miércoles, 18 de mayo de 2011

El pintor (IV)

No puedo negar que estaba algo más que atónito. No era sólo la sorpresa de la impresionante noticia sino que no me cuadraba el relato con el modo de vida privilegiado que le había visto llevar desde siempre. Pero aquello era tan extraordinario que era imposible que se tratara de una mentira.

‘Te estás preguntando cómo es posible que hiciera eso y mantuviera este ritmo de vida, ¿verdad?’, acertó a decir. Mi silencio le dio la razón. ‘Pues, aquí viene lo bueno, mi adorado escritor...’, volvió a sentarse, se sirvió otra copa y continuó. ‘Esto sucedió hace unos siete años y fue precisamente por lo mismo que Quino tanto me echaba en cara. Para demostrarme a mí mismo que podía pintar, que era capaz de desvincularme del puñetero sambenito de entretenido del arte. Y para demostrarle a todos hasta qué punto está viciado este mundillo...’.

‘Pero, Luciano, no has demostrado nada, sigues sin vender cuadros’, tercié bruscamente. ‘Aquí, amigo, aquí. Pero no fuera. El mismo año en que expolié toda mi fortuna desaparecí en un largo viaje. Te he mentido un poco... lo cierto es que no lo regalé todo, ya te he dicho, tampoco soy una especie de San Francisco reeditado. Me quedé las casas y el dinero que calculé para ese viaje que te acabo de decir. Me instalé en México casi tres meses. Pinté como un poseso: selvas, poblados, indios, lluvias... esa lluvia... También un par de murales para la escuela que estaban montando. Regresé con más de veinte cuadros y me fui directamente a Praga. Y... allí nació Lupo’.

Di un respingo en el asiento al escuchar el nombre. De súbito todo empezó a tomar sentido en mi cabeza. Tiempo atrás, en mi enésimo viaje a Chequia, acabé en una muestra de arte europeo que se celebraba en Brno. No puedo olvidar el nombre porque me llamó mucho la atención la similitud que los tres cuadros que de él se exponían tenían con el que adorna mi estudio y porque aparecía como autor moldavo.

‘Es curioso, estuve a punto de comprar un cuadro tuyo hace poco más de un año. Sólo para mostrártelo. ¡Qué idiota!, fui incapaz de ver algo tan simple como el acrónimo de tu nombre en la firma... Pero eran demasiado caros para mí’, le dije, mientras intentaba poner en orden en mi cabeza el torbellino de revelaciones y sorpresas que giraban dentro de ella. Había detalles que no acababan de encajar en mi lógica, en extremo acostumbrada a los esquemas. Por otro lado, me llevaban los demonios por no haber acertado a desvelar un acertijo tan pueril: Lu Po, Luciano Pontes.

‘¿Y eso de moldavo?’, pregunté, más por ganar un tiempo que por curiosidad. ‘Lo primero que se me ocurrió. Cuando Miroslav, mi marchante, se interesó por los cuadros, decidí crear el seudónimo y crear también el anónimo. Le dije que se encargara de todo, yo le pasaría las obras, él las comercializaría y, de paso, detendría todas las entrevistas y reportajes. Tenía que decir que era un pintor que no quería darse a ver, un desconocido... lo que fuera, menos que era de aquí. Como andábamos junto al río que cruza Praga, se me ocurrió lo de moldavo, sin más explicación’, me explicó; parecía como si se fuese revistiendo de una calma melancólica. Empecé a presentir que ya nada le importaba nada.

Nos quedamos callados, él envuelto en quién sabe qué pensamientos, yo asolado por algunas dudas. Si algo había sacado en claro era que Luciano no era tan buena persona como siempre había pensado y que, aunque me daba coraje reconocerlo, Quino tampoco era el cerdo a quien tanto había abominado. Se le podía acusar de prepotente y de mordaz hasta la crueldad, pero, por lo que acaba de inferir del relato de Luciano, había sido sincero aún dentro del amor. Le hubiese sido más cómodo vender su crítica al pintor para comprar su beneplácito y, seguramente, para salvar su vida. Se equivocó al juzgarlo como alguien que entretenía su ocio de hombre adinerado, de aburrido hijo de papá a quien se lo dieron todo hecho. Pero erró porque lo ignoraba. Se equivocaba, no mentía.

(continuará...)

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