lunes, 31 de marzo de 2008

La Jira (II)

Hay, desde la salida del pueblo en la rotonda del Silo hasta la ermita de Piedraescrita, unos 5 Km de aceptable carretera que hay que recorrer con paciencia de caracol en este día: prácticamente todo el pueblo se dirige hacia allí. En los días anteriores se han ido encargando de ir reservando el trocito de terreno donde alzarán las lonas que preservarán mesas, cocinillas y enseres de soles y de, como sucedió el año pasado, ocasionales aguas.
Yo, particularmente, agradecí el lento paseo que me permitía admirar los generalmente solitarios barrancos. Barrancos de afilados y centenarios dientes de perro, de alfombras de grises espinos, de amapolas como besos. Decía mi madre que la belleza de este paisaje reside, precisamente, en su fealdad. Es quizá una visión un tanto simplista pero poniéndose delante de esta sucesión de colinas abruptas, peladas, infinitas, es de entender que haya mucha gente a quien no le resulte en absoluto atractivo y, sin embargo... No hay que fijarse demasiado para ir reparando lo que la aparente monotonía esconde: la sinuosa línea de los frugales arroyos, un cuco refugiado en una retama, algunas zancudas en los breves, valiosísimos humedales...
Llegué y me coloqué de cualquier manera pues, como era de esperar, no iba ni medianamente preparado para tal fiesta. Ni lonas, ni sombrillas, ni cocinas, ni demasiada comida, ni demasiada bebida. Era igual. Sabía que era igual. La verdadera fiesta de este día consiste en mezclarse, en intercambiar, en conocerse incluso. No tienes que pedir, te dan. Hay casetas, hay un reguero de puestos de mercadillo en las cuestas que llevan a la ermita, hay una subasta religiosa, hay música y hay atracciones infantiles, heladerías y puestos de chucherías. Y hay gente que baila, gente que canta y gente que se ufana de caballos y de yeguas. Pero lo primordial, en la Jira, es la gente. Suena a topicazo manido, pero es así, qué le vamos a hacer.
Yo llevaba el ánimo del que llega por primera vez quizá por eso, de nuevo, disfruté como nunca. He tenido la suerte de volver a encontrarme con gente que hacía lustros que no veía. He podido abrazar a algunos con los que hace más de 30 años aprendí muchas más cosas que en una década de colegio salesiano. Algún día tal vez sea capaz de homenajear a gente del campo, como mi tío Baldo, cuya sabiduría se nos escapa a cuantos habitamos el asfalto rodeados de museos, bibliotecas, ciberespacios y multiinformación. Y pude, también, recuperar cierta calma primaveral medio olvidada.
Luego de saludar a algunos familiares (los extremeños se tocan, ya se sabe) me acerqué a ver la subasta de las andas de la patrona a quien se festeja en este día: la Virgen de Piedraescrita. Subí más movido por un interés cultural que por otra cosa, ya se sabe. No dejarán nunca de sorprenderme las muchas manifestaciones de fervor que va uno viendo por esos muchos pueblos de la geografía ibera. Fervor entero y verdadero hasta la jactancia. «Que si mi virgen es mejor que la tuya. Que si los milagros de esta Señora no se pueden compara con la de acullá, etc.». En fin, será que seré toda mi vida un hereje como decía una tía mía, pero tanto como me merecen respeto y me maravillan algunos de estos ritos, así me resultan de inexplicables en los tiempos que corren. Nos quedaremos con lo lindo y pintoresco de la tradición, que lo es, no seré yo quien lo niegue. En este caso la tradición consiste, según parece, en subastar andas, lazos y demás ornamentos de la imagen de la patrona.
Y, ¿qué más puedo contarles? Fuimos pasando el día hermosamente entre comidas y bebidas, entre palmas y entre charlas, entre algunas risas y muchas emociones. Dejamos el recinto de la romería con su mar de lonas azules, verdes, blancas que se iban confundiendo en la tarde que caía refrescando de a poco. Antes, Juan Conejero me ofreció un postrer bocado que rechacé pulcramente y un pasodoble de su puño y tecla. Después, la noche acabó en ese helador recinto ferial que hay en las afueras del pueblo donde había una, también, gélida orquesta en compañía de Juan Antonio, Enrique y familia (gracias, gracias, gracias...). Pude saludar a Javi Escudero y señora y conocer a su interesante hermano a quien debo una charla más calmada y menos ginkasosa.
El año que viene la Jira será en abril, el día 13, según mi calendario zaragozano particular. No sé si podré volver, un año es mucho tiempo cuando aún no sé qué haré dentro de una semana, sé que me gustaría y que me gustaría poder redondearlo quedándome a la fiesta que se hace el martes y que este año he tenido que dejar por imperativos laborales. Y, a los que se hayan quedado con ganas leyendo esto no sólo les animo sino que, les aseguro que el relato y las fotos que les dejo se quedan cortos y no son más que un pobre anuncio de lo que les espera. Y no muy lejos tienen ustedes Trujillo con su especial Domingo de Resurrección, Villanueva de la Serena, Medellín, Don Benito, La Puebla de Alcocer, Magacela...

jueves, 27 de marzo de 2008

La Jira (I)

