miércoles, 2 de abril de 2008

El olivo

No puedo asegurar que fuera la prima Rosalía quien me lo dijera hace ya algunos años. No puedo, del mismo modo, ignorar que es seguramente, de entre la gente que conozco, la persona a quien mejor le va una frase tal: «Mi árbol favorito es el olivo».
Sé que no sentí ningún rubor al reconocer que yo no tenía ningún árbol favorito. Como sé que sentí una rabia no reconocida al callar que me hubiese gustado tenerlo. Desde entonces, como es lógico, no he parado de buscar mi árbol y, si se me pregunta, a día de hoy, respondería, sin dudar un ápice: «el platanero gigante».
Del mismo modo, hace unos meses no hubiese titubeado asegurando a quien me preguntara que «el más hermoso de los árboles es el castaño y, concretamente, más si lo es formando parte de un tupido bosque desnudándose en otoño cerca de la presa vieja del Regato». Pero no hará ni cuatro primaveras que hubiese matado defendiendo la tersura casi metálica de los enormes magnolios de la plaza del centro. Y, en mi última ascensión romera a Santa Águeda (o tempora, o mores!) discutía con un buen amigo que «no existe árbol como esa delicia amenazada que es el acebo».
Sé que acabaré traicionando el amor hacia los robustos y nada mimosos platanos; lo será, quizá, por ese precioso roble bicentenario que me saluda cada domingo en las mañanas deportivas de Leioa, si no lo es por el histórico y cada día más hermoso tejo de la calle Henao (cada vez que paso por allí, tengo que detenerme a contemplarlo como si él fuese el druida). Sea como fuere, lo mismo que en un ancestral primer beso hubo un ciclópeo eucalipto; del mismo modo que cierto álamo guardaba unas ingenuas iniciales y un pino de Lazkao me hizo aprobar una asignatura en la prehistoria salesiana, así hubo también, en una noche de un cierto invierno, un olivo inolvidable en una carretera, como una señal, como una mano que llevaba a un puerto...
Desde entonces, hay olivos siempre. Pero, aprovechándome de la frase, apócrifa tal vez, de la prima, aseguro: «Mi olivo favorito es ese árbol».


*Dejad que goce de la voz templada
el olivo que el tiempo arruga y mece,
nervio que por el sol nunca perece,
plácida red de la luna arrinconada.


En su humilde sombra un recuerdo nada

como otra sombra, no le desmerece

y por más que otro invierno recrudece

sueño es, calla su pena enrevesada.

¡Árbol!, mano que asomas a la tierra
gigante colosal que está cautivo

y que pugna por relatar su guerra.


Corazón verde, ahogado pero vivo,
porque tanta vida la muerte encierra
como gozos tu penar,amado olivo.




*Ha sufrido, desde su génesis, tantas transformaciones este soneto como podas el olivo, si no más. Es posible que haya aparecido ya en alguna perdida entrada de hace tiempo, si así fuere, espero que la poda le haya hecho bien. Al soneto, digo.



8 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermoso texto, bellísimo soneto...

Es curioso la de historias que correr sobre árboles favoritos. No hace mucho escuché una precisamente sobre un olivo que daba la bienvenida a un pueblo marinero. Sus ramas eran tan fuertes que podrían haber trabajado haciendo catedrales, contaban, si de un humano se hubiera tratado. Por lo visto, ya no está y en su lugar una rotonda indica los kilómetros que falta para llegar a la ciudad más cercana.

Lo dicho, enhorabuena por tanta belleza.

Joseba M. dijo...

Olivos en rotondas. Curioso. El olivo que cito quizá estuvo en una. En otra, cercana a la salida de Barakaldo, han colocado otro precioso. Para mí, ciertamente, entraña un peligro, pues siempre tiendo a quedarme mirándole...
Gracias por su visita, señor/a Anónim@.

Marian dijo...

Me ha gustado mucho el texto... y me has hecho pensar cual es mi árbol favorito... aunque todavía no lo tengo claro.

Gracias por pasarte a visitarme, voy a seguir echando un vistazo a tu blog!

Un saludo!

Peristilo. dijo...

Olivo, eres pertinaz e inexplicable. Le dice uno esto a un olivo y si se para a escuchar con empeño, el olivo responde. Por ejemplo, le responde a uno: lo dices porque te conozco desde que naciste. O dice: tendrás que responsabilizarte de esas palabras. O: estás enamorado-a de mí. Cualquier cosa, porque un olivo es un árbol dialogante. La pena es que ya casi nadie le habla. Buen texto. Y bonito soneto.

Saludos.

Joseba M. dijo...

Te será difícil, Marian, decidirte, a no ser que tengas alguno de alguna forma marcado en el alma desde chica. Pero verás cómo quizá ahora te sorprendas reparando en ese que hay, sorprendentemente, dentro de unos grandes almacenes y que lleva ahí desde...
¡Un saludo!
Deberíamos, peristilo resucitar una red de druidas. Resucitar ese encanto de diálogo. Resucitar...
Gracias, un abrazo.

Sophiste dijo...

Creo que e mio es la chumbera
no sé pero creo que me suena de mi madre que bajapa pa Piedraescrita...

Viridis dijo...

Joseba, ¿sabías que los druidas celtas adjudicaban un árbol a cada niño en el día de su nacimiento? Según ellos, poseían y trasmitían cualidades mágicas a las personas. Cada hombre llevaba en su interior un árbol.
Viridis

RGAlmazán dijo...

Hermoso texto. Notable poeta. Para mí, sin guardar fidelidad eterna, el olivo es mi preferido.
Será porque estoy rodeado de ellos.
Difícil es hacer una descripción tan rotunda y completa como la tuya:
Nervioso, red de luna, humilde sombra, mano que asoma de la tierra, verde ahogado pero vivo... duro para aguantar inviernos y gozar su pesar. Sí, un bello soneto

Salud y República