
en el mar que nos lleva,
en la hora, alta hora
de los escasos recuerdos
que pudren la memoria.
Ya no te tendré más que aquí,
en esta luna
que pone sus azucenas
en la sal inmensa
y crece, crece
sin la medida necesaria,
tal es su pudor,
tanta la distancia.



2.
Todo está aquí:
que el mar está
amando al cielo,
que recién terminan,
ciorán y ciclamen
y que fuman por la tarde
satisfecho humo pincelado.
Y sólo es amor...


3.
Las gaviotas elevan
sus rosas de sal,
las espumas se vuelcan
en el cabo del norte,
la madrugada
es un bálsamo
sin preguntas
y mi descanso
es un lejano mirador,
unos versos antiguos,
una piel indemne...
unas horas robadas.
¿Por qué no ruge este mar?



4.
Hay un puerto, te aseguro,
lleno de palomas que son adioses
en los que nace un amor
que muere cuando nace
un te quiero
que muere en unos labios
que nacen con un amor
que es un pañuelo muriendo
en un puerto que conozco,
te aseguro.



5.
Tu pena
ardía en los ojos
cuando la miel era piel
donde se curvaban dos ríos
de sal.
Nadie podía escapar
a tu tristeza
cuando era una chistera
llena de antojos
manipulando
años de posterior locura.
Tierna locura
aleteando en manos
como palomas ansiosas
tu
piel de miel...



6.
En los pétalos del olvido...

lamento no ser astrónomo
para enumerarte esas estrellas
que iluminan alguna noche añorada,
nombrártelas, ufano,
y seguir creciendo
aunque sólo en tu recuerdo.
Crecer, repercutiendo en el deseo
como un eco abrumador
en un lecho que alfombrará
el sueño tantas veces forjado
en esta distancia sin números,
sin polvo,
sin asfalto,
sin puentes apenas transitados.