martes, 16 de septiembre de 2008

De atrás adelante

Cada tres o cuatro meses, o algo así, acostumbro a hacer limpieza de papeles en cartera, mochila, bolsillos de chamarras... Es algo que me resulta inexplicablemente imposible de evitar; no lo de hacer una limpieza cada tres o cuatro meses, no (bueno...), sino lo de acumular papelitos en forma de resguardos de cajero, tickets de esto o de lo otro, tarjetas, propagandas diversas y qué sé yo.
Ayer, aburrido en uno de los bancos del Txalaparta, incapaz de avanzar en el libro que tengo entre manos, «Los hombres que no amaban a las mujeres» (yo no me lo volvería a comprar, sólo le falta que el asesino sea el mayordomo), me decidí a rebajarle de peso a mi vieja cartera. El lugar era ideal: nada mejor que un bar de pinchos, en cuyo suelo se apiñan cientos de servilletas usadas para aflojar carga sin dejar un escandaloso corro de papel alrededor.
Pedí un zurito para entretener el despapeleo y volví a mi asiento en el largo banco que hay al principio de lo que viene a ser el comedor. El Txalaparta está concebido al estilo de una pequeña cervecería, con grandes mesas para diez o doce comensales que, cuando no es hora de comidas, se comparte con cualquiera que llegue y se siente a tu lado o enfrente, como en este caso, en que enfrente vino a sentarse una chica que me resultaba, aún no sé de qué, conocida. Menos de lo que yo resultaba serlo para ella, estaba claro, pues, después del leve saludo de cortesía que le ofrecí y, divertida con mi afanoso examinar y romper papelillos, me abordó por mi nombre.
- ¡Vaya labor que te traes, Joseba! -me sorprendió.
Había que verme. Tenía la cartera abierta delante de mí, con los mencionados mini papeles surgiendo entre las documentaciones de rigor; a mi derecha el bloc verde que suelo llevar de donde se desparramaban caducados programas de mano, anuncios de exposiciones y prospectos de esos que te ofrecen en las bocas del Metro y que, vaya usted a saber por qué, casi nunca tiro directamente en la primera papelera que se me presenta; por fin, a mi izquierda, el libro de Stig Larsson que quizá jamás acabe y al que le venía a suceder, aunque en menor medida, algo parecido a la libreta, también con papeles inútiles albergados entre sus páginas. Junto al libro, el zurito; junto a la libreta, la mochila (la cual, ella sola, merece capítulo aparte con su almacén de buhonero...).
- Esto debe ser una especie de síndrome de Diógenes de bolsillo -acerté a decir, sin dejar de analizar resguardos de borrosa tinta y, a la vez, devanándome los sesos tratando de recordar el nombre de la, guapa, por otra parte, mujer que tenía al lado -. Algunas de las cosas que almaceno tienen tanto tiempo guardadas que ni sé qué significan. Mira, en la vuelta de esta tarjeta de una tienda de suministros de baño hay una dirección de email que Dios sabe de quién será. Y aquí hay otra, en una factura de la farmacia. Y aquí... «Lisbeth Malander soñaba con Aizarnazabal»
Me quedé, de pronto, ensimismado, tratando de recordar por qué diantres había decidido escribir esa frase en ese pedazo de hoja mal recortada. Lisbeth Malander...
- Lisbeth Malander soñaba con... ¿cómo era?
- Aizarnazabal - respondí, absorto.
- ¿Conoces ese pueblo?
La miré como si acabara de descubrirla.
- No lo sé.
- Berdin dio. Oso esaldi polita da horren inguruan istorio bat asmatzeko...
Una hermosa frase con que crear un cuento. Tenía razón y no sólo eso. Me di cuenta de que la historia existía hacía tiempo. Sólo había que escribirla. Guardé la frase en la libreta verde justo cuando una chica llamó a mi acompañante desde la puerta del bar y ésta se levantó ofreciéndome una hermosa sonrisa.
- Me buscan, vamos a pasar tres días a un balneario. Agur, Joseba. ¡Escríbela!
La amiga volvió a reclamarla «Goazen... Elixabete?» No alcancé a escuchar muy bien cómo demonios se llamaba y no acabo de recordar por qué me era conocida. Pero, de súbito, supe el título de la historia sin dudar : «Lisbeth está en Zestoa». Sin embargo, el cuento se escribirá otro día...

No hay comentarios: