jueves, 13 de marzo de 2008

Entre páginas

ENTRE PÁGINAS

El día que Gabino leyó el primer mensaje se llevó una doble sorpresa. Primero por el hecho de encontrarlo entre las páginas de un libro de la biblioteca municipal, claramente dirigido a él. Después, y más sorprendente todavía, por el misterio inquietante de que alguien pudiera saber que tarde o temprano él iba a coger ese libro entre los varios centenares ordenados en las estanterías.
Se trataba de una obra de Alessandro Baricco que siempre estaba cogida y por la que Gabino había mostrado su interés en más de una ocasión a las bibliotecarias desde que había leído una crítica muy elogiosa en el periódico. Era una novela corta y hasta la página 88 no encontró el papelito hermosamente caligrafiado en tinta morada. Le llamó la atención la pulcra letra y el color, pero mucho más el contenido de la esquela:

«El poema es precioso. Perdona que no te lo devuelva.
¿Serías tan amable de olvidarte otro entre las páginas de
‘Un mes con Montalbano'.
Creo que te gustará.»

Hasta pasado un buen rato no cayó en la cuenta de que aquello iba destinado a él. De paso supo dónde había ido a parar el poema que había escrito en el café de Felipe en un impulso de su inspiración que era de donde surgían sus mejores poemas. Lo había olvidado dentro del libro de Gil de Biedma que había tomado prestado dos semanas atrás, en una servilleta de papel que Gabino creyó haber guardado en la chaqueta para más adelante registrar en el ordenador, junto al puñado que guardaba y que iba a formar parte de su tercer obra. Llevaba meses preparando el poemario y el extravío de aquellas líneas en su frágil soporte le había contrariado, más que nada porque no era capaz de recordar sino el vago rumor de alguna metáfora.
Releyó una y otra vez el escueto mensaje anónimo y se entregó a la aventura de imaginar de quién podría proceder, abandonando la novela de Baricco. Se dio cuenta enseguida de que, aparte de conocer su interés por el escritor italiano, el anónimo comunicador estaba al tanto de su debilidad por el casi octogenario siciliano creador de la saga del comisario Montalbano. Y no sólo eso, sabía que todavía ésa, ‘Un mes con Montalbano’, ésa no la había leído. En cierto modo era algo abrumador.
¿Quién podría tener unos gustos tan parejos a los suyos?. Leer a Gil de Biedma, Baricco y, por otro lado, a Andrea Camileri hacía que el ramillete de sospechosos, por llamarlo de alguna manera, se redujese, a su manera de ver, excepcionalmente. Aunque, claro estaba, en un sitio tan grande como la biblioteca municipal podían confluir los gustos más inesperados. Gabino reconoció que era un tanto pedante por su parte arrogarse su participación en una minoría selecta de exquisitos gustos literarios. Como una concesión dubitativa a su falsa modestia, aceptó que cualquiera podía ser el autor de la misteriosa notita morada.
Tomó una decisión: seguiría con el juego. Dos días más tarde fue a la biblioteca a devolver el libro y, de paso, tomar prestado el que sugería el anónimo.
- Hola. ¿Le ha gustado? -le susurró Asun, la bibliotecaria, sabedora de cuánto le había costado hacerse con él.
- Una maravilla, gracias -respondió Gabino, también entre susurros-. Ha merecido la pena esperar. Quisiera retirar otro, si es que lo tienen aquí. Es de un italiano.
