viernes, 18 de julio de 2008

De «El asno en globo»

Oiart Zuna, desperdició lo que se auguraba una brillante carrera lírica en la búsqueda del poema palindrómico perfecto, persiguiendo inalcanzables serventesios pangrámicos, armando imposibles silvas anagramáticas, inventando calambuyas que eran interminables aleluyas preñadas de calambur. No he dejado de visitarle en «Santa Águeda» todos los días de San León Magno de los últimos quince años, celebrando así, de algún modo, el día que nos conocimos en una entrega de premios de aquella feliz prehistoria en que culminábamos talleres literarios que iban a salvar las letras nacionales sin remedio...
En la última visita, conseguí cambiarle una cajetilla de puros Don Julián del nº 2 por esta hermosa tontería que copio a continuación. La había escrito en la vuelta de uno de los programas de mano de las obras teatrales que se programan en la capital y que, a petición suya, los pocos amigos aún fieles le llevamos . Los colecciona con fervoroso ahínco...

Desde donde te presiento, siento
esta tristeza que perdura dura
¿Acaso no eres quien perjura jura
sobre este sentimiento? ¿Miento?

Mientras estos versos caliento, aliento
no exhalo y la quemadura, madura
no halla del agua en la frescura, cura,
se muere este amor macilento, lento.

¿Qué fue de aquella admirada mirada?
¿Tienen nuestros corazones razones
para consentir tan minada nada?

¿Qué urde que de desazones sazones
la soledad menos clamada, amada
que, tino cruel, donde dispones pones?

Del desván

Nunca está de más releer los poemas desperdigados de Kasher. No sé por qué nunca me he decidido a armarlos de una vez por todas en alguna especie de antología más o menos aceptable. Será quizá que me sigue gustando sorprenderme descubriéndolos una y otra vez en las diferentes revistas que hojeo azarosamente, en los mil y un papel que e cambio de lugar sin una razón aparente, en los falsos diarios donde le reseño constantemente.
Aparece como un delicioso champiñón en este umbrío y secreto bosque donde refugio melancolías, placeres y parsimonia. Champiñones como éste, que nace súbito en el envés de unos bocetos llenos de gatos. Sé que es de E.L. Kasher, pero no soy capaz de recordar de dónde lo copié:

Este poema no es mío.
Surgió de la erosión
que ha cultivado la memoria
de mis manos.
Fue, sin duda,
acariciando tus certezas,
fue, lo sé, el tacto robado
en alcobas de luna,
fue simiente de besos.
Todas esas palabras
que edificaron este olvido
inagotable.
Todas las palabras que te definen,
las que definen
tu sexo desplegado.
Este poema viene
de tu piel en éxtasis,
de su estancia en mi piel.
Me hablaste,
me cantaste.
Me mataste, sí.
Pero la muerte
no es una palabra.
La muerte es la muerte
y no cabe en este poema
que nunca ha sido mío
y que ahora te devuelvo.

martes, 15 de julio de 2008

A PLACE FOR BEGINNERS OR SENSITIVE HEARTS


No tengo un ceibo a mano
donde tatuar este sol.
Mi sombra reprocha la traición
y en el engaño
el leve hechizo de Sade
eleva mis manos
hacia otro corazón
.
Smooth operator...
.
Mi sombra escapa,
no hay otra felicidad
«mariposa del sueño...»
.
No need to ask...

lunes, 14 de julio de 2008

Sauna

Sé que dos sombras
llevan años
amasando un igloo
con dos sábanas.
¿La geografía del olvido
o el mapa de la memoria?
No sé qué ojos llorarán
las auroras boreales
que dejamos en aquel abrazo.
En ese país nunca habrá ciudades,
la sábana alza una única bandera
con el color de un cierto beso
en una cierta penumbra.
La soledad era, después,
una especie de vihta
al alcance de la mano limpia.

Y nada puede importar
cuando toda la nieve lleva tu nombre.

lunes, 7 de julio de 2008

Todo por hacer

En el mismo instante
en que yo cumplía 30 años
Jorge Riechman
estrujaba en un poema
la desolada muerte de Paris,
la desaparición de Berlin,
la inquina del tiempo
en la mirada perpleja:
«todo está por hacer»
sentenciaba,
y todo el otoño
embellecía para él
los pocos puentes de aquella ciudad
donde nunca he brindado
ni proclamado:
«¡La soledad, amados,
no es ninguna enfermedad!»


No debería serlo.

viernes, 4 de julio de 2008

Aitarenak

- En el año 50 llegué-responde bastante rato después.
Antes se ha tomado su tiempo para encender el purito Minor que ha bajado de casa, tan diferente de esos apestosos Meharis de cajetilla verde que suelo llevarle por encargo. Pero hoy no le quedan, ayer era domingo y el estanco estaba cerrado, no tuve más remedio que acercarme hasta el bar de Toño, que acaba de tener gemelos, y comprarle dos cajetillas de puritos Minor, a 5 euros la cajita de 10, bastante más caros que los que él fuma de costumbre pero, debes creerme, sólo por el olor merece la pena el dispendio. En el banco frente al bar Txeni fuma mirando la nada del pavimento que va tejiendo «X» grises hasta el final de la calle.
Hace una tarde primorosa de comienzos de verano y, no sin esfuerzo, he conseguido arrancarle de su refugio medido de caseras baldosas de terrazo y de su balcón del segundo piso, desde donde domina toda la calle Castilla la Mancha hasta la curva donde está la tienda de recambios de auto. Sabía que lo más lejos que íbamos a llegar era este banco, a apenas cincuenta metros de su portal, donde intento leer el librito de Manuel Rivas que me prestó el bueno de Montero allá por enero. Por eso, además del libro, me he bajado el cojín de la silla del balcón que se ve desde donde estamos. Sé que sus huesos necesitan cualquier apoyo, por mínimo que sea y, además, ¿qué me costaba cargar con ese minúsculo peso sabiendo lo efímero del viaje? Leer «La mano del emigrante» hace, irremediablemente, que vuelva enseguida la mirada hacia él, que alza, tembloroso, el vaso de cerveza, que le he sacado del bar de Óscar,a los labios para enjuagar el reseco que los interminables puros le dejan en la desdentada boca. «La mano del emigrante». Miro las suyas y recuerdo el lejano día en que llegó de la obra con los tres dedos centrales de la derecha mutilados para siempre porque la correa de una máquina perforadora se los había sesgado en un descuido. Han pasado más de 40 años y aún hoy sigo acariciándole los muñones de vez en cuando como cuando me los mostró por primera vez, luego de pasar semanas con las vendas. Acaricio esas redondeces como una despedida lenta y le limpio la barbilla de cerveza.
«La mano del emigrante» me dice que bien pudiera haber sido él quien protagonizara el cuento central y, por eso, de súbito, como si acabara de darme cuenta que también él es emigrante y que su mano forma parte de ese bagaje maldito del desarraigo infinito, dejo el libro y le pregunto, quizá sólo porque levante esa mirada apagada del suelo que hacía muchos días que no pisaba:
- Aita... ¿cuántos años llevas en Euskadi?