miércoles, 26 de noviembre de 2008

BILBAO HA CRECIDO TANTO, PATXI...

Ya en las afueras, un ertzaina le confirmó que el impresionate puente que se alzaba ante él terminaba en la vorágine de luces de Tokyoberri.

lunes, 24 de noviembre de 2008

El harguix (y IV)

4.

En el puerto nos encontramos con más problemas de los esperados para conseguir embarque rumbo a casa. Tuvimos que aceptar un pasaje que no nos ofrecía mucha confianza, pero la opción de permanecer dos meses allí, hasta la llegada del Banfield, el mercante de Cádiz, no nos sedujo lo suficiente.
Llevábamos casi una semana vagando sin mucho tino por los tinglados, comprando algunas enseres necesarios, algún recuerdo quizá, bebiendo en las peores cantinas, fumando pipas en el espigón. La tarde anterior a zarpar, en aquel rompeolas que rematan dos colosales titanes de piedra enverdecida por el salitre, Silvian remató su historia. Los oyangos son parcos por naturaleza. No tienen conciencia del olvido pero sufren contando las cosas. Y, cuando algún atisbo de vergüenza les asalta, su cortedad de diálogo puede demudar en insufrible mutismo. Yo le conocía lo suficiente como para saber que forzarle era, con certeza, quedarme sin saber, si no el final, feliz sin duda, sí el pormenor de cómo había logrado que el templo sin techo de Aln se iluminase, al fin, con aquel prodigio de  luces que habíamos admirado.
-No tuve que buscar apenas el harguix, señor Ludovic. Me asola el sonrojo al declarar que, en verdad, no tenía siquiera que haber buscado. Lo llevaba conmigo desde que partimos. Pero lo ignoraba tanto como ignoro qué palabras son las justas para explicar este prodigio. Iba conmigo y fue mi padre, Ronsard Pavlic, quien lo cargó en la mochila que siempre ves en mi hombro. Tampoco puedo decir si mi padre sabía qué estaba haciendo cuando me lo dio. Puso en mi mano derecha un terrón de tierra roja y en la otra mano, el paño de tela holandesa donde debía envolverlo. ‘Llévalo a donde vas, yo estuve hace mucho y de allí vino. La casualidad de tu viaje quizá no signifique nada, quizá sí; apenas puedo decirte que no es sólo el puñado de tierra que tus ojos han visto. Déjate guiar por tu alma y por la inteligencia del señor Yaksic, de quien somos deudores, aunque ellos hagan que no lo parezca, hijo mío.’ 
“Cuando acabamos de fumar en la entrada de aquella gruta, dejé a Szu Yakün en su absorta meditación. Aquel paraje es pedregoso, no necesité mucho tiempo para encontrar aquello que necesitaba. En una piedra casi cuadrada de unos veinte centímetros de alto, improvisé un recio cuenco. Siempre llevo el material necesario, no fue tarea ardua. En el seno de la piedra deposité la tierra que me diera mi padre. Guardé el paño que mi madre tejió hace un siglo. Cuando regresé a la gruta, el sabio no estaba. Créame si le aseguro que el titubeo casi me ahoga entonces, hubiese querido disfrutar de su consejo, señor Ludovic, pero también intuía que había que actuar rápido. Dejé el rudo tiesto con la tierra donde Yakün había estado sentado y marché montaña abajo. Descendía con una incertidumbre que apenas pudo amansar la figura del chamán sonriéndome desde un risco cercano a la gruta. Quise creer que había encontrado el terrón y que él sabría actuar. Ahora, señor Ludovic, creo que todo ha salido bien y sólo el resquemor de mis dudas ante los claros signos que casi no supe interpretar empañan una felicidad que me quiere desbordar”
-No sólo debes creer que todo ha salido bien, ten la certeza de que ha sido así. Y, podemos tener la certeza también de dos cosas más, querido Silvian. En primer lugar, que el señor chamán Szu Yakün, es el mismo Yakün que hace casi doscientos años le dio referencias del Harguix a monsieur Delisle, su longevidad supera incluso la de los oyangos –le miré, no vi sorpresa en su rostro-. Y, por otro lado, tengo la seguridad de que, señor Ronsardic, sí que has cumplido una profecía –ahora era él quien me miraba y, aún de reojo, puede certificar su asombro –. Y, visto el resultado final, creo que debes olvidar tu resquemor y tu vergüenza: todos los signos fueron perfectamente interpretados.
Nos quedaban horas para partir, obscurecía en aquel confín de mar eternamente furioso. Confín de gentes sorprendentes y de profecías no escritas donde yo sólo cumplí, en aquella ocasión, el papel de testigo mudo y futuro notario. 

