lunes, 16 de mayo de 2011

El pintor (III)

Aunque mi relación con él se remontaba a los tiempos del colegio, la amistad propiamente dicha no se produjo hasta muchos años después, en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Yo pasaba uno de mis períodos habituales de vagabundeo, él cumplía un paso de un proyecto descomunal: visitar todas las pinacotecas del país, por humildes que fueran. Nos reconocimos sin problema, el tiempo todavía se mostraba clemente con nosotros, más en su caso. Se interesó por mis relatos, creo que sinceramente; yo no sabía aún que la pintura era su única pasión.

Acabamos, varios días después, callejeando por Toledo y acompañando algunas borracheras, tranquilas, confidentes. Un par de meses después me regalaría el cuadro que cuelga en mi salón, después de que, con la mayor dulzura de que fui capaz, dejase lo que él empezaba a ver como un tibio amor en una franca amistad.

Siempre me preguntaba por su pintura a pesar de que nuestros gustos eran manifiestamente diferentes. Él detestaba a Cristóbal Toral, yo lo adoraba, se embobaba con el Greco, a mí me aburre. Coincidíamos en Soutine y en Kandinski, platos de nuestro gusto, y en Pollock y Delacroix, despreciados por ambos. Sin embargo, mientras yo me movía más por impulsos visuales y cuatro lecturas viciadas, Luciano consideraba mil aspectos técnicos, aportaciones, descubrimientos, engaños en los diferentes cuadros que mencionábamos. Lo cierto es que era un auténtico disfrute sentarse a oírle dictar aquellas clases magistrales en que él convertía muchas de nuestras charlas.

Debí darme cuenta de algún modo de que la pintura estaba en el trasfondo de aquella tragedia. Recordé cómo Quino siempre había declarado que las obras de Luciano no eran más que entretenimientos de chico rico. Las tachaba de rutinarias y poco arriesgadas, de que no tenían el impulso vital que procura la necesidad de venderlas. La verdad es que todo ese discurso, aunque desagradable, era respetable. Y lo seguiría siendo, de haber sido verdad; pero eso yo todavía no lo sabía. Ni yo, ni nadie. Ahora, en el frescor de un porche antiquísimo, frente a un cielo de primavera perfectamente limpio, después de un viaje agotador, estaba a punto de enterarme. Luciano se levantó, regresó con otra botella, yo me animé a comer algo de jamón, un poco de queso también. Luciano, por fin, se disponía a hablar.

‘¿Tú qué crees que ha sucedido?’, me preguntó; parecía como si su rostro recuperase una repentina lucidez. ‘Os emborrachasteis, discutisteis y le mataste por accidente’, le mentí estúpidamente. Me miró con sorna. ‘Lo has dicho por decir pero, lo que son las cosas, casi aciertas... sólo que ni habíamos bebido tanto, ni fue una discusión propiamente dicha ni... ni estoy tan seguro de que fuera un accidente...’.

Dejé que el silencio preparara sus palabras, sospecho que eso es lo que siempre le ha gustado de mí. Me di cuenta entonces de que el hecho de que me llamara justamente a mí en estos momentos significaba que no tenía amigos. Me invadió un sentimiento de asquerosa solidaridad.

‘Todo sucedió el sábado. Llevo tiempo pintando una serie de paisajes nocturnos en un castillo medio abandonado que hay por la Siberia. Es un espectáculo de soledad el que se divisa desde allí, con esos cielos rasos y esos ríos que atraviesan las barranqueras. Quino me acompañaba en ocasiones. Criticaba mucho mi estilo, ya sabes, pero supongo que le relajaba mirarme pintar...’, hizo una pausa, una tristeza infinita se le dibujó en la mirada. Me miró fijamente, casi con dureza. ‘¿Qué opinas de nuestra relación, dime?’. Esta vez no podía mentirle, tampoco lo deseaba. ‘Lo que todo el mundo, supongo. Que él sólo estaba contigo por tu dinero y que te maltrataba’.

Se levantó, tambaleándose, llegó al poste de la entrada y me habló de espaldas, mirando la noche que venía suave, a golpes de brisa cada vez más fresca. ‘Todo el mundo se equivocaba. Hasta el mismo Quino lo hacía. Supongo que toda la culpa es mía, no sólo la del crimen. ¿Sabes una cosa sorprendente?’, se giró y volvió a mirarme, parecía tranquilo. ‘Si alguien estaba enamorado en esta relación, ése era Quino. Sí, le interesaba mi dinero, pero me amaba, créeme. Me amaba. Yo no estaba seguro de hacerlo hasta ahora. Ahora me doy cuenta... demasiado tarde’; encendió otro pitillo, siguió hablando sin mirarme. ‘Pero él cometió un error grave, muy grave. Despreciar mi arte sin ninguna conmiseración. Y sólo lo hacía para pagar su frustración. Por eso le maté. Claro que él ignoraba tantas cosas... como tú, como todos. ¿Quién iba a saber que no soy ningún ricachón de tres al cuarto que entretiene su hastío con ínfulas de artista?’, se giró para observar mi cara de sorpresa, yo sabía que había vendido la cadena de tiendas en un pico que no podría dilapidar en tres vidas, era más que ricachón.

‘Lo regalé todo, amigo. Más de mil millones de pesetas. No soy ningún filántropo ni nada por el estilo, pero hay una escuela con mi nombre en un pueblo cerca de San Bartolomé de las Casas. ¿Recuerdas a Paulino Carcelén? Pues está de misionero en Zacatecas. Siempre hemos estado en contacto, también es homosexual. Le puse quinientos kilos en las manos con la única condición que la orden no gestionara ni un duro. Montó una especie de patronato que preside él controlado por los indios. El resto fue a parar a un par de museos humildes, sin renombre, sólo exigí que montaran una muestra anual de pintura local, para promocionar valores, ya sabes’.

(continuará...)

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