miércoles, 14 de marzo de 2007

«¿Tienes un cigarrillo?» (De 'el asno en globo')

Siempre dibujaba pájaros. Allí, en el rincón del jardín, sobre la limada mesa de piedra, bajo la enredadera, dibujaba pájaros y más pájaros. Allí le dejaban fumar. Fumar y dibujar. Fui a visitarle cinco veces y todas le encontré en aquel rincón umbrío dibujando pajarillos casi idénticos, maravillosos pájaros que hacía con cuatro trazos de rotulador. «¿Tienes un cigarrillo?» me pedía, aún sin acabar el anterior. Yo, por entonces, ya no fumaba, pero me habían avisado de su obsesión y acudía a las citas con dos o tres paquetes de rubio cada vez. Y mientras él rellenaba hoja tras hoja con sus frágiles pájaros, sin parar de hablar, yo le iba pasando pitillos que encendía cada uno con la brasa del anterior. Vivía en un mundo de pájaros y de humo. Porque las palabras son humo. Dejé de ir a visitarle porque creo que empezaba a envidiarle. Cuando alzaba la vista y miraba a las ventanas de enfrente, como si allí estuviese el pájaro que garabateaba a continuación, dibujaba en la mirada esa paz que jamás se alcanza en la cordura, creo estar seguro de ello.
Me contó algunas cosas interesantes acerca de la revista trimestral que elaboraban y, además, me sugirió algunas pistas sobre el poeta; pero reconozco que, observándole allí, llegaba a olvidar que aquello, la búsqueda de E. L. Kasher, era lo que me había llevado a visitarle. El cigarrillo en la izquierda, entre el anular y el corazón y no entre éste y el índice, como es costumbre, un mechón indómito cayéndole constantemente sobre el ojo izquierdo, un paquete de folios blancos delante a la derecha, otro de folios llenos de pájaros, a la izquierda, cuatro rotuladores negros de punta 0,3 y un cenicero de barro que rebosaba, así era. Miraba hacia la fachada del sanatorio, bajaba la vista, una calada profunda y garabateaba nerviosos trazos, alzaba la vista como si comprobara su obra, le daba el visto bueno y lo apilaba a la izquierda. Fumaba. «¿Tienes un pitillo?» Tomaba otro folio, fumaba, mirada al frente... Fumaba entre pájaros y me hablaba con su convicción desmedida, como si nunca hubiese tenido una duda. Los pájaros, casi idénticos, volaban leves a su izquierda, se amontonaban sin cárceles, pero sin libertad.
Dejé de ir como una maldición triste. Supe que había muerto apenas dos meses después de mi última visita. El director no supo explicarme qué aceleró su enfisema ni por qué, de súbito, una tarde dejó de ver pájaros en la fachada del sanatorio que daba al jardín. Me entregó el último número del «Asno en globo» y dos fardeles que contenían casi dos mil folios llenos de preciosos gorriones, jilgueros, ruiseñores o txantxangorris, no sé. Pidió que me los dieran a mí, cualquiera sabe por qué. Llevo una semana empapelando mi escritorio con su legado. He vuelto a fumar. Pero me siento en la gloria aquí, ahora, escribiendo esto en este silencio extraño, donde parece que va a estallar algo, como una algarabía de papel, no sé...

lunes, 12 de marzo de 2007

viernes, 9 de marzo de 2007

Un primer poema, Alejandra

No ya sólo en las palabras
ni en las preguntas que se desvanecen
en la penumbra, tampoco ahí.
Ni en los sitios que recuerdo
como santuarios amargos
Ni en las flores que se nombran solas,
ni en los nombres,
en las cosas importantes menos,
marcas de tabaco rubio,
silencios de música, vértigos...
¡Ah, si pudiera alzar el cáliz
de los remordimientos
y recuperar la sed de las tragedias aprendidas!

jueves, 8 de marzo de 2007

El mago de Hoz

No sabía muy bien por qué, pero fui con una libreta nueva. Tal vez fue debido a la machacona insistencia de mi amigo Fermín Alustiza. Quizá porque intuí que algo me iba a sorprender. Es posible que sólo fuera porque casi siempre suelo llevar una, pero lo cierto es que tomé una libreta nueva y, con ella en el bolsillo, me dirigí a la discoteca donde actuaba.
Fermín me había prevenido para que soslayara la falta de espectacularidad y bambalina de aquel número de magia que tanto me recomendaba.
- Escucha, se trata una actuación que raya en la indigencia. Nada de luces alucinantes, nada de vestuario barroco, nada de la clásica parafernalia que acompaña a los ilusionistas. ¡Hasta la chica que acompaña al mago es más fea que picio! - me había, a todas luces, exagerado.
Pensaba en las palabras de mi amigo mientras esperaba el comienzo del espectáculo tomando un gin-kas cargado. Había conseguido una de las mesas más próximas al escenario, ligeramente a la derecha. Él apareció desde la izquierda con exquisita puntualidad. Sólo necesité quince minutos para constatar que el buen Fermín no había exagerado un ápice; ni en lo de la pobreza de medios, ni, aún menos, en el elogio de la indudable calidad de aquel espectáculo que casi me había conminado a ver.
Creo que la descripción del número que hice en mi libreta allí mismo es tan concisa como fiel. La transcribo sin menoscabo para el relato:

«Surge vestido con insultante sobriedad. Pantalón negro, camisa blanca. Sin satenes ni brillantinas. Gordo sin estridencias. Recoge una melena de cuarentón en un coletero de goma. Habla despacio, bromeando inteligentemente, sin fatigar a la clientela. Anuncia un único y exclusivo número. Se acompaña de una mujer no menos joven, bastante menos bella. No han tenido la mala leche de ponerle minifaldas ni lentejuelas; así, luce una falda plisada negra y una camisa blanca sin escote de ningún tipo, su pelo es una escarola desordenada y muy morena. Llegado un momento, ella le ofrece un saco de arpillera que va a ser el centro del espectáculo. Un espectáculo que consiste básicamente en lo siguiente: a) el mago desaparece en el saco, una pieza basta de unos 90 cm de alto por otros 50 de ancho, más o menos. b) el mago aparece, segundos después, por la puerta del armario colocado «ad hoc» en el fondo izquierdo del escenario, según el público. c) el mago y su acompañante saludan brevemente, suena una música poco usual, desaparecen tomados de la mano. Así descrito puede desanimar a cualquiera y uno no entendería que le contaran la atronadora ovación con que abandonan la sala. El caso es que es preciso ver de qué manera ese hombre va siendo engullido por el saco que desciende desde arriba, cayendo lento hasta cubrirle la nada despreciable panza, los muslos, las pantorrillas, los pies. Hay qué presenciar en qué forma, súbitamente, el saco se hace aire y se desploma, vacío, sobre la escena. La mujer, que en su severidad gestual recuerda a más de un mafioso del Padrino segunda parte, recoge la prenda y no tiene problemas en lanzarla al público justo en el instante en que el hombre resurge, indemne, por la puerta color malva del mencionado armario del fondo. Añadir, someramente, que el mueble ropero es de una única puerta y que se sustenta sobre cuatro patas de unos treinta centímetros que evitan la suspicacia de una trampilla escondida...»