viernes, 21 de noviembre de 2008

De Oriente vino un Orient




Recuerdo,
ahora, 
cuando la palabra memoria
empieza estar prohibida,
un enorme reloj dorado de pulsera.
Me dije:
«Con el dinero de Saba
me han regalado el tiempo del desierto»
De allí vino en avión.
Un enorme reloj
bañado en oro.
Los pobres tenemos el corazón de la urraca.
El padre sangró sudor
a orillas del mar Rojo
haciendo cimientos en la nada.
Un año junto a las playas prohibidas de  Hoddeida,
ajeno a que Saná
estuviese en las listas patrimoniales
de la Unesco,
ignorando el destino de aquella gente que cargaban
en destartaladas camionetas
arenas adentro
donde el tiempo lo mide
la sombra de una duna.
Las catorce mil torres de Saná
no tienen la culpa.
El tiempo del desierto humanyí
brillaba en las noches bajo mis sábanas.
De Oriente vino un Orient.
Ahora recuerdo,
cuando la memoria
se sacude las moscas en una cama,
un enorme reloj dorado
con cronómetro,
con fecha, con luz,
con cuenta atrás.
El padre lo pagó con dólares
en playas remotas
donde dejaron una ciudad fantasma
y unas gotas de miseria
en otras miserias.
Quizá esta tarde,
a las 17:45,
cuando aprisione mi mano,
esa mano traidora
donde ahora hay un Citizen de acero,
le cuente que
Saná es un capricho de ciudad
donde la gente sigue 
peleándose por salir en una foto
y que la Unesco etc., etc.
y que aquellas camionetas eran 
las mismas que en su pueblo
cargaban gente en el 36,
en el 37, en el 38...
y que el destino era el mismo,
barrancos adentro,
donde el tiempo
se junta en los cerros
con el sueño de la oveja.
Y lo olvidará todo.
Pero, de todas fomas,
 le diré,
antes de las 19:00,
aunque lo olvide,
que ahora en el recuerdo,
cuando las cosas son verdad,
por fin, aquel enorme reloj dorado
es un precioso reloj
de oro macizo. 

miércoles, 19 de noviembre de 2008

El harguix (III)

3.

