martes, 24 de mayo de 2011

El pintor (y V)

No acababa de entender para qué me había llamado. ¿Sólo para descargar su culpabilidad y su remordimiento? Lo dudaba. Por otro lado, me seguía intrigando qué había sucedido con el cadáver. Habían pasado cuatro días y lo único que sabía era que Quino había sido asesinado en un castillo. Se me ocurrió pensar que quizá tuviese el cuerpo allí, en el desván o en cualquier otro sitio y que me necesitaba para deshacerse de él. Me hubiese negado porque sé que es imposible escapar de estas cosas. Así se lo dije, rompiendo un silencio que ya duraba unos minutos.

'Sabes que vendrán por ti, ¿verdad?’, dije. ‘Tarde o temprano denunciarán su desaparición, vendrán, Luciano, encontrarán el cadáver... Tú no me has llamado sólo para que te haga compañía, ¿no es cierto?

Sonrió sin amargura. ‘¡Qué hermosa está la noche!’ dijo, levantándose; se detuvo observando la plenitud de estrellas. ‘No hay demasiados cuadros maravillosos de noches, ¿sabías?’ No, no lo sabía, nunca me había parado a considerarlo. Pero no estaba seguro de que él supiese que lo que había eran innumerables noches maravillosas, que no tenían por qué estar reflejadas en una tela ni en ninguna fotografía. Que el mejor cuadro era el que pintaba la propia vida en la terraza de cualquier humilde bar de cualquier pueblo de Teruel una noche en junio, o la luna repitiéndose en la pleamar de algunas playas del este, o ese mismo cielo de entonces.

Entró en la casa y volvió al cabo de un par de minutos con un sobre abultado. Me entregó el sobre, se sentó en el balancín y me habló las últimas palabras que le escuché en la vida. ‘Encárgate de que recojan a Quino, estará en el terraplén del ala sur del castillo, que lo entierren como Dios manda y que se hagan las cuatro cosas que te pido en el sobre. Si quieres, puedes contar esta historia como te dé la gana, no te apures por cómo vaya a quedar mi imagen’. Siguió hablando, fatigosamente, explicándome la ubicación exacta del castillo y cómo lo había dejado allí, tirado en los matojos que circundan la muralla. Condujo las casi dos horas de áridas carreteras hasta llegar aquí. Y se instaló en una determinación absurdamente lúcida.

No abrí el sobre hasta estar dentro del coche que le había cogido para ir a donde se suponía que debía estar el cuerpo magullado de Quino. Cuando salía, dejándolo adormecido en su porche, sabía que no lo volvería a ver más con vida. No sé si me arrepiento de no haber hecho lo necesario para evitar que se ahorcara, creo que hacía días que estaba muerto ya.

Dentro del sobre había una documentación necesaria para cumplir con lo que él entendía como una mínima expiación. Quería que la casa donde acababa de dejarlo albergara una exposición permanente de las esculturas de Quino. Dejaba dinero más que suficiente para montar un museo palaciego. En Italia, Alemania y algunos países centroeuropeos su pintura se cotizaba bien. Quería también que al escultor se le levantara un hermoso mausoleo en el terreno anejo a la casa. Pero ese deseo, que me pareció obsceno, debería esperar.

Luciano Pontes se colgó de la viga maestra de su taller de pintura porque la muerte de su amante le supuso un fogonazo de lucidez que no podía soportar. Toda la maquinaria obsesiva que le había llevado a dejar de ser Luciano y a convertirse en Lupo lo arrastró con paradójica crueldad. Primero, porque sólo entonces se dio cuenta de cómo amaba al hombre que acababa de precipitar al vacío, si no borracho de soberbia, sí de vanidad. Después, porque el destino se rió de él de la manera más burda, para beneficio del final de este cuento, seguramente.

Llegué antes de las once, el sol quedaba detrás de la puerta principal de la fortaleza. Se alzaba en un cerro repentino, solitario en una llanura regada por dos ríos. La última cuesta exigía la primera marcha del coche. Aparqué en lo que, según parecía, estaban convirtiendo un moderno mirador. Habían empezado a restaurar el castillo y su entorno pero, no sé por qué, tuve la impresión de que aquello había sido abandonado a medio hacer.

Me adentré en el recinto buscando cómo llegar a la muralla. Lo conseguí arriesgándome por una escalera que no ofrecía más seguridad que una barandilla temblorosa. Era ardua y estrecha y, además, la mitad de los escalones estaban en un situación lamentable. Me alegré de la pertinaz sequía de aquel año; de haber estado adornada de líquenes, seguramente hubiese desistido.

El espectáculo indescriptible de suaves lomas que se perdían hasta el infinito entre meandros y embalses, hizo que me olvidara por unos minutos del asunto que me había puesto en la senda de tanta belleza. Había un sol tenue que pugnaba entre decenas de nubes blancas, gordas, mullidas, clavadas en el azul del cielo. Quise imaginarme una noche sin luna de julio, con el guiño abrumador y silente de miles de estrellas repitiéndose en los humedales. Me prometí regresar en otras circunstancias. Era un buen lugar para una de mis fugas y, de hecho, no hace muchas semanas acogió una inolvidable; creo que llegué a entender la pasión de Lupo por atrapar ese instante en una tela.

El cuerpo de Quino no estaba por ningún lado. Consideré varias posibilidades: que quizá lo hubiese encontrado algún turista perdido, o cualquier pastor de uno de los dos pueblos que flanqueaban el cerro, o, quizá la desgracia había querido que fuese un niño jugando en los huertos cercanos. Me asaltó el impulso de dejarlo todo como estaba y volver a casa, tomando la carretera que se perdía por lo que debían ser los primeros campos andaluces o manchegos, no lo sé bien. Pero necesitaba un cadáver que instalar en un mausoleo. El mismo mausoleo que aún no se ha empezado a levantar, que quizá nunca se levante.

Quino Sander salió del coma seis meses después, cojo para siempre de la pierna izquierda, manco para siempre de la mano derecha. Pero lúcido y taciturno como nunca. Lo primero que hizo apenas le dieron el alta fue pedir que le llevaran a la casa del pintor. Octubre empezaba, los días eran una transición de pájaros en bandadas por las nubes que, a duras penas, limpiaba el viento.

Lo vi salir del coche y encaminarse al porche después de despedir a quien quiera que fuese que le había acompañado. Caminaba con dificultad, aferrado a una muleta. No sé si le esperaba, sé que me apetecía aquel encuentro. Tampoco puedo asegurar que ya no le odiase, era más una especie de indiferencia rencorosa. Hoy, meses después, recordando aquel momento, el último en que le vi, siento una lástima que quizá le haría más daño que aquel antiguo odio.

Era un gran artista’, me dijo, sentándose en el balancín que seguía allí, salvado por decisión mía de las obras que había ordenado en la propiedad. Estaba lleno de polvo, pero no le importó. ‘Y un mal asesino’, añadí bruscamente.

Pero los dos mentíamos.

FIN

3 comentarios:

Isabel dijo...

Me ha gustado y más esa vuelta de tuerca final.

Joseba M. dijo...

Muchas gracias, Isabel. Un privilegio contar contigo. gracias...

Anónimo dijo...

Vaya final !!!! Super ondo Joseba , muxus Ene