Fermín Alustiza acababa de meterme un gol en toda regla. Yo no ignoraba que estaría regocijándose imaginando mi esfuerzo por tratar de pillarle el truco al número. De sobra es conocida mi afición a los relatos de fantasía y a hacer uso de magias y hechizos en más de uno de los que he firmado. Menos conocida es la afición que comparto, con tres o cuatro allegados, al mundo del ilusionismo. Y dentro de esa afición, malamente practicada de puertas adentro, yace el placer de desbaratar la ilusión que acabamos de presenciar. El prurito de adivinar el ‘cómo’.
Aquella actuación me acababa de dejar, con sinceridad, perplejo. En primer lugar, porque tenía poco que ver con la idea que de un número de magia se tiene. La propia excesiva sobriedad en que había incidido mi buen amigo Alustiza era algo que me encantaba. El toque de la ayudante poco agraciada y entrada en años era digno del mejor Duchamp. Y la ejecución era, sencillamente, impecable. Desalentadoramente impecable.
En el verano, cuando ya le había visto realizar veinte veces el número del saco, conocí a Mercedes. No hubiera hecho falta todo el montaje detectivesco que armé para sacarle más información que añadir a mi libreta. Me presenté, sin mentirle del todo, como periodista. A fin de cuentas, algunos artículos he perpetrado en revistas especializadas. No puedo decir hasta qué punto me sorprendió que reconociese mi firma.
De cerca era más fea que a la distancia habitual de público desde la que la había observado hasta entonces. Era, si se puede decir así, todo su defecto. Pues hacía tiempo que no hablaba con nadie tan cordial, inteligente ni interesante. No sé por qué había decidido yo que aquella pareja de ilusión escondía alguna sórdida, extraña o rocambolesca y secreta historia. Nada más lejos de la realidad. La manera en que aquella señora me iba poniendo al día de todo cuanto yo deseaba saber, no ya sin ofrecer resistencia, sino incluso aderezando la narración con exquisitos chascarrillos y pasadizos acerca de su pasaje por el mundo, siempre imprevisible, del espectáculo, me hizo sentir cierta vergüenza.
- Usted lo que realmente quiere saber es cómo lo hace, ¿a que sí? –me preguntó a bote pronto, cuando estimó que habíamos alcanzado el suficiente grado de confianza. Mi sonrisa alelada le dio la razón.
Para entonces yo ya sabía algunas cosas acerca del mago. Sabía que había abandonado mujer e hijos hacía dos años para dedicarse, repentinamente, a la magia. Sabía que no sólo nunca ensayaban el número, sino que tampoco nunca habían ensayado ningún otro. Que la misma Mercedes se había sorprendido cuando en alguna ocasión él había introducido alguna novedad que alargaba la duración de lo del saco. Esa misma noche, unas horas antes de la entrevista, había hecho aparecer del mismo un montón de artículos, propiedad de varios de los asistentes. Varios relojes, algunas carteras, un par de gafas, una pulsera y un delicado sujetador que fue entregando a los atónitos dueños.
Desde la primera vez que lo vi hasta la noche estival en que me entrevisté con Mercedes había ido adquiriendo bastante renombre. La mujer me había advertido que, aunque solitario, era un tipo divertido. Decía que el hieratismo del número obedecía más al gusto artístico personal de su jefe que a su propio carácter. El número en sí, sin perder nunca su esencia, era ahora más divertido que al principio, más largo también.
Por supuesto, enseguida supe que ella no me iba a revelar el truco. Es más, creo que pude intuir que ignoraba tanto como yo la mecánica de aquella maravillosa ilusión que me tenía obsesionado desde hacía casi un año. Tanta era mi obsesión que había llegado a visitar algunos de los talleres para magos en los que alguna vez me había surtido de trucos para sorprender a mis amigos. Cesc, el dueño de Imaginatic, con quien me unía una vieja amistad y varias borracheras por bares ignotos de Barcelona, no había podido ayudarme.
- No, querido, nunca hemos trabajado para él. Y créeme que me encantaría saber cómo diablos ejecuta ese mutis. Le he visto ya dos veces –admitió- y, aquí entre nosotros, es el trabajo más limpio que he visto en años. Claro que tú entenderás –remató sonriendo maliciosamente- que si fuese un producto mío tampoco te lo iba a decir. Somos un poco como curas, amigo. Por la cuenta que nos trae, claro.
No ignoraba aquello, pero también sabía que todo tiene un precio. Aunque mi intención tampoco era la de comprar el secreto; buscaba, simplemente una pequeña ayuda, algo que me ayudara a entender por dónde iban los tiros. Cesc me proporcionó algunas direcciones interesantes. Una en Siena, otra en París y un par de ellas en Praga. La francesa me era conocida y a Italia no me apetecía viajar, así que aproveché la disculpa para ir, por enésima vez, a la adorada capital checa.
Llegué a Praga un mes después de haber hablado con Mercedes. La afluencia de turistas había menguado para esas fechas, pero aún era agradable pasear por las antiguas calles de la ciudad mágica. Me instalé en el viejo hotel de siempre. El mismo donde alguna magia me espera cada vez, donde siempre tengo la esperanza de que algún día seré feliz definitivamente. Esta vez la magia me esperaba en forma de mago real. Él se hospedaba allí mismo. No quiero pensar que no fue un azar.
Julián García de Hoz, alias Mago de Hoz, me hizo un gesto desde su mesa para que le acompañara. Preferí creer que aquello obedecía a la insistencia de mis miradas, pero no era capaz de ignorar que me sentía emplazado. Tomé mi consumición y abandoné la barra.
- No me diga que actúa usted en Praga.
- No, en Viena, pasado mañana. Pero prefiero esta ciudad... –respondió, para continuar, agachando la voz irónicamente- Es más mágica.
Me invitó a tomar otro trago y a preguntarle lo que quisiera después de aconsejarme que abandonase la inútil búsqueda entre los fabricantes de ilusiones. No había encargado ninguno de los materiales en ningún lado. El saco lo había adquirido en una ferretería y el armario se lo había fabricado un conocido siguiendo sus instrucciones. Si había algo más, desde luego que podía apostar a que no me lo iba a contar.
- No debería usted obsesionarse de ese modo con el truco. Terminará por no disfrutar del espectáculo. Y, además, no debería usted verlo tantas veces, tampoco es un número tan espectacular. Un saco, un armario, una desaparición, una aparición...
Le dije que tal vez no fuese nada novedoso, pero que jamás nada tan viejo se había ejecutado tan bien. Sólo había que ver cómo su celebridad había ido «in crescendo» sólo con el boca a boca, a pesar de no haberse, precisamente, publicitado en exceso.
- Pero hombre, la magia, el ilusionismo, siempre funcionan así. Te contratan de relleno en espectáculos, actúas en pequeños garitos, teatros de mala muerte, etcétera. Si gustas no hay problema, los empresarios suelen estar atentos a las novedades. Hay un circuito, ya sabe usted.
Tendría poco más de cuarenta años y una tristeza feliz en la mirada. Tuve la sospecha de que disfrutaba con la charla. Pidió otra consumición que me empeñé en pagar. No esperó a que siguiera inquiriendo. Decidimos tutearnos. Fumaba desesperadamente.
- Te preguntas por qué dejé familia y casa. También te extraña por qué siempre hago el mismo número. Te resulto misterioso, lo sé. Digamos que en el fondo de todo hay una mujer. Eso le vendrá bien a tu relato. No me mires así, hombre, ¿eres escritor, no? Además, te he visto tantas veces en las salas donde he actuado, te he visto tantas veces con esa libreta que entra y sale de tu bolsillo... He leído tus cuentos. Y, en el fondo, alguno de ellos tiene un poco de culpa de todo esto.