Uno puede llegar a Campanario cuando quiera y, si lo hace desde el norte, desde la carretera que viene de Villanueva, pero si tengo que recomendar una época del año en especial, lo tengo claro: la Primavera. Y dentro de ella, dos días en particular: la Jira y la Caseta (Lunes y martes de Resurrección, respectivamente). Hay quien no cambia las Navidades por nada, los menos, otros recomendarán siempre el verano por aquello de los largos días y los baños en el pantano de Orellana; muchos, como mi buen y saleroso amigo Pajuelo, disentirán sin demora, manteniendo que como los días de la Feria de Abril no hay. Es posible que éstos tengan razón pero, por desgracia, el trabajo me ha impedido hasta la fecha acudir allí la última semana de ese mes. Pero he podido, sin embargo y después de tres años de ausencia, gozar de la Semana Santa de éste. Y de su Jira.
Llegué con la incertidumbre meteorológica lógica. A fin de cuentas, hogaño las fiestas venían las más adelantadas desde hacía un siglo, casi invierno, y por el Norte habían anunciado el mal tiempo que, de hecho, han padecido (y seguimos padeciendo que es un asquito). Pero excepción hecha de una tarde borrascosa, hemos gozado en Extremadura de un tiempo de fábula. Da fe de ello el rojo escandinavo de mis pómulos arrasados por el viento y el sol de los barrancos en el día de la Romería: parezco un Ericsson cualquiera.
Lo cierto es que uno no es muy dado a celebraciones religiosas ni se insufla de ningún fervor y, por mucho que sea o quiera ser embajador del pueblo de mis ancestros, no tengo más remedio que declarar que los actos procesionales carecen de demasiado interés cultural, que es el único interés que a mí me merecen, claro. Si acaso citar la procesión del Encuentro en el jueves Santo, donde se produce un momento de cierta emoción para los creyentes, a juzgar por el impresionente silencio que se crea. Por eso, mientras todo el mundo acudía a procesiones y demás, yo me dedicaba a realizar infaustas fotos de nubes, pájaros, caballos, rincones y calles silenciosas.
Pero, si bien las procesiones no me merecen especial interés, he de decir que sólo el día de la Jira (la romería de Piedraescrita) justifica por sí mismo un viaje de 800 km para abajo y 800 km para arriba en el corto espacio de cuatro o cinco días. Y si, como este año, el tiempo se pone las galas de un cielo inmensurable e indescriptiblemente azul, miel sobre hojuelas.
La romería en cuestión empieza, verdaderamente, casi un año antes, a poco de terminar la del año anterior. Entonces, la gente interesada en crear una carroza para el desfile comienza a pensarla, a dibujarla, a diseñarla, a crear el armazón, a decorarla con flores de colores que se pegan, una a una, con paciencia de amanuense del Císter. Supongo que, fríamente hablando, no todas son monumentos de belleza sin par, ni obras de arte ni nada por el estilo pero ¿qué se valora en estros casos? Es un todo dentro de otro todo. Fiesta y obra son indivisibles. Un todo de todos, eso es. Pero, hay premios asignados y este año se lo llevó la carroza de los delfines. Para gustos...
Luego de las dos vueltas de rigor delante del balcón consistorial presidido por la señora alcaldesa (las cosas de este simpático pueblo: la alcaldía, elegida hace unos meses, del PP, las generales, celebradas hace unos días, del PSOE. Sin palabras...) el desfile toma calle Real abajo y por el marco palaciego de las enormes casas del Arrabal sale del pueblo camino de la ermita de Piedraescrita, en los barrancos, donde todo el mundo se concentrará para la verdadera fiesta: unos en coche, otros a pie, otros en carro. El campo luce esplendoroso, aquí y allá florece la sangre de las amapolas, menudean panes y quesos, margaritas, tomillo, jinojo...
(continuará...)

miércoles, 26 de marzo de 2008

Abriendo...

Bueno, pues con toda la pena del corazón pero ya estamos aquí... Y gracias, que uno regresa los cartelones que la DGS ofrece durante el viaje y se acojona un poco cuando se embarca en uno de casi 800 km. El caso es que, excepción hecha del habitual caos que supone atravesar Madrid (estoy pensando muy seriamente no volver a hacerlo, creo que en verano tomaré vía Valladolid-Salamanca-Cáceres), el viaje ha sido bastante apacible y anoche a las once aparcaba en Barakaldo bajo una lluvia apestosa. Consideré el hecho de darme media vuelta sin descargar la fanega de garbanzos que traía... Después de pasar una semana preciosa en Extremadura, con un sol alentador, unos cielos que parecían recién pintados y una exuberancia de cigüeñas (han vuelto definitivamente y ¡cómo!), cernícalos, golondrinas, aviones y demás familia, a uno se le cae el alma al meterse en la niebla y la humedad más gris.
Lo suyo sería colocar alguna foto en esta entrada, pero he venido a la oficina sin deshacer siquiera las maletas y sin descargar la tarjeta fotográfica. Tengan paciencia, mañana será otro día, aunque les aviso que cámara en ristre no soy más que otro dominguero sin demasiado estilo.
Y, para terminar, una reseña curiosa: llevaba ayer en el coche la radio puesta en 'Radio 3' y, a la altura de Miranda de Ebro, pusieron una canción titulada 'Cherries in the snow' de un grupo neoyorkino cuyo nombre no alcancé a entender. ¿Curioso, no?
Abrimos....

martes, 18 de marzo de 2008

Cerrando por vacaciones: 3 sonetos extremeños (o en Extremadura)

Antes de cerrar por vacaciones, cortas pero deseadas, quiero dejarles tres viejos sonetos que aparto del puñado de ellos que descansan en una carpeta del ordenador mezclados con unos también acabados, con otros que son bosquejos de soneto, con algunos que no son más que leves intentos de poema.
Mi viejo coche me depositará, esperemos que bien, en Campanario, tierra de todos mis ancestros, el jueves apenas amanezca. Por eso, los sonetos escogidos son tres que fueron escritos en aquellos pagos, en diferentes veranos y vacaciones pascuales.Había alguno más, pero han sido pulcramente desechados.
No hay mucho que explicar, si acaso abundar en que cada cierto tiempo necesito poner el pie en las calles de un pueblo que guarda un puñado de grandes recuerdos (quizá sensaciones; emociones, tal vez). Todavía soy capaz de extasiarme admirando el planeo inigualable de los aviones (Delichon urbicum) sobre la charca de la Alameda, el ir y venir de las cigüeñas del silo, los cernícalos recuperados...
Este año me llevo al padre, más viudo que nunca, cada vez más perdido en su mirada llena de pozos antiguos. No sé si el rumor de tantas cosas en la vieja casa, el rumor del olvido apilado en algunas callejas, el tibio bisbiseo del espliego, el hinojo y la manzanilla reconfortarán su ánimo desbaratado. No me importa; sé que será difícil que otro año cumpla este viaje y por eso me lo llevo. Aunque llore al franquear los dos umbrales, aunque se derrengue en las polvorientas aneas de las sillas que compró la madre.
Van por él, van para ustedes:


3 sonetos extremeños
1.
Amor: en la reja del surco sin frontera,
línea de verde trigo, adolescente,
gala fugaz de campo que quisiera
inundar los sentidos de simiente.

Amor de silencios y de sudores
y pláticas de sueños vegetales,
tapiz para recónditos amores;
sombra, al fin, de anchos árboles frutales.

La luz retoña nueva, como en celo,
sobre la estepa herida, semimuerta.
Halcones besan nubes con su vuelo.

Hay amor en la laguna abierta
y en el espejo que le ofrece al cielo
para que al alma él abra su puerta.
2. (En Piedraescrita)
La luz se desparrama en duros trancos
Desde el omnipotente mediodía
En el surco arañado de agonía
Que se suicida, triste, en los barrancos.

La dura piedra cuelga sus estancos
Y de extensa se trueca en armonía
Donde se posa en paz la vista mía
Y sueñan solitarios pueblos blancos.

También el río se hace lapidario,
Bordeado de silencio no se agita
Y se dobla llegando al santuario.

He de volver, lo sé, a la marchita
Serena de mi sangre en Campanario,
A la isla cenital de Piedraescrita.
,,,
3. (Desde Magacela)
Sí, claro que veo todas las marcas
que primavera regala: borrones
por el cielo, preñados nubarrones
que multiplicarán por dos las charcas.

La herida amapola, las lilas parcas,
el alto abril de las torres, los sones
de las cigüeñas, ¡hábiles aviones!
¡ese campo que aprietas y no abarcas!