¿Qué decir acerca de aquél que se ha desvelado por uno durante lustros de no solicitada sumisión? Necesitaría más de lo que ocupará este libro, que escribo como melancólico final de mis días, sólo para hablar de él. No ignoro que el capítulo que he pensado dedicarle más adelante no sólo nunca será homenaje sino que, quizá, alcance a ultrajar su grandeza humilde.
Silvian Ronsardic es un oyango de estirpe regia. Esto debería ser suficiente para definir su porte, como el de todos los hombres de esta raza, titánico. Y como todos ellos tiene, desde su vigésimo cumpleaños, un ojo de cada color. Su padre entregó a Silvian al mío. Fue el pago de una deuda que mi padre no pudo negarse a cobrar. Del mismo modo que yo jamás he podido manumitirlo del todo. Por suerte, debería añadir sin sonrojo.
En el tercer día de marcha desde que abandonamos Aln, cuando el fuego de nuestro pequeño campamento se extinguía, me lo contó todo. Era la hora que precedía al sueño. Me disponía a sumirme en él como cada noche de viaje, esto es, embargado del incólume cielo que se mostraba en  aquel vasto páramo, el mismo que aislaba las montañas runeanas del violento mar que envolvía todo el continente. Su voz me llegaba desde la izquierda. Fue un monólogo sin interrupciones.
«El encuentro ocurrió más arriba del último bosque que hay en ese monte rojo que llaman Err. Sé, por las plantas que encontraba allí, que me movía a más de mil metros. Dos grutas, en una pequeña meseta donde hay una laguna, llamaron mi atención. En la que tenía la boca más pequeña estaba él. Ahora puedo decir que me esperaba. Me saludó con mi nombre y no tuvo que decirme el suyo. Fumamos la misma hierba que tú fumabas con Ruf, quizá magnificada con algo secreto. Mi ansiedad hizo que aquel silencio se me antojase una eternidad mal disimulada, es más que posible que incomodase al sabio. Cuando acabamos, elaboró lo que quizá en estos territorios sea una plegaria. Guardó su pipa con una calma que interpreté como un castigo. Yakün, habló entonces del harguix. Y éstas fueron sus palabras exactas:
-Tú y tu señor sois espíritus jóvenes y, sin embargo, pugnáis en pureza. Hace muchos años estuvo quien no quiso escuchar, quien no creyó. Pero la fe no se puede instruir, Silvian. El harguix no existe para los sabios de tu mundo. Vosotros venís quizá obedeciendo a la leyenda y la leyenda existe, verdad es. Pero no es sólo una flor que luce. El harguix es la luz de mi pueblo. Una luz que no brilla desde hace un milenio. Ni yo, quien debería ser el guardián de esa luz, entiendo por qué es así. Pero sólo esa luz puede salvar a los Rune. Se cumple nuestro ciclo de tres generaciones. Si antes de la tercera luna del otoño no hay un harguix iluminando el templo sin techos de Aln, aunque sólo sea un día, todos moriremos. Somos de su esencia, él es nuestro destino.
Yo, señor Ludovic, ofrecí a aquella quieta desesperación la ruda solución del artesano. No supe más que preguntarle por  siembras, características, formas y demás minucias de botánico jardinero, cuando sabía que hablábamos de otra cosa y cuando lo que Szu Yakün me hacía no era otra cosa que una llamada. Supongo que el miedo a ser tan importante, a formar parte del destino de un pueblo, entorpeció mi lengua. Ese hombre siguió hablándome así:
-No me preguntes por qué apareces en este camino. No sé si puedo decirte algo más que lo que ya sabes de él. No se puede cultivar como trigo o como maíz, el harguix no crece donde tú quisieras que crezca, surge donde menos esperarías que lo hiciera. Puede parecer muerto y reaparece cien años después iluminando el rincón donde lo habías olvidado. Quien lo ha visto nunca olvida su luz. Dos únicos ojos runeanos que lo hagan bastan para alumbrar tres generaciones. 