Aquello abonó mi perplejidad. No era yo precisamente uno de los abanderados literarios del país. Menos aún un escritor tan profundo como para influir en el devenir de la vida de quien me leyera. Sí es cierto que, llevado quizá en exceso por perniciosas lecturas, escribía relatos donde la magia obraba de un modo o de otro, con mayor o menor fortuna, como catalítico de mis historias.
- Hay cosas que no se pueden revelar, como lo del truco. Te diré que hay un amor y hay una búsqueda. Tenía que viajar para estar con ella. Y hay una maldición. A veces lo que más se desea acaba convirtiéndose en eso, en una maldición. Pude estar con ella... La idea vino de un relato tuyo. Pero el final es muy distinto...
Supe a qué relato se refería en cuanto me lanzó la cajita de fósforos. En aquella historia la luna propiciaba la magia de un encuentro en una playa determinada. Magia, encuentro, separación. Al final, el narrador era quien encontraba su oportunidad en la oportunidad de los mágicos amantes. Ahora me sentía un tanto aturdido, como si anduviese transitando por viejas historias mías. Como si no estuviese en Praga ni hablando con un ilusionista, sino actuando en un cuento que era siempre el mismo cuento; como el ‘Mago de Hoz’ desaparecía siempre en el mismo saco.
Había dejado la seguridad de su trabajo de funcionario para empezar de mago con casi cuarenta años. Del anonimato de los pubs de su ciudad al circuito que había mencionado, en apenas un mes. Rescató a Mercedes de una situación ignominiosa. Abandonada por el maltratador de turno, con tres niños, limpiaba cien portales. Uno de ellos era el del piso donde el mago vivía de alquiler. En la cola del supermercado descubrió que era una mujer inteligente y conversadora. Ni siquiera precisaba la eficiencia que era obvia en ella para contratarla. Le atrajeron su presencia de ánimo y, me confesó sin pudor, la paradoja de su fealdad para el espectáculo.
Ella aceptó el trabajo. Lo hubiese hecho por la mitad, pero él insistió en que fueran a partes iguales. Supo entender que en aquel desapego monetario no había nada más que eso, desapego. Y eso que cuando le ofreció el contrato, él aún desconocía que alimentaba cuatro bocas. Ni siquiera era compasión. Ella no ofreció incómodos prejuicios a tanta generosidad y aceptó sin preguntar.
Al principio trabajaban más. Hasta cuatro actuaciones por semana. Pero cuando consiguió un caché casi de estrella, el mago decidió que se harían de rogar para ser disfrutados. Un show por semana, dos ocasionalmente. Ella no objetó nada, nunca lo hizo, pese a que no le hubiese venido nada mal el extra que suponía la frecuencia de los primeros meses. Así volvían antes a casa, al menos ella; él acostumbraba a permanecer perdido hasta que se encontraban en la ciudad de la próxima actuación.
Del amor que parece ser que un día lo trastornó sólo pude saber que algo lo había convertido en imposible, que ella tenía unos ojos que te robaban el alma con la mirada y que la magia nada podía hacer, de momento.
- Todo el poder en tus manos y no poder hacer nada. ¿De qué te sirve descubrir que eres un mago? Para ir deshaciendo poco a poco toda la ilusión. Un día cerraré los ojos con sus ojos y entonces quizá entiendas dónde está el truco.
Fui a verle, dos días después, a Viena. Tuvo el detalle de transportar una hermosa rosa blanca del escenario hasta el bolsillo de mi americana. Me la regaló. Aún luce como un milagro en el escritorio de mi estudio. Dejé Viena y dejé Praga unos días después, no le volví a ver hasta hace ocho días en Albarracín. En un Festival Mundial de Magia de UNICEF.
La plaza estaba abarrotada. Por estas fechas empieza a refrescar en la sierra, por eso el festival empezó cuando aún había un hermoso sol sobre la ciudad. Al fondo, ocultando justo el Ayuntamiento, habían levantado un escenario portátil, con el lema del evento y las banderas de rigor.
La luna, casi llena, había relevado al sol cuando el Mago de Hoz apareció en escena, le acompañaba una excesivamente seria Mercedes. Yo ocupaba una silla plegable de la cuarta fila, ligeramente a la derecha. Delante de mí, un sinfín de prohombres y autoridades ocupaban las filas de privilegio. No podía quejarme de la ubicación, demasiado buena para un forastero. Le recibió una ovación de lujo. El número del saco había hecho historia, no cabía la menor duda.
Se dedicó a bromear un rato con pequeños trucos de manos. Bajó, mezclándose entre el público y se dedicó a entretenerse con los abalorios de los asistentes, como acostumbraba últimamente. Cosas aparecían y desaparecían entre sus dedos como si nada, con rapidez inaudita. Pasó cerca de mí, maltratando carteras, relojes y alguna que otra prenda íntima. Cuando llegó a la altura de la fila diez u once, de pronto, su gesto cambió, pareció paralizarse un segundo. Dejó el patio empedrado de la hermosa plaza tapizada de público y subió de nuevo al tablado.
Ejecutó todo el número con la mirada perdida en un punto detrás de mi cabeza. No volvió a hablar. El saco fue cayendo como tantas veces antes lo había visto. Hasta cubrirle entero, hasta desplomarse en las maderas del escenario. Mercedes cumplió con su breve cometido. Lo alzó del suelo y lo lanzó al público. Me cayó en las manos como una premonición. Mercedes señaló el invariable armario malva. Pero la puerta no se abrió.
La mujer esperó casi un minuto, extrañada, con el brazo extendido esperando la aparición de Julián. El armario no se abrió. Me buscó en la penumbra del patio. Me levanté, arrugando el saco entre las manos. Dentro había algo. Un papel. Dentro del armario no había nada, ni nadie.
Se armó un gran revuelo. La gente esperaba verle aparecer en cualquier balcón, por cualquier puerta de cualquiera de los edificios de la plaza. Yo sabía que eso no iba a suceder. Unos tímidos aplausos animaron a otros que animaron una ovación tímida. Se alzó un murmullo compungido.
Abandoné mi localidad pensando en todo aquello. Una mano me tocó el hombro. Me giré y descubrí unos ojos que te robaban el alma con la mirada. Me miraba y miraba el saco.
- ¿Te importaría regalármelo? –preguntó con una dulzura irrevocable. La miré lo menos triste que fui capaz.
- No había truco, nunca ha habido truco –acerté a decir mientras le tendía la prenda, pero hablaba para mí.
- Lo sé. Eso nos separaba. Ahora todo ha terminado.
No sé en qué momento desapareció de mi vista. Llegué al hotel donde me alojaba callejeando sin sentido. La luna parecía gemir su luz tras las murallas. Abrí la nota que no había querido leer antes.
«Ella va a venir al único sitio donde podemos estar juntos para siempre. Si alguna vez te cruzas con alguien que se parezca a mí y que se llame Julián, no te pares, será otro. Sólo hace falta que le hayas dado el saco sin haber leído esto, que hayas visto llorar la luna y que no te sientas triste en absoluto para que todos los conjuros se disparen. No dudo que te ocuparás de Mercedes en cuanto puedas, es una mujer hermosa, créeme.»
He empezado a escribir esta historia diez veces, pero sé que esta es la definitiva. Cuando releía para corregirla, la rosa blanca que está sobre mis carpetas me ha sonreído amablemente, reluce como recién cortada.

