jueves, 18 de septiembre de 2008

Lisbeth está en Zestoa

La muerte de Lisbeth fue, de algún modo, una noticia deliciosa. Sólo cuando en el treinta y siete aniversario de su desaparición, dos días antes de lo que hubiera sido su cincuenta y cinco cumpleaños, el marinero guipuzcoano que se quedó a elevarle un santuario cerca de isla de Östergartenn, en el fiordo del Norrkerit, recibió una flor de cerezo «con seis pétalos», tan delicadamente pegada en una hoja azul similar a las hojas que había recibido cada año con diferentes objetos, supo que ella había muerto. También, al instante, supo que había sido, sin ninguna duda, una mujer feliz. Descubrió, con cierto estupor, su paradero. «Lisbeth está en Zestoa», pensó.
Unas horas después, cavó, por fin, una fosa donde arrojó dos docenas de libros para adolescentes suecos que le sirvieron para aprender el idioma, dos diarios ajados escritos con letra casi infantil, siete fotografías que alumbraban la repisa de una chimenea, miles de poemas reflejados todos en tinta roja y treinta y seis hojas azules donde había habido treinta y seis emblemas. Después, empezó a silbar, una y otra vez, la misma melodía que silbó desde entonces sin desmayo durante años. Uno de aquellos versos rojos, salvado del curioso funeral, torpemente colocado con dos tiras de celofán sobre la madera, fue el epitafio que le ofreció a un cadáver que aún no descansaba allí:

El delicado cántico
se somete
a las esquinas del mar:
Järnvägsgatan, doce y cuarto,
mediodía.
La duda navegará con el silbido
de tu voz alargándose
desde otros pretiles,
otro confín:
Aizarnazabal, medianoche.
«Hango elurretan
hire gereziak
sakabanatuko dizkinat...»


El verso volaría con el primer viento báltico, revoloteando pendiente arriba desde la rústica cruz marrón rojiza que arraigó milagrosamente en el humilde túmulo frente al mar y que todavía crece, elevándo un enigmático Prunnus Azcoiticus en el que siempre se leerá la desconchada caligrafía de la navaja del vasco: «Lisbeth Olaberria (1.947- 2001 edo 2)».
El señor Malander, en el porche de su casa, situada media milla por encima de aquella fosa, pudo escuchar, unos días más tarde, el incesante silbido de Sebastián alejándose para siempre colina abajo hacia el embarcadero. Cuando el eco de la reiterada cancioncilla se perdía en la lejanía de los puertos, se le enredó en la pierna el papel con el único poema que aquel marinero, que juró no volver a pronunciar una palabra mientras no se cumpliese un juramento, había salvado de acabar bajo tierra. No llegó a entender ni una sola sílaba de las allí escritas, pero intuyó que su hija había muerto definitivamente en alguna parte y que, de algún modo, aquella era su tumba, donde todavía no había un cerezo tan distinto a los que él había visto en Suecia...
A Lars Malander le cupo la sensatez de ordenar grabar en una placa decente, en letra roja como su casi octagenario cabello, el poema que jamás quiso entender. Y lo clavó, cinco años y dos días más tarde, en la madera de lo que ya no era una cruz, sin ignorar que con ello no podía purgar ni un ápice del mal que había hecho. Tampoco aquel acto acallaría el ir y venir en su cerebro de aquella melodía que escuchó silbar a Sebastián Olaberría durante su marcha. Aquel hombre, que había sido la sombra de su conciencia, abandonó la casita de la pendiente, pero le dejó la tortura de unas notas que no se iban de su cabeza. Cien segundos antes de morir pudo saber que formaban parte de una canción popular de la costa vasca.
Al día siguiente de colocar la placa, Holger Palmgren, el sexagenario cartero, le trajo un sobre que contenía una carta escrita en denodada tinta estilográfica. El señor Malander sentado en el porche donde pasaba las horas muertas, antes de abrirla, le señaló a su buen amigo Holger el joven cerezo que tanto le inquietaba y le hizo prometer que se encargaría de que le enterrasen al lado, «a la de derecha de Lisbeth». Palmgren, a quien nunca le había faltado el agasajo en la confinada casa del solitario armador viudo, no preguntó por no ofender lo que creyó locura, pero tampoco dudó en prometer lo que nunca se atrevería a cumplir.
Lars leyó lo que venía escrito en la carta y, a duras penas, volvió a indicarle al cartero que admirase el arbolillo. Murió un minuto después, sin sufrimiento aparente, en el mismo instante en que el frágil cerezo iniciaba una primera y fugaz floración que adornó durante días la tumba donde hoy, tantos años después, ya no hay papeles.
Holger leyó la epístola, que más tarde escondería en la chaqueta de la mortaja de quien hasta ese momento había sido su amigo, y volvió a callar, para no ofender su propia cordura. De esto hace más de un año ya. Estaba escrita en un sueco tortuoso pero con muy pocas faltas de ortografía:

«Lisbeth está en Zestoa. Ella fingió su muerte para conocer el mundo que yo le había contado en nuestro año de amor prohibido, y para torturarte a ti, Lars Malander. Se divirtió años y años mandándome los emblemas que yo debía colocar delante de tu casa para azuzar una duda. Los treinta y seis primeros no los entendí pero me daba igual, sabía que tú sí.
Ella huyó porque mi cobardía se unió a la tiranía que seguramente acabó con tu esposa Mikaella en el acantilado de Skōlletfeat. La idea de que la imaginaras tirándose a las rocas como hizo su madre, era sólo un grado más en la tortura que te ofrecía de tanto tiempo sabiendo que estaba viva la persona que más has amado en la vida, Lars Malander. La habías amado tanto que nunca la amaste. Sólo un loco pelirrojo como tú podía confundir sojuzgar con amar.
La tortura que me regaló a mí no fue menos dura. Tenía que quedarme aquí para hacerte saber que vivía, quizá feliz, lejos de ti y de tus caricias que fueron zarpazos. Tenía que quedarme y me quedé porque cuando, en un principio, solicitó mi ayuda le ofrecí el recelo del amante aventurero. Sólo cuando me dijo que se iba me di cuenta de cuánto la amaba. Pero tampoco era éste el amor que Lisbeth buscaba porque sólo un idiota sin nada como yo confunde matrimonio con prisión. Y, a fin de cuentas, terminé siendo su esposo...
Me anunció su marcha junto con el relato de las cientos de violaciones que te sufrió y que no menoscabaron las ganas de una lenta venganza. Por eso me casé con ella en secreto. Para que pudiera huir mejor. Me casé incapaz de negarle ya nada, incapaz de marchar con ella. No dudo que ya no me hubiese querido a su lado. Sé, sin embargo, que a mí sí me ha perdonado.
Lisbeth está, todavía, en Zestoa, pero antes del Midsommar llegará un hermoso carpintero con un féretro construido por él, en la misma trabajosa madera del cerezo (aquí le decimos ñabarra) que la espera allí y que siempre nos mantuvo unidos, para enterrarla donde siempre quiso. Pero ésa es una historia tan hermosa que no mereces conocerla.
Sólo deseo que estés muerto para cuando Mikael Olaberria llegue a Järnvägsgatan con sus huesos y así le ahorres la vergüenza de verse reflejado en ti. Él lleva mi apellido, y aunque sé que ni sus maravillosas manos ni ese pelo de fuego son de Aizarnazabal, cuando regrese de allí dejaré de silbar la canción ondarresa que tanto le gustaba a tu hija y volveré a hablar la lengua que ella llegó a aprender en la carpintería del barrio de Aizarna para poder responderle a Nikolas, MI NIETO, cada vez que me reclame, como ahora:
- Aitona, goazen parkera!
- Goazemak, bai, morrosko...»

12 comentarios:

SELMA dijo...

Impresionante relato Joseba, como los que añoraba leer, como las poesias... Me encanta que vuelvas a retomar este sendero...
Mucho...

Mila Muxu.

Joseba M. dijo...

Moltes gracies, Selmatxu.
A ver cuánto dura el sendero...
:-))
Un besete.

mammamia dijo...

Qué suerte poder leer cosas tan bonitas y encima gratis.
Ondo Ibili.

Joseba M. dijo...

Me encanta ver cómo cala el euskera en todos ustedes. No olviden que, aunque no lo parezca, es una lengua herida y que va más allá de políticas nefastas y de políticos nefandos.
Y, por supuesto, gracias, exagera usted, mamma.
Ongi izan!

Anónimo dijo...

Hola,
Dime una dirección de e-mail donde escribirte. Tengo una información para tu blog.
Mi correo: janaru@gmail.com
Un saludo

Catalina Zentner dijo...

Deliciosas las frescas cerezas, hermoso el relato que nos permite llebar hasta ellas.

Un abrazo, Joseba, hasta siempre.

Catalina Zentner dijo...

Corrijo el error del dedo "llegar" en vez de "llebar".

Otro abrazo,

Joseba M. dijo...

Gracias, Catalina por la visita , el comentario y por molestarte en corregir.
Un abrazo.
Janaru, puede usted escribir a la dirección del blog en gmail:
joseba.molina@gmail.com
leeré con atención lo que me envíe.
Gracias.

Anónimo dijo...

Tu relato sobrecoge, te pilla desprevenido en cada párrafo e intimida; es una carrera de obstáculos cuya meta no sabes bien donde está. Siempre eres caprichosamente obstinado en los desenlaces de tus historias y ésta es de nudos, de desasir asuntos y sentimientos. Hermosa.
PD: Ya sabes que la puntuación te la pondría patas abajo, pero cuento con la licencia que se permite el autor. Un beso y enhorabuena por tan espléndido relato.

errata

Joseba M. dijo...

Esperemos que algún día tenga usted que corregirme de verdad, como Dios manda, una de esas puntuaciones que tantos granos le levantan en su espíritu irredento de editora, aunque atropelle vanidades y licencias de autor.
Gracias por la lectura.
Un abrazote...

el diario de lois dijo...

Muy buen relato !

Joseba M. dijo...

Gracias, Lois, por el amable comentario, por la rápida visita...