Gabino le dijo el título y Asun, una mujer menuda y agradable que rondaría los cuarenta, asintió, perdiéndose después entre las filas de estanterías. Gabino se quedó mirando a la gente que estaba en la sala de lectura. Habría una veintena de personas, la mayoría jubilados que hojeaban la prensa diaria, las revistas especializadas o los boletines oficiales. En una de las mesas, junto a la ventana, un grupito de estudiantes preparaban algún trabajo. En total sólo había cinco mujeres. Cuatro eran demasiado jóvenes y la quinta, se dijo, demasiado vieja.
Había ido con la esperanza de hallar algo entre la gente que viese en la sala. No sabía qué: un gesto, un rasgo revelador, una sonrisa cómplice, una mirada... El resultado fue descorazonador. Entonces, de repente, pensó que desde el principio él había deseado que se tratara de una mujer pero, si había que ser sincero, nada en aquel escrito excluía la posibilidad de que el autor fuera un hombre. Si acaso la elección del lila, quizá la cuidada caligrafía. No, estaba claro que él ansiaba que fuera una mujer. ¡Tenía que ser una mujer!
Asun, sabía que se llamaba así porque se lo había oído a algún lector, regresó con el libro y se dispuso a rellenar la ficha correspondiente. Concedían dos semanas de empréstito para cada libro, pero Gabino no solía pasar de los tres días en consumirlos, en función del grosor y del interés.
- ¿Sólo va a llevar éste? -ironizó ella, sabedora de su voracidad. Él no entendía por qué todavía se decían de usted. Sería por la edad, los dos andaban por los cuarenta y, pese al contacto más o menos frecuente, aquello era como el vestigio de una educación ya en desuso, aunque no desagradable.
- Así podré verla antes. -flirteó él en voz baja, ella no se sonrojó-. Quisiera preguntarle una cosa, si no es indiscreción.
Asun le miró inquisitivamente a través de sus diminutas gafas de montura dorada, con aquellos ojos marrones, excesivos para la delgadez de su cara. Hizo un gesto de anuencia.
- Me interesaría saber si hay mucha gente que ha cogido este libro. -dijo, Asun dibujó un leve gesto de desilusión.
- Bueno, no es que haya tenido el éxito de ‘El médico’ pero, sí, lo cierto es que éste... -miró la portada del libro- ...Camileri tiene sus incondicionales. Con todo, no hace demasiado tiempo que está aquí, tres meses a lo sumo. Pero yo creo que con usted serán seis o siete los que lo han leído. Puedo consultarlo.
- No, no es necesario.
Asun terminó de anotar los datos pertinentes y le alargó el libro.
- ¿Usted lo ha leído? -preguntó Gabino como al azar.
- No. Prefiero los libros de misterio. Soy un poco marujilla en temas de literatura.
- Todo lo que sea leer es respetable -condescendió Gabino-. De todas formas, tal vez le interese saber que las novelas de Camileri son policíacas, con misterios muy interesantes y un comisario subyugador.
- Lo tendré en cuenta - le contestó ofreciéndole al tiempo una bonita sonrisa que le redondeó la barbilla en un efecto reconfortante.
Gabino dejó el edificio con la pequeña decepción que, sin darse cuenta, le había supuesto el descarte de la bibliotecaria. Él frecuentaba la biblioteca desde sus tiempos de estudiante universitario, cuando abandonó el jaleo parvulario y la amistad casi maternal de la encargada de la pequeña biblioteca de su distrito. Asun había aparecido por allí haría unos siete años, sustituyendo a la Pepa, que era como todo el mundo llamaba a la señora avinagrada que había llevado los préstamos hasta entonces. Le había gustado desde el principio por su suave trato no exento de vigor en lo referente a las normas que rigen en estos sitios, por su paso ágil y su solicitud sonriente y por su susurro cautivador. Ahora que lo pensaba, nunca le había escuchado hablar con normalidad, sin tener que hacerlo en voz baja, no sabía cómo sería su verdadera voz, qué cosas. Claro que suponía que a ella le sucedería tres cuartos de lo mismo.