Pero mi verso es como esa amapola,
como la almena ruin de aquel castillo,
que ni es castillo ya, en el cerro sola,

es más que verso: perro lazarillo
para un alma ciega que se arrebola
ante esta inmensidad, como un chiquillo.

viernes, 14 de marzo de 2008

Lluvia en los puentes

Para Darin,
pa que se anime

Ha llovido sobre los puentes.
La mujer que eres espera
en el pedestal de tu mirada.
En esos ojos se aleja el río,
y la ciudad en su lomo de lucio,
en su serpiente de olvidos,
en tus ojos, en tus ojos...
Estás con tu magia, dormida,
en el pretil derecho
del mismo puente
donde es inútil esta guitarra
o mis acordeones de siempre.
Ha llovido sobre los puentes
y sobre tu risa,
y sobre tu llanto.
Te espero hasta que bajes
y nos gastemos las pocas monedas
que recoge mi sombrero
por los aledaños sin piel
de Mala Strana...
tengo los cordones sueltos
y el alma de estreno, Milena...

jueves, 13 de marzo de 2008

Después...



Entre páginas

ENTRE PÁGINAS

El día que Gabino leyó el primer mensaje se llevó una doble sorpresa. Primero por el hecho de encontrarlo entre las páginas de un libro de la biblioteca municipal, claramente dirigido a él. Después, y más sorprendente todavía, por el misterio inquietante de que alguien pudiera saber que tarde o temprano él iba a coger ese libro entre los varios centenares ordenados en las estanterías.
Se trataba de una obra de Alessandro Baricco que siempre estaba cogida y por la que Gabino había mostrado su interés en más de una ocasión a las bibliotecarias desde que había leído una crítica muy elogiosa en el periódico. Era una novela corta y hasta la página 88 no encontró el papelito hermosamente caligrafiado en tinta morada. Le llamó la atención la pulcra letra y el color, pero mucho más el contenido de la esquela:

«El poema es precioso. Perdona que no te lo devuelva.
¿Serías tan amable de olvidarte otro entre las páginas de
‘Un mes con Montalbano'.
Creo que te gustará.»

Hasta pasado un buen rato no cayó en la cuenta de que aquello iba destinado a él. De paso supo dónde había ido a parar el poema que había escrito en el café de Felipe en un impulso de su inspiración que era de donde surgían sus mejores poemas. Lo había olvidado dentro del libro de Gil de Biedma que había tomado prestado dos semanas atrás, en una servilleta de papel que Gabino creyó haber guardado en la chaqueta para más adelante registrar en el ordenador, junto al puñado que guardaba y que iba a formar parte de su tercer obra. Llevaba meses preparando el poemario y el extravío de aquellas líneas en su frágil soporte le había contrariado, más que nada porque no era capaz de recordar sino el vago rumor de alguna metáfora.
Releyó una y otra vez el escueto mensaje anónimo y se entregó a la aventura de imaginar de quién podría proceder, abandonando la novela de Baricco. Se dio cuenta enseguida de que, aparte de conocer su interés por el escritor italiano, el anónimo comunicador estaba al tanto de su debilidad por el casi octogenario siciliano creador de la saga del comisario Montalbano. Y no sólo eso, sabía que todavía ésa, ‘Un mes con Montalbano’, ésa no la había leído. En cierto modo era algo abrumador.
¿Quién podría tener unos gustos tan parejos a los suyos?. Leer a Gil de Biedma, Baricco y, por otro lado, a Andrea Camileri hacía que el ramillete de sospechosos, por llamarlo de alguna manera, se redujese, a su manera de ver, excepcionalmente. Aunque, claro estaba, en un sitio tan grande como la biblioteca municipal podían confluir los gustos más inesperados. Gabino reconoció que era un tanto pedante por su parte arrogarse su participación en una minoría selecta de exquisitos gustos literarios. Como una concesión dubitativa a su falsa modestia, aceptó que cualquiera podía ser el autor de la misteriosa notita morada.
Tomó una decisión: seguiría con el juego. Dos días más tarde fue a la biblioteca a devolver el libro y, de paso, tomar prestado el que sugería el anónimo.
- Hola. ¿Le ha gustado? -le susurró Asun, la bibliotecaria, sabedora de cuánto le había costado hacerse con él.
- Una maravilla, gracias -respondió Gabino, también entre susurros-. Ha merecido la pena esperar. Quisiera retirar otro, si es que lo tienen aquí. Es de un italiano.
Gabino le dijo el título y Asun, una mujer menuda y agradable que rondaría los cuarenta, asintió, perdiéndose después entre las filas de estanterías. Gabino se quedó mirando a la gente que estaba en la sala de lectura. Habría una veintena de personas, la mayoría jubilados que hojeaban la prensa diaria, las revistas especializadas o los boletines oficiales. En una de las mesas, junto a la ventana, un grupito de estudiantes preparaban algún trabajo. En total sólo había cinco mujeres. Cuatro eran demasiado jóvenes y la quinta, se dijo, demasiado vieja.
Había ido con la esperanza de hallar algo entre la gente que viese en la sala. No sabía qué: un gesto, un rasgo revelador, una sonrisa cómplice, una mirada... El resultado fue descorazonador. Entonces, de repente, pensó que desde el principio él había deseado que se tratara de una mujer pero, si había que ser sincero, nada en aquel escrito excluía la posibilidad de que el autor fuera un hombre. Si acaso la elección del lila, quizá la cuidada caligrafía. No, estaba claro que él ansiaba que fuera una mujer. ¡Tenía que ser una mujer!
Asun, sabía que se llamaba así porque se lo había oído a algún lector, regresó con el libro y se dispuso a rellenar la ficha correspondiente. Concedían dos semanas de empréstito para cada libro, pero Gabino no solía pasar de los tres días en consumirlos, en función del grosor y del interés.
- ¿Sólo va a llevar éste? -ironizó ella, sabedora de su voracidad. Él no entendía por qué todavía se decían de usted. Sería por la edad, los dos andaban por los cuarenta y, pese al contacto más o menos frecuente, aquello era como el vestigio de una educación ya en desuso, aunque no desagradable.
- Así podré verla antes. -flirteó él en voz baja, ella no se sonrojó-. Quisiera preguntarle una cosa, si no es indiscreción.
Asun le miró inquisitivamente a través de sus diminutas gafas de montura dorada, con aquellos ojos marrones, excesivos para la delgadez de su cara. Hizo un gesto de anuencia.
- Me interesaría saber si hay mucha gente que ha cogido este libro. -dijo, Asun dibujó un leve gesto de desilusión.
- Bueno, no es que haya tenido el éxito de ‘El médico’ pero, sí, lo cierto es que éste... -miró la portada del libro- ...Camileri tiene sus incondicionales. Con todo, no hace demasiado tiempo que está aquí, tres meses a lo sumo. Pero yo creo que con usted serán seis o siete los que lo han leído. Puedo consultarlo.
- No, no es necesario.
Asun terminó de anotar los datos pertinentes y le alargó el libro.
- ¿Usted lo ha leído? -preguntó Gabino como al azar.
- No. Prefiero los libros de misterio. Soy un poco marujilla en temas de literatura.
- Todo lo que sea leer es respetable -condescendió Gabino-. De todas formas, tal vez le interese saber que las novelas de Camileri son policíacas, con misterios muy interesantes y un comisario subyugador.
- Lo tendré en cuenta - le contestó ofreciéndole al tiempo una bonita sonrisa que le redondeó la barbilla en un efecto reconfortante.
Gabino dejó el edificio con la pequeña decepción que, sin darse cuenta, le había supuesto el descarte de la bibliotecaria. Él frecuentaba la biblioteca desde sus tiempos de estudiante universitario, cuando abandonó el jaleo parvulario y la amistad casi maternal de la encargada de la pequeña biblioteca de su distrito. Asun había aparecido por allí haría unos siete años, sustituyendo a la Pepa, que era como todo el mundo llamaba a la señora avinagrada que había llevado los préstamos hasta entonces. Le había gustado desde el principio por su suave trato no exento de vigor en lo referente a las normas que rigen en estos sitios, por su paso ágil y su solicitud sonriente y por su susurro cautivador. Ahora que lo pensaba, nunca le había escuchado hablar con normalidad, sin tener que hacerlo en voz baja, no sabía cómo sería su verdadera voz, qué cosas. Claro que suponía que a ella le sucedería tres cuartos de lo mismo.
Leyó el libro y le gustó. Despegó un papelito del taco de notas y copió uno de los poemas de su último libro publicado. Lo escribió con un bolígrafo de tinta verde, por pura casualidad, más que por otra cosa. Lo introdujo entre las páginas 88 y 89 y salió camino del parque donde se alzaba el edificio del siglo anterior que albergaba las dos plantas bibliotecarias.
A mitad de camino se le ocurrió una idea. Entró en una cafetería y pidió una cerveza. Se sentó y transcribió el poema en una servilleta, añadiendo de paso:
«Buena recomendación. Sigue adivinando mis gustos.»
Aquel día no se llevó nada nuevo, se limitó a devolver el recién leído, a leer un par de revistas literarias que acababan de llegar y a vagar por los pasillos plagados de volúmenes, espiando quizá el destino de la novela que acababa de entregar. Nadie lo cogió.
Algunos días después, inquieto inevitablemente a causa de aquella correspondencia, intrigado también, volvió a visitar los dominios de Asun. Deambuló por la sección de novela hasta decidirse por releer una obra de Martín Santos que le habían obligado a leer en COU dejándole una profunda huella: ‘Tiempo de silencio’. No se atrevió a hojearlo, acuciado por la posibilidad de hallar un nuevo mensaje. No lo creía posible pero postergó la intriga hasta encontrarse fuera del recinto.
Cuando le dio el libro a Asun para el habitual registro se notó absurdamente nervioso. La observó oficiar el rutinario impreso y se relajó tanto admirándola que se avergonzó y decidió alejarse hasta el revistero, a fin de disimular su azoramiento. Gabino estaba confundido. Aunque, si lo pensaba bien, se encontraba en el tipo de situaciones en las que le gustaba estar. Parecía disfrutar viviendo en la contradicción y en la conjetura, se decía. Llevaba casi siete años admirando en secreto a una mujer de la que sólo conocía el aspecto externo, nada exuberante a decir verdad, y algunas aptitudes que, más que nada, le presumía. Era un raro magnetismo quizá magnificado por su peculiar modo de entender las cosas. Porque Gabino era un tipo peculiar. Y, además, era, en los tiempos que corren, poeta.
Asun le hizo un gesto indicándole que ya había terminado. Él dejó la revista que hojeaba y se dirigió al alto mostrador donde ella le esperaba de pie, apenas sobresalía su cabeza morena, el pelo siempre corto, las gafitas circulares, los labios pulcramente pintados, el mentón prestidigitador.
- Hoy ha cogido un libro viejo. Yo pensaba que ya los había leído todos.
- Todos no... todavía -dijo sonriendo-. Aunque éste sí que lo he leído, pero no sé, digamos que me apetecía volver al colegio.
- Ah, ¿o sea que este libro es de los que mandaban en la escuela? Yo no le recuerdo. Parece un poco... serio.
- Triste, más bien -murmuró Gabino con cierto deje melancólico-. Pero hay muertes y policía y una pequeña intriga. Bueno, no, intriga, no demasiada -añadió como si quisiera agradarla.
Se despidieron. Gabino, pensando irremediablemente en la bibliotecaria, se había olvidado por completo de los dichosos mensajes y hasta del libro que llevaba bajo el brazo. Sólo al ir a coger las llaves del portal reparó en ello.
- ¡Bah! Es imposible que... -el asombro le hizo enmudecer. Allí, entre las páginas 88 y 89, con la llamativa letra morada, había otra pequeña misiva.
«El poema es precioso, pero ya lo conocía. Es el XXIII de tu

