viernes, 4 de julio de 2008

Aitarenak

- En el año 50 llegué-responde bastante rato después.
Antes se ha tomado su tiempo para encender el purito Minor que ha bajado de casa, tan diferente de esos apestosos Meharis de cajetilla verde que suelo llevarle por encargo. Pero hoy no le quedan, ayer era domingo y el estanco estaba cerrado, no tuve más remedio que acercarme hasta el bar de Toño, que acaba de tener gemelos, y comprarle dos cajetillas de puritos Minor, a 5 euros la cajita de 10, bastante más caros que los que él fuma de costumbre pero, debes creerme, sólo por el olor merece la pena el dispendio. En el banco frente al bar Txeni fuma mirando la nada del pavimento que va tejiendo «X» grises hasta el final de la calle.
Hace una tarde primorosa de comienzos de verano y, no sin esfuerzo, he conseguido arrancarle de su refugio medido de caseras baldosas de terrazo y de su balcón del segundo piso, desde donde domina toda la calle Castilla la Mancha hasta la curva donde está la tienda de recambios de auto. Sabía que lo más lejos que íbamos a llegar era este banco, a apenas cincuenta metros de su portal, donde intento leer el librito de Manuel Rivas que me prestó el bueno de Montero allá por enero. Por eso, además del libro, me he bajado el cojín de la silla del balcón que se ve desde donde estamos. Sé que sus huesos necesitan cualquier apoyo, por mínimo que sea y, además, ¿qué me costaba cargar con ese minúsculo peso sabiendo lo efímero del viaje? Leer «La mano del emigrante» hace, irremediablemente, que vuelva enseguida la mirada hacia él, que alza, tembloroso, el vaso de cerveza, que le he sacado del bar de Óscar,a los labios para enjuagar el reseco que los interminables puros le dejan en la desdentada boca. «La mano del emigrante». Miro las suyas y recuerdo el lejano día en que llegó de la obra con los tres dedos centrales de la derecha mutilados para siempre porque la correa de una máquina perforadora se los había sesgado en un descuido. Han pasado más de 40 años y aún hoy sigo acariciándole los muñones de vez en cuando como cuando me los mostró por primera vez, luego de pasar semanas con las vendas. Acaricio esas redondeces como una despedida lenta y le limpio la barbilla de cerveza.
«La mano del emigrante» me dice que bien pudiera haber sido él quien protagonizara el cuento central y, por eso, de súbito, como si acabara de darme cuenta que también él es emigrante y que su mano forma parte de ese bagaje maldito del desarraigo infinito, dejo el libro y le pregunto, quizá sólo porque levante esa mirada apagada del suelo que hacía muchos días que no pisaba:
- Aita... ¿cuántos años llevas en Euskadi?

9 comentarios:

Selma dijo...

Me has emocionado Joseba, mucho, este relato dice tantas, tantísimas cosas de tí, y todas sobresalientes... Será por esta noche el último Post que leeré,me lo quiero guardar en la memoria...

Un abrazo y un beso muy muy cariñoso, como nunca!

Sophiste dijo...

Qué pasa primo
sigue la biografia por favor, hay tantos cosas que no conozco del vaquero. yo aqui te acompanio en todos los recorridos por la calle castilla la mancha... cuesta abajo y tambien cuesta arriba

un abrazo para Juan

Una ET en Euskadi dijo...

¡Qué emocionante, Joseba! Yo también quiero saber más sobre ese emigrante, que fue de él, que experiencias los unen...
Besos

Freia dijo...

Acabo de leerle tu entrada a Rascayú. Se ha quedado muy quieto y atento, mirándome con esos ojazos verdes, enormes y luminosos. Al terminar, muy despacito, ha dejado el sofá donde hasta hace diez minutos se desperezaba y se me ha acurrucado en el regazo, entre el teclado y mi voz rota.
Un abrazo

Joseba M. dijo...

Siento, de un lado, que casi toda la producción última del blog (y la que no es del blog) se limite a ese concreto microcosmos que abarcan los sesenta y pico metros cuadrados de la casa del padre y su aledaño de barrio obrero venido a más. De otra parte, me alegra porque casi sin quererlo, el hecho de andar reflejando la vivencia en estos y otros papeles hace que no sólo la vivas dos veces, sino que, llegado su momento, rinda el homenaje que la frágil memoria (como la que comienza a asolarse a él)no debería negarle.
Por supuesto, entenderán ustedes que no les agobie con todo cuanto voy guardando de estos días de filial celador, pero siempre habrá cosas que se deban compartir, confíen.
Como, un suponer, las aventuras del pequeño Raskayú, quien, a lo mejor, surgió de tanto andar encaramado en ese viejo balcón-mirador a donde hace ya algunos lustros se encaramaba Yoli, una siamesa que nos regalara la madre de Sophiste, es decir, mi tía, quien, me consta, es otro saco de sabiduría rural de donde algún día robaré cuanto me deje....
Mil gracias por todas sus palabras, siempre impagables y besos múltiples, azules, enormes para todos...

Leticia Zárate dijo...

Me encuentro aquí, redescubriéndote, con mucha emoción, las mismas que imprimes al escribir.
Me ha encantado el pequeño Raskayú.
Saludos.

Inexe Molina dijo...

Izugarri guztatu zait aitatxo!!

Zorionak...

Banago hemen lanean zure marrazkiak erakusten...

Liluratuta geratu dira...

Agur bero bat!!

Inexe Molina dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Inexe Molina dijo...
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