lunes, 7 de abril de 2008

Súbito,el amor

Lucía despierta con ese pálpito de las cosas buenas en el pecho. Despacio. Despierta palpando el hueco que la desespera a su izquierda; entonces, la felicidad se le borra desde la yema de los dedos que no le encuentran a su lado hasta los ojos que no quieren abrirse aún.
Lucía se ducha lamentando que el agua pueda diluir ese rastro estremecido de la noche entre sus brazos. Se seca con la mirada perdida todavía en el sueño. Desayuna mirando el día que perfila las azoteas de enfrente, pero sin ver el sol que se promete. Sin ver. Le habla al café de esta repentina soledad, le platica con cierta mansedumbre resignada su desencanto de hoy.
Lucía se viste el uniforme diario y el espejo le dibuja, a su espalda, la cama deshecha, arrugada de caricias nuevas. Piensa en la vida de él. Tan cerca, tan lejos de la suya. Imagina, abrochando la blusa, su clandestino despertar, su huida silenciosa y se maldice por haberse ofrecido el lujo de dormirse acariciando estrellas en su frente y no retenerle. Maldice haberse rendido al placer de sumirse en su último beso, de repetirlo como si sus labios fueran los mil espejos de un laberinto. «¿Por qué esperabas que se quedase si apenas le conoces?» le pregunta a la mujer que se arregla un lazo frente a ella. «Porque no sé cuántas citas necesita el amor».
Lucía toma los abalorios del día y baja a la calle temiendo no volver a verlo, temiendo que la ciudad devore para siempre su sombra escapando a medio vestir en la alta madrugada, cerrando sin ruido la puerta, sin el mísero regalo de un susurrado adiós. Sin la oportunidad de un adiós. Sin la oportunidad de atar un amor que sólo ella siente que siente.
Lucía avanza en el tránsito diario de las aceras que bullen. La mañana le arrebata una lágrima helada parada en el semáforo de la Gran Avenida. Se pliega en un escalofrío, mete las manos en los bolsillos de la chaqueta roja de perfecta secretaria y sus dedos chocan con el paquete de tabaco. Es pronto para fumarse el primer cigarrillo. Pero el calor de la gente que se agolpa esperando el cambio de disco le anima a sacar la cajetilla.
Lucía no va a fumar tan pronto porque en el paquete hay escrita una esperanza perfectamente plegada en un trozo de papel de notas de su cocina. Hay un número de teléfono que rematan unos versos que redondean una sonrisa tan grande, tan enorme, que no la podrán borrar ni el estruendo de cláxones, ni la lluvia de improperios de los conductores que la ven cruzar los cinco carriles de paso de cebra de la avenida, despacio, muy despacio, absolutamente desprevenida y feliz, leyendo, releyendo, leyendo, releyendo.

Duermes en algún ignoto cielo,
se fugan las ráfagas de la noche
por tu lento aliento.
Pareces una ventana.
Quisiera robarte
las palabras que sueñas
pero tengo que irme sin dedos
y sin labios.
Detrás de estas líneas
queda la maravilla
de espiarte el sueño
con devoción de niño.
Escribo esta nota con los ojos,
me marcho sin labios,
sin los dedos
que dejé en tu espalda
dibujando lirios.
Y mis ojos dicen
que, también de día,
quisieran ser, contigo, cotidianos...

9 comentarios:

Freia dijo...

¡Guauuuu! ¡Qué hermosura de historia y de poema, sobre todo de poema!

Donna Angelicata dijo...

«Porque no sé cuántas citas necesita el amor».

Alguien dijo que son cuatro. No sé.

Muy bonito, Joseba, mi más sincera enhorabuena.

Selma dijo...

Joseba, estoy absolutamente de acuerdo con Freia...

El poema es precioso y se entiende que a Lucía poco le importe el tráfico mientras lee... está en otra dimensión , en otro lugar...

Muxu Joseba!

Joseba M. dijo...

¿Cuando te enamoras, verdad, Freia que es como si te quedaras en cada despedida una parte de ti? Y no para volver a recogerla el día siguiente, no, sino, más bien, para seguir dejándote cosas por ella, por él... Y sí, Selma, si que se producen esos enormes momentos de estúpida ensoñación, te agarra la maravilla y...
Donna, cuatro para comenzar con las confidencias de tomo y lomo y los intercambios que son como el compromiso que empieza a tejer esa cárcel de aire, ya sabes. La cita era algo así, me parece y, creo recordar, Donna laztana, que es de un tal Ganex Blau Pilós. Pero tampoco hay que hacerle demasiado caso, ¿verdad?
Dulces trompazos reciban, amigas.

m.eugènia creus-piqué dijo...

Precioso el poema, me ha gustado mucho.

Mega dijo...

El poema y el relato. No sé cuál de los dos me gusta más. ;-)

Tienes que contarnos la emoción del reencuentro.
Abrazos trompísticos

María dijo...

preciosos, poema y relato. Me ha gustado mucho que al final la cama no se quede tan vacía como parece en un principio...es...cómo decirlo...esperanzador...(en un día gris y lluvioso como el de hoy)

genial el blog!!

Joseba M. dijo...

Sucedió, Mega, que Lucía, bien que trastabilleando el paso por la larga avenida, llegó a su oficina. Ajena a los saludos de sus extrañados compañeros, se acomodó en su silla aerodinámica, encendió como un autómata su ordenador, esperó, con la mirada en la Babia, que arrancara y, sin dudarlo, tecleó en su buscador el nombre de él. Despertó, de pronto, al sorprenderla la aparición de un innúmero de enlaces y, de nuevo sin dudar, pulsó en el primero de la lista. Era un blog con un título que se le antojó el sumum de la poesía. Y, si sus ojos eran habitualmente grandes y de una belleza exagerada, amenazaron con escapársele del rostro cuando comprobó que, en hermosa letra courier, bajo el título de 'Súbito, el amor' algún mago había escrito todo lo que acababa de pasarle hasta hacía un rato, sueños y pensamientos, incluídos.
Dudaba entre colgar un comentario a la entrada o mandarle un correo digno a la dirección del blog o usar el número que acompañaba al poema... cuando, inesperadamente, la voz de su jefe la arrancó del ensu...

Anónimo dijo...

...eño. Él hablaba... hablaba, mandaba y hablaba. El departamento era un aquelarre de silencio. Había un sol fuera, sobreviviendo tenaz como un súbito abrazo...

No sé qué me gusta más, si tu relato o el comentario que le has hecho a mega. Se parece a las historias que antes escribías en los charcos mientras te fumabas tu mejor mirada desde cualquier balcón. Qué bonito, Joseba, qué bonito.
Errota