libro ‘Las lilas de la voz’. Me encantaría conocer tu última

voz. No tengas miedo. Déjame recomendarte otro libro, se

trata de uno de Salman Rushdie, nada que ver con sus po-

lémicos ‘Versos Satánicos’: ‘Los hijos de la medianoche’
Era impresionante. Una vez en casa trató de poner sus ideas en orden, buscar alguna explicación mínimamente aceptable a aquel fenómeno. Lo de la antología de Gil de Biedma era comprensible, él había devuelto el libro, cualquiera le podía haber visto y encontrar casualmente el poema olvidado; lo de Baricco, también, cualquiera asiduo a la biblioteca conocería su interés por el libro; lo de Camileri era más extraño. Pero lo de Martín Santos... ¡aquello pasaba de castaño oscuro! No quería ni siquiera detenerse en el cálculo de probabilidades. Aún en la diminuta biblioteca de su barrio, las posibilidades de acierto hubieran sido despreciables. Empezó a asustarse.

Gabino, aún sin serlo de un modo recalcitrante, a parte de poeta, era un escéptico. La única magia en la que creía era la etérea de las sensaciones que conformaban sus poemas. La magia basada en nada de su atracción hacia Asun, por ejemplo. Pero no podía olvidar la magia que había leído en los prodigiosos relatos de Borges, Poe, Fuentes, Atxaga o, sobre todo, Bioy Casares, su preferido. Sobre la obra de éste último había versado su tesis, un panegírico, excesivo tal vez, que cuestionaba la superioridad de Borges sobre su elegantísimo compatriota.
¿Había alguien que adivinaba sus pensamientos? Si así fuera, ¿a dónde quería llegar? ¿Se trataba de un juego inicuo? De todas formas, no se sintió con fuerzas para abandonar. Pero, y ése era el tema, ¿no quería o no podía abandonar?
Sopesó los riesgos y no halló ninguno. ‘Los hijos de la medianoche’, pensó. No, no lo había leído. Rushdie no le interesaba lo más mínimo desde que leyó el famoso y polémico libro que le había condenado en vida. Así que lo leería y de paso, entre las páginas de ‘Tiempo de silencio’ le regalaría un verso inédito y unas palabritas:
«El poemilla es no sólo nuevo sino enteramente dedicado a ti, en
la pérfida esperanza de que seas una mujer con un rostro y una
voz, dos cosas que no sé muy bien cómo me imagino. Dime más
si no te importa: ¿Nos conocemos?»
En los meses siguientes Gabino llegó a desesperarse. El anónimo comunicante siempre adivinaba su próxima lectura. Trató de engañarlo tomando títulos que despreciaban su inteligencia: novelas de amor de actualidad, obras de los americanos más en boga, panfletos policíacos que siempre había despreciado. El tono de las misivas fue cambiando desde la inocente curiosidad de las primeras notas a una correspondencia más íntima donde poco a poco se iban conociendo en el despropósito de no verse nunca. Tal vez temían hacerlo. Él, por su parte, había creado una imagen tan seductora de ella que le aterrorizaba la certeza de que cualquier realidad resultaría frustrante. Hasta cierto punto se sentía a gusto en esa sinrazón, si no fuera porque el talante intrincado, el camino un tanto sobrenatural que seguía el epistolario lo tenían inevitablemente amedrentado.
Desde su ruptura con Elisa, nueve años atrás, Gabino no había tenido ninguna relación que no fuera esporádica. Se sustentaba en la contemplación y en la ilusión. Ya está dicho que era peculiar, pero por raro que resulte, no sufría en exceso. Se había acomodado en esa soledad relativa hasta el azote inesperado de los mensajes morados. Estaba enamorado de un fantasma y empezaba a sufrir. Tomó la firme determinación de hacer algo. Y ese algo tomó la forma de unas líneas que había estado postergando durante meses.
«Ya no puedo sobrellevar esta angustia. Tengo la sensación de

andar carteándome con un espectro. ¿Qué nos impide llegar

a conocernos? Si tienes forma humana, el bar de Felipe, en

los soportales de la Plaza Unamuno, sería un marco ideal.

Allí nació el primer poema, ése que todavía guardas, espero.

Estaré todos los lunes, a las siete, hasta las ocho.»

El primer lunes de agosto llevaba ya seis esperando infructuosamente. No había vuelto a la biblioteca, no había escrito más poemas en el frágil satín de las servilletas de los bares. No había hecho más que desesperarse una hora entera cada lunes delante de una cerveza, un par de cafés cortados, dos cervezas, un gin tonic, tres cervezas y dos copas de coñac, respectivamente. Cada semana no era más que un asfixiante túnel que precedía al lunes de la siguiente. Cada vez fumaba más, cada vez bebía más, cada vez se devanaba más los sesos tratando de desentrañar el misterio. Dejó de escribir su libro definitivamente. En realidad, desde que empezó a escribirse entre páginas con ella (al fin, en una de las esquelas le había confirmado que era una mujer) sólo había escrito los versos que ella no le devolvía nunca y que nunca retenía en la memoria.
Ese tórrido lunes de agosto, en la terracita que había montado Felipe, ya estaba seguro de estar poseído. Si Violeta, así la llamaba en sus soliloquios, no aparecía definitivamente, no podría seguir viviendo. Había perdido la razón y habitaba en una locura solitaria, fraguada en temores insondables que le hacían hablar a base de susurros, como si su vida transcurriese siempre dentro de la sala de lectura de una biblioteca.
Ese lunes fue el último día que le vi y guardo de él el triste recuerdo de una conversación imposible y de una mirada aterrada. En algún momento de los días de vida que le quedaban me dedicó dos páginas, torpemente garabateadas con algún bolígrafo de tinta amarilla, que su hermana me entregó en el funeral. En ellas trataba de describirme su angustia y la historia que se la procuraba. Yo he tratado de obviar los adornos pero no pude evitar maravillarme con la magia de que me hablaba y quizá haya cometido alguna imprudencia voluntaria en el relato. No dudo que alguna esencia no he maltratado.
En el mismo funeral conocí a Asun. Gracias a ella pude entenderlo todo pocos días más tarde. Entender también lo poco de esotérico que tenía la obsesión que le había hecho aventarse un miércoles a las siete, más o menos, al pobre Gabino. Pude escuchar su voz y comprobé que era hermosa y que no distaba mucho del susurro que le imponía su trabajo.
Fue ella quien se acercó a mí, conocedora tal vez de mi amistad con el poeta fallecido gracias a la prensa, que tan benevolente me ha sido siempre. Eludiré hablar de la amistad que me unía a Gabino, no es tema para un cuento. Asun solicitó una cita que me fue imposible aceptar entonces. Yo tenía que partir esa misma noche y postergamos la charla, que me prometió intensa, para una semana más tarde.
- Conoce usted el bar de Felipe, en la pla... –intenté decir, no me dejó terminar.
- Lo conozco. Después de las ocho, a la hora que quiera –me dijo, lo confirmé en las nueve y se marchó.
Yo todavía no había leído el mísero legado de mi amigo Gabino, así que, en ese momento, no me sobresaltó el inciso de la hora. Sí que lo haría más tarde, en el tren, camino de Madrid, cuando por fin abrí el sobre arrugado que lo contenía. No quieran saber por qué todavía viajo en tren. Apenas conocí el contenido de las páginas, tuve la impresión de que Asun era el fantasma que atormentaba a Gabino. Tampoco hacía falta ser un lince. Lo que se me escapaba a entender era la perfidia que en un principio le supuse, punto trascendental que sólo pude aclarar después de hablar con ella, durante más de dos horas, en el anochecer sofocante del día que nos citamos en la remozada plaza del centro de la ciudad.
Reconozco que la impaciencia me hizo adelantarme a la hora. Ella también apareció antes de tiempo, más encogida de lo que la recordaba del funeral, con los ojos apagados, los labios crudos, el aire abatido.
Decir que hablamos de muchas cosas sería, de algún modo, mentir. Ella habló, yo apenas me limité a escuchar y a presentir otra vida que se apagaba sin remedio. Resumiré lo que interesa al caso: nunca hubo la carga sobrenatural que Gabino, quién sabe llevado por qué, sublimó hasta aquel punto. Siempre fue Asun y no ocultaré que hubo algún engaño.
Asun no era, como alguna vez declaró al poeta, una lectorcilla del tres al cuarto, una mera consumidora de grandes ventas de la intriga y el crimen de bolsillo. Su falsa modestia fue el primer engaño. Su amor y su admiración hacia Gabino propiciaron el resto. Porque ella le amaba desde antes de ser bibliotecaria, desde que le vio en el campus cuando él ya brillaba con luz propia en los círculos literarios provincianos, en la revista que editaba la Facultad, en las tertulias de entre horas en la cafetería universitaria. Pero a ella su figura siempre le había resultado imponente. ¿Cómo acercarse a alguien tan resuelto, tan seductor, tan genial? Más cuando ante la sorpresa general, no menor que la mía, se eleva al Parnasso con un libro de poemas; cuando con menos de treinta años sus versos aparecen en los libros de texto; cuando en la más prestigiosa de las revistas de las letras le publican cada mes uno de sus cuentecillos, esas joyas que cristalizaban en mi avergonzada envidia.
Si algún día se había fijado en ella, me contó Asun, para cuando ocupó el puesto en la biblioteca, ella estaba segura que para él no era más que una anónima funcionaria a la que trataba con una amabilidad que la turbaba. Ella le atendía diligentemente, procurando disimular su devoción en la exacerbación de su modestia y además, el principal obstáculo es que estaba casada. Las circunstancias de su matrimonio, diré, eran de tragedia griega, no tenía posibilidad de escape. Y, en cierto modo, no lo buscaba. Asun era feliz con sus visitas de lector empedernido primero y con la correspondencia clandestina, después. No supo prever el final.
Cuando Gabino se iba, luego de devolver el libro que acababa de leer, Asun lo cogía y lo manoseaba como un fetiche, buscando las sensaciones que le había producido la lectura, tratando de atrapar su aroma de hombre acurrucado en la cama, soñando imaginar los pasajes preferidos; viviéndolo, en una palabra. Así cayó en sus manos aquel poema malamente pergeñado en la servilleta, con letra apretada y confusa y así ideó el correo monocromo, como un juego romántico al que su ingenio, prodigioso en algún aspecto, tornó letal accidentalmente.
Ella le recomendaba las lecturas donde previamente introducía las notas. Cuando Gabino elegía al azar, tratando de sorprenderla, Asun, que siempre tenía la siguiente preparada, la deslizaba cuidadosamente mientras tramitaba las fichas. El azar quiso que cuando él venía con el libro directamente, sin pedirle a ella que se lo buscara, nunca mirara dentro. Opino, sinceramente, que de todos modos, aunque no hubiera sido así, él no la hubiera descubierto. No soy capaz de negar que, en algún momento de esta historia, Gabino hubiese sido capaz de creer que aparecían dentro del libro por ensalmo. Se había creado su propia superchería y se la creía.
Yo no puedo culpar a Asun de nada, si acaso de la muerte que no le ha de tardar; la vi en el hilo de su voz, que no dudo que no ha de ser su voz. Lo trágico del hecho, la memoria que no perdona y el acuciante sentimiento de culpabilidad se la van amortiguando. ¡Esa voz de las lilas!
Como mucho me atrevería a imputarla una culpa involuntaria, o quizá menos, que alimenta mis celos literarios. Antes de despedirse para siempre me entregó todos los poemas que había recibido de Gabino entre las páginas de aquellos libros que son de todos, incluido el primero, el más bello, el más deteriorado. Desprenderse de él era otro augurio. Con todos ellos y los otros que yacían en la memoria de su ordenador conseguí que publicaran su tercer libro lírico. Ese nimio trabajo, un escueto prólogo y el título de la obra son mi aportación al nuevo éxito editorial de Gabino O., un genio. «Violeta, ¡escucha!» está en todas las librerías. Ése es el inicio del último poema que recibió Asun, el más desgarrado; en la página 88 lo podéis encontrar, a mitad de la 89 termina.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Coces de ultratumba (De «El asno en globo»)