Leyó el libro y le gustó. Despegó un papelito del taco de notas y copió uno de los poemas de su último libro publicado. Lo escribió con un bolígrafo de tinta verde, por pura casualidad, más que por otra cosa. Lo introdujo entre las páginas 88 y 89 y salió camino del parque donde se alzaba el edificio del siglo anterior que albergaba las dos plantas bibliotecarias.
A mitad de camino se le ocurrió una idea. Entró en una cafetería y pidió una cerveza. Se sentó y transcribió el poema en una servilleta, añadiendo de paso:
«Buena recomendación. Sigue adivinando mis gustos.»
Aquel día no se llevó nada nuevo, se limitó a devolver el recién leído, a leer un par de revistas literarias que acababan de llegar y a vagar por los pasillos plagados de volúmenes, espiando quizá el destino de la novela que acababa de entregar. Nadie lo cogió.
Algunos días después, inquieto inevitablemente a causa de aquella correspondencia, intrigado también, volvió a visitar los dominios de Asun. Deambuló por la sección de novela hasta decidirse por releer una obra de Martín Santos que le habían obligado a leer en COU dejándole una profunda huella: ‘Tiempo de silencio’. No se atrevió a hojearlo, acuciado por la posibilidad de hallar un nuevo mensaje. No lo creía posible pero postergó la intriga hasta encontrarse fuera del recinto.
Cuando le dio el libro a Asun para el habitual registro se notó absurdamente nervioso. La observó oficiar el rutinario impreso y se relajó tanto admirándola que se avergonzó y decidió alejarse hasta el revistero, a fin de disimular su azoramiento. Gabino estaba confundido. Aunque, si lo pensaba bien, se encontraba en el tipo de situaciones en las que le gustaba estar. Parecía disfrutar viviendo en la contradicción y en la conjetura, se decía. Llevaba casi siete años admirando en secreto a una mujer de la que sólo conocía el aspecto externo, nada exuberante a decir verdad, y algunas aptitudes que, más que nada, le presumía. Era un raro magnetismo quizá magnificado por su peculiar modo de entender las cosas. Porque Gabino era un tipo peculiar. Y, además, era, en los tiempos que corren, poeta.
Asun le hizo un gesto indicándole que ya había terminado. Él dejó la revista que hojeaba y se dirigió al alto mostrador donde ella le esperaba de pie, apenas sobresalía su cabeza morena, el pelo siempre corto, las gafitas circulares, los labios pulcramente pintados, el mentón prestidigitador.
- Hoy ha cogido un libro viejo. Yo pensaba que ya los había leído todos.
- Todos no... todavía -dijo sonriendo-. Aunque éste sí que lo he leído, pero no sé, digamos que me apetecía volver al colegio.
- Ah, ¿o sea que este libro es de los que mandaban en la escuela? Yo no le recuerdo. Parece un poco... serio.
- Triste, más bien -murmuró Gabino con cierto deje melancólico-. Pero hay muertes y policía y una pequeña intriga. Bueno, no, intriga, no demasiada -añadió como si quisiera agradarla.
Se despidieron. Gabino, pensando irremediablemente en la bibliotecaria, se había olvidado por completo de los dichosos mensajes y hasta del libro que llevaba bajo el brazo. Sólo al ir a coger las llaves del portal reparó en ello.
- ¡Bah! Es imposible que... -el asombro le hizo enmudecer. Allí, entre las páginas 88 y 89, con la llamativa letra morada, había otra pequeña misiva.
«El poema es precioso, pero ya lo conocía. Es el XXIII de tu

