miércoles, 18 de agosto de 2010

Altozano





Para el amigo Goyo Escudero
que nos avió el asueto
con teatro verdadero
y la palabra que titula este soneto...


Mi infancia son recuerdos de un verano

en Campanario, donde el sol ardía

(y donde arde con rabia todavía),

de una casa blanca en su altozano,

(¡¡Melones, sandíasssss…!!!!)

de la empleita en la bruñida mano

del abuelo que en el umbral tejía

posijos, y de la abuela Rosalía

aviando en el corral desde temprano...

(¡¡¡¡Miellll, a la ricaa miellll…!!!)

De madre con la Isabel de Tarama

en la esquina palrando con delirio,

del Pilurín… «¡Dame un durito, mama…!»

(¡¡¡¡Pilurínnnn de La Habannnaaa!!!!!!)

«¡¡¡Pon más, chacho, que estoy pasando el kirio!!!»,

recuerdos de cinco primos por cama,

de Paco, Coco y la Juana "Colirio"...



En el Altozano de Scud Hero

martes, 17 de agosto de 2010

Las chicas de oro



Cinco minutos con ellas dan para una enciclopedia. En cinco minutos la risa es capaz de alborotar la noche con el estruendo de su chispa. Así, Leonor, hermosa en su reposada viudez, me contaba como si tal cosa:
«... y claro, yo le dije a mi nieto cuando se levantó, que s'a venío con un amigo de allí, de Barakaldo, que con tanto trajín no me aclaraba y que me dijiera si iban a venir a comer o si se quedaban en la picina para aviar más o menos comía¿no?... Y me dice el mozo: pero, abuela, es que no sabemos si va a llover o no... ¿A llover? pero hijito mío ¿tú sabes dónde estás? ¡Questo es Campanario...!»
Por supuesto, Rosa, Josefa, Antonia María y Loli se meaban con el relato y con la inocencia urbanita de los muchachos. Vaya este mínimo homenaje a esa picota nocturna del barrio de La Ermita donde cada noche que fui a buscar a mi amigo Juan Antonio hice parada obligatoria para disfrute impagable y donde, si todo va bien, espero volver a gozar el próximo agosto.

Obstinado sol



Debería decirle,
confesarle al sol
que esa obstinada muerte
tras el cerro
es la séptima cuerda
de la guitarra,
día tras día
tras el cerro,
luego de engullirnos
día tras día
tras el cerro
se lleva nuestra piel
y así somos
nosotros
quienes adornamos el ocaso
como mandarinas tostadas,
como ciruelas torradas,
como abrasados albarillos
en los braseros del horizonte
detrás de corralones
y de afilados galgos
y de charcas
y de soledad pajiza
y de ocio en desarraigo...
Tras el cerro
se va tu vida despellejada
por su lengua,
pero también nuestras muertes
una y otra vez,
día a día.
Tras el cerro...