Me asalta algo más que la sospecha de que todos los versos que he recopilado del rincón que bajo el título de 'Coces de ultratumba' firmaba un tal Harri Ero en «El asno en globo», pertenecen a E.L. Kasher. No sólo por el bífido seudónimo y por la, más o menos, ingeniosa denominación de su intermitente espacio poético, sino también porque, después de más de veinte años de obsesiva persecución del personaje, creo haber desarrollado una percepción especial hacia sus letras. No hay nada todavía que apoye, ni científica ni biográficamente, estas conjeturas; me acojo, si acaso, a la peculiar inercia en la disposición de los versos y la inerme paradoja de su discurso aparentemente vacuo. Sólo aparentemente....
El soneto que publico aparece en el citado espacio del nº 49 de la revista, en la penúltima página, con otros dos poemas y el dibujo del alegre y, quizá, inapropiado cuervo que se acompaña.


Alguna mujer cuando el sol se pone
se llama María en alguna parte,
algún tonto te dice de casarte,
alguno muere, nace, se indispone.

Un lápiz hace que algo se emborrone,
algún poeta intentará engañarte,
algún fusil abate un estandarte,
alguien está a favor, alguien se opone.

Siempre hay alguno cuando muere el día
que dice te quiero por vez primera,
y hay quien lo calla cuando no debía.

Alguien leyendo versos de cualquiera,
alguno sembrando en tierra baldía
(algún loco violando a su enfermera).



martes, 11 de marzo de 2008

Solo

Tengo el día un poco enrevesado, lo reconozco. Por eso me apetece dedicarles este cuento a todos aquellos que, como yo, no han ganado una sola elección desde que se murió «Patas Cortas». Estoy tentado de votarle al PP en las próximas, empiezo a pensar que soy verdaderamente gafe, quizá así les haga pasar al grupo mix...
Bueno, lo dicho, pues:
para todos aquellos
que seguimos a la izquierda
con cara tontos.