libro ‘Las lilas de la voz’. Me encantaría conocer tu última

voz. No tengas miedo. Déjame recomendarte otro libro, se

trata de uno de Salman Rushdie, nada que ver con sus po-

lémicos ‘Versos Satánicos’: ‘Los hijos de la medianoche’
Era impresionante. Una vez en casa trató de poner sus ideas en orden, buscar alguna explicación mínimamente aceptable a aquel fenómeno. Lo de la antología de Gil de Biedma era comprensible, él había devuelto el libro, cualquiera le podía haber visto y encontrar casualmente el poema olvidado; lo de Baricco, también, cualquiera asiduo a la biblioteca conocería su interés por el libro; lo de Camileri era más extraño. Pero lo de Martín Santos... ¡aquello pasaba de castaño oscuro! No quería ni siquiera detenerse en el cálculo de probabilidades. Aún en la diminuta biblioteca de su barrio, las posibilidades de acierto hubieran sido despreciables. Empezó a asustarse.

Gabino, aún sin serlo de un modo recalcitrante, a parte de poeta, era un escéptico. La única magia en la que creía era la etérea de las sensaciones que conformaban sus poemas. La magia basada en nada de su atracción hacia Asun, por ejemplo. Pero no podía olvidar la magia que había leído en los prodigiosos relatos de Borges, Poe, Fuentes, Atxaga o, sobre todo, Bioy Casares, su preferido. Sobre la obra de éste último había versado su tesis, un panegírico, excesivo tal vez, que cuestionaba la superioridad de Borges sobre su elegantísimo compatriota.
¿Había alguien que adivinaba sus pensamientos? Si así fuera, ¿a dónde quería llegar? ¿Se trataba de un juego inicuo? De todas formas, no se sintió con fuerzas para abandonar. Pero, y ése era el tema, ¿no quería o no podía abandonar?
Sopesó los riesgos y no halló ninguno. ‘Los hijos de la medianoche’, pensó. No, no lo había leído. Rushdie no le interesaba lo más mínimo desde que leyó el famoso y polémico libro que le había condenado en vida. Así que lo leería y de paso, entre las páginas de ‘Tiempo de silencio’ le regalaría un verso inédito y unas palabritas:
«El poemilla es no sólo nuevo sino enteramente dedicado a ti, en
la pérfida esperanza de que seas una mujer con un rostro y una
voz, dos cosas que no sé muy bien cómo me imagino. Dime más
si no te importa: ¿Nos conocemos?»
En los meses siguientes Gabino llegó a desesperarse. El anónimo comunicante siempre adivinaba su próxima lectura. Trató de engañarlo tomando títulos que despreciaban su inteligencia: novelas de amor de actualidad, obras de los americanos más en boga, panfletos policíacos que siempre había despreciado. El tono de las misivas fue cambiando desde la inocente curiosidad de las primeras notas a una correspondencia más íntima donde poco a poco se iban conociendo en el despropósito de no verse nunca. Tal vez temían hacerlo. Él, por su parte, había creado una imagen tan seductora de ella que le aterrorizaba la certeza de que cualquier realidad resultaría frustrante. Hasta cierto punto se sentía a gusto en esa sinrazón, si no fuera porque el talante intrincado, el camino un tanto sobrenatural que seguía el epistolario lo tenían inevitablemente amedrentado.
Desde su ruptura con Elisa, nueve años atrás, Gabino no había tenido ninguna relación que no fuera esporádica. Se sustentaba en la contemplación y en la ilusión. Ya está dicho que era peculiar, pero por raro que resulte, no sufría en exceso. Se había acomodado en esa soledad relativa hasta el azote inesperado de los mensajes morados. Estaba enamorado de un fantasma y empezaba a sufrir. Tomó la firme determinación de hacer algo. Y ese algo tomó la forma de unas líneas que había estado postergando durante meses.
«Ya no puedo sobrellevar esta angustia. Tengo la sensación de

andar carteándome con un espectro. ¿Qué nos impide llegar

a conocernos? Si tienes forma humana, el bar de Felipe, en

los soportales de la Plaza Unamuno, sería un marco ideal.

Allí nació el primer poema, ése que todavía guardas, espero.

Estaré todos los lunes, a las siete, hasta las ocho.»

