lunes, 24 de noviembre de 2008

El harguix (y IV)

4.

En el puerto nos encontramos con más problemas de los esperados para conseguir embarque rumbo a casa. Tuvimos que aceptar un pasaje que no nos ofrecía mucha confianza, pero la opción de permanecer dos meses allí, hasta la llegada del Banfield, el mercante de Cádiz, no nos sedujo lo suficiente.
Llevábamos casi una semana vagando sin mucho tino por los tinglados, comprando algunas enseres necesarios, algún recuerdo quizá, bebiendo en las peores cantinas, fumando pipas en el espigón. La tarde anterior a zarpar, en aquel rompeolas que rematan dos colosales titanes de piedra enverdecida por el salitre, Silvian remató su historia. Los oyangos son parcos por naturaleza. No tienen conciencia del olvido pero sufren contando las cosas. Y, cuando algún atisbo de vergüenza les asalta, su cortedad de diálogo puede demudar en insufrible mutismo. Yo le conocía lo suficiente como para saber que forzarle era, con certeza, quedarme sin saber, si no el final, feliz sin duda, sí el pormenor de cómo había logrado que el templo sin techo de Aln se iluminase, al fin, con aquel prodigio de  luces que habíamos admirado.
-No tuve que buscar apenas el harguix, señor Ludovic. Me asola el sonrojo al declarar que, en verdad, no tenía siquiera que haber buscado. Lo llevaba conmigo desde que partimos. Pero lo ignoraba tanto como ignoro qué palabras son las justas para explicar este prodigio. Iba conmigo y fue mi padre, Ronsard Pavlic, quien lo cargó en la mochila que siempre ves en mi hombro. Tampoco puedo decir si mi padre sabía qué estaba haciendo cuando me lo dio. Puso en mi mano derecha un terrón de tierra roja y en la otra mano, el paño de tela holandesa donde debía envolverlo. ‘Llévalo a donde vas, yo estuve hace mucho y de allí vino. La casualidad de tu viaje quizá no signifique nada, quizá sí; apenas puedo decirte que no es sólo el puñado de tierra que tus ojos han visto. Déjate guiar por tu alma y por la inteligencia del señor Yaksic, de quien somos deudores, aunque ellos hagan que no lo parezca, hijo mío.’ 
“Cuando acabamos de fumar en la entrada de aquella gruta, dejé a Szu Yakün en su absorta meditación. Aquel paraje es pedregoso, no necesité mucho tiempo para encontrar aquello que necesitaba. En una piedra casi cuadrada de unos veinte centímetros de alto, improvisé un recio cuenco. Siempre llevo el material necesario, no fue tarea ardua. En el seno de la piedra deposité la tierra que me diera mi padre. Guardé el paño que mi madre tejió hace un siglo. Cuando regresé a la gruta, el sabio no estaba. Créame si le aseguro que el titubeo casi me ahoga entonces, hubiese querido disfrutar de su consejo, señor Ludovic, pero también intuía que había que actuar rápido. Dejé el rudo tiesto con la tierra donde Yakün había estado sentado y marché montaña abajo. Descendía con una incertidumbre que apenas pudo amansar la figura del chamán sonriéndome desde un risco cercano a la gruta. Quise creer que había encontrado el terrón y que él sabría actuar. Ahora, señor Ludovic, creo que todo ha salido bien y sólo el resquemor de mis dudas ante los claros signos que casi no supe interpretar empañan una felicidad que me quiere desbordar”
-No sólo debes creer que todo ha salido bien, ten la certeza de que ha sido así. Y, podemos tener la certeza también de dos cosas más, querido Silvian. En primer lugar, que el señor chamán Szu Yakün, es el mismo Yakün que hace casi doscientos años le dio referencias del Harguix a monsieur Delisle, su longevidad supera incluso la de los oyangos –le miré, no vi sorpresa en su rostro-. Y, por otro lado, tengo la seguridad de que, señor Ronsardic, sí que has cumplido una profecía –ahora era él quien me miraba y, aún de reojo, puede certificar su asombro –. Y, visto el resultado final, creo que debes olvidar tu resquemor y tu vergüenza: todos los signos fueron perfectamente interpretados.
Nos quedaban horas para partir, obscurecía en aquel confín de mar eternamente furioso. Confín de gentes sorprendentes y de profecías no escritas donde yo sólo cumplí, en aquella ocasión, el papel de testigo mudo y futuro notario. 

1 comentario:

SELMA dijo...

.... y te he seguido, en tu relato y en tu acto notarial...Todo ha salido bien... ¿si?

Mila muxu, Joseba.