SOLO

Saliendo de su choza, tomando todo recto hasta la playa, girando a la derecha hasta el camino que se elevaba desde las primeras rocas y después flanqueando el acantilado que desde allí se iba agigantando hasta los colosos del fondo, se llegaba en poco más o menos de una media hora a un mirador natural. Allí perdía las tardes mirando el confín del mundo que se había olvidado de él durante casi tres años. Además, había dejado de fumar y llevaba todo ese tiempo sin llevarse a los labios un miserable corto de cerveza. Estaba delgado como una sílfide y lucía un bronceado que para ellos hubieran deseado muchos artistas y diosas del famoseo.
Ésas eran algunas de las razones que podrían explicar por qué cuando divisó el buque oceanógrafo que lo iba a sacar de allí, en lugar del esperado júbilo no sintió sino una inquietante mezcla de confusión y contrariedad. Durante meses había deseado hasta la desesperación que algo por el estilo sucediera. De hecho, una de las primeras tareas que abordó apenas se depositó en la isla fue la de confeccionar un letrero ciclópeo a base de piedras, hojas y palos que abarcaba media playa y que seguramente se podría divisar desde una distancia considerable: HELP. Pero habían ido trascurriendo los días que formaron semanas que se convirtieron en meses que fueron más de dos años sin que nada remotamente parecido a un ser humano se acercara por allí. El mismo letrero, renovado, limpiado, mimado por meses había sido abandonado al fin, a causa del desaliento, a los caprichos del viento y los temporales, hasta quedar reducido a un ilegible mensaje. La arena había ocultado parte de las letras y el viento había trocado palos y hojas hasta dejarlo en una especie de caligrafía cirílica de loco solitario o de balbuceo angustioso.
La frustración había ido cediendo a la desesperación que, mucho tiempo antes de la llegada del buque, había dejado su sitio a un conformismo que pugnaba por convertirse en extraña felicidad. No podía negar que había cosas que echaba de menos. Después de todo, había vivido más de treinta años al abrigo de la sociedad de consumo en la que, dicho sea de paso, había gozado de lo que hasta entonces había considerado su parcela de éxito. La servidumbre del éxito afloraría sin remedio, pero tres años hablando con uno mismo y ocupado en el negocio de la mera supervivencia terminan por resquebrajar el más sólido hormigón de la más compacta creencia.
La isla no albergaba muchos peligros. Lo supo después de muchas vigilias donde un atávico miedo al desconocido enemigo que esconde la oscuridad y que nunca apareció, le apretaron el aliento ante cualquier ruido, el mismo infatigable de las olas en la playa de enfrente incluido. Acabaría superándolo, aburrido de esperar la muerte por las noches. Alcanzó una confianza absoluta y se decidió a gozar de aquella soledad.
El hastío de tantas horas iguales le fue agudizando el ingenio, sacándolo como el corcho de una botella de cava agitada con saña. Así, más que rodearse de todo tipo de comodidades, lo hizo de todo tipo de soluciones a las necesidades. Había empezado alimentándose exclusivamente de cocos, dátiles y demás frutos que desconocía hasta entonces. Sólo le faltó saborear las cortezas de los árboles para parecer mono. Más adelante, en una de las interminables tardes luminosas del trópico, se afanó tanto puliendo una piedra que acabó por hacerse con un utensilio fundamental con el que, a su vez, afilaría las varas con que ensartaba los confiados peces que nadaban en las rocas de la orilla; la misma piedra con la que modelaría los cuencos de madera donde depositaba el agua dulce y experimentaba triturando frutos y condensando sal; la misma piedra pulida que le brindó la posibilidad de hacer mejoras en la vivienda que fue levantando a ratos y que le salvó de más de uno de aquellos aguaceros salvajes, pertinaces e insufriblemente monótonos como tortura de un Dios inmisericorde. Era una especie de Cro-Magnon de un metro noventa y ojos azules.
Se fue olvidando de todo lo que había poseído antes del accidente porque había llegado a la conclusión de que lo poseía todo. La casa que tenía en la parte alta de la ciudad era el recuerdo que más fácilmente había recusado, no resistía la menor comparación con la actual morada. Para él era, definitivamente, el mundo. A Beatriz, su mujer, la recordó el tiempo necesario para lamentar no haber aclarado por qué habían dejado de amarse hacía tiempo y por qué nunca se habían ofrecido la tregua del divorcio, una solución que habían impedido las conveniencias. A su fabuloso empleo como ingeniero en una multinacional sólo le otorgaba el agradecimiento de haber sido, de algún modo, el causante azaroso de que hubiese llegado a esta apacible estancia.
Durante un tiempo le acució el lógico temor a volverse loco, a acabar conversando con los cocoteros y los helechos gigantes que crecían en el centro de la isla, a desintegrarse en los nuevos hábitos y cosas por el estilo. Pero llegó a la conclusión, plena de lucidez, de que la locura no existe sino en el mundo de los cuerdos y no se molestó en dejar de hablar con las nubes, de insultar al sol o de chillarle barbaridades de arriero al silencio que le rodeaba. Inventó juegos y se motivó en actividades disparatadas. Se le ocurrió buscar algún animal que amaestrar, para buscar una compañía fugitiva más allá del fragor de las plantas que lo inundaban todo. Hubo de desistir pasadas unas semanas, afligido ante la infame fauna de la isla. Concluyó desalentado que allí no había ni rastro de mamíferos ni de reptiles. Los únicos animales domeñables habitaban los riscos imposibles del acantilado y volaban con una maestría insultante.
De todo esto le hablaría meses más tarde de su liberación a Lidia, quien le ofreció una oreja amable, unos ojos de sincera curiosidad y un cuerpo, agradable aún, donde resarcirse de tanto y tanto esperma ofrecido a la espuma que anillaba la isla desde la misma plataforma en que se regalaba el lujo de una absurda intimidad. Lidia era un amor antiguo del estilo de los fuegos fatuos, una especie de volcán que se resistía a extinguirse sin entrar nunca en erupción. Era una alarma de reloj que se activa por capricho. Podían estar años sin verse pero, cuando lo hacían, el destino del encuentro era una pasión sin palabras y sin despedidas.
