jueves, 23 de julio de 2009

Aquella historia

En uno de sus diarios, que conocieron cierta gloria editados en un compendio titulado «Huyendo de la historia», Primo Parri, nos da una pista de Kasher en aquellos años:
«... gustaba considerarnos presos políticos en aquella inmundicia, sólo porque, a diferencia de cuantos nos rodeaban en la galería, sabíamos manejar, con más o menos presteza, una pluma. O porque éramos capaces de hablar de temas que nos parecían profundos y peliagudos. Debería, en realidad, decir "yo era", ya que Kasher se limitaba, casi siempre, a dar continuidad a mis peroratas con amables monosílabos y desconcertantes sentencias. Sin embargo, está claro que llegué a desarrollar una especie de contradictoria admiración hacia aquel tipo que nunca alcanzó a desentrañarme ni uno solo de los arcanos de su vida. Y eso que compartimos cuchitril durante casi siete meses. Pero era capaz de desbordar mi asombro a menudo, como aquella noche en que, estando ya en la celda, poco antes de que nos dejaran sin luz, me pidió que le prestara el bolígrafo y la libreta que, a falta de más, utilizaba yo a modo de diario. No dudé ni un segundo en dejar caer ambos sobre él, tumbado en la litera inferior. Escribió algo de un tirón para, acto seguido, arrancar la hoja y ocultarla bajo la almohada. Mientras me devolvía los utensilios de esforzado literato, le pregunté qué había escrito.
-Un olvido- zanjó.
-¿Puedo leerlo? -supliqué, dando un salto hasta el suelo. Kasher encendió un pitillo con gesto extraviado. Sacó el papel y me lo pasó sin mirarme. Había escrito, con su habitual caligrafía casi infantil, este poema:

Trémulas cariátides
desde las azucenas quietas
de tus pies
sostienen tus piernas
otro templo
donde acomodar la noche
dispersando olvidos
en mistral deseo,
tenaz...
¿Qué podía hacer yo que no fuera callar?
-Viendo la presentadora del noticiario en la sala de ocio hace un rato, me he acordado de ella. Solía llevar el pelo recogido de ese modo tan gracioso... En ocasiones lo hacía con dos lapiceros, o con las agujas de coser, a modo de desmadejada geisha y a mí me volvía loco... El deseo... Mientras la mujer del televisor nos ponía al tanto de los disturbios en Tesalónica he recordado un verso de un amigo poeta que seguirá olvidado en algún pueblo del norte de España y, enseguida, una metáfora trenzada en un soneto de otro poeta, menos anónimo, que murió en otra cárcel. Sus piernas, el deseo... Las citas al olvido son memoria que me viene siempre de Borges. Y en la memoria, al fin, está el deseo, que en esta distancia se agranda como la luz de enero agranda las montañas. Y el deseo, hoy, era chocolate, o chicle, o todas las golosinas, por eso el mistral. Por eso el mistral... chocolate y viento. Y su cuerpo. Gagnant... Inasequible... inalcanzable... El premio. Perdue...
Guardé la hoja con el poema que pensé que le robaba y guardé, también, sus palabras en la página siguiente de aquella libreta de la que hoy me sirvo, escribiendolas a hurtadillas en el catre, ayudado de una linterna diminuta que también conservo. Mi memoria está en muchas cosas, no soy como él: tengo que tocarla.
Cuando salió de la cárcel me dio la mano y otro montón de olvidos perfectamente caligrafiados también. Sólo sabía que se llamaba E.L. Kasher. Sin conocer siquiera el significado de aquellas dos iniciales que me hubieran podido dar una pista de una procedencia que siempre he querido suponer bohemia, o eslovena. Sin saber ni su edad, que sospechaba la mía, ni su oficio, que sospechaba el mío. Sin saber si tenía familia, aún presumiendo que no. Sin saber a dónde se dirigiría. Sin saber por qué había ido a parar a una cárcel de un país que no podía ser el suyo. Sin saber, claro, de quién habían sido aquellas piernas griegas, aquellos ojos ni aquel peinado de presentadora de telediario. Nunca fui capaz de preguntarle todas esas cosas que tanto deseaba saber. Siempre supe que no me hubiera contado nada.
Salí de prisión apenas un mes más tarde que él y, pese a haberle proporcionado todos los datos de mi futuro paradero, jamás me visitó ni me llamó. Sólo el azar, muchos años después, me lo devolvería en forma, otra vez, de maravillosos versos perdidos en una revista de locos. He intentado de todos los modos que me posibilita esta fama insensata contactar con Kasher, pero no he conseguido dar con él. No me consuela saber que algo parecido le sucede a otros que le han buscado. Como a aquel poeta que conocí en el manicomio donde Kasher debió pasar casi cinco años y a donde todavía acude cada semana, buscándole en el rastro de los otros locos. Supongo que, de algún modo, no desaparece, sino que es como si no estuviera, como si no hubiera estado. O, es precisamente al revés: siempre está. Te deja un verso y se esfuma, pero jamás se va. Como si fuera aquella Elizaveta que huía de la Historia. Huyendo de la Historia. Así es Kasher. Y así:
Tengo todas las respuestas
y aún nada has preguntado.
Mi talento reside
donde yace
desnuda tu insolencia.
Cuanto sé se almacenaen tu piel.
Y tengo ojos.
Cuatro tengo.
No puedo olvidarle. Ni quiero...»

lunes, 20 de julio de 2009

Esta historia...

Yo sabré recordar.
No tengo el pulso del artesano
pero sé decir:
-Siéntate a mi lado...
Allí había labios limpios,
allí había carbón de besos.
No sé hacer grandes cosas
con la arcilla,
ni doblego el junco con paciencia
pero limpio de nubes
las noches del verano
y traigo agua fresca
al filo de las madrugadas.
Yo sabré recordar,
yo sabré
mantener el aliento,
sabré mantenerme en cuclillas
sin hacer nada,
nada más que acordarme
de lo que supe ofrecerte
como grama que no cesa.
Allí había ese fuego
que siempre sabré recordar
siempre.