miércoles, 19 de noviembre de 2008

El harguix (III)

3.

¿Qué decir acerca de aquél que se ha desvelado por uno durante lustros de no solicitada sumisión? Necesitaría más de lo que ocupará este libro, que escribo como melancólico final de mis días, sólo para hablar de él. No ignoro que el capítulo que he pensado dedicarle más adelante no sólo nunca será homenaje sino que, quizá, alcance a ultrajar su grandeza humilde.
Silvian Ronsardic es un oyango de estirpe regia. Esto debería ser suficiente para definir su porte, como el de todos los hombres de esta raza, titánico. Y como todos ellos tiene, desde su vigésimo cumpleaños, un ojo de cada color. Su padre entregó a Silvian al mío. Fue el pago de una deuda que mi padre no pudo negarse a cobrar. Del mismo modo que yo jamás he podido manumitirlo del todo. Por suerte, debería añadir sin sonrojo.
En el tercer día de marcha desde que abandonamos Aln, cuando el fuego de nuestro pequeño campamento se extinguía, me lo contó todo. Era la hora que precedía al sueño. Me disponía a sumirme en él como cada noche de viaje, esto es, embargado del incólume cielo que se mostraba en  aquel vasto páramo, el mismo que aislaba las montañas runeanas del violento mar que envolvía todo el continente. Su voz me llegaba desde la izquierda. Fue un monólogo sin interrupciones.
«El encuentro ocurrió más arriba del último bosque que hay en ese monte rojo que llaman Err. Sé, por las plantas que encontraba allí, que me movía a más de mil metros. Dos grutas, en una pequeña meseta donde hay una laguna, llamaron mi atención. En la que tenía la boca más pequeña estaba él. Ahora puedo decir que me esperaba. Me saludó con mi nombre y no tuvo que decirme el suyo. Fumamos la misma hierba que tú fumabas con Ruf, quizá magnificada con algo secreto. Mi ansiedad hizo que aquel silencio se me antojase una eternidad mal disimulada, es más que posible que incomodase al sabio. Cuando acabamos, elaboró lo que quizá en estos territorios sea una plegaria. Guardó su pipa con una calma que interpreté como un castigo. Yakün, habló entonces del harguix. Y éstas fueron sus palabras exactas:
-Tú y tu señor sois espíritus jóvenes y, sin embargo, pugnáis en pureza. Hace muchos años estuvo quien no quiso escuchar, quien no creyó. Pero la fe no se puede instruir, Silvian. El harguix no existe para los sabios de tu mundo. Vosotros venís quizá obedeciendo a la leyenda y la leyenda existe, verdad es. Pero no es sólo una flor que luce. El harguix es la luz de mi pueblo. Una luz que no brilla desde hace un milenio. Ni yo, quien debería ser el guardián de esa luz, entiendo por qué es así. Pero sólo esa luz puede salvar a los Rune. Se cumple nuestro ciclo de tres generaciones. Si antes de la tercera luna del otoño no hay un harguix iluminando el templo sin techos de Aln, aunque sólo sea un día, todos moriremos. Somos de su esencia, él es nuestro destino.
Yo, señor Ludovic, ofrecí a aquella quieta desesperación la ruda solución del artesano. No supe más que preguntarle por  siembras, características, formas y demás minucias de botánico jardinero, cuando sabía que hablábamos de otra cosa y cuando lo que Szu Yakün me hacía no era otra cosa que una llamada. Supongo que el miedo a ser tan importante, a formar parte del destino de un pueblo, entorpeció mi lengua. Ese hombre siguió hablándome así:
-No me preguntes por qué apareces en este camino. No sé si puedo decirte algo más que lo que ya sabes de él. No se puede cultivar como trigo o como maíz, el harguix no crece donde tú quisieras que crezca, surge donde menos esperarías que lo hiciera. Puede parecer muerto y reaparece cien años después iluminando el rincón donde lo habías olvidado. Quien lo ha visto nunca olvida su luz. Dos únicos ojos runeanos que lo hagan bastan para alumbrar tres generaciones. 