El primer lunes de agosto llevaba ya seis esperando infructuosamente. No había vuelto a la biblioteca, no había escrito más poemas en el frágil satín de las servilletas de los bares. No había hecho más que desesperarse una hora entera cada lunes delante de una cerveza, un par de cafés cortados, dos cervezas, un gin tonic, tres cervezas y dos copas de coñac, respectivamente. Cada semana no era más que un asfixiante túnel que precedía al lunes de la siguiente. Cada vez fumaba más, cada vez bebía más, cada vez se devanaba más los sesos tratando de desentrañar el misterio. Dejó de escribir su libro definitivamente. En realidad, desde que empezó a escribirse entre páginas con ella (al fin, en una de las esquelas le había confirmado que era una mujer) sólo había escrito los versos que ella no le devolvía nunca y que nunca retenía en la memoria.
Ese tórrido lunes de agosto, en la terracita que había montado Felipe, ya estaba seguro de estar poseído. Si Violeta, así la llamaba en sus soliloquios, no aparecía definitivamente, no podría seguir viviendo. Había perdido la razón y habitaba en una locura solitaria, fraguada en temores insondables que le hacían hablar a base de susurros, como si su vida transcurriese siempre dentro de la sala de lectura de una biblioteca.
Ese lunes fue el último día que le vi y guardo de él el triste recuerdo de una conversación imposible y de una mirada aterrada. En algún momento de los días de vida que le quedaban me dedicó dos páginas, torpemente garabateadas con algún bolígrafo de tinta amarilla, que su hermana me entregó en el funeral. En ellas trataba de describirme su angustia y la historia que se la procuraba. Yo he tratado de obviar los adornos pero no pude evitar maravillarme con la magia de que me hablaba y quizá haya cometido alguna imprudencia voluntaria en el relato. No dudo que alguna esencia no he maltratado.
En el mismo funeral conocí a Asun. Gracias a ella pude entenderlo todo pocos días más tarde. Entender también lo poco de esotérico que tenía la obsesión que le había hecho aventarse un miércoles a las siete, más o menos, al pobre Gabino. Pude escuchar su voz y comprobé que era hermosa y que no distaba mucho del susurro que le imponía su trabajo.
Fue ella quien se acercó a mí, conocedora tal vez de mi amistad con el poeta fallecido gracias a la prensa, que tan benevolente me ha sido siempre. Eludiré hablar de la amistad que me unía a Gabino, no es tema para un cuento. Asun solicitó una cita que me fue imposible aceptar entonces. Yo tenía que partir esa misma noche y postergamos la charla, que me prometió intensa, para una semana más tarde.
- Conoce usted el bar de Felipe, en la pla... –intenté decir, no me dejó terminar.
- Lo conozco. Después de las ocho, a la hora que quiera –me dijo, lo confirmé en las nueve y se marchó.
Yo todavía no había leído el mísero legado de mi amigo Gabino, así que, en ese momento, no me sobresaltó el inciso de la hora. Sí que lo haría más tarde, en el tren, camino de Madrid, cuando por fin abrí el sobre arrugado que lo contenía. No quieran saber por qué todavía viajo en tren. Apenas conocí el contenido de las páginas, tuve la impresión de que Asun era el fantasma que atormentaba a Gabino. Tampoco hacía falta ser un lince. Lo que se me escapaba a entender era la perfidia que en un principio le supuse, punto trascendental que sólo pude aclarar después de hablar con ella, durante más de dos horas, en el anochecer sofocante del día que nos citamos en la remozada plaza del centro de la ciudad.
Reconozco que la impaciencia me hizo adelantarme a la hora. Ella también apareció antes de tiempo, más encogida de lo que la recordaba del funeral, con los ojos apagados, los labios crudos, el aire abatido.
Decir que hablamos de muchas cosas sería, de algún modo, mentir. Ella habló, yo apenas me limité a escuchar y a presentir otra vida que se apagaba sin remedio. Resumiré lo que interesa al caso: nunca hubo la carga sobrenatural que Gabino, quién sabe llevado por qué, sublimó hasta aquel punto. Siempre fue Asun y no ocultaré que hubo algún engaño.
