jueves, 5 de febrero de 2009

Lucca

Lucca ha pedido otro café. Tiene dos horas todavía hasta que salga su tren. El sitio es perfecto, se dice, para pensar que es perfecto. Le ha escuchado a alguien que ahí, junto a la cristalera, admirando el trajín de la estación, se está genial y antes de acomodarse ha pensado que pensaría en ello. El sitio es genial, se repite. Está solo y tiene dos horas. Ha pedido otro café. Lucca.
Está solo hasta cierto punto Lucca. Tiene dos horas de tiempo y tiene 
su cuaderno de dibujo y sus lapiceros. Mientras la chica de coletas indias que hace las mesas le trae el café sopesa si atreverse a sacar su enorme cuaderno de dibujo y abrirlo sobre la escueta mesa y matar las dos horas que le quedan garabateando cualquier cosa y tomando cafés.
Llega un tren del sur. Hace una hora él ha llegado de otro sur, en autobús. Dentro de menos de dos horas se irá en otro tren hacia el norte. Lucca adora los trenes y dibujar. Y el café de las cafeteras de los bares. Lleva Lucca casi diez años sin tomar trenes. En la cárcel no hay andenes ni cafeteras Faema ni Cimbali. Pero hay unas mesas enormes llenas de tiempo para llenar de dibujos sus cuadernos de tamaño A3.
La muchacha ha llegado con sus trenzas y su café humeante cuando Lucca ya había extendido el bloc, dejando un espacio tan justo para la taza que, piensa, correrá peligro. Le dedica una sonrisa azarada mientras alza de la mesa el material para que la chica trabaje más cómoda. El café huele bien, como los dos anteriores. Desde dentro del cuaderno se desliza una hoja de papel con algo escrito en tinta azul. Hubiese volado al suelo con ese suave desplomarse de las hojas que contienen poemas escritos en tinta azul si Paloma no lo atrapa con el plato que acaba de depositar. Srta. Paloma. Falda azul, blusa con detalles del logotipo de la franquicia, cartelito... Srta. Paloma. En algunas cárceles es parecido, quisiera decirle. Camisa azul con el logotipo de la institución, pantalón azul, bordado negro... 1.722.
Paloma toma el poema. Lucca toma el café. 

Cuando  vayas a sacudirte
la memoria de besos
desmenuzada
donde una plaza centenaria,
donde un impaciente paseo,
donde un ascensor de puntillas...
recuerda que nunca te dije
cómo me dolía
ver llorando los pájaros
de nuestra mutua soledad.

Sucedía en tus ojos
y no era necesario estar allí.

La tazá en la mano de Lucca es una paloma indecisa. Su boca ha dibujado la voz de Paloma. Paloma vuela entre los clientes sin dejar de volver la cabeza. Sin dejar de sonreirle mientras vacía la bandeja en otras mesas sin poesía azul. «Sucedía en tus ojos...»
Llega otro tren. No es el que Lucca tomará dentro de poco más de hora y media. Diez años sin tomar uno. Antes, en el norte, tomaba uno a diario. Dos veces a diario. Dos horas de trayecto diario. Una hora amaneciendo. Una hora anocheciendo. «... y no era necesario estar allí».
Lucca pide otro café mientras colorea mansamente algo empezado en la galería. Anochece tras la cristalera. El poema asoma el flequillo debajo del dibujo, entre hojas. Azul bajo negro. Se da cuenta entonces de que está dibujando una fuga. Dibuja una fuga cuando ya ha salido. Son estas cosas las que lo dejan absorto. Por eso no ha visto llegar a Paloma que ya está, con otro café en la bandeja, asomada al balcón del dibujo.
Deja sitio de nuevo Lucca impidiendo que el papel vuele esta vez. Paloma posa el café en la formica y posa, debajo del plato, un papel azul, como su falda, con la cuenta. Y se aleja sonriendo sin dejar de mirar el dibujo abierto en la esquina de la mesita. Mira Lucca por encima de las coletas chirikawas el reloj de la cafetería. Su tren sale a las diez menos diez, la hora de los anuncios de relojes. Las diez menos diez. Agujas con las alas extendidas perfilando: CITIZEN. Es hora de ir plegando, piensa, cerrando el cuaderno. Las nueve y media en el enorme CITIZEN.
Lucca acerca la taza y toma el papel. Huele bien el café, como todos los anteriores. Mira la factura Lucca. Cuatro cafés, un suizo, caramelos mentolados, 8’60 euros, «Salgo a las 10. Paloma».
Lucca pone la mochila en la silla de al lado. En el bolsillo lateral está el billete, cortesía del Estado. Coche-cama, tren Estrella, climatizado... Salgo a las 10... Diez años sin tomar un tren. A Lucca le encanta viajar en tren. En la estación hay la pausa que trae la noche. Apura Lucca el café mirando el billete. Tren Estrella. Diez años sin tomar un tren pueden alargarse un día más. Diez años y un día, piensa sonriendo. 
- O menos un día -y tira el billete a la papelera-. La condena ha terminado...

6 comentarios:

niobe dijo...

Me dejas "robarte" el poema?

Joseba M. dijo...

Por supuesto, mítica Niobe...
;-))

RGAlmazán dijo...

Que guapo relato. Emocionante, con decisión y un final de cuento de hadas. Si coge o no el tren, es casi secundario. A mí me parece que el final se da cuando lee la nota. Esa es la liberación, su contacto con el mundo detrás de las rejas.
Salud y República

Una ET en Euskadi dijo...

¡¡Ayss Torero!! ¡Qué te me superas día a día! ¡Cómo me enganchó el relato! y estoy de acuerdo con el comentarios de RG, esa nota es su liberación, el final de su condena...también le robo el saludo porque me gustó
Salud y República

mammamia dijo...

¡Genial,mi querido Joseba!tus relatos son como el Flamenco:te pellizcan hasta lo más jondo.
Besos sentiítos.

Joseba M. dijo...

Pues no se crean que el final me convence tanto. Le di varias vueltas antes de concederle ese posible happy-end. Pero, pienso, el pobre Lucca se lo merecía, después de 10 años purgando una culpa ajena... Añora esas cosas simples que tantas veces nos pasan desapercibidas por cotidianas. El café, la ventnailla de un tren y, sobre todo, esas trencitas indias con las que algunas mujeres están más que lindas.
Quizá les cuente algún día en qué acabó aquella noche con la srta. Paloma, porque a lo mejor no era tan de cuento de hadas el final...
Gracias a todos por sus visitas y comentarios y, especialmente si me permiten, a doña ET que anduvo terriblemente descomputerizada este invierno y a quien se le echaba de menos.
Abrazos.