jueves, 12 de mayo de 2011

El pintor (II)

‘Lo he matado’, dijo después del segundo pitillo. Le serví una copa y se la acerqué. El silencio previo me había hecho esperar alguna especie de drama; con todo, he de admitir que no lo esperaba de tal calibre.

Yo conocía a Quino desde el mismo día en que, tres años atrás, ellos dos iniciaron su relación. Creo que empecé a odiarle ese mismo día. Pero siempre he sido de la opinión de que nadie es nadie para inmiscuirse en las pasiones de los demás, por más que a todas luces nos parezcan un error. Aunque también es posible que ser capaz de sentir esa pasión tan ciega sea una suerte.

Fue en verano, en una de las horribles fiestas con glamour artístico que Luciano solía montar en su chalet de las afueras de Madrid. Una más de las numerosas posesiones que su padre, un empresario en electrodomésticos que empezó con una tienducha en mi ciudad, le había legado. Valeriano Ponte había llegado de Lugo con sus duros en un hatillo, se había hecho de una lonja, había arreglado todos los transistores, maquinillas de afeitar, batidoras y demás artículos que funcionasen a electricidad en el barrio, había empezado a vender lavadoras, televisores, cassettes, frigoríficos y cocinas de gas de fiadillo, había comprado otra lonja, después una nave industrial, después otra, hasta que terminó por tener la cadena de comercios del sector más grande desde Irún hasta Gijón y desde Bilbao hasta Logroño. Cuando murió, en enero de 1.988, su único hijo, quien apenas había puesto los pies en ninguno de los locales de su padre, se encontró con una fortuna que para sí quisieran muchos otros que las aparentan poseer.

Luciano Ponte se enamoró esa noche de Quino Sander, Joaquín Sánchez para los enemigos. Quino sobrevivía en el mundo del arte desde que, diez años atrás, en una bienal escultórica de París tuvieron la dicha de premiarle uno de sus abominables mamotretos fabricados con desechos. Por supuesto, este premio le procuraba patente de corso para despotricar de arte en cualquier reunión, literatura incluida. Se declaraba deudor de Sartre y de Schopenhauer con una desfachatez casi tan nauseabunda como sus obras, que, por cierto, habían dejado de interesar hacía ya más de un lustro. Sin embargo, no dejó que sorprenderme que alguien como Sander hubiese leído mis relatos. Hubiese preferido seguir en el amable anonimato en el que me refugiaba para acudir a aquellas fiestas.

Quino hacía lo que quería con Luciano. Cualquiera que no fuera el mismo pintor se daba cuenta de que sólo le interesaba su dinero y su mecenazgo. Más lo primero, por supuesto, su arte rupturista había dejado de ser vanguardia, pero él se autoproclamaba líder de una extraña generación y, por supuesto, incomprendido y mártir. A mí me importaba bien poco el dinero que esa relación le estaba costando a Luciano, pero no podía evitar cierta conmiseración cobarde ente los agravios, tanto públicos como privados, a que le sometía. Supongo que Quino me detestaba tanto como yo a él, a fin de cuentas nunca le prestaba ni la oreja ni la réplica que buscaba.

‘Era tan hermoso... podía ser muy tierno, créeme, muy tierno... mucho’, repetía entre sorbo y sorbo. ‘No tanto como tú’, me dije para mis adentros. Me resultaba imposible terciar ningún comentario en aquella situación. Buscaba por los recuerdos algo que me ayudara a entender cómo todo había podido desembocar en un final tan trágico. Me avergüenza reconocer ahora que quizá me azuzaba más la intriga por saber qué demonios había sucedido y cómo es que Luciano estaba libre, emborrachándose en el porche, si es que realmente había matado a alguien, que la intención de servirle de alguna ayuda.

(continuará...)

3 comentarios:

Isabel dijo...

Te sigo y veo que tocas todos los palos, ahora un cuento extenso o ¿quizás una novela corta?

Joseba M. dijo...

Hola, Isabel,
gracias por leerme... Es un cuento, pelín largo (cuatro o cinco entregas más, sólo) que escribí hace unos cuantos años ya y que, trasteando por mi famoso y caótico desván he reencontrado... Me he decidido a publicarlo, no sin propinarle unos cuántos retoques que, seguramente, no le harán excesivo bien...
Gracias de nuevo. Un abrazo...

Joseba M. dijo...

Parece ser que en los últimos días ha habido problemas en bloger y, como consecuencia, los comentarios se han borrado en esta entrada al menos. Rescato el de Isabel y mi respuesta:
ISABEL: Te sigo y veo que tocas todos los palos, ahora un cuento extenso o ¿quizás una novela corta?

RESPUESTA: Te sigo y veo que tocas todos los palos, ahora un cuento extenso o ¿quizás una novela corta?