Se lo contaba a Lidia porque a su mujer se la encontró casada con un agente inmobiliario que le cayó bien, no acertaba a explicar por qué. Este hecho no le contrarió más que el fárrago burocrático que su súbita resurrección le había generado a todo el mundo. A él, porque estaba muerto en todas las listas oficiales; a Beatriz porque era, repentinamente, bígama; a la multinacional que lo mandó al Pacífico sur, porque se vio obligada a abonar una indemnización astronómica, de donde dedujeron lo que ya le habían pagado a la, ahora, ex viuda. Por suerte, no tenían hijos. Y, como él no tenía ganas de andar litigando el destino de unos cuantos millones, fue cerrando tratos a la baja. Lo hizo mientras fue capaz de pensar en otras cosas que no fueran el recuerdo melancólico de los meses en su cárcel de agua y selva y, también, el recuerdo amargo del día en que aquellos científicos australianos tuvieron la consideración de transportarlo a Sydney. En menos de ocho meses estaba de nuevo vivo en las listas del paro y de la Seguridad Social, estaba perfectamente divorciado y era dueño de un montón de millones que no le proporcionaban ningún júbilo especial, pero sí los medios para cumplir un deseo que, de algún modo, no era más que una misión vital.
En realidad, no había precisado más de dos semanas de vuelta a la antigua vida para tomar la recia decisión de regresar a la isla donde había permanecido los últimos años. Prefería morirse de aburrimiento que de asco. Encontrarse a Beatriz felizmente casada le había sentado bien, le había evitado el enojo de unas justificaciones inservibles y había acelerado el deseo de la fuga. Pero no podía viajar sin identidad y esperó los trámites sin la paciencia del náufrago solitario que acababa de ser.
- Un día se me antojó saber en qué tipo de isla me encontraba. ¿Grande, pequeña, mediana? No por nada, puede que por tener conciencia del espacio que tenía adjudicado o, por qué no, que poseía –le contaba a Lidia una tarde, recostado en la cama de la mujer-. Pues verás, lo que parecía un juego de niños se convirtió en una tarea que me llevó semanas. La idea consistía en rodearla por el litoral hasta volver al punto de partida. Una más que lógica asociación de ideas me llevó a pensar que sería cosa de una tarde. Me imaginaba un náufrago como esos que dibuja Forges, en un islote enano. Y, ya ves, me tuve que dar la vuelta porque veía que caía la noche y no había alcanzado a doblar el acantilado. Me di cuenta de que estaba ante un auténtico reto. Hizo falta planificación y logística. Fabriqué unas estacas que utilicé como mojones. Cada quinientos pasos, colocaba uno. Cuando clavaba doce, regresaba. Al día siguiente volvía, arrancando las señales del día anterior y en el lugar de la duodécima estaca levantaba un túmulo: seis mil pasos. Como es normal, cada día tenía que empezar desde más lejos. Tuve que dejar la topografía para dedicarme a reunir la intendencia necesaria para dormir lejos de la choza. Monté tres campamentos base a lo largo del recorrido; no me quedaron más narices, por más mojones que clavaba, la puñetera isla no se acababa nunca.
Lidia se acurrucó a su lado, escuchando atentamente. Le gustaban esos relatos aunque, a menudo, tenía la impresión de que él se los contaba a sí mismo, que en esos momentos era como si ella no estuviera ahí, desnuda y entregada a su lado, rozándole suavemente el muslo con el pubis todavía húmedo, abrazándole tibia, quedamente.
- Sesenta y seis mil cuatrocientos ochenta y nueve pasos de perímetro insular. Era, o mejor, es una isla inmensa para un solo hombre. Durante la medición la fui conociendo. No todo fue clavar estacas. Dediqué días enteros a conocer el paraje al que llegaba. Descubrí maravillas. La fui haciendo mía.
Más parecía que la isla se había ido haciendo a él. Se giró y la miró a los ojos, le alzó la barbilla dulcemente y la besó, rozándola apenas. Lidia se sacudió, estremecida.
- Dentro de unas semanas regreso. Hay un pasaje para ti, si quieres.
Acogió la proposición con sorpresa. Nunca antes él le había mostrado un nivel tan alto de compromiso. Ella tampoco, no lo podía negar. Llevaban años amándose como osos grises, aún por encima de sus fracasados matrimonios, encontrándose y separándose en una aventura sin citas. ¿Qué clase de hombre era aquél? A Lidia no le resultaba disparatado aceptar que lo amaba, tampoco convencerse de que fuera capaz de amarlo a tiempo completo. No podía constatar nada, salvo que nunca lo habían intentado.
- Será una aventura maravillosa. –convino ella alegremente.
Yo no tuve noticia de su rescate de hacía meses hasta cinco días antes de su partida definitiva. De ella me hablaba en la carta que recibí en un hotel de Ámsterdam donde me alojaba y donde, una vez más, no era feliz. También, con otras palabras que son las mismas, a fin de cuentas, me contaba todo lo que he referido antes y algunas cosas que no rescato de su secreto. Era una carta interminable, como los pasos que abrazaban las medidas de la isla. La carta de un amigo de aquella generación de perseguidores de sueños. En el último párrafo me pedía que me encargara de Lidia porque había urdido una traición. No se le daba bien tratar con las mujeres y Lidia no se merecía las justas palabras que sería incapaz de pronunciar. El resultado del plan no era tan vil. Sí era de esperar el lógico enojo de Lidia por citarla en el aeropuerto un día después de la verdadera fecha de partida. Tengo la convicción de que ella lo intuyó, quiero tener la esperanza de que lo deseara.
En el inmenso hall la encontré, no tan pendiente del reloj como del equipaje, excesivo a todas luces. Entendí entonces las razones de mi amigo y supe que intentaba salvarla de una traición mayor. Él no iba de turismo, ella no había sabido verlo. Y, claro, no había palabras que explicaran que no se podía explicar con palabras lo que quería de ella: le había lanzado una llamada de náufrago en toda regla porque era un viaje sin regreso. Yo, sinceramente, no puedo negar que ella no lo supo descifrar o que, quizá, la aterrorizara la posibilidad del amor sin intermedios.
- No va a venir, ¿verdad? –me soltó apenas verme. Nos conocíamos y no vio casual mi aparición, yo soy un habitual de los andenes, no de los aeropuertos. Me gusta llegar despacio.
Así fue más fácil. Casi no tuvimos que hablar.
-No es que no vaya a venir. Es que ya se ha ido.
Nos despedimos, posiblemente para siempre. Ayer un muchacho con un casco de motorista me entregó un paquetito. Él había dejado dispuesto que fuera en esta fecha. Yo ya había empezado este relato que no aseguro vaya a entregar a mi paciente editor. Escribir es lo único que me ha salvado de mí mismo toda la vida, algo que ni siquiera han logrado los incontables viajes en tren que nunca me han llevado a ninguna parte. Quizá no he encontrado mi isla como hizo él. Un paraíso donde sólo le pudo la soledad y por eso se ofreció a Lidia. Se dio cuenta a tiempo y rectificó, acordándose de mí.
Escribo mirando el equipaje desparramado por el suelo del salón, mirando los pasajes y las instrucciones para alcanzar la isla ignota donde me espera, mirando el bolígrafo azul nacarado con que escribo desde hace quince años y mirando al teléfono que no acabo de descolgar para solicitar el taxi que me lleve a tiempo de coger el avión que tiene su salida en menos de cuatro horas vía Roma- Estambul-Nueva Delhi...