martes, 6 de marzo de 2007

hiperlaburra: «Bera eta bestea»

Hainbeste miresten zuen, ezen besteak zeukan bizartxo berdintsua ere utzi egin zuen. Pozaren pozez itxura berria erakustera hurbildu zitzaion. Bestea, zegoenekoz, biboteduna zen. Are gehiago, besteak eraman ohi zuen larruzko zamarra flekodun berdin berdintsua erosi zuen egun berean, kalean topatu zuen bestea koadrozko amerikanaz eta garaiz kanpoko gorbataz jantzita zebilela. Berak bere betiko nortasunera itzuli nahi izan zuenean eta Cernudaren bertso haiek irakurtzen hasi zitaionean, besteak etendu egin zion, hasitako poema buruz gogoratzen zuela bukatuz. Eta berak bere garagardoa eta besteak bere koinaka bukatu zutenean, elkarrekin begiratu zituzten izarrak.

hiperbreves: «Despertar...»

Apenas tuve tiempo de despertarme y la pesadilla empezó a ser realidad. Apuré la ginebra que quedaba, necesitaba ese trago. La miré. Era tan hermosa... Belén no era como las demás, nunca lo había sido y yo la amaba como a nadie. La había amado desde el instituto. Pero tuvo que ofrecerme la maldita cocaína. ¿Por qué demonios, cuando la tomo, lo haré siempre como si lo hiciera dentro de un sueño? Y al despertar, la pesadilla de siempre: descuartizarla, guardarla en el arcón del sótano... Y lo peor, ¿de dónde sacar las fuerzas para comerse a la única mujer que realmente has amado? Porque uno será lo que sea, pero tirar, nunca tiro nada...

¡Acábalo, acábalo!