‘Mi bisabuelo, Urz Yakün, poseyó una cuando en todo el país había decenas. Pero aquella flor se agotó en manos de mi abuelo y no ha habido más. Durante dos eternidades ha habido harguix en la casa de los Yakün. Ya una vez hubo una extinción, cuando ni Aln ni este monte plagado de grutas existían. Tal vez sea el tiempo de que volvamos a extinguirnos. Pero todos sabemos que no podemos hacerlo sin luchar. Aún sabiendo que de nada sirve, durante cien años los mejores soldados runeanos han peinado las sierras de las Turesas, hasta los confines de Birr; han escudriñado cada esquina de la estepa que muere en los acantilados de Alghur.
‘No hay ninguna profecía que me asegure que tú eres el salvador. Sólo sé que un viento contrario a esta época me trajo la noticia de vuestra llegada y aquí estoy. Puedo contarte cómo es el harguix y cómo nos salva, no puedo decirte cómo hallarlo. Te preguntarás qué importancia puede tener que una raza remota como la nuestra desaparezca. Te preguntarás por qué un viento extraño y un temblor en el corazón me hacen depositar toda la poca esperanza en alguien con un ojo de cada color. Te preguntarás qué importancia tiene una flor que se ilumina a su antojo y que aparece y desaparece sin obedecer a cánones...
‘Y yo te digo, Silvian Ronsardic, hijo de Ronsard Pavlic, oyango regio, que yo, Szu Yakün, a quien se le dio el privilegio de la adivinación y la frugalidad, quien lee los sueños y habla con los vientos, yo, a quien vosotros llamáis chamán, no lo sé. No tengo más respuesta que la incierta afirmación de que en todo ello yace el sentido de la vida o de la fe que, como te he dicho, no se instruye’
Nosotros, señor Ludovic, los oyangos, poseemos dos dones: la memoria de la piedra y el lenguaje secreto de las plantas, bien lo sabes. Es posible que la magnitud de esos dos, nos haga merma en otros, nos cuesta entender con la rapidez con que tú lo haces. Por eso te sirvo más allá de la amistad y de los juramentos y de las deudas. Porque, entre otras cosas, tu sabiduría honra mi fortaleza. Sólo cuando fumamos la segunda pipa y en mi cabeza se repitieron, fuera de la mera memoria, las palabras del chamán, entendí todo. Cobraron el sentido que el miedo había ocultado en la primera escucha. El fresco silencio del Guned me mostró el camino. Pero aún no sé si cuanto hice más tarde salvará a los Rune»
Se produjo un silencio que agrandó el hermoso cielo que nos cubría. De súbito, la interminable estela de una estrella fugaz iluminó durante más de tres segundos la visión. Instintivamente saqué mi mano izquierda de la manta y, con mi dedo corazón busqué el dedo corazón de la diestra de Silvian. Tropezaron en la oscuridad, yema con yema, en un gesto que repetíamos desde niños, a la vez que pedíamos un deseo.
Sentí que se levantaba de su estera y que se acercaba a la fogata. Alcé la cabeza y le ví cubriendo las últimas ascuas con tierra. Intuí su alto perfil oyango en el fondo estrellado y, pese a estar oscuro, mis ojos percibieron su mano extendiéndose al frente, con su dedo índice señalando hacia Aln.
-Mira –exclamó con voz trémula.
Di un salto y me situé a su lado. A lo lejos, desde detrás de las colinas que durante el día nos ocultaban la gran ciudad de los Rune, cuatro luces, de cuatro colores que no conocíamos, iluminaban el cielo como cuatro focos ciclópeos. Los chorros de luz se buscaban en algún punto del firmamento que, desde aquella distancia, yo no alcancé a ver. Sé que los ojos de Silvian, sí. 
Le dejé mirando hacia allí, creo que no durmió en toda la noche. No quise estropear con preguntas la inmensa felicidad que sé que sintió entonces. Porque la enorme sonrisa que le sorprendí en la semipenumbra me hizo entender que había salvado al pueblo Rune de una segunda extinción, al día siguiente me contaría cómo.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Todas las aguas