sábado, 8 de marzo de 2008

ZANEDBÁNÍ NEMOZNÝ, BÁBINKA

Me preocupa el olvido
y su urgencia de piel
y su mentira de manos.
El olvido crea bicicletas.
Puedo, tal vez, ser más concreto
pero no puedo rebasar
el límite de estos ojos.
Bicicletas por la piel
apresurada de la memoria fiel.
Piel fiel.
Piel de miel.
Hóspito columpio
dentro de dos túneles tibiamente grises.
Las manos van a las manos
con las manos del poema.
Y un poeta bate las suyas,
preocupado y ocupado
en el olvido...

viernes, 7 de marzo de 2008

A la señá Facunda

Sabrán ustedes perdonar esta repentina ausencia preprimaveral. Y no, no es que haya sido a causa de la incipiente primavera y a que me haya afectado diversas hormonas o diversas musas, no. Ha sido un pequeño cúmulo de circunstancias las que han obligado a descansar las cerezas en la repentina, y bienvenida, nieve de estos últimos días. Entre las causas más importantes, y menos poéticas, se halla el renqueante caminar del explorador de este nuestro ordenador antediluviano.
Pero, si bien el Explorer no acaba de ponerse las pilas, el buen amigo Firefox ha hecho un aparte generoso para que pueda homenajear que mañana, a más de ser el día de la mujer trabajadora (mi más rendida pleitesía a todas ustedes, yo creo que trabajadoras son todas), es el día en que mi señora madre hubiera cumplido 79 años. Un subrepticio tumor cerebral le impidió cumplir los 76 un octubre. Se la llevó de una forma en que nadie debería de morirse jamás, pero, deben ustedes creerme, jamás cesó el aliento de su sonrisa. Suena a topico recalcitrante, lo sé, pero no tengo más remedio que decir que era de una fortaleza de ánimo arrasadora, su salero de buena extremeña espartera era proverbial, su sabiduría iletrada, inagotable. Y, si todo ello fuera poco, por aquí todavía se recuerdan sus termos de café en los primeros inviernos en este centro, cuando una triste Butatern intentaba calentar una sala de más de 50 metros cuad...
Para ella, pues.

Nunca se vuelve allí nada amarillo,
debajo de esas parras prodigiosas
donde, dulce, revuelto entre otras cosas
sigue un dedo enroscado en mi flequillo.

El tiempo es verdad, no soy un chiquillo,
pero a veces, suceden, milagrosas,
venturas que reviven mariposas,
su edad es mi memoria, esto es sencillo.

El recuerdo es de un parque umbría esquina,
silencio donde nada se estropea
repasando la vida que se inclina.

Siéntate al lado, deja que te vea,
te invento igual de hermosa, me ilumina
esa mirada, madre: luz de aldea...