-¡Acábalo, acábalo! –me urgió Alicia aquella mañana. Lo hice. Toda mi vida he sido un pusilánime y obedecí, aún sabiendo las posibles consecuencias.
Yo tenía tres pasiones. Las dos más patentes eran el montañismo y el que yo tenía por amor secreto hacia Anuska. Pero Anuska no es ya sólo que prefiriese el cine, las visitas a museos y cosas de ese calibre, es que aborrecía el senderismo, el montañismo, la escalada y demás actividades que tuvieran que ver con una cumbre. Yo no odiaba las cosas que a ella le resultaban interesantes pero no estaba dispuesto a negociar mi pasión alpinista. Esto no dejaba de ser una especie de autoconvencimiento pueril, pues la misma pusilanimidad que me era proverbial me había impedido siempre incluso la posibilidad de considerar el hacerle saber mis sentimientos.
Así, mi amor se convirtió en una especie de adoración platónica y adolescente que, paradójicamente, me llevaba cada vez más a menudo de escalada o de caminata por los preciosos montes que configuran el paisaje de nuestra tierra. También me llevó hasta Alicia, quien, a su afición montañera unía otra que fue la que, por desgracia, la colocó en mi camino.
Mi tercera pasión era, y es, la felación. Y Alicia, chupando penes, poseía un magisterio incomparable, al menos con cuantas yo podía comparar, que tampoco es que compusieran un elenco como para tirar cohetes. A mí se me olvidaba la mala fama que tenía en nuestro barrio cuando me la tomaba al arrullo de sus carnosos labios, del sabio empleo de sus feos dientes, de su generosa lengua. No tenía la dulzura de Anuska en la mirada, ni su hermosura, tipo, ni cultura, y menos, esa risa contagiosa y tibia con que mi amada me derrotaba sin saberlo. Pero felaba como nadie y, además, disfrutaba haciéndolo.
Aquella mañana de santa Águeda salimos a hacer la ruta anual del club alpino en el que estábamos federados. Aún había rastros de nieve en las laderas umbrías de los montes más altos. Cuando todavía no habían empezado las rampas verdaderamente empinadas que llevaban a las primeras estribaciones del pico de casi mil metros que hollábamos cada febrero, Alicia y yo empezamos a rezagarnos del grupo. En el punto en que nos acercábamos a la fuente de hierro cercana al antiguo refugio alpino, ella tiró de mí, sacándome del sendero. Terminamos rodando cerca del rústico albergue, después de que ella se afanase en mi sexo con mil hábiles lengüetazos. No era la primera vez que nuestros paseos campestres acababan en magníficas sesiones de sexo oral. Pero esa mañana nos enredamos en un coito extraño en nosotros, poco dados a penetraciones. La urgencia había hecho que nos acopláramos sin protección alguna, por eso intenté escapar de su interior y dejarme ir sobre la hierba que acabábamos de planchar con nuestros cuerpos.
-¡Acábalo, acábalo! –me urgió, agarrando mis nalgas y apretándome sobre ella. Lo hice. Y claro, quedó preñada. Y claro, cumplí como un imbécil, casándome con ella.
El azar quiso que el mismo día que una, Alicia, me daba la mala noticia de su embarazo, la otra, Anuska, al auspicio de los apestosos kalimotxos de una noche de fiesta en un pueblo cercano, me declaraba un amor que me tenía, según ella, desde párvulos.
Una vez casados, Alicia siguió chupándomela con el magisterio de siempre. Era cuanto quería de ella y, además, aquello me subyugaba. Era tanta mi debilidad ante el magnífico empleo de su boca que me mantenía en una especie de sugestión idiota de la que ella se aprovechaba sin miramientos. Pero no tardó mucho en descubrirme su otra pasión: la bebida. Su dependencia del alcohol fue creciendo día a día, hasta convertirse en el guiñapo de mujer que era aquella noche fatídica en que acabó, muerta, en la bañera. Por el camino, me dio tres hijos y un tormento de insultos y malos tratos que aguanté hiptonizado por la ilusión de su lengua en mi pene. Hasta que su continua embriaguez la llevó a un estado que le hizo cometer el error de negarme mi ración de hechizo. Y claro, desperté.
Aquella noche me pidió el sacacorchos para abrir y liquidar el último cuartillo de Jumilla que le quedaba. Me acerqué a ella con él en una mano y mi sexo ansioso en la otra, hacía días que no me satisfacía. Se rió de mí y de mi pene mientras se afanaba en arrebatarme el adminículo necesario para liberar su ración de vicio de la botella. El sacacorchos era un horrible souvenir de La Rioja, fabricado con un pegote de rama de no sé qué árbol en donde se había injertado un enorme hierro en forma de cola de cerdo.
- ¡Dámelo... y guárdate esa mierda de capullo! –gritó. Se lo di. Por su ojo derecho, para empezar, por el izquierdo, después, por el cuello... No recuerdo cuántas veces se lo clavé, sé que apenas opuso resistencia, tan borracha estaba. Cargué su cuerpo ensangrentado y lo dejé caer en la bañera, mugrienta como toda nuestra casa. No sé qué inercia me hizo llenarla de agua caliente. Desperté a los críos y los llevé a casa de mi hermana. Desde allí llamé a la policía.
Ahora, en el silencio de esta celda manchega desde la que no se vislumbra un miserable monte, pienso que no estoy orgulloso ni de aquel crimen ni de mi vida hasta entonces, pero que tampoco me arrepiento, al menos de haberla matado. De mi vida llevo arrepintiéndome desde que tengo uso de razón.
Tuve suerte con mi abogado, pronto estaré fuera, aún no han pasado diez años de aquella noche. Los niños crecen con Aurora, mi hermana. Con ella seguirán, por su bien. Anuska me sorprendió visitándome al poco tiempo de mi ingreso en el penal. Ha seguido viniendo con tanta frecuencia como le permite su trabajo en la taquilla de los multicines de la capital. No le importa que me casara con Alicia al poco de declararme sus sentimientos, tampoco que la matara. Hace un mes conseguimos un vis a vis gracias a mi buen comportamiento. Estábamos a medio desnudar cuando descubrió que se le habían olvidado los preservativos.
-No importa, estamos juntos... –empecé a decir. Me calló bajando hasta mi pene endurecido, libándomelo con esa dulzura que le es innata, pero sin desmerecer las maravillosas felaciones que mi difunta esposa me había ofrecido años atrás. Estaba algo enchispada, supuse que su alegría etílica obedecía un poco a la emoción de ser nuestra primera relación, un poco a un intento por paliar el nerviosismo lógico.
Terminamos enlazados, amándonos con una lentitud tal que parecía que quisiéramos liquidar de un golpe la deuda de toda una vida con nuestros cuerpos. Una vez más, como aquella lejana mañana de santa Águeda, intenté salirme, vaciarme en el suelo, pero Anuska resoplaba en un paroxismo irrefrenable, arqueándose con tanta fuerza que alzaba mi peso con su vientre.
- ¡Acábalo, acábalo! –me espetó, estrujando mis nalgas y apretándome contra ella. Lo hice. Hoy vendrá a verme, me ha anunciado que tiene algo importante que contarme...