El harguix (II)

2.

Los runenaos tienen en la hospitalidad, más que una característica, una obligación. Piensan que su fuerza crece siendo amables con el que llega. Tal vez en ello radique su independencia secular. Todas las invasiones han pasado de largo. No aprecian el concepto de raza y si entre la población no hay más muestras de mestizaje, quizá sea debido al motivo mismo por el que no han sido conquistados: no se trata de un terreno donde, a primera vista, apetezca quedarse. Es, sin embargo, un país que ofrece múltiples sorpresas.
Aunque aquellos territorios son más bien áridos, para Silvian fue, desde el principio, un paraíso. El amanecer del día lo encontraba siempre cargando su invariable mochila, hurgando en las primeras estribaciones del monte Err, el más cercano a la ciudad. Iba recopilando vegetales desconocidos para él, apuntando en sus libretas la relación de las especies conocidas que no esperaba hallar en esas latitudes y reconociendo otras de las que sólo tenía la noción ofrecida en los tratados del mentado Delisle y los de Gregorius Kobekzi, los únicos botánicos que, hasta entonces, se habían aventurado a llegar a paisajes tan remotos.
Su fiebre botánica era algo que yo esperaba y, por eso, no hizo falta planear nada. Yo me dediqué, de inmediato, a tratar con la la gente y, así, de paso, a investigar el mito del harguix. Si no se podía decir que alcanzara a ser una palabra tabú, se podía asegurar que no era un tema que a los runeanos les complaciera tocar. Yo notaba en ellos que la mención de la planta les hacía cambiar el gesto mostrando, si no disgusto, sí una especie de extraña tristeza.
Al cabo de diez días, aun sin acercarnos al objetivo principal del viaje, habíamos logrado varias cosas. Por un lado, la colección de semillas y curiosos helechos florados recolectados por Silvian; por el otro, un montón de esbozos de leyendas y un nombre: Szu Yakün. Todas mis pesquisas acababan en él. No había que ser un lince para relacionarlo con el famoso chamán citado en la obra de P. L. Delisle. Supuse que se trataría de su biznieto, cuando menos. Pero debería esperar para confirmarlo pues no me atreví a preguntar su edad y, por otra parte, el presunto sabio estaba fuera de la ciudad. Lo peor era que, según las buenas gentes de Aln, nunca se sabía cuándo iba a reaparecer.
Ruf, el dueño del hostal donde recalamos, fue mi mejor cómplice desde el principio de nuestra estancia. Era un hombre maduro que llevaba el negocio con pulcritud y parsimonia. Aunque su casa gozaba del aval añadido de la estrategia geográfica, pues sólo hay un camino para entrar a Aln, nunca había querido aprovechar la circunstancia para tratar de medrar. Puedo asegurar que la sabiduría de Ruf residía en su buen conformar. De él escuche hermosas leyendas que, si el tiempo que me ha sido concedido lo permite, adornarán este libro. También me enseñó a fumar Guned en un silencio más hermoso que los atardeceres malvas de aquel otoño junto al Err.
Le conté mi inquietud acerca del incierto regreso del chamán, informándole de que podíamos permanecer algún mes más en los alrededores de las Turesas, pero que sabíamos que era un viaje que tenía un tiempo finito. No por mi acompañante, claro está. De haber dependido de él  nos hubiéramos quedado allí por años. Le dije a Ruf que si en unas cuatro o cinco semanas Szu no ofrecía signos de aparición, empezaríamos a preparar la vuelta.
-Szu nunca da signos de aparecer. Aparece, sin más. Del mismo modo que, hace tres meses, desapareció. Su magia es ésa. Cuando alguien le busca de verdad, le encuentra; pero, sólo si de verdad le necesita.
-¿Y qué debería  hacer, Ruf? –le pregunté, aceptando su pipa de perfumado Guned. Yo sabía que no habría respuesta hasta apurarla. Tuve la paciencia necesaria para esperar envuelto en un silencio donde el aroma hablaba por nosotros.
-Ruf tiene razón, Ludovic –la voz de Silvian nos sorprendió desde la puerta del hostal –cuando le necesitas, aparece.
No necesitaba preguntarle para saber que había estado con el chamán. Ruf comenzó a preparar otra pipa. Intuía, sin duda, que nuestra estancia en Aln tenía los días contados. Era la misma pipa que aún conservo y en la que, todavía hoy, fumo la especia fragante que me ayuda a acortar las solitarias tardes en este hermoso norte donde tanto he amado. Todavía Silvian cultiva el Guned necesario para fumarlo todo el año. Hizo acopio de las semillas precisas durante aquel lejano viaje. Se trajo otras cosas también, como me contaría durante el viaje de regreso al puerto de Esteazil donde tomaríamos el barco que, en teoría, nos traería a casa y que, en realidad, nos acabaría llevando a una aventura que merece otras páginas y otro tono.





