sábado, 8 de septiembre de 2007

La vie, ah, saloparde!

Si la vida fuera como tendría que ser
yo acabaría mis días
en un pulcro hotel
cerca quizá de Aberdeen,
de las estatuas del estuario Cabot
o, si mi ventura gozara de un último deseo,
mejor en Skägerlust:
hay allí una luz a últimos de agosto
con que suicidarse mejor.
Podría así legar el hermoso cuadro
de un poema vital
desparramado por la estancia.
Tendrá que haber una ventana
y un muelle cercano.
Llegará una mujer de lejos
e irá encontrando la peripecia de mi vida
en entrañable inventario:
en unos versos
que ahora no recuerdo
y que hace años escribí
en una servilleta de papel
en un bar todo alzado en madera de roble,
y en la cajita de fósforos
con dos teléfonos apuntados
detrás del anagrama de aquel hotel
recóndito, mediterráneo,
beige...
y en una postal arrugada y manuscrita
donde quizá aún se vea Valparaíso
o Bocas del Toro
o una noche en Baltimore (Maryland),
y me encontrará en alguna carta húmeda
con doscientas lecturas
dentro de un viejo libro de Uxué
leído trescientas,
y en el rastro de una pulsera robada,
y en la sal engastada
en los pliegues
de la vieja gorra de marino impenitente
que habrá sobre la silla,
perfectamente abandonada.
La mujer,
si la vida fuera como es debido,
deberá acercarse a la ventana
apretando mi muerte
en cualquiera de mis papeles
y podrá ver volar el testamento
de algunos besos perdidos
sobre el oceáno en cuestión.
Sé que es muy triste,
pero no deja de ser hermoso
porque
podrán ser las once de la noche
y ser, todavía, puro día...

viernes, 7 de septiembre de 2007

Las gaviotas elevan
sus rosas de sal,
las espumas se vuelcan
en el cabo del norte,
la madrugada
es un bálsamo
sin preguntas
y mi descanso
es un lejano mirador,
unos versos antiguos,
una piel indemne...
unas horas robadas.
¿Por qué no ruge este mar?


(D.Errota, «Bitácora Rota» 1911)