‘Mi bisabuelo, Urz Yakün, poseyó una cuando en todo el país había decenas. Pero aquella flor se agotó en manos de mi abuelo y no ha habido más. Durante dos eternidades ha habido harguix en la casa de los Yakün. Ya una vez hubo una extinción, cuando ni Aln ni este monte plagado de grutas existían. Tal vez sea el tiempo de que volvamos a extinguirnos. Pero todos sabemos que no podemos hacerlo sin luchar. Aún sabiendo que de nada sirve, durante cien años los mejores soldados runeanos han peinado las sierras de las Turesas, hasta los confines de Birr; han escudriñado cada esquina de la estepa que muere en los acantilados de Alghur.
‘No hay ninguna profecía que me asegure que tú eres el salvador. Sólo sé que un viento contrario a esta época me trajo la noticia de vuestra llegada y aquí estoy. Puedo contarte cómo es el harguix y cómo nos salva, no puedo decirte cómo hallarlo. Te preguntarás qué importancia puede tener que una raza remota como la nuestra desaparezca. Te preguntarás por qué un viento extraño y un temblor en el corazón me hacen depositar toda la poca esperanza en alguien con un ojo de cada color. Te preguntarás qué importancia tiene una flor que se ilumina a su antojo y que aparece y desaparece sin obedecer a cánones...
‘Y yo te digo, Silvian Ronsardic, hijo de Ronsard Pavlic, oyango regio, que yo, Szu Yakün, a quien se le dio el privilegio de la adivinación y la frugalidad, quien lee los sueños y habla con los vientos, yo, a quien vosotros llamáis chamán, no lo sé. No tengo más respuesta que la incierta afirmación de que en todo ello yace el sentido de la vida o de la fe que, como te he dicho, no se instruye’
Nosotros, señor Ludovic, los oyangos, poseemos dos dones: la memoria de la piedra y el lenguaje secreto de las plantas, bien lo sabes. Es posible que la magnitud de esos dos, nos haga merma en otros, nos cuesta entender con la rapidez con que tú lo haces. Por eso te sirvo más allá de la amistad y de los juramentos y de las deudas. Porque, entre otras cosas, tu sabiduría honra mi fortaleza. Sólo cuando fumamos la segunda pipa y en mi cabeza se repitieron, fuera de la mera memoria, las palabras del chamán, entendí todo. Cobraron el sentido que el miedo había ocultado en la primera escucha. El fresco silencio del Guned me mostró el camino. Pero aún no sé si cuanto hice más tarde salvará a los Rune»
Se produjo un silencio que agrandó el hermoso cielo que nos cubría. De súbito, la interminable estela de una estrella fugaz iluminó durante más de tres segundos la visión. Instintivamente saqué mi mano izquierda de la manta y, con mi dedo corazón busqué el dedo corazón de la diestra de Silvian. Tropezaron en la oscuridad, yema con yema, en un gesto que repetíamos desde niños, a la vez que pedíamos un deseo.
Sentí que se levantaba de su estera y que se acercaba a la fogata. Alcé la cabeza y le ví cubriendo las últimas ascuas con tierra. Intuí su alto perfil oyango en el fondo estrellado y, pese a estar oscuro, mis ojos percibieron su mano extendiéndose al frente, con su dedo índice señalando hacia Aln.
-Mira –exclamó con voz trémula.
Di un salto y me situé a su lado. A lo lejos, desde detrás de las colinas que durante el día nos ocultaban la gran ciudad de los Rune, cuatro luces, de cuatro colores que no conocíamos, iluminaban el cielo como cuatro focos ciclópeos. Los chorros de luz se buscaban en algún punto del firmamento que, desde aquella distancia, yo no alcancé a ver. Sé que los ojos de Silvian, sí. 
Le dejé mirando hacia allí, creo que no durmió en toda la noche. No quise estropear con preguntas la inmensa felicidad que sé que sintió entonces. Porque la enorme sonrisa que le sorprendí en la semipenumbra me hizo entender que había salvado al pueblo Rune de una segunda extinción, al día siguiente me contaría cómo.

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