Asun no era, como alguna vez declaró al poeta, una lectorcilla del tres al cuarto, una mera consumidora de grandes ventas de la intriga y el crimen de bolsillo. Su falsa modestia fue el primer engaño. Su amor y su admiración hacia Gabino propiciaron el resto. Porque ella le amaba desde antes de ser bibliotecaria, desde que le vio en el campus cuando él ya brillaba con luz propia en los círculos literarios provincianos, en la revista que editaba la Facultad, en las tertulias de entre horas en la cafetería universitaria. Pero a ella su figura siempre le había resultado imponente. ¿Cómo acercarse a alguien tan resuelto, tan seductor, tan genial? Más cuando ante la sorpresa general, no menor que la mía, se eleva al Parnasso con un libro de poemas; cuando con menos de treinta años sus versos aparecen en los libros de texto; cuando en la más prestigiosa de las revistas de las letras le publican cada mes uno de sus cuentecillos, esas joyas que cristalizaban en mi avergonzada envidia.
Si algún día se había fijado en ella, me contó Asun, para cuando ocupó el puesto en la biblioteca, ella estaba segura que para él no era más que una anónima funcionaria a la que trataba con una amabilidad que la turbaba. Ella le atendía diligentemente, procurando disimular su devoción en la exacerbación de su modestia y además, el principal obstáculo es que estaba casada. Las circunstancias de su matrimonio, diré, eran de tragedia griega, no tenía posibilidad de escape. Y, en cierto modo, no lo buscaba. Asun era feliz con sus visitas de lector empedernido primero y con la correspondencia clandestina, después. No supo prever el final.
Cuando Gabino se iba, luego de devolver el libro que acababa de leer, Asun lo cogía y lo manoseaba como un fetiche, buscando las sensaciones que le había producido la lectura, tratando de atrapar su aroma de hombre acurrucado en la cama, soñando imaginar los pasajes preferidos; viviéndolo, en una palabra. Así cayó en sus manos aquel poema malamente pergeñado en la servilleta, con letra apretada y confusa y así ideó el correo monocromo, como un juego romántico al que su ingenio, prodigioso en algún aspecto, tornó letal accidentalmente.
Ella le recomendaba las lecturas donde previamente introducía las notas. Cuando Gabino elegía al azar, tratando de sorprenderla, Asun, que siempre tenía la siguiente preparada, la deslizaba cuidadosamente mientras tramitaba las fichas. El azar quiso que cuando él venía con el libro directamente, sin pedirle a ella que se lo buscara, nunca mirara dentro. Opino, sinceramente, que de todos modos, aunque no hubiera sido así, él no la hubiera descubierto. No soy capaz de negar que, en algún momento de esta historia, Gabino hubiese sido capaz de creer que aparecían dentro del libro por ensalmo. Se había creado su propia superchería y se la creía.
Yo no puedo culpar a Asun de nada, si acaso de la muerte que no le ha de tardar; la vi en el hilo de su voz, que no dudo que no ha de ser su voz. Lo trágico del hecho, la memoria que no perdona y el acuciante sentimiento de culpabilidad se la van amortiguando. ¡Esa voz de las lilas!
Como mucho me atrevería a imputarla una culpa involuntaria, o quizá menos, que alimenta mis celos literarios. Antes de despedirse para siempre me entregó todos los poemas que había recibido de Gabino entre las páginas de aquellos libros que son de todos, incluido el primero, el más bello, el más deteriorado. Desprenderse de él era otro augurio. Con todos ellos y los otros que yacían en la memoria de su ordenador conseguí que publicaran su tercer libro lírico. Ese nimio trabajo, un escueto prólogo y el título de la obra son mi aportación al nuevo éxito editorial de Gabino O., un genio. «Violeta, ¡escucha!» está en todas las librerías. Ése es el inicio del último poema que recibió Asun, el más desgarrado; en la página 88 lo podéis encontrar, a mitad de la 89 termina.

1 comentario:

Anónimo dijo...

ahora, cada vez que coja un libro de la biblioteca lo primero que haré será mirar entre las páginas 88 y 89