jueves, 13 de noviembre de 2008

El harguix (I)

Siempre hay un cuento que reescribir sabiendo que es más que posible que no mejore. No hay más que sentarse en el viejo desván que abre una maravillosa ventana al campo tomado por la niebla del otoño. Hay estorninos en las tapias del cementerio despertando con la misma parsimonia con que la hierba se revela soplándose el húmedo vapor de la mañana. Hay pergaminos sobre la mesa que no tienen más remedio que aceptar la pluma que corrige, inexorable, la bella historia de un antiguo viaje.


EL HARGUIX


1.

Pierre Louis Delisle habla en su más famosa obra, “Reedición de las cosas”, de una planta que en el continente de Esteazil era considerada sagrada por algunos pueblos y, especialmente, por los que habitan cerca de las montañas Turesas. La reseña que el célebre y respetado botánico francés hace de dicha especie se limita más a un apunte fantástico que científico. Comenta Delisle que «se trataría de una planta que, al decir de los aborígenes Rune, florece asistemáticamente, sin seguir esquemas vitales fijos ni obedecer a leyes vegetales conocidas en nuestra civilización» 
El harguix es, incide el autor, recóndito por definición. «Parece ser que busca si no paisajes inhóspitos, sí lo más retirados de lo que es la vida animal». Después, Delisle continúa trasladando a su obra los apuntes tomados de su entrevista con el que, seguramente, tuvo que haber sido el chamán de aquel poblado Rune citado en el libro. Así, explica el aborígen, «no es una flor que se pueda sembrar, pues no tiene semillas visibles y tampoco deja que insecto alguno se acerque a ella, por lo que la idea de polinización es desechable». El chamán, llamado Yakün en el libro, cuenta a Delisle que la curiosidad más grande de esta flor es que se enciende, esto es, toma luz propia. Pero esta ignición se produce sin explicación racional alguna, sólo cuando ella decide y, asegura Yakün, es suficiente que uno se esfuerce en buscar un método para prenderla artificialmente, para que se apague por siempre. Y además, acaba el comentario, jamás brilla delante de más de dos personas. 
Pierre L. Delisle no debió creer demasiado en la palabra del sabio runeano pues, aunque cita de pasada las referencias que aquél le hizo a leyendas donde se explicaba el origen del harguix, el botánico y antropólogo obvia absolutamente reflejarlas con el  relato concienzudo que hubieran merecido. Si, por suerte, la citada flor aparece en sus celebradas páginas fue más como cita de una curiosa referencia mítica y cultural del pueblo Rune que como confirmación de un descubrimiento científico. Además, no hay rastro en su obra que permita pensar que se afanara lo más mínimo en la  búsqueda de tan sorprendente flor.
Bastó, no obstante, la lectura de la, fascinante en muchos aspectos, obra del citado científico francés para que, jóvenes aún, Silvian y yo decidiéramos perder el tiempo que aquél no empleó en investigar, si no la planta, sí la leyenda. En el mito estaba interesado más quien esto escribe que el increíble hombre que prefiere ser presentado como mi ayudante, Silvian Ronsardic, inseparable amigo durante casi sesenta años. Aunque ambos nos podemos llamar científicos, él es, casi por imposición genética, el auténtico amante de las plantas, y, entre los dos, el único experto. 
No relataré el arduo y casi mortal viaje que nos dejó en el primer puerto de Esteazil. Nos vimos obligados a un reposo no planeado pues, sin miedo a exagerar, cuando bajamos del barco éramos auténticas piltrafas humanas. Cuatro días después, recuperados apenas, iniciamos la marcha hacia las montañas Turesas, en cuyas faldas, dos semanas más tarde, encontramos la prodigiosa ciudad de Aln, capital del reino runeano.