martes, 24 de abril de 2007

Azul

Era azul. Azul. Más allá de sus ojos que también, en ocasiones, llegaban a serlo. Pero, por regla general, eran grises. Y ella, azul. Sobre todo cuando íbamos a detenernos cerca del tiempo que se podía ver en las rocas. El tiempo le subía por las manos cerca del mar y ya no había nada que hacer. Las gaviotas se confiaban cuando era azul como todo. El mar, aquellos cielos, quizá sus ojos.
Me proponía que siguiera así. Que en mis cuentos la gente hablara poco. Prefería que la gente fuera. En mis cuentos, que contaran, que fueran. Azules, por ejemplo. Me gusta que no haya guiones que marcan diálogo, que la gente hable escondida entre los párrafos, que sean párrafo. Habla tú, decía, que dijera por ellos, que los pintara a mi antojo, como ahora, azules.
La gente se muere. También eso aprendí de ella. Que muriese en un relato me dijo. ¿Matarte? También me convenció de que yo no podía matarla nunca. Lo dijo con esas palabras sin peso que se te ponen como mariposas de piel en la piel y entonces son piel, las mariposas. Que no podía matarla nunca, pero sí que quería morir en mi cuento. Que así viviría para siempre. Claro, cuando alguien es azul, esos tópicos son como más mariposas. Otras mariposas, de papel.

1 comentario:

Anónimo dijo...

He pasado unos minutos magníficos leyéndote. Enhorabuena, amigo.