lunes, 5 de marzo de 2007

Locarias de Kasher (y V)

Hube



voi a la perfezion por donde tu paso
tu paso me pone una vereda de ovejas
alegre kanzela y fuentezilla Manantial
que o que vonito me siento feliz
i asi todo, todo
EN AQUEYA PIEDRA SE DORMIRA EL mediodia
i asi todo, todo



Equis

*
POR la patria sin yubia
mi corazon ageno
dos pasos adelante de mi mismo
kiere bolber a insinuarse
i tu sombra le dize que no
tu sombra le dice
....sombra

**
me pierdo en la tenue llubia de hoy
parando en las esquinas dormidas
pueblo de gaviotas ciudad de ratas
me pierdo a llorar la llubia
puñales de aire

***
pero toda la soledad en dos pájaros
de ceniza que me vuelven a un origen
de locuras ciertas
y como dos montañas chatas
me traen tu nombre
rebotando entre las peñas
y como dos olas sin espuma
me retienen en lo alto de la mar
como brazos de poseidón
me mi ras co mo al men dras




I griega

si asta la camisa se desmaya me miras cuando
hasta un rubor de ropa apenas arrugada porque
disimulo en los escaparates de verano voy miras
cuando la ropa sin vida porque la piel remuda
sol de sur necesitamos



CZeta

añadiré que no sólo eras hermosa,
imbécil además,
que tanta cualidad me atormentaba,
(tus despistes a la hora de besar,
tus fláccidos pechos ululando entonces
mis propios placeres,
tus zapatillas de lino descuartizado...)
¡Y aquel aroma a concha rota
para siempre en los gemelos!
Te regalo una postdata
y una postrera indecisión:
la mansedumbre de tu pelo,
no ajeno a pesar del sueño,
empapando de gerundios y azabache
el desparpajo de nuestras tumbas,
al fin y al cabo, pasajeras.



y Omega

os entrego un itinerario pero seguro tratareis de comprender y como esplicar que se pueden ver olores en las cosas a pesar de no ser ni rojo ni azul pero esa obstinazion no os detenga y tu puedes ser el verdadero receptor mis poemas son para ti si es cierto que ni uno entiendes no kiero esquemas no los ago pero si en un caracol beis un gorro frigio entonces vamos perfetamente i si a modo de resarcimiento al fin poneis todos los azentos todos y con boligrafo u rotulador rojo rojo de zensura tapais todas las faltas de ortografia tampoco esta mal i luego en el estanco precio modico una figurita sepia de rey papelito cuadrado filos aserrados y un sobrecito me mandais y yo ya se que lector eres y te debuelbo te mereces un verso dedicado segun tu eres os entrego un itinerario donde un ciego ve un amor sordo que se aferra al ser anonimo que somos y que no siempre benimos a querer ser pero los lokos rara vez estamos muy tristes y sabemos oir los colores del camino y luego echamos baba poniendo todo en unos renglones mas o menos aparentes que tu vosotros adquiris muy barato pocas veces y por eso no escapamos de la herida ventana rota por donde en otoño se gila un aire canalla quespanta los pequeños insectos porque si no hariamos nobelas de exito no queremos salir es la unica verdad vuestra belleza os entrego os

viernes, 2 de marzo de 2007

...

A destiempo de besos llegas, a destiempo,
miserere amor.
Tomo mi silla y me siento en la nieve.
No hay más ruido
que el impertinente
lamento del cedro centenario.
Allí no queda tu nombre
pero sé que tal vez te dije
que eres bonita.
Como globo de feria arcoiris.
Tu felicidad es blanca
como todo el invierno aquí sentado.
Cada año se abre otra huella.
Te has arreglado el flequillo
y las intenciones. Rectos ambos.

Párrafo

jueves, 1 de marzo de 2007

Citas de 'El asno en globo'

En la misma revista de locos donde conocí los poemas de Kasher y a la que titularon maravillosamente «El asno en globo» encuentro algunas perlas sin desperdicio, como las siguientes, extracto de lo que supongo el diario apócrifo de uno de los internos:

"... Hoy he recibido carta de ella. No lo pone en absoluto, pero entre líneas averiguo que me ama insensatamente. He conseguido algunas mejoras. Este lapicero no escribe mal. En su carta hay dos borroncillos húmedos. Y la tinta es verde. Sólo yo puedo entender esas señales. Por la forma del cielo, lo que me llega de cielo, claro, debemos estar en miércoles. Me cambiaron la terapia y con ello mi calendario. He de mostrarme adusto, pero hoy recibí su carta. Si ella supiera que hace nada me han reducido el pastillaje..."

* * * * * *

"...Todo debería ser tan simple. Una ducha tibia y prolongada, un perfecto rasurado, un café recién hecho, mezcla superior La Fortaleza, un reposado rubio americano Chester filters flip-top box, mis viejos 501 recién lavados, duros, apelmazados, rotos, un lindo pullover naranja-teja, un libro para leer en la oficina, todo en que pensar....
Nadie sabe todavía que hoy te voy a quemar, querido diario. ¿A qué escribir si nadie me puede leer?. Mañana me cambiaré de calzoncillos, de calcetines, la forma de mirar y el idioma..."

Pe

me citas en el silencio sin palabras
y solo te tengo como una fotografia
en el agua de la luna más lejana
que se para en el rio
para en el rio
yo que se
separa en el rio tu luz de azogue



Cu

desde ese balcon rúúbico
de pelo apenas dómito y hermoso
parangón de la locura y otras esperanza
desde que me pica la luz ojival
casi casi casi casi azul o gris
o qué más nos da

estrechar la columna sin acero que alza hasta tu hfrente
un púlpito de apretada desdicha
tú crees que es posible
y yo nada más tu parsimonia quiero




Erre

resucitare a una nueva poesia
en un iglu en la nocheterna del norte
donde un cincel ese llanto consternado
te dara la mirada yerro fuerza
de aqui tuya mariposas no vuelan
y alli si a ese norte mas negro
la nueva poesia de tus ojos si



Hese

COBERTURA
.... VIENTRE CERRADO
........ VUELVE LA LUNA
............ Y LA CHARCA
.................LA COGE TRES PARTES
...........................Y TE QUEDAS
......................MUDA TE QUEDAS
..................INSECTOS MUTANTES
...............Y BOSANOVA
..............EN LA ORILLA INERME
.............POR AHI LA CINTURA
..............SE HUNDE EN LA LECHE
..................QUE FLUYE CANIBAL
..........................LA CHARCA SE ESCAPA
...................COMO MERCURIO AÑEJO
.............O COMO SUEÑO SOMBRA
...............................PILARES DE MI ESPERANZA
......................................QUE NO PUNTUA NO SABE
...........................................ENANAGOGOGO MARRON
.................................................DESDE AQUI VAMOS



Te

venerable tu joven cuello aller
poso de los besos mas ancianos de mi
besos arrugados papiroflessia
palomitas i ner tes contra ti



Uh

soñaban las azucenas y por tu altura
dos veces mas hermosa cuando miras a mi me miras
y hacen dos charcos del rubor injenuo
dos primeras luces que se constatan por si mismas
en el rastro que dejas como estela cosmica

Viene sin la luna la noche derrotada
al claustro de una torpe desventura
¿no sientes en mi piel la calentura
que aumenta en esta noche sin mirada?

Viene sin la luna apenas nada
y nada casi, casi una envoltura
de rubio celofán, casi amargura,
casi requesón, junco, charca am...

Sé que vienes

Sé que vienes por el senderillo que alcanza la playa. Vienes de sorberle a la noche toda la belleza. Tu pelo arrastra los mejores rayos de la luna que te perfila ascendiendo el camino. ¡Eres tan linda en esa soledad de plantas que apenas se adivinan! Te adivino acelerando el paso cuando me intuyes en el porche. Algo en los romeros del aire conspira contra mi sorpresa. Y entonces apareces ante la entrada con los pies húmedos y con arena en las rodillas y con una sonrisa que devora tu cara. Te devuelvo la sonrisa y, sin dejar de mirar la noche que traes en los ojos, te ofrezco la manta. Te acurrucas como el pajarillo que siempre imaginé, como un gorrión ahíto que empieza a dibujarme. Me dibujas con la yema estilográfica de tus dedos, como un ciego veterano, con la exactitud de un cirujano. Me dibujas y me desdibujas. Porque tu dedo se ha convertido en mano y tu mano es una mujer que se desliza por mí como un fuego fatuo, deslabazándome. Tu mano, con ese tacto de madreselva, tu tacto violeta, tu tacto de amanecer de pueblo en la montaña. Hueles a conchas marrones y a sexo atormentado. No puedo llenarte la copa que había preparado por que tu mano me esclaviza y tu labio se fotografía en mi pecho. No puedo porque veo rodar mi camiseta y siento tus arañazos en mi ingle. No puedo porque ya no veo más que el farolillo que nos ofrece una penumbra tan tibia como tu lengua en mi sexo liberado. Ya no estoy en un porche, estoy en un hechizo porque no sé cuándo te has desnudado, ni cuándo te has girado, ni cuándo has hundido tu carne más blanda en mi boca, ni cuándo has empezado a devorarme con un anhelo despiadado. He despertado en el lecho, el mundo amanece con unos colores que no conozco, duermes al lado como un espíritu reconfortado, con la sonrisa que traías, pero con un rubor nuevo. Esperaré a que despiertes, haré café y me contarás, paso a paso, todo lo que no recuerdo desde que me llevaste a la catalepsia.