miércoles, 7 de mayo de 2008

Bus

Había amanecido un día tan gris que era más que una amenaza. Ella se había decidido por tomar el autobús más premioso, aquél que empleaba no menos de cuarenta minutos en recorrer los poco más de cinco kilómetros que su trayecto exigía. Podía perfectamente haberse decidido por el metro o por embarcarse en el 43, el cual apenas realizaba dos paradas intermedias entre su localidad, encajonada en el enorme cinturón metropolitano y el centro de la gran ciudad, a donde se dirigía. Pero iba sobrada de tiempo y, además, le apetecía darse el lujo de perder media hora escabullendo pensamientos en tanto contemplaba el bullicio de las calles en aquella hora de ajetreo.
Sacó el folleto de la «Casa de la Cultura» donde se enumeraban las actividades que en ella se ofertaban y se acomodó en su asiento, situado justo detrás de la puerta de salida, junto a la ventanilla. Empezaba a chispear levemente y los cristales se vieron decorados de pequeñas burbujas de agua que no incomodaban la visión. El tráfico era terrible.

Cuando llegaron a la segunda parada, la que se ubica al comienzo de la enorme avenida que parte en dos la capital, el autobús se atestó de gente. Fue entonces cuando le vio entrar y trastabillarse mientras decidía dónde se sentaba. El asiento anejo al suyo estaba libre, pero él optó por tomar uno delante de ella, de esos unitarios con que se consigue un mayor espacio para la gente que viaja de pie en el centro del vehículo. Sintió una leve, al tiempo que extraña, decepción. Estaba claro que hubiese preferido que fuera él quien se sentara a su vera, en lugar del anodino hombre de traje azul marino que extendió, más que abrir, el diario deportivo sin reparar en raya, metiéndoselo casi en las narices.

Intentó paliar el pequeño disgusto entregándose a la contemplación de los edificios, magníficos, de la interminable avenida, pero no pudo evitar dedicarle furtivas y fugaces miradas, en una de las cuales alcanzó a comprobar que ¡oh, azar! se entretenía ojeando un ejemplar del mismo folleto que ella tenía en la mano hecho un canuto.

-Vaya... quizá también se dirija a apuntarse en alguno de los cursillos... –pensó divertida. Las chispitas acuosas del principio empezaban a transformarse en una lluvia consistente. Sin saber muy bien por qué, empezó a sonreír hermosamente.

6 comentarios:

Edurne dijo...

Geroago etorriko naiz, orain beste bus bat hartu behar dut eta... jejejeje!

Freia dijo...

Precioso Joseba. Además esas cosas sólo ocurren en el autobús. Llega un momento en que uno se plantea qué es más hermosa si la sonrisa o la lluvia y también qué sonrisa es más amplia y redonda, la de la boca o la del ánimo.
Un besazo muy pero que muy fuerte

Joseba M. dijo...

Kontuz gero, Edurne, ez galdu autobus hori, auskalo zer egongo den bidaia horr...
Zain naukazu bueltan.
Gracias, admirada Freia por tu visita, por tu espléndido comentario, por el enorme y recíproco beso...
Y que todo te vaya genial ;-)

María dijo...

con lo que yo montó en el transporte público...¿cuándo me toca a mí? joooo

me encantan estos encuentros fortuitos, estos amores-intuiciones con los que llenamos los ratos, esas historias que a veces no pasan de nuestra cabeza, pero que nos alegran la mañana...

precioso

Mega dijo...

A veces, el azar se pone de nuestra parte y la vida sonríe, radiante. Bonito retrato de una felicidad apenas intuída todavía...

Abrazos trompudos,

Joseba M. dijo...

Ah, Mega, el azar...
¿Sería bonito que se hubieran apuntado al mismo cursillo de alfarería o de macramé, verdad?
Un besete, soñadora...