jueves, 18 de junio de 2009

¡Una cerveza!

- ¡Una cerveza! o una caña... mientras no sea Heinnecken me da igual.
El camarero le miró con un gesto que era una mezcla de asombro y desprecio. Por un momento temió que fuera a preguntarle:
- ¿Así que no te gusta la Heinnecken? –dijo ella, a su lado, apareciendo como por ensalmo y apoyando medio cuerpo en la barra pícaramente.
Era una chica preciosa. Por unos momentos dudó que se estuviera dirigiendo a él. Miró a la muchacha que se columpiaba casi obscenamente a su lado y deseó que no dijera:
- Una Heinnecken, como siempre– dijo el barman, alzando la voz ladinamente y remarcando las sílabas.Lamentó odiar esa marca, pero desde hacía algún tiempo le sabía, aunque él adorase esa fruta, asquerosamente a manzana.
Estaba visto que era mejor que no desease nada. Claro que, quién es capaz de gobernar los deseos y quién sabe si aquellos que no son espontáneos pueden ser tomados como tales. Empezaba a considerar la posibilidad de desear que el camarero dijese algunas cosas por ver si era ella la que las pronunciaba. En estos recovecos patafísicos andaba cuando en los bafles del garito empezó a sonar «In a gadda da vidda» de...
- ¡¡Iron Butterfly!! –exclamó él, sorprendido al reconocer un tema que siempre le había encantado-. Hacía siglos que no escuchaba esto.
- Y más que ibas a estar, si por mí fuera... ¡menudo pestiño! –respondió, desabrido, el camarero mientras rebuscaba en el botellero-. Dále gracias a ella, siempre la pide... Entonces... ¿qué cerveza te sirvo?
Él la miró inquisitivo.
- Una Heinecken, claro- respondió ella.
- Y cóbrame las dos- añadió él, pensando entre sí «Ahora sólo falta que le diga que ponga...»
- ¿La última de los Dolls, luego, Eva?- dijo el camarero.
Ella asintió con un chisporroteo de sus prodigiosos ojos. Y le invitó a que la siguiera, moviéndose como una hermosa cobra, al rincón donde beberían en silencio la manzana espumosa que agrandaba el deseo, mientras las muñecas neoyorquinas tomaban el relevo de las mariposas de hierro y les llevaban al edén entre la bruma vocal de «Temptation to exist».





miércoles, 10 de junio de 2009

De «El asno en globo»

En el número 16 de la revista, editado en la primavera de hace ya unos cuantos lustros, encuentro la inquietante lucidez de un interno que firma como G. Stream reflejada en un puñado de versos cuyo nexo bien pudiera hallarse en una mirada que va más allá de la ventana enrejada frente a la que, presumo, fueron redactados y en una pérfida ironía para con la institución...


Alguna mujer cuando el sol se pone
se llama María en alguna parte,
algún tonto te dice de casarte,
alguno muere, nace, se indispone.

Un lápiz hace que algo se emborrone,
algún poeta intentará engañarte,
algún fusil abate un estandarte,
alguien está a favor, alguien se opone.

Siempre hay alguno cuando muere el día
que dice te quiero por vez primera,
y hay quien lo calla cuando no debía.

Alguien leyendo versos de cualquiera,
alguno sembrando en tierra baldía
(algún loco violando a su enfermera).


El trueno, como un azor improvisado
anuncia cenizas en el cielo taciturno,
las princesas tiritan en palacio,
espolea un caballo el príncipe de turno.
Galopa, jinete saeta, más despacio
que el viento apacigua lo tormenta
y el llanto cristaliza en gris topacio
donde amor espera impaciente.
Las aves vigilan su pasar desesperado
la selva inviste su sombra de fe ardiente,
se desploma el silencio en luto enamorado.
Las niñas, presas de miedo despreciable,
ofrecen costuras de recelos a la entrega.
¡Ay, lluvia gris! El príncipe no llega...
Cuento de hadas con final poco admirable,
soneto musitado apenas, poco bailable.
Descanse en paz el vaso del críptico poeta,
con su fábula de enigmas, censurable,
que el alma del amor es pura y quieta
y no llaga en ornamento despreciable.



Me muero de pena cuando me acuerdo
-el viento cautivo de tus rizos-
que me leías el futuro en las manos sucias
y yo te decía aquello tan bonito
que te rilaba a mis pies
como las olas que me asustan tanto.
-Tu pelo con ser tu pelo tiene bastante-
A menudo esa misma pena
me despierta en un autobús rojo
y me atropellan las ganas
de saber
a dónde
iba.
Como ahora.
La añoranza se viste de cristales empapados
y camisas arrugadas sin perfume.
He vuelto a mi ser...
pero la obstinación del reflejo de tu pelo
me arrebata las ganas de comer
y busco asilo en una moda muerta,
en el traspiés sonoro después del cine,
en la conjura de los silencios menos leves.
-¡Qué hermoso lazo llevabas aquel día!-
Sin embargo, intentaré volcar
todo mi amor en ese saltamontes
que guarda tu huella impresa en sus ocelos.
Sin ira.

Por tu piel aquel río se curvaba
y tú tan divertida en tu inclemencia
tensabas su tortura con vehemencia
y el río se enroscaba y se enroscaba.

La misma piel que mi cerebro agrava
cuando añoro mi dedo por su esencia
o mi labio por tu ingle con violencia,
tanta, que su ausencia mi ojo acaba.

Ignorarás por siempre cuántos daños
causa esa epidermis, dulce velo
que siempre has manejado con engaños.

Lo sabe la enfermera que en su celo
me escribe estos versos, me da los baños
y, dulce, al irte